viernes, 4 de febrero de 2011

LA HERENCIA - Registrada en S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores)

El despertador sonó a las siete. Mariana abrió los ojos lentamente, adaptándose a la realidad impuesta por la vigilia. Su optimismo natural se desvanecía junto a las expectativas de conseguir un nuevo empleo. Cuatro meses de búsqueda infructuosa mermaron la indemnización que acrecentaba el fondo de desempleo. ¿Se vería en la desagradable situación de ponerla al corriente a su madre? Se sentó al borde de la cama y se dijo que postergaría la charla hasta mañana. Tal vez hoy conseguiría el trabajo que se le negaba con porfía. Desde la muerte del padre la joven se había hecho cargo del gerenciamiento de la familia. Físicamente era una indudable mixtura de sus progenitores, pero el carácter fuerte y obstinado lo debía, palmariamente, al varón. La impensada desaparición retrasó el período de luto normal. Abandonó la mayor parte de sus actividades rebelándose contra el aciago destino. De esta voluntaria reclusión fue rescatada por la mamá, quien hizo alarde de una determinación infrecuente en la relación marital. Mariana acarició con la mirada el retrato que perpetuaba el vigoroso atractivo del padre. Ella le había tomado la foto en el último cumpleaños. Suspiró y se dirigió al baño para ducharse. Eligió un traje sobrio pero elegante porque siempre salía alistada para cualquier entrevista. Abrió la puerta sigilosamente y se dirigió al barcito de la vuelta. Allí desayunaba todas las mañanas mientras leía los avisos clasificados. Don Luis, el dueño, le reservaba el periódico puntualmente. El cielo estaba tan plomizo como su confianza pero se colgó una sonrisa animosa apenas ingresó al local.
-¡Buen día! -saludó en tanto se ubicaba en una mesa al lado de la ventana.
-¡Buen día! -contestó don Luis acercándole el diario- ¿Lo de siempre?
-Sí, gracias -respondió.
Luis observó a la joven cuya carita se iba ensombreciendo a medida que recorría con la vista el matutino. La conocía desde niña y sabía que hacía varios meses estaba sin ocupación. Admiraba el tesón con el que concurría de lunes a sábado a leer las escasas ofertas de trabajo. Secretamente, la consideraba como a una hija porque siempre había estado enamorado de la madre de Mariana. Pero los sentimientos no se contagian, pensó con un suspiro. Emilia se prendó tempranamente de un viajante con el que se casó tras un corto noviazgo. Debía reconocer que tuvieron un feliz matrimonio hasta que un accidente tronchó la vida del marido. A un año del suceso, Mariana perdió el trabajo. En las multinacionales los duelos deben ser breves y no afectar la capacidad de concentración del empleado. Debieron mudarse a un departamento más pequeño, a veinte cuadras del que habitaron en vida del padre. La dueña les había doblado el alquiler al momento de renovar el contrato. Todas contrariedades, le había confiado Emilia mientras bebían un café. Luis se había horrorizado de su insana alegría ante la desgracia de la mujer, que la acercaba nuevamente al barrio de su infancia. Se justificó pensando que en la vida los acontecimientos no eran fortuitos y que él sólo era culpable de seguirla amando. Por el momento, se conformaba con que ella aceptara su invitación a tomar un café cada tanto y lo considerara un amigo confiable. Decidió adelantar la propuesta de trabajo que había resuelto hacerle a Mariana aunque no necesitara una cajera en el negocio. Conociéndolas, era la única forma de colaboración económica que aceptarían madre e hija. Se acercó a la mesa con la bandeja que contenía un pocillo extra y se sentó frente a la muchacha que apartó el diario con presteza.
-¿Me va a hacer el honor de acompañarme? -le preguntó con una sonrisa cariñosa.
-Las madrugadoras gozan de ese privilegio -contestó devolviendo el gesto afable.- Además, no hay clientes que reclamen mis servicios. ¿Hay algún aviso aprovechable en este pasquín?
Mariana se encogió de hombros.
-No abundan. Saqué una dirección para enviar la currícula. ¿Quiere que le diga algo, don Luis? Estoy perdiendo la esperanza.
-¡Ah, no, mi’ja! Eso es lo último que se pierde. Precisamente...
El ruido de la puerta al abrirse lo interrumpió. Emilia y un hombre vestido de traje oscuro y maletín de ejecutivo ingresaron al local. La madre de Mariana miró alrededor hasta divisar a su hija. A Luis se le disparó el corazón mientras la mujer, seguida por el desconocido, caminaba hacia la mesa.
-¿Qué pasa, mamá? -dijo Mariana alarmada, levantándose de la silla.
-¡Hola, Luis! -saludó Emilia camino hacia su hija.- No te asustes que no pasa nada grave -aseguró para tranquilizarla.- Pero la noticia que trae el doctor debemos escucharla entre las dos.
-¿Estás enferma? -pronunció la hija, más alarmada todavía.
Emilia rió sonoramente ante las expresiones de Luis y Mariana.
-¡El doctor es abogado! -dijo riendo aún.- Y nos trae una buena noticia… Creo. - dirigió la mirada interrogante hacia el desconocido.
-Permítanme presentarme –intervino el individuo,- soy el doctor Alejandro Goyeneche, abogado y albacea de la señora Victoria Stéfano. –Extendió la mano que maquinalmente estrecharon Mariana y Luis.
Después de esta introducción, el barman les pidió que se acomodaran en la mesa en tanto les alcanzaba un café. El letrado prosiguió:
-Hace tres meses que estoy tras el paradero de Edmundo Stéfano, heredero legal de los bienes de su única hermana. Impuesto del fallecimiento, comencé la búsqueda de sus sucesores. -Mirando a Mariana:- En la empresa donde trabajó me facilitaron su antiguo domicilio, aunque la propietaria negó conocer su nueva residencia. Pero gracias a mi eficiente secretaria -el rostro se le ablandó reconociendo el mérito- que pensó que tendría el domicilio actualizado para cobrar el fondo de desempleo... ¡la ubicamos en el listado de Internet! -terminó triunfalmente.
Mariana hizo un esfuerzo por recordar los rasgos de una tía a quien había visto dos veces en vida de su padre. Sabía que los hermanos se habían distanciado, pero los motivos los guardó él hasta la tumba. Su voz no sonó muy entusiasta cuando descargó la pregunta:
-¿Y qué es lo que heredamos?
Goyeneche abrió el portafolio y extrajo una carpeta que dejó delante de Mariana.
-Aquí está el detalle de los bienes de la señora Victoria. Léanlo con tranquilidad y luego pónganse en contacto conmigo. Deberán comparecer ambas -terminó, entregándole una tarjeta y levantándose a continuación.- Que pasen ustedes buen día -les tendió la mano y salió hacia la tormenta ya declarada.
Mariana abrió la carpeta lentamente y leyó para sí las tres fojas que contenía. Cuando terminó, miró las caras expectantes de Luis y su madre, y les dijo con una sonrisa:
-Si este abogado no es un impostor, me parece que se acabó la época de vacas flacas. Escuchen -y volvió a fijar la vista sobre la última hoja:- un inmueble ubicado en Calle de los Sauces 9898 y todo su contenido según inventario confeccionado ante escribano público y tres cuentas bancarias por un total de cuatrocientos cincuenta y dos mil pesos que serán transferidas a nombre de los herederos en el término de noventa días a partir del comienzo de la sucesión. La propiedad puede ser ocupada inmediatamente con el fin de evitar su deterioro y resguardar los objetos que incluye... ¡Una casa propia, mamá! ¡El sueño de toda nuestra vida!
El entusiasmo de Mariana puso una sonrisa en el rostro de los mayores. Luis fluctuaba entre compartir la alegría de las mujeres y la pesadumbre de perderlas de vista. Buscó debajo de la barra hasta encontrar un mapa de la ciudad para ubicar la calle que desconocía. Volvió junto a las mujeres y lo abrió sobre una mesa.
-¿Cuál es la dirección? –le preguntó a Mariana.
La joven releyó la hoja y repitió:
-Calle de los Sauces 9898.
El barman consultó el índice alfabético y luego ubicó las coordenadas donde debía encontrarse la calle. ¡Demasiado lejos para su gusto! Casi a una hora de viaje del lugar que residían.
-Está en un lugar muy retirado –opinó mirando a las mujeres.- ¿Están seguras de querer alejarse tanto del centro?
-¡Es que ahora no tendré que vender el auto! –Afirmó Mariana.- ¡Y sin pagar alquiler, podremos sostenernos hasta que nos transfieran esa suma fabulosa…!
Se quedó ensimismada pensando en el vuelco que había dado ese día. De la desesperanza del despertar había pasado a la perspectiva de una vida desahogada y sin esfuerzos. Nunca hubiera imaginado que la solución a su ajustada situación económica vendría de la mano de una persona a la que ni siquiera habían mencionado en tantos años. Por lo pronto, deberían presentarse cuanto antes en el estudio jurídico para comenzar con los trámites sucesorios. Sentía que se había despojado del inmenso peso de la frustración diaria. ¡Al diablo con el trabajo si se confirmaba el monto de las cuentas bancarias! Podrían vivir de rentas hasta el final de sus días. Podría retomar la carrera de abogacía, o anotarse en la Facultad de Bellas Artes, o viajar al Sur, o… Se rió silenciosamente de los planes que se atropellaban en su cabeza al influjo de una noticia que no tenía más certeza que la de tres hojas presuntamente legales. Buscó con la vista a su mamá. Estaba sentada a la barra esperando a que don Luis terminara de atender a un parroquiano. Se alegró de su acertada decisión de posponer la charla sobre sus finanzas hasta el día siguiente. Le había evitado un disgusto innecesario. Recogió sus pertenencias y se acercó para hacerle compañía. La abrazó cariñosamente y las dos se miraron con una sonrisa ilusionada.
-Mamá. Después que termines el desayuno, iremos a ver al abogado -le dijo.
Emilia miró hacia la calle donde una lluvia desordenada por el viento azotaba la calzada. Los truenos lejanos se habían acercado y los relámpagos insinuaban la continuidad del temporal.
-¡Nos empaparemos! -opinó.
-¡Ahora podemos darnos el lujo de ir en taxi, ma! Y no veo la hora de confirmar la veracidad de esta noticia. Y de tener las llaves de la casa... -pronunció Mariana con tono plañidero.
La madre miró a Luis que se había arrimado a tiempo de escuchar el ruego de la joven y le dijo con una sonrisa:
-¿Qué se puede hacer con una muchacha tan ansiosa?
-¡Seguirle la corriente, mamá! -exclamó la chica eufórica.
Luis, riendo, les propuso conseguir un taxi por teléfono apenas amainara el aguacero y, si conseguían la llave, trasladarlas en su auto a la tarde después de cerrar el negocio. Media hora después, madre e hija subían al vehículo de alquiler que marcaría el inicio de la etapa más oscura de sus vidas.
El estudio de Goyeneche estaba ubicado en el quinto piso de un edificio antiguo y suntuoso. El amplio recibidor, iluminado con una pobreza que no condecía con su categoría, estaba absolutamente desierto. Después de observar a su alrededor, divisaron la puerta enrejada de un ascensor. El indicador luminoso revelaba que estaba en el sexto piso. Bajó con un chirrido de material oxidado hasta detenerse en la planta baja con un golpe seco. Mariana y su madre se miraron dudosas antes de entrar a la cabina. La joven apretó el botón del quinto piso con una sensación de inquietud que concordó con el comentario de Emilia:
-Espero que no quedemos atrapadas en esta antigüedad.
Mariana no repuso. La sola idea le producía escalofríos. ¿Quién las rescataría en ese edificio deshabitado? Después se preguntó el por qué de esa idea. Si era un inmueble de oficinas, a esa hora debían estar varias ocupadas. Abrió la reja con alivio cuando la máquina se detuvo temblorosamente. Después buscaron la oficina “F” como rezaba en la tarjeta. El pasillo estaba tan mal iluminado como el ingreso, y las puertas de madera maciza ocultaban la actividad de cualquier organización. Ubicaron el estudio al final del corredor. Después de cerciorarse de que no había llamador ni timbre a la vista, Mariana castigó sus nudillos contra la puerta. Como si las hubieran estado esperando, se abrió inmediatamente. La figura de una mujer robusta se recortó al contraluz de la profusa iluminación de la oficina. De su boca confundida con las tinieblas del pasillo surgió una pregunta:
-¿A quién buscan?
-Al doctor Goyeneche -respondió Mariana.
-¿Quiénes lo buscan? -la pregunta sonó brusca.
-La señora Emilia de Stéfano y su hija -se adelantó la madre con cierta altivez.
Desde el interior del recinto sonó una voz que se fue acercando con su dueño:
-¡Andrea! ¡Son las clientas que buscamos durante varios meses! -el abogado se materializó detrás de la mujer.- ¡Pasen, por favor! Me alegro que hayan concurrido hoy mismo. La celeridad para tomar decisiones es indicio de inteligencia -expresó con una sonrisa mientras estrechaba la mano de las herederas.
Accedieron a una antesala adonde estaba ubicado el pupitre de la secretaria coronado por una vieja máquina de escribir y un antiguo teléfono a disco. Mariana, hija de la tecnología cibernética, ocultó una sonrisa divertida. Goyeneche las precedió para franquearles el ingreso a su despacho privado. El amplio escritorio labrado estaba cubierto de fascículos y carpetas. Las paredes, forradas de estantes con libros encuadernados. El letrado les indicó que tomaran asiento antes de ubicarse en el amplio sillón detrás de su mesa de trabajo. Se calzó los anteojos, revisó una pila de legajos hasta rescatar el expediente etiquetado como “Sucesión de Victoria Stéfano”, separó varios formularios y se dirigió a las mujeres:
-El trámite comenzará ni bien hayan firmado estos papeles. Les dejaré una copia de los bienes inventariados para que los verifiquen in situ y posteriormente firmen el original prestando conformidad. Nada puede ser vendido hasta el fin de la sucesión. Después de deducir los gastos notariales, las cuentas serán puestas a nombre de las dos. Quedarán netos... -hizo algunas cuentas en un papel y afirmó:- cuatrocientos dieciocho mil y chirolas -levantó la mirada- ¿les parece bien?
Mariana y Emilia asintieron con un movimiento de cabeza como si estuvieran acostumbradas a los grandes negocios. El abogado puso delante de Emilia los formularios y le ofreció un bolígrafo:
-Léalo cuidadosamente antes de firmarlo, señora. Lo mismo le recomiendo a su hija -dijo mirando a Mariana.
-Prefiero que lo lea mi hija. Si ella lo aprueba, firmaré con gusto -contestó la mujer pasándole todo a la joven.
Mariana leyó hoja por hoja y al terminar puso su rúbrica. A continuación firmó la madre y devolvió los papeles al letrado quien, después de revisarlos, les tendió los originales y guardó las copias en la carpeta. Por último, abrió un cajón del escritorio y sacó un llavero y un sobre. A la muchacha se le aceleró el corazón.
-Éste es el único juego de llaves, así que ustedes deberán hacer las copias -dijo Goyeneche tendiéndoselas.- La más grande es la de la verja de entrada y la labrada la de la puerta de ingreso a la propiedad.
Mariana las encerró en su mano como si fueran un tesoro. El abogado abrió el sobre y sacó del interior otro más pequeño. Antes de entregárselo a la joven, aclaró:
-Aquí hay una tarjeta bancaria y la contraseña para retirar los fondos. Esta cuenta no está declarada en la sucesión porque la señora Victoria la reservaba para imprevistos. Hagan las extracciones por cajero automático y por lo que vayan necesitando. El saldo lo tendrán con el primer retiro. Esto es todo -finalizó, echándose sobre el respaldo del asiento.- Las mantendré informadas sobre la marcha del traspaso.
Las mujeres se levantaron a un tiempo y el letrado las imitó deteniéndose junto a la puerta abierta para despedirlas. Mientras apretaba su mano, Mariana le preguntó:
-¿La única oficina abierta es la suya?
-Hoy, sí -afirmó Goyeneche.- Es día de desinfección. -y ante el gesto desconcertado de la joven:- Pero yo vine porque intuí que ustedes no tardarían en presentarse... -rió inesperadamente coreado por su secretaria.
Madre e hija se miraron sorprendidas por la extemporánea demostración. Sonrieron hieráticamente y se internaron, sin comentarios, en la penumbra del corredor.
El ascensor permanecía en el piso. Mariana asió la manija para abrir la puerta de reja encontrando una resistencia que le pasó inadvertida en la planta baja. Tironeó varias veces hasta darse por vencida. Cuando se volvía para compartirlo con su madre, la mortecina iluminación del pasillo resplandeció por un momento hasta desaparecer por completo.
-¡Dios mío! -exclamó Emilia.- ¿Qué pasa ahora?
-Tranquila, mamá -dijo Mariana.- Peor hubiera sido que nos sorprendiera bajando.
-¡Ni lo menciones! No se ve nada... ¿Cómo vamos a salir de aquí?
-Vayamos hasta el bufete del abogado y esperemos ahí que vuelva la luz -propuso la hija con una despreocupación que no sentía.
Rehicieron el camino a ciegas, guiándose por el notable sentido de orientación que distinguía a la joven. Golpeó la puerta de la oficina “F” hasta el cansancio. Nadie parecía esperarlas esta vez.
-Esto no me gusta nada -insistía su madre.- ¿Cómo es que ahora no nos atienden? Dejame probar -y se sacó el zapato de tacón para aporrear la entrada, con el mismo éxito que la hija.
-¡Basta, mamá! -le pidió, deteniendo el golpe siguiente.- Está visto que no escuchan o están en otros menesteres. Ponete el zapato y busquemos la escalera.
-¡No bajaremos a oscuras, y menos por unas escaleras que desconocemos! -la conminó mientras se calzaba.
-¡Vamos, mamá! No es momento de ponernos a discutir. No podemos permanecer en este sitio más tiempo.
-¿Por qué lo decís? -preguntó Emilia suspicazmente.
-Porque...
-...¿Te da mala espina? -la interrumpió.- Sé sincera, hija.
-Bueno, es una sensación... ¡Hablemos abajo, mamá, por favor...!
La mujer suspiró, porque conociendo a su hija había captado la intranquilidad en su voz. Reflexionó que ponerse histérica no ayudaba en nada, de modo que la tomó del brazo y le ordenó con ánimo:
-¡Abrí el camino!
Mariana avanzó con seguridad hasta enfrentarse al elevador. Allí se detuvo y rebuscó en su cartera. Sacó un encendedor y lo encendió, estirando el brazo hacia el frente. La débil llama apenas alcanzaba a disipar las tinieblas. Se movió cuidadosamente para que no se apagara buscando la escalera en las cercanías del ascensor. Emilia la seguía temerosa. Después de caminar ordenadamente a derecha e izquierda, divisaron la antigua baranda.
-¡Aquí está, Mariana! -exclamó la madre como si la hubiera descubierto.- Bajemos.
-¡Detrás mío -mandó la hija.- Esperá a que se enfríe el encendedor.
A sus espaldas, Emilia revolvía el bolso. Los ruidos de objetos chocando entre sí distrajeron la atención de Mariana que había creído escuchar un sigiloso murmullo escaleras abajo.
-¿Qué buscás? -le preguntó.
-¡Ésto! -contestó la madre triunfalmente mientras de su mano surgía un haz de luz.
La hija no pudo evitar una risa nerviosa ante la exótica adquisición. ¡El mango de un paraguas plegable convertido en linterna! Juró no reprochar nunca más a su progenitora las extravagantes compras a las que era tan afecta. Le dio un beso y se lo arrebató para apuntar hacia los escalones. El mármol estaba gastado y deslucido y parecía no haber sido limpiado en mucho tiempo. Se sobresaltó cuando una sombra pareció desprenderse de las profundidades. Dirigió la luz hacia abajo y sólo distinguió el polvoriento rellano. Debo controlar mi imaginación -se dijo con firmeza. Tomó aire y le indicó a su madre:
-Apoyá las manos sobre mis hombros y mantenete a la distancia de un escalón. Cuando yo baje uno, vos me seguís.
-Entendido – cuchicheó Emilia.
Iniciaron el lento descenso alumbradas por un resplandor que no iba mucho más allá de dos peldaños. Mariana tanteaba con el pie antes de afirmarse, sosteniendo con una mano la original linterna y aferrada al pasamanos con la otra. Su sensibilidad estaba a flor de piel. Percibía el callado temor de su madre y se asombraba de la inesperada situación en la que habían desembocado. ¿Y si apagaras la linterna, niña? ¿No sería más fácil rodar, rodar, y rodar…? El susurro se le filtró en la cabeza y se extinguió en una risita malévola. ¿Qué…? Debo... controlar... mi... imaginación... –repitió mudamente. La adrenalina le aumentó el ritmo cardíaco. Se concentró en el recuerdo de su padre a quien la oscuridad no perturbaría y avanzó hacia la salida. Una exclamación ahogada de Emilia la detuvo. Sin volverse, murmuró:
-¿Qué pasa, mamá?
-¡Nada, nada! Seguí, por Dios.
Emilia ya no dudaba de que algo pugnaba por separarla de Mariana. Apretó los dientes y resistió la pertinaz interferencia que amenazaba materializarse entre ambas. Evocó la imagen de su marido a modo de conjuro vaciando la mente de otro pensamiento. Si amarte no hubiera sido suficiente, me diste el regalo más hermoso de mi vida -le dijo cuando nació Mariana. La irresistible sonrisa de Edmundo la preservó de las misteriosas anomalías corpóreas y auditivas. Alcanzaron el abandonado descanso del cuarto piso. Era evidente que no había sido transitado en mucho tiempo porque sólo sus huellas quedaron marcadas en el polvo. Sin vacilar, reanudaron la marcha. Detrás de ellas quedaron sombrías reverberaciones que se esforzaron por ignorar. El peso de la madre se acentuó sobre los hombros de la hija a medida que se acercaban a la planta baja. Mariana se esforzaba en bajar escalón por escalón repudiando los murmullos que parecían rodearlas. No puedo estar escuchando mi nombre -porfiaba- ni la voz de papá pidiéndome que suba. Él no querría que lo hiciera -de eso estaba segura. Esperaba que la luz de la linterna no se agotara antes de llegar al vestíbulo porque se intensificaban la intermitencia y la opacidad del foco. La respiración de Emilia se aceleraba como si estuviera atacada por el pánico. La joven soportaba la zozobra de su pródiga imaginación que la proyectaba desde un resbalón hasta un abismo sin fin. Se aisló de ruidos extraños y maniobró hacia el último tramo. No quería pensar más que en salir de la tenebrosa escalera. Un débil resplandor se insinuó al desdoblar el último rellano. Dominando la ansiedad que empujaba sus pies más rápido de lo recomendable, respetó las pautas que se había impuesto en el quinto piso: sondear la seguridad de cada base antes de descargar el peso de su cuerpo. La tentación de apagar la linterna la asaltó como una artera insinuación pero prevaleció el sentido común que la acompañó desde el apagón. El dispositivo luminoso se agotó al poner Mariana los pies en el vestíbulo. Una urgencia inexplicable la instigó a tomar a su madre del brazo y llevarla casi corriendo hasta las aberturas vidriadas del edificio, que ahora denunciaban el mismo abandono que dejaban atrás. Empujó impetuosamente la anticuada puerta temiendo que no quisiera abrirse y el impulso las arrastró hasta el borde de la vereda poco transitada por la pertinaz lluvia. Se miraron como quien sale ileso en medio de un tiroteo y rieron como tontas mientras el agua las empapaba.
Emilia se repuso momentos después y exhortó a su hija:
-¡Busquemos un lugar donde repararnos, Mariana!
De tácito acuerdo, caminaron hacia la esquina tratando de perder de vista el deslucido edificio. Se refugiaron en una pequeña confitería que tenía pocas mesas ocupadas y se sentaron junto a una ventana. Una jovencita se acercó a tomar el pedido y les alcanzó una toalla para que se secaran. Hasta que no tuvieron delante de ellas los humeantes pocillos de café, no cruzaron palabra.
-Le voy a avisar a Luis que ya tenemos las llaves –dijo Emilia, sacando el celular. Mientras la madre acordaba un horario con el barman, Mariana tomaba conciencia del escenario que acababan de abandonar. Un encadenamiento de sucesos fortuitos que perdían con rapidez el carácter siniestro en el amistoso ambiente de ese refugio.
-Listo –dijo Emilia.- Luis nos pasará a buscar a las cinco de la tarde- y prosiguió con tono neutro:- La oscuridad me jugó una mala pasada. No sólo me imaginé voces sino hasta la sensación de que alguien intentaba separarme de vos.
La hija recordó la tensión de los dedos de Emilia sobre sus hombros y las disonancias que la persiguieron en el interminable descenso. Alucinaciones producidas por el irracional temor a las tinieblas, se dijo con sensatez, y trató de disipar las aprensiones de su madre:
-Ma, a cualquiera en nuestra situación le hubiera pasado. En un lugar abandonado cualquier roce o movimiento producido por corrientes de aire se distorsiona al llegar a nuestros oídos...
-¿Y qué ráfaga se necesitaría para apartar mis manos de tus hombros? -la interrumpió Emilia.
-Mamita, estabas tan asustada que podrías haber visto al hombre lobo -dijo Mariana riendo.
-¿Y vos no lo estabas? -preguntó la mujer, ofendida.
La hija rodeó la mesa y la abrazó. Se alegró de la reacción materna porque la alejaba de pensamientos tenebrosos. Al fin y al cabo estaban en la era de la tecnología y los hombres lobos merodeaban por el mundo virtual. Le dio un beso sonoro que arrancó una sonrisa al agradable rostro de Emilia y volvió a la silla para abocarse al tema que la apartaba de cualquier preocupación:
-¿Alguna vez fuiste a la casa de la tía? -interrogó ansiosa.
-No. Y tu papá nunca habló de ella. En realidad, poco habló siempre de la hermana y la familia. Aunque huérfanos, supongo que tendrían una historia. Pero Edmundo era evasivo y después de las pocas visitas de Victoria para conocerte algo grave los alejó. Tu padre dejó de referirse a su hermana y ¡listo...! Si te he visto, no me acuerdo -concluyó pintorescamente.
-Pero la casa debe ser importante -dedujo la joven.- Digo... Considerando las cuentas bancarias.
-Hablando de eso... ¿Vamos al cajero automático? -propuso Emilia.
Mariana asintió y llamó a la camarera para pagar la cuenta. Antes de salir abrió el sobre pequeño y extrajo la tarjeta y la hojita con la contraseña. Afuera había parado de llover. Como estaban en plena zona comercial encontraron pronto una cabina bancaria. Entraron las dos. La muchacha ingresó la clave, y lanzaron una exclamación al unísono. El fondo para imprevistos era de veinticuatro mil pesos.
-¡Cuatro veces mi indemnización, mamá! -gritó la joven emocionada.
Emilia observaba la pantalla con reserva. ¿No eran desproporcionadas las dádivas provenientes de un pariente no querido? Una parte de ella discrepaba con la euforia de pensar que se habían acabado sus apuros económicos. Observó el rostro extasiado de la joven mientras retiraba los billetes que la máquina vomitó a pedido. La muchacha digitó cuatro veces más el importe de treinta para hacerse de billetes chicos y después se volvió con gozo hacia su madre:
-¡Un mes de sueldo y otros once más, mami! Esta noche lo invitaremos a don Luis a cenar al mejor restaurante.
Como la madre la mirara sorprendida, aclaró:
-Por llevarnos hasta la casa y para festejar la herencia.
De regreso al hogar, Mariana tendió la mesa mientras Emilia preparaba el almuerzo. Había empezado a revisar el inventario cuando estuvo lista la comida. La madre la instó a tomar un descanso hasta la hora en que pasarían a buscarlas, a lo que la muchacha no se resistió. Se levantaron a las cuatro de la tarde y, a las cinco, Luis las recogió puntualmente. Durante el trayecto Emilia le refirió a su amigo los pormenores de la visita al abogado. La hija escuchaba la charla con desasosiego, temiendo que la incursión por el edificio desanimara a Emilia para ocupar la casa. Ese lugar, sin conocerlo, la atraía como un imán. Llegaron cerca de las seis. La Calle de los Sauces, fiel al nombre, estaba bordeada por árboles cuyas largas cabelleras rozaban la calzada. La casa era la penúltima de esa arteria y estaba cercada por una valla de hierro coronada por afiladas puntas de lanza. El auto recorrió más de veinte metros desde el comienzo de la reja hasta alcanzar el pórtico, equidistante otros tantos del final de la empalizada. Una espesa vegetación ocultaba cualquier construcción de la vista de los transeúntes. Mariana se bajó del vehículo sosteniendo entre sus manos temblorosas las llaves que le franquearían el ingreso a la vivienda. El semicírculo del portón de entrada, erizado de púas, quebraba la línea recta de la verja. El centro de la arcada encerraba un nudo de serpientes cuyas lenguas hendidas sostenían, ancladas a los bordes de la curvatura, los cuerpos retorcidos. La joven desvió la vista hacia la puerta y encajó la llave en la cerradura. El tambor giró suavemente, como recién lubricado. Empujó una hoja que se abrió hacia adentro dejando suficiente espacio para que pasara el auto. Luis esperó a que Mariana cerrara la reja y subiera al vehículo antes de tomar la senda que se ondulaba entre los árboles. Ninguno hablaba mientras transitaban entre el denso follaje, esperando ver la casa en cada curva. Luis, atento al camino, sintió que un malestar lo ganaba a medida que se internaban en la espesura. Se preguntó si no era un desatino abandonar a las mujeres en esa inhóspita propiedad. Calculó que llevaban recorridas más de una cuadra, cuando en un viraje terminó abruptamente el bosque. Al fondo del amplio predio, custodiada por añosos cipreses y revestida de hiedra, se erguía una antigua casona rodeada de un descuidado jardín.
Mientras Luis escudriñaba el borroso sendero que llegaba hasta la entrada, escuchó los comentarios de las mujeres:
-¡Mamá! ¡Es una verdadera mansión...! -exclamó Mariana exaltada.
Emilia tardó en responder. La breve relación que mantuvo con su cuñada estuvo oscurecida por un sofocado rechazo, sensación que revivió a la vista de la casa.
-Creo que es demasiado grande para nosotras... -insinuó y, para inquietud de Mariana, agregó:- y demasiado lejos del centro.
-¡Pero, mamá...! ¡Ahora tendré mi auto y ya no hay apuro por encontrar trabajo! -Protestó la joven, corroborando su decisión de habitar la finca.
El conductor reanudó la marcha en medio de un esquivo silencio. Apenas detuvo el motor, Mariana se apeó del vehículo. Quedó suspensa observando la tallada puerta de madera. Detrás de ella los mayores no disimulaban la inquietud que el lugar les provocaba. La mirada de la muchacha recorrió la áspera piedra que, a trechos, aparecía libre de la enredadera; los angostos ventanales de vidrios coloridos que requerían una buena limpieza; los deslucidos accesorios de bronce de las aberturas. Fascinada, introdujo la llave y la puerta se abrió tan suavemente como la verja de entrada. Los cerrados postigones impedían la entrada de los mortecinos rayos de sol. Luis se adelantó a las mujeres y, sorteando sombras, llegó hasta una ventana y la abrió. Las sombras se disgregaron en una colección de sólidos muebles que asumieron forma total cuando Emilia bajó mecánicamente la llave de luz. Una vistosa araña de cristal los deslumbró. Luis se sorprendió porque había supuesto que la casa no tenía conectado el fluido eléctrico. Recorrió todas las dependencias y encendió las luces. Les comunicó que la planta baja constaba del recibidor, un comedor, una sala de estar, un escritorio con un baño y una amplia cocina. La madre, chef por vocación, se apropió inmediatamente de ese espacio con el total consentimiento de su hija. La estancia estaba equipada con artefactos un poco antiguos pero en perfectas condiciones. En tanto Emilia admiraba los sólidos muebles de madera y se maravillaba de la increíble cantidad de utensilios, Mariana se dedicó a examinar los sectores restantes. Empujó la puerta vaivén opuesta a la mesada que se abrió sobre una barra circular al fondo del gran salón. El comedor, por supuesto -pensó. Una mesa con espacio para treinta comensales ocupaba el centro, con las correspondientes sillas tapizadas en tela estampada. Más tarde averiguaría que se trataba de un valioso juego de estilo Reina Ana cuyo valor la dejó boquiabierta. Una araña central y dos secundarias, más pequeñas, pendían a lo largo del recinto. Un hogar dominaba sobre la pared que veía a la derecha, adonde colgaban más de dos docenas de retratos. ¿Adornos o parientes desconocidos? – conjeturó su voz interior. Sobre el muro izquierdo, la tarima pulida que soportaba el piano proponía espacio para varios instrumentos más. Tapices con paisajes adornaban esta pared. Extraños panoramas –dijo para sí. Saltó sobre el mostrador para acceder al comedor y se asombró de las dimensiones mientras caminaba hacia la entrada. El espacio entre la mesa y la puerta de ingreso satisfacía las exigencias de una cómoda pista de baile. Si reuniera a los personajes de los cuadros, a la tía, a papá, a mamá y a Luis, llenaría esta mesa – caviló, estremecida por la mezcla de muertos y vivos. Deseosa de reconocer la planta baja, se prometió regresar para observar los cuadros y el mobiliario con detenimiento. Traspuso la puerta doble para acceder al pasillo ancho que vertebraba cada recinto. Frente a ella, otra entrada conducía a un estudio revestido de libreros. El amplio escritorio de aspecto sólido, el sillón de apariencia confortable, la mesita de cristal ante dos sillones mullidos que guarecían una lámpara de pie y vitrinas colmadas de objetos diversos le hicieron pensar que podría pasar el resto de su vida revisando libros y curiosidades. Otra promesa de volver antes de girar el picaporte de la puerta del baño. Se estaba acostumbrando a las dimensiones de los cuartos. El antebaño amueblado era tan grande como su dormitorio actual y, el baño propiamente dicho, otro tanto. Decidida a dar un vistazo a los alrededores antes de que oscureciera, se apresuró hacia la sala de estar. Era la única que se abría al exterior. A través de los ventanales vio decaer la tarde. Se volvió hacia la cocina y gritó:
-¡Ma, estoy afuera!
Salió sin esperar respuesta. El borde de lajas terminaba en una suave pendiente de césped que alfombraba los alrededores de la casa. Mariana pensó que se vería menos agreste cuando fuera recortado. Caminó hacia el centro del espacio abierto hasta llegar a pie de dos árboles frondosos. Aquí se podría poner una mesa para comer en verano, -se dijo con placer-. Se desvió hacia donde comenzaba a prosperar la vegetación. Escuchó los trinos de las aves rezagadas que iban a guarecerse en sus refugios y otros clamores ajenos a la ciudad. Unas rachas de viento le arremolinaron el pelo e hicieron susurrar las hojas de los árboles entre los cuales se internó con vacilación. ¿Hasta dónde vas a llegar? –inquirió su prudente alter ego. Lo ignoró y penetró por el sendero intentando divisar la verja que demarcaba el fin de la propiedad. Las sombras crecientes aglutinaban los árboles impidiéndole vislumbrar los límites del bosquecillo mientras un renovado sentimiento de soledad la invadió. La nostalgia se acrecentó en el lugar en que su padre había crecido. ¿Estoy pisando un lugar que recorriste?¿Por qué nunca hablaste de esta casa? ¿Qué pasó entre Victoria y vos? ¡Ay, papá, cuánto te extraño...! -las lágrimas se escaparon mitigando la angustia. Cuando decidió pegar la vuelta, avistó la construcción sumergida entre las enredaderas. No sigas –le advirtió una voz precavida. Esta vez acató el mandato de la razón. ¡Ya tendré tiempo mañana de investigar este lugar! –pensó convencida. La oscuridad había progresado apagando el perfil de la senda que la guiaría hasta la casa. Apretó el paso amedrentada por la intensificación de sus sentidos. En este bosque medra cualquier cosa –susurró una vocecilla asustada que reconoció como propia. Los pies se desconectaron del cerebro y aceleraron irreflexivamente hasta encontrar un escollo. Presa de pánico, estiró los brazos para frenar la oscuridad que ascendía para devorarla. La tierra vibró bajo su cabeza aturdida por el golpe. ¿Quién viene por mí? Qué digo... ¡Tengo que levantarme...! -hizo un esfuerzo por dominarse. Rompió la inercia que la mantenía pegada al suelo y se incorporó. Un siseo apagado la hizo girar hacia los árboles. ¡Las víboras! ¡Las víboras de la entrada...! -gimió su mente enardecida.
-¡Mariana…! ¿Adónde estás?
La inconfundible voz de Emilia la ancló a la razón. Corrió hacia el clamor que Luis secundaba y se precipitó literalmente en los brazos del hombre.
-¡Nena…! ¿Qué te pasó? –exclamó la mujer.
Mariana se apartó de Luis con una risa inquieta e hizo un gesto despreocupado:
-¡Nada, mami! La oscuridad me regresó a la infancia… ¡Es una tontería de mi parte! –afirmó, molesta por las evocaciones tenebrosas que, en compañía de Luis y su madre, carecían de significado.
-Será mejor que nos vayamos –declaró Emilia.- Tendremos oportunidad de seguir recorriendo más adelante. ¡Este lugar tan abandonado me pone la piel de gallina! –terminó.
Mariana no discutió. Luis encendió los faros del auto antes de apagar las luces de la casa y desandaron el camino hacia la calle de los Sauces. La arteria iluminada entraba en franco contraste con las sinuosidades que acababan de recorrer. Los tres, sin hablarlo, apreciaron el ruido y el movimiento de las calles a medida que se aproximaban al centro de la ciudad.
Emilia modificó los planes de Mariana antes de llegar al departamento:
-Luis, quedate a cenar, por favor. Necesitamos un oyente imparcial.
-Será un placer –respondió el hombre.
Entre los tres improvisaron la cena y comieron en un clima relajado. Después de levantar la mesa, y ante las correspondientes tazas de café, Luis mencionó los sucesos del día:
-A Mariana no le voy a preguntar. Basta mirarle la cara para saber cómo le cayó la herencia. Pero vos sos un enigma, Emilia. ¿Hay algo que te incomoda?
La hermosa mujer le dirigió una mirada apreciativa. Estaba descubriendo a un hombre intuitivo detrás del amigo de tantos años. Habló esperando no molestar a Mariana con sus recelos:
-No me voy a quejar de una fortuna en bienes materiales que nunca hubiera soñado, pero siento que toda esta dádiva no es gratuita. Como… -Hizo una pausa- si tuviéramos que devolver de alguna forma este legado.
-¿Qué decís, mamá? –interrumpió la hija- ¡Son todas suposiciones tuyas! ¿Por qué estaríamos en deuda con la tía? Si nosotras no nos interesamos por ella, tampoco ella por nosotras. En todo caso, la decisión fue de papá.
-Tenés razón, Mariana. Pero presiento que sería mejor desprendernos de la casa. ¡Aún vendiéndola a mitad de precio podríamos comprar el mejor departamento de Barrio Martin! –dijo sugerente.
El gesto porfiado de la muchacha le reveló que la moción no tendría apoyo. Miró esperanzada hacia Luis, esperando alguna reflexión que disuadiera a su hija.
-Tal vez no un departamento –aportó el hombre - sino una quinta en Fisherton, con parque y pileta como te gusta. Por lo que ví, vale tanto la casa como el contenido. Les sobraría plata para mantenerse sin apremios. Pensalo. Tendrías la vivienda de tus sueños y una mamá agradecida –remató con una sonrisa.
Mariana controló el disgusto. Después de todo, la culpa es de mamá que lo autorizó a opinar – reconoció. Propuso una solución intermedia:
-No quiero contrariar a mi madre –le habló a Luis- pero no voy a desprenderme de esa casa sin haberla examinado a conciencia –ahora la miró a Emilia:- Ocupémosla un mes y te prometo considerar la posibilidad de venderla –estaba persuadida de que una vez instaladas olvidaría cualquier reparo.
Durante unos minutos nadie habló. La mujer meditó seriamente la oferta filial. ¿Cómo transmitirle esta sensación de rechazo si está deslumbrada por la casa? ¿Por qué Victoria beneficiaría a un hermano que la abandonó? No sé... Tal vez en el que fue su hogar encontremos las explicaciones que nos faltan. Pero un mes, Mariana... ¡Sólo un mes! -decidió.
-Nos instalaremos un mes, hija, y después la venderemos para buscar un lugar más conveniente. ¿Estás de acuerdo?
Mariana la miró sorprendida por el tono autoritario. Después, le contestó en medio de una carcajada:
-¿Quién podría oponerse a ese pedido, mamita querida? Dos meses... ¡Y hecho! -le tendió la mano con cara de pascua.
-Con mudanzas incluidas... -regateó Emilia antes de imitar el gesto.
Mariana asintió con una mueca y después de estrecharse formalmente las diestras la abrazó cariñosamente. Luis asistió al arreglo entre las mujeres lamentando la escasa resistencia que Emilia opuso al planteo de su hija. Tendré que buscarme un reemplazo en el bar para poder estar más tiempo con ellas -resolvió. No quería respaldar los recelos de Emilia para no intranquilizarla más, pero estaba dispuesto a colaborar para acelerar el examen de la propiedad. Confortado por esta decisión, no juzgó arriesgado proponerles la revisión del inventario.
-Ahora que se han puesto de acuerdo, las invito a mi boliche para completar la cena con postre y brindis. ¿Y qué tal echarle una ojeada al inventario? Si tenemos alguna duda, la investigaremos por Internet.
-¡Ay, don Luis...! -se lamentó Mariana:-la idea era agasajarlo por todas sus atenciones y ahora termina invitándonos como siempre.
-¿Si le decís Luis....? -opinó repentinamente Emilia.- Don Luis suena tan arcaico...
La joven y el hombre cruzaron una mirada interrogante.
-Luis... Bueno -concedió, mirando el benévolo rostro masculino. Giró hacia el dormitorio:- ¡Voy a buscar el listado del mobiliario y partimos!
Los adultos la esperaron en confortable silencio. Mariana volvió con la carpeta y se dirigieron hacia el bar.
-¿Qué prefieren? ¿Lemon pie o tarta de ricota?
-Yo, lemon pie. Mami, tarta -contestó la muchacha y lo acompañó para cargar las cosas.
Volvieron con las tortas, las copas y una botella de champaña. Luis la destapó premeditando que el corcho alcanzara a Mariana pero, arbitrariamente, cayó en la falda de Emilia. Entre risas, la madre se lo arrojó a la hija, quien lo sostuvo burlescamente contra el pecho antes de soltarlo sobre la mesa.
-¡Por el comienzo de una nueva vida! -deseó Luis acercándoles su copa.
El brindis fue recibido con sonrisas. Amplia la de Mariana, contenida la de Emilia. El hombre bebió en silencio sin apartar los ojos de la mujer querida. Le inquietaba la reticencia de Emilia cuyo significado se le escapaba. No estaba preocupada por el aislamiento de la casa porque contaban con el auto de Mariana. Si ella se había adaptado a la prosperidad en vida de Edmundo y a la restricción después de su muerte, ¿por qué en esta circunstancia abiertamente favorable se mostraba renuente? Mariana, ajena al pensamiento de Luis, abrió la carpeta.
-¡Presten atención! -dijo con aires de maestrita, recorriendo el documento con la vista- ...Blablabla... ¡Cuánto parloteo jurídico...! ¡Ah! Aquí está lo que nos interesa -y se adentró en la descripción del mobiliario y el contenido de la casa.
Muebles de estilo, porcelanas, tapices, cuadros, cristales y platería, libros de ediciones agotadas, orfebrería, requirieron varias consultas por Internet. Al cabo de dos horas coincidieron con la tasación estimada por los curadores: un millón de dólares que, según el apremio por vender, eran fácilmente transformables en medio millón. Los tres procuraron asimilar la información. Hubo un silencio laborioso al terminar la lectura del inventario y Luis fue el primero en romperlo:
-Como suponía, el mobiliario es más valioso que la casa. Si no lo quieren conservar por razones sentimentales, me atrevo a decir que de ahora en más serán verdaderas potentadas.
-Me bastará con estudiarlos y admirarlos mientras estemos en la vivienda -concedió Emilia- pero para una casa moderna resultan un tanto sombríos.
Mariana no opinó. No eran los muebles lo que ella quería conservar sino su recipiente. Notó que algo faltaba entre los espacios inventariados:
-¿Por qué no detallan el contenido del ático?
La madre la miró sorprendida.
-¿A qué ático te referís?
-Al que domina la planta alta, por supuesto.
Luis intentó recuperar la imagen de la casa que se le borraba a la distancia. Se asombró del escueto recuerdo cuando él, por exigencia de su negocio, había hecho un ejercicio de la observación.
-No lo tengo presente... -dijo dudoso- pero es posible que esté lleno de cosas viejas y por eso no las enumeraron.
-Tiene razón -coincidió la joven- para eso están los áticos. ¡Son los mejores lugares para encontrar cosas raras!
Emilia sonrió con indulgencia y se levantó:
-Bueno, inquisidora, será mejor que nos vayamos para que este hombre pueda descansar.
-Las acompaño -ofreció Luis con presteza.
Ambas se negaron simultáneamente. Adujeron que estaban a una cuadra y que eran dos. El barman se quedó en la puerta del negocio hasta que la curva de la esquina las tragó. Apagó las luces y subió a su vivienda agradeciendo tenerla tan cerca. Un cansancio poco común lo invadió. Demoró bajo la ducha mientras relajaba los músculos. Se secó el cuerpo y lo examinó en el espejo como si fuera ajeno. A los cincuenta y ocho años conservaba el pelo y la complexión atlética de la juventud. ¿Si Edmundo no hubiera sido tan atrayente Emilia lo hubiera preferido a él? Sacudió la cabeza apartando esa idea frívola. El recuerdo del rival lo golpeó. Evocó al esposo enamorado, al padre cariñoso y al amigo enigmático que nunca pudo trasponer la sutil frontera entre la confianza y la reserva. Todos tenemos cosas que ocultar, viejo -concedió mientras pensaba en su encubierto amor por Emilia. Cayó sobre la cama y el sueño lo ganó antes de que pudiera ponerse el pijama. Se despertó con la perentoria necesidad de vaciar la vejiga. La luminosa esfera del reloj indicaba las dos y media como en la madrugada que Emilia le comunicó el accidente de su marido. Caminó tambaleante hacia el baño y cuando alivió la tirantez del bajo vientre, reparó en la turbadora sensación de ser observado. Permaneció de espaldas a la puerta impedido de volverse por la creciente seguridad de ser acechado por detrás. Recurrió a un poderoso esfuerzo voluntario y giró para encontrarse frente a frente con Edmundo. Los erizados vellos de su nuca refutaban el pensamiento racional: No es real. Está muerto. La aparición avanzó hacia él, que apartó la mirada de los ojos oscuros donde prosperaban otras sombras cuyo significado se negaba a interpretar. La boca pronunció palabras que sólo capturó el cerebro: No las dejes solas. Recordá. No las dejes solas. Extendió la mano y apoyó el índice sobre el pecho de Luis. Un grito de terror lo rescató de la parálisis y lo devolvió a la conciencia de estar sentado en la cama y con el corazón acelerado por el pánico.
-¡Mierda! -exclamó cuando notó la humedad de las sábanas.
Saltó del lecho consternado por haberse orinado encima. Estos son los famosos restos diurnos de Freud -conjeturó- tanto pensar en Edmundo y acostarme desnudo. Retrocedí a la infancia y di por hecho que estaba en el baño. La conclusión lógica lo tranquilizó y buscó una toalla grande para secar el colchón. Después de darlo vuelta, puso sábanas limpias y tomó otra ducha. Al abrocharse el saco del pijama, notó un hematoma bajo las tetillas. Me debo haber golpeado sin darme cuenta -se dijo. No obstante, murmuró: Lo prometo, Edmundo. Apenas eran las dos cuando volvió a dormirse.
Mariana disfrutaba la sensación de libertad que sentía al volante de su auto. Las ruedas la llevaban hacia la casa codiciada. El día era diáfano y cálido. Miró por el espejo retrovisor el rodado de escolta, ocupado por Luis y su madre. El cantinero había insistido en acompañarlas a pesar de su decisión de mudarse en pleno día. Sólo cargaron ropa y pertenencias personales. Adonde iban no necesitaban nada más. Antes de que se desvaneciera la zona comercial, descubrió el amplio supermercado. Aminoró la marcha y puso la luz de giro para ingresar a la playa de estacionamiento. Luis la imitó y se ubicó junto a ella.
-¿Y ahora qué decís, ma? –preguntó socarronamente, recordando las protestas maternas de “que en ese lugar no debe haber un miserable almacén”.
Emilia se encogió de hombros. La evidencia de la civilización no la subyugaba. Aún pensaba que habitar esa casa suponía arrinconar las decisiones espontáneas fomentadas por la residencia en el centro de la ciudad. No más salidas imprevistas con las amigas, olvidarse del práctico quiosco de la esquina, depender de Mariana para cualquier traslado. Voy a aprender a manejar y me voy a comprar un auto. ¿Qué digo? Yo no quiero quedarme en ese lugar. Es sólo por dos meses. ¡Dos meses, dije! La propuesta de Luis la sacó de la abstracción.
-¿Entramos para abastecernos?
Los tres caminaron hacia la entrada. Hicieron un rápido recorrido por la planta alta atiborrada de locales ofertando desde un par de zapatos hasta los últimos adelantos digitales.
-No te entusiasmés, Mariana, porque ahora vamos a comprar comida. No quiero llegar de noche a la casa -dijo Emilia.
-¡Qué exagerada, mamá! Recién son las diez de la mañana...
-¿Y si bajamos al súper? -terció Luis.
Las mujeres lo siguieron sin agregar comentarios. Mariana se apoderó de un carrito y se adelantó por el pasillo central. Cuando iban de compras, ella era la encargada de los artículos superfluos. Hacía tiempo que los escasos recursos la privaban de ese rol. Seleccionó los mejores vinos y licores, latas de mariscos, caviar y confituras importadas. En lo alto de una góndola exhibían frascos de higos y castañas en almíbar que despertaron inmediatamente su glotonería. Intentó agarrarlos izándose sobre la punta de los pies. ¿Por qué no me habré puesto tacos? Una seductora voz masculina ofreció:
-¿Te lo alcanzo?
Mariana apoyó los talones, giró la cabeza y quedó a la sombra de un hombre sumamente atractivo. La agradable sonrisa se reflejaba en los ojos oscuros. Varias traumáticas experiencias con el sexo opuesto la persuadieron de que no se dejara embaucar.
-No, gracias -respondió fríamente y empujó el carro hacia delante.
El desconocido disimuló una mueca risueña y bajó el frasco hasta el estante inferior. ¡Vaya con la niña! Ni que le hubiese hecho una propuesta indecorosa -pensó divertido.- ¿Estará de paso? Me gustaría volver a verla. Se asombró de la súbita pretensión inspirada por la joven esquiva que desaparecía a la vuelta del corredor. Volvió la atención hacia las compras con las que agasajaría a sus amigos y ni la recordaba al pasar por la caja. Mariana dio varias vueltas y retornó al sector de los dulces artesanales. No me voy a ir sin los higos, y si el tipo está, no le doy bola y listo. El envase había descendido a una altura razonable. Lo agarró y echó un rápido vistazo alrededor. La acción del hombre le provocó un agradable cosquilleo. ¿Por qué pensar que fue él? Seguro que alguien lo curioseó y decidió no comprarlo. ¿Habré dado con un masculino desinteresado? Emilia interrumpió la especulación.
-¿Ya terminaste, nena?
La joven asintió y le traspasó el contenido del carrito. Luis llegaba con dos bolsas de carbón y se dirigieron hacia una cola. En tanto esperaban, Mariana miró hacia las otras filas con la expectativa de encontrar al extraño. Se sintió vagamente desilusionada al no verlo. ¿Esperabas algo, ridícula, cuando fuiste tan antipática? Luis y su madre ya estaban vaciando el carro sobre la cinta de la caja. Se absorbió en esta tarea y esperó la cuenta mientras los mayores acomodaban las bolsas para llevarlas al auto.
El sol del mediodía presagiaba una jornada calurosa. Mariana, ansiosa por llegar, tomó la delantera y aceleró. El recorrido se le hacía familiar, como si lo hubiera hecho muchas veces. Paró el auto frente a la verja, la abrió y enfiló el auto sin detenerse a esperar que Luis cerrara el portón. Transitó el sendero con una aguda sensación de pertenencia sólo interferida por los pájaros y el viento. Aquí creció papá. Aquí hay cosas que le pertenecieron y me esperan -presentía. Avistó la casa al doblar el recodo; avanzó por el sendero de ripio, estacionó y la abarcó con mirada posesiva. Tengo derecho a estar acá, tía -afirmó desafiante. El ruido del motor del auto de Luis la puso en movimiento. Franqueó la puerta, encendió las luces y abrió los postigones para que el sol, ataviado de colores, entibiara la habitación. Asistió a la transformación maravillada, relegando al olvido las sensaciones siniestras que la acometieron en la primera visita.
-¿Hay alguien aquí? -voceó Luis risueño.
Mariana se apresuró a descargar varios bultos que traía su madre. Los tres dejaron los paquetes sobre la mesada de la cocina y los clasificaron, acomodándolos en estantes o en la heladera.
-Voy a encender el fuego -anunció Luis acarreando la parrilla y una bolsa de carbón hacia el exterior.
-¿Vamos a elegir un lugar para poner la mesa? -invitó Emilia.
La hija se plegó sonriendo. Afuera, el hombre estaba despejando un hueco para prender el carbón. Las mujeres optaron por un lugar sombreado cerca de la improvisada parrilla.
-Traigamos una mesa, nena -indicó la madre dirigiéndose hacia la casa.
-¡Esperá, mami! Allí hay un cobertizo. Echemos una mirada.
Se acercaron a la deslucida puerta de madera que costó desatrancar de puro destartalada. Una polvorienta lamparita se esforzó por iluminar el caos. Las herramientas de jardín estaban mezcladas con bolsas de tierra, maceteros, muebles amputados, una cortadora de césped, trastos de limpieza y cajas de ignoto contenido. En un rincón había una mesa de hierro labrado y varios sillones del mismo metal pintados de blanco, a los que rescataron de la red de telarañas. Los acomodaron, después de una cuidadosa limpieza, en el espacio seleccionado. Completaron el conjunto con un mantel blanco bordado, vajilla de porcelana, copas de cristal y cubiertos de plata. Luis se acercó para admirar la obra de las mujeres.
-Tendré que lucirme con el asado para no desentonar -dijo aprobadoramente.- El fuego está listo. Voy a buscar la carne.
-Y yo a preparar las ensaladas -manifestó Emilia siguiéndolo.
-Y yo... -agregó Mariana -¡a buscar los almohadones para no borrarnos el trasero!
Entró al galpón acompañada por las risas alegres de sus oyentes. Buscó los cojines sorteando distintos objetos. Estaba convencida de su existencia porque sentarse sobre el hierro era demasiado penoso. A punto de renunciar vio, a centímetros de la esquina que ocuparan la mesa y los sillones, un envoltorio rectangular rodeado por una cuerda. Si yo miré aquí en primer lugar... En el paquete había seis almohadones protegidos por una cubierta de plástico. Los levantó al tiempo que una voz apagada pero nítida pronunció su nombre: -Mariana...
-¿Mamá? -giró hacia la puerta.
La madre estaba visible, pero al lado del asador y sosteniendo una copa de vino en la mano. La joven miró la escena inexpresivamente. Controló las ganas de salir corriendo del cobertizo. No es mamá. ¿Cómo pude confundirla? Porque era una voz de mujer... y me llamó por mi nombre. Como tía Victoria. Sí. Era la voz de ella. La tengo grabada a pesar de haberla visto tan poco. No me jugués una mala pasada, conciencia... Yo no decidí la separación. Después de todo, esta casa es tanto de papá como de la tía. Era. Ahora quedamos mamá y yo. ¿Por qué habrías de reprocharnos, Victoria? Fijó la vista en Emilia y se aferró al nexo para abandonar el galpón sin traslucir su inquietud.
-¡Voilá! -exclamó sacudiendo el paquete ante la pareja.
Desató el cordel y acomodó los cojines sobre los asientos. Lucían confortables y pulcros. Mariana se dejó impregnar por la escena bucólica. Se sentó, levantó el cáliz de cristal y observó el resplandor escarlata que la luz le arrancaba al vino. El almuerzo campestre fue un éxito. La charla, placentera, y sincero el aplauso para el asador. A las tres de la tarde la mesa y los sillones despojados de los almohadones eran los únicos vestigios de la inauguración.
-¡Aprovechemos la tarde para explorar los alrededores...! -pidió Mariana al guardar el último plato en la alacena.
-Yo me voy a descansar -respondió la madre.- Veamos primero las habitaciones.
Luis, al ver la mirada desencantada de Mariana, ofreció:
-Escojan los dormitorios y después te acompaño al safari.
-¡Sí! -acentuó la joven, y salió de la cocina brincando como una criatura.
Se compuso al pie de la escalera para remontar los peldaños hasta el rellano. Hizo un alto y esperó a que subieran Luis y su madre. Caminaron por el corredor y fueron abriendo las puertas. La primera daba al dormitorio de Victoria, de indudable estilo Luis XIV. Decidieron no ocuparla y eligieron las dos contiguas. Al final del pasillo había una cuarta. Todas estaban amuebladas con el mismo estilo y en excelente estado de mantenimiento. En los cajones de la cómoda había ropa blanca limpia y, a instancias de la madre, acondicionaron las camas para el descanso nocturno. Luis no creyó oportuno anunciar en ese momento que se quedaría. Ya encontraría una buena excusa hasta la noche. Dejaron a Emilia reposando y emprendieron la caminata.
-¿Por dónde querés empezar? -preguntó Luis.
-Por la casa que vi en mi primera recorrida. Está siguiendo ese sendero -indicó.
Caminaron en silencio. Mariana agradecía la presencia del hombre que sosegaba los corceles desbocados de su imaginación. El sol restituía la inocencia al paisaje enturbiado por las sombras. La construcción apareció al final de la senda. La enredadera cubría las paredes de piedra y parte de las aberturas de madera adonde se apreciaba el paso del tiempo y el abandono. Luis giró el antiguo picaporte y descubrió que la puerta estaba asegurada.
-No vas a poder calmar tu curiosidad... Está cerrada con llave.
-¡Ay, ay, ay...! -profirió Mariana.- ¡Y no traje el llavero! ¿Cómo iba a imaginar que esta casucha estaba clausurada?
El hombre la invitó a tener paciencia con una sonrisa y un gesto. Después de varios intentos de espionaje entre las hendijas, reanudaron la caminata. Esta vez llegaron hasta la verja que circundaba la finca. Contra ella se apoyaba una barrera de árboles y matorrales. Mariana, empeñada en avistar la calle, se ganó varios raspones.
-¡Es peliagudo meterse entre los árboles! Esta casa está más protegida que el pentágono -compuso un gesto tortuoso.- Nadie puede entrar... O salir.
Luis dejó escapar una carcajada. Las ocurrencias de Mariana lo divertían, la tarde era espléndida y la ilusión de compartir algunos días con la mujer querida, tangible. Revolvió el pelo de la joven y la tomó de la mano para continuar la caminata. Un poderoso gruñido los detuvo.
-¿Qué fue eso? –dijo Mariana, apretando el brazo de su compañero.
Luis intentó descubrir el origen del sonido. Recorrió la valla con la mirada mientras registraba la presión de los dedos de la muchacha. Recordó la fobia de Mariana por los perros desde que fuera atacada. Con cinco años debió sobrellevar un largo tratamiento.
-Quedate tranquila, querida. El ruido viene desde afuera y como dijiste, nadie puede entrar.
Un silbido agudo alejó el bramido amenazante. La muchacha aflojó el apretón con expresión avergonzada.
-Perdóneme, Luis. De sólo pensar en el tamaño que acompaña a ese rugido, me volví loca. No lo puedo superar... -confesó con desánimo.
-No te apures. Ya va a pasar... -dijo su compañero y le rodeó los hombros afectuosamente. Después miró el reloj:- ¡Son las cinco! ¿Vamos a sorprender a tu madre con unos mates?
-¡Despertemos a la dormilona! -voceó Mariana.
Se despegaron del muro vegetal que aislaba la casa, buscando el sendero que los guiara entre los árboles. Descubrieron un claro en cuyo centro se abría un ojo de agua lo bastante extenso como para semejar una piscina mediana. Un tosco borde de piedras lo rodeaba, quebrado por una plataforma doble de ladrillos asentados sobre la tierra.
-¡Una pileta de natación! -exclamó la muchacha excitada.
-Habría que sondear la profundidad -discurrió Luis plantado sobre los ladrillos.
-¡Pero si es un estanque! ¿No ves la calma de la superficie? -insistió la chica olvidando formalismos.
-Antes de ser recatada por un par de buzos, ¿me dejarás hacer algunas verificaciones?
Mariana se rió del tono circunspecto de Luis. Podía aceptar que obrara como un padre porque le agradaba la figura sólida y afectuosa de ese hombre en el devenir de su historia.
-¡Hecho! Prometo darme la primera zambullida en tu presencia.
Avanzaron como buenos camaradas hacia la senda que se colaba entre los árboles. Era el camino indudable hacia la casa y, a juzgar por la ausencia de hierbajos, asiduamente transitado. Después de la larga caminata, les pareció llegar en un santiamén a la casona. Mariana subió a llamar a su madre y Luis organizó la merienda. La joven se acercó al lecho de Emilia. Un repentino sentimiento de culpa la hostigó al recordar su desacuerdo con la mudanza. ¿Y si tenía razón y no debiéramos estar aquí? ¿Y si le pasa algo y no llega el auxilio a tiempo? Yo seré responsable. ¡Ay, mami! Te ves tan inerme... Pero, ¿qué podría pasar? Las dos gozamos de perfecta salud y seremos cuidadosas. Además, estamos a veinte minutos de la zona comercial. Contuvo la angustia y acomodó una sonrisa alegre. Acarició con suavidad el cabello de Emilia.
-Mami... Mami... -llamó en voz queda.
La mujer abrió lánguidamente los ojos y le sonrió.
-¿Descansaste, ma?
-¡Como un oso en invierno!
-Ponete linda que Luis nos espera con un mate.
-¿Y cómo les fue en la recorrida?
-En general, bien. No pudimos entrar a la cabaña porque estaba cerrada con llave y un perrazo de la calle me pegó un susto de novela. ¡Pero es una gloria caminar entre los árboles! Y, al final, ¡descubrimos una piscina natural!
Emilia estaba feliz de verla tan entusiasmada. Tal vez -pensó- no haya sido un error acceder a sus deseos. Se vistió y bajaron a la cocina para reunirse con Luis. La merienda se extendió hasta las siete. Después pasaron al estar donde Emilia y el hombre, sentados en los cómodos sillones, desmenuzaron los sucesos desde la llegada del abogado. Mariana investigó los detalles de la estancia. Reparó en el antiguo televisor apoyado sobre una mesa con rueditas que desentonaba con el resto del mobiliario. Lo enchufó, apretó el botón de encendido, esperó algún destello que certificara el funcionamiento. Ajustó la ficha al tomacorriente, inspeccionó los botones y movió la antena. Desalentada, pidió auxilio:
-Luis, ¿entendés algo de televisores?
-Nada más que manejar el control remoto –contestó con gesto de disculpa.
La joven se resignó y lo desenchufó. Mañana lo haría revisar. ¿Revisar? Compraré uno nuevo. ¡Ahora puedo! Se acercó a una vitrina de cristales enmarcados en madera finamente tallada, cuyos estantes estaban repletos de gráciles figuras de porcelana. Sabía de su valor por el inventario. Enfrente había un mueble mellizo con figuras de cristal que destellaban a la luz de la araña.
-¡Son las ocho y media! –Descubrió Emilia.- Organicemos la cena.
Los tres volvieron a la cocina. Las mujeres prepararon una comida liviana mientras Luis disponía la mesa. Después de comer pasaron a tomar un café a la sala de estar adonde Mariana insistió, infructuosamente, con hacer funcionar el televisor.
-¡Mejor! –dijo la madre.- Así nos iremos a acostar más temprano. –Se volvió hacia Luis:- ¿Por qué no te quedás esta noche? Ya es tarde y hay una habitación extra.
El hombre sonrió aliviado.
-En realidad, voy a abusar de tu hospitalidad. Como hace tiempo que no me tomo un descanso, pensé en hacerles compañía el fin de semana. Eso –dijo mirándolas- si están de acuerdo.
-¡Fantástico! -aprobó Mariana.- Así mañana mismo podré bañarme en el estanque.
Luis esperaba la respuesta que más le interesaba. Descubrió un resplandor de alivio en los ojos de Emilia, corroborado por sus palabras:
-Sé bienvenido. Dormiremos más tranquilas con un hombre en la casa.
La confianza de la mujer lo exaltó hasta el heroísmo. Moriría por vos, Emi. Y si la advertencia de Edmundo fue producto de mi preocupación o fue real, me quedaré hasta saber que no corrés ningún peligro. La voz de Mariana lo apartó de su ensimismamiento.
-Si no hay tevé, hagamos como las gallinas. Además -ahogó un bostezo- estoy reventada.
-Voy a cerrar -dijo Luis.
Cuando volvió, Mariana apagó la luz de la sala y cerró la puerta al salir. Arriba, fisgoneó el dormitorio de Luis, lo ayudó a preparar la cama y, antes de acostarse, pasó por el dormitorio de su mamá comentando lo bueno que era tener todos dormitorios en suite. La besó y se despidió hasta el día siguiente. Se acostó al instante para sumirse en un sueño profundo y sin imágenes.
Voces, ruidos y música acercándose, la volvieron lentamente a la conciencia. Le costó ubicarse espacialmente hasta reconocer la habitación ajena. Prestó atención al ruido que perturbaba su descanso. Venía de la planta baja, como si se estuviera celebrando una fiesta. Se sentó en la cama tratando de hacer funcionar el cerebro. Al no encontrar una explicación lógica, se calzó las chinelas, se echó la bata sobre los hombros y bajó. Un lechoso y movedizo resplandor se derramaba por la puerta semiabierta del estar que ella cerrara antes de subir. Desde allí también provenían las voces y la música. A medida que bajaba, la familiaridad de los ruidos se hacía patente. Mamá se desveló y le encontró la vuelta al televisor. Abandonó toda cautela y entró a la sala. El aparato, efectivamente, estaba encendido. Pero nadie estaba mirando. Iluminó el salón y rastrilló con la mirada toda la superficie, cada rincón. Mami se cansó y subió sin apagarlo. O acaso fue Luis... Se encogió de hombros y giró el botón de encendido a la posición de off. La pantalla se oscureció y los ruidos desaparecieron. Apagó la luz, cerró la puerta y volvió al dormitorio. Antes de entrar, abrió silenciosamente el cuarto de Emilia. Dormía con tanto abandono que postergó las explicaciones hasta la mañana.
Mariana despertó con un delicioso aroma de café y tostadas recién hechas. Abrió la valija y acomodó las prendas en el ropero. Se puso la malla bajo la ropa deportiva y bajó, deleitándose con los colores que el sol pintaba sobre el piso con la paleta de los cristales. Luis y su madre, muy descansados, desayunaban en la sala de estar.
-¡Buen día! -los saludó con una sonrisa y les repartió un beso.
-¡Hola, mi amor! ¿Dormiste bien? -pregunto Emilia mientras le servía café.
-Más o menos... -respondió, enmantecando una tostada.- Si no fuera por la pícara o el pícaro que dejó la tele encendida y me despertó a medianoche.
-No es mi caso. Vos sabés que con los aparatos yo no me meto. Es más, me quedé dormida inmediatamente. -Lo miró a Luis interrogante.
-Yo tampoco lo toqué, Mariana. ¿No habrá sido un cortocircuito?
-Pero yo lo desconecté... -alegó. Luego, ensayando una interpretación:- Es posible que no lo haya desenchufado y que de tanto toquetearlo entrara en contacto tardío... Sí, eso debe ser.- Asintió con la cabeza, satisfecha con su explicación.
Los mayores no la contradijeron porque pensaban que el relato pertenecía al territorio onírico de una muchacha enardecida por el cambio. Mariana salió al exterior y comprobó que la mañana estaba muy fresca para un chapuzón. Volvió a la casa con el informe.
-Dejemos el baño para el mediodía. Ahora podríamos revisar la cabaña de las enredaderas.
-Vayan ustedes dos -les dijo Emilia- porque me avisaron al celular que vienen a conectar la línea telefónica durante la mañana.
A Mariana no se le escapó el gesto, inmediatamente reprimido, de Luis. Estaba claro que prefería permanecer con su madre y le pareció absolutamente lógico. Soltó con despreocupación:
-Háganse compañía que yo conozco bien el camino. Eso sí -agregó mirando a Luis- antes del almuerzo los vengo a buscar para estrenar la pileta.
-Esperá, Mariana -la voz del hombre la detuvo.- Te acompaño –Se inclinó hacia Emilia y dijo en voz baja:- Quiero dejarla en lugar seguro. Después vuelvo.
La mujer asintió, agradecida. No le gustaba que su hija incursionara sola entre los árboles y la tranquilizaba que fuera con Luis. Pensó cuán diferente era este hombre de Edmundo. En él no había misterios ni reservas. Se recostó sobre el respaldo del sillón mientras la charla del dúo se amortiguaba a la distancia.
-Te hubieras quedado. A lo mejor los técnicos necesitan alguna sugerencia masculina.
Luis se rió de la consideración de Mariana. Le hizo un gesto para que se detuviera y abrió el baúl del auto. Sacó la caja de herramientas:
-Seamos previsores. La intemperie puede haber arruinado el mecanismo de la cerradura.
Reanudaron la marcha a paso vivo por un camino que se había vuelto familiar. Un firmamento de azul impecable y un sol esplendoroso auguraban un día sumamente cálido. Ante la puerta de la cabaña, Mariana introdujo la llave en el hueco de la cerradura invadido por telarañas. Respondió como todos los mecanismos probados hasta el momento: se destrabó suavemente como recién lubricado. Le echó una mirada satisfecha a Luis y empujó la hoja de madera. La claridad del exterior penetró con ellos descubriendo el austero mobiliario que equipaba la habitación. El hombre lidió con la ventana y la abrió hacia fuera desprendiendo las guías vegetales que la retenían contra la piedra. La luz matinal descubrió los detalles del ambiente. Una mesa de madera, una silla, y una alfombra entre el camastro apoyado contra la pared y el antiguo ropero que lo enfrentaba.
-¿Esto es todo? -el desencanto opacó la voz de Mariana.
-Me parece que estás enviciada -contestó Luis- ¿Aspirabas encontrar el cofre de un tesoro?
La joven se encogió de hombros y después dejó escapar una cristalina carcajada.
-¡Tenés razón! ¿Qué otra cosa se podía esperar de una choza perdida en medio de la espesura? Pero esperá -dijo caminando hacia el armario- si hay cosas en el ropero, me quedo a fisgonear.
Abrió una de las puertas y descubrió varios estantes ocupados por periódicos y revistas polvorientas, prendas amontonadas con descuido, cajas y envoltorios. -Podés volver con mamá. Preparen un refrigerio para irnos de picnic a la pileta -le dirigió una sonrisa graciosa- si no es mucho pedir...
-Sus órdenes serán cumplidas, princesa -declaró Luis con una reverencia. Después agregó:- ¿Tenés reloj? Porque si te dejás llevar por la curiosidad, no te veremos hasta la noche.
-Tengo, tengo. Nos encontramos al mediodía -dijo bajando ya la pila de papel.
El hombre meneó la cabeza con resignación. Volvió presuroso con su amada, tranquilo por dejar a Mariana en un lugar que no ofrecía más riesgo que algún descubrimiento entre la profusión de objetos. Cerca de la casa, vio a Emilia parada en la entrada escudriñando los alrededores. Cuando lo descubrió, vaciló antes de hacerle un gesto de saludo.
-¿Impaciente? -preguntó él.
-No -respondió frunciendo el entrecejo- salí porque escuché tres golpes fuertes a la puerta. Creí que eras vos.
-Recién llego. Te habrá parecido.
-¡No! Fueron tres golpes claros.
Luis abrió los brazos y giró ciento ochenta grados. La miró sonriendo.
-No hay nadie. ¿Lo habrás soñado?
-Para ser un sueño me provocó un buen sobresalto -dijo perpleja- No pensé en los de la telefonía porque yo tengo que abrirles el portón. Creí que eras vos... -reiteró- Y me asustó la urgencia de los toques. Bueno -reaccionó- contame lo de la cabaña.
-No hay demasiado que contar. Es un lugar con escaso mobiliario y dejé a tu hija husmeando el contenido de un viejo ropero.
Un timbrazo interrumpió el coloquio. Emilia entró en la casa y al salir le anunció que venían a instalar el teléfono. Ambos se quedaron esperando en la entrada. Poco después apareció la camioneta de la empresa y deliberaron con los empleados los puntos más adecuados para ubicar el aparato principal y las extensiones.
En la casona, Mariana hojeaba los periódicos después de sacudirles el polvo. Fue desechando los tradicionales de fechas caducas y separó los que desconocía. Estaban escritos en inglés, francés, alemán, ruso y -supuso- chino. ¿Quién tendría conocimiento de tantas lenguas?, se preguntó maravillada. ¿Su tía? Después bajó las revistas. Aquí no había ninguna escrita en castellano y no eran, precisamente, publicaciones de chismes. El idioma le era extraño, no se parecía a ninguno que pudiera identificar. Las portadas eran oscuras y las ilustraciones, símbolos. Revisó algunas y abandonó por no entender nada. Las devolvió al estante con los periódicos extranjeros. Apoyó las cajas y los bultos sobre la mesa. ¿Por dónde empezar? -se dijo. Decidió abrir las cajas. La primera estaba ocupada por hojas perforadas y unidas por un cordel, atestadas de símbolos semejantes a los de las revistas. El papel era grueso, símil pergamino. Para salir de la duda, bajó una revista y comprobó que coincidían. Recorrió la carpeta cuidadosamente sin encontrar nada que ayudara a desentrañar los signos. Las otras cajas contenían más carpetas escritas en esa oscura grafía. Al separar una página de la que encabezaba la última caja, descubrió unos rasgos escritos en el borde interno de la hoja. Los destapó en su totalidad y quedó aturdida estudiando una letra que le era familiar. Cuanto más la observaba, más se aseguraba de que era la firma de su papá. ¿Cómo no reconocerla si tantas veces la vio al pie de los contratos que ella le tipeaba en la computadora? O papá escribió estos símbolos, o de puro aburrido estampó una rúbrica en el papiro. Pensar en un papiro le causó gracia. Se quedó con la carpeta para enseñársela a Emilia y corroborar la autenticidad de la firma. Al devolver el resto a la caja, sus dedos tropezaron con un objeto encajado en una arista del fondo. Dejó los folios sobre la mesa y levantó el doblez que fortalecía la base. Tirando cuidadosamente, fue recuperando una gruesa cadena plateada de la que colgaba un camafeo labrado. Mariana, sin inspeccionarlo, se lo colgó al cuello. Ya tendría tiempo de estudiarlo cuando volviera a la casa. Antes de abrir el primer paquete descansó la vista sobre la alfombra. Los dibujos estaban opacados por el polvo. Se agachó para sacudir la tierra con las palmas de las manos. La nube de polvo la hizo toser. Desprendió el reloj de su muñeca para preservar el mecanismo y lo dejó sobre la mesa. Gateó sobre el tapizado descubriendo el colorido estampado. Después de los extraños tapices del gran salón, el grabado de flores le pareció ingenuo. A diez centímetros del borde, un eco respondió al golpe. Sorprendida, volvió a palmear el lugar que indudablemente sonó a hueco. Levantó la alfombra y la dobló sobre si misma. Los contornos de una tapa aparecieron debajo. Terminó de enrollarla y dejó al descubierto lo que supuso el acceso a un sótano. Buscó la manija o alguna hendidura para levantarla. En uno de los bordes había dos perforaciones equidistantes de las puntas. Separó los brazos y metió los dedos tironeando hacia arriba. La tapa no se movió a pesar de sus múltiples intentos. Sin desalentarse, revisó todos los rincones del cuarto buscando cualquier elemento que le permitiera abrirla. Recurrió al armario y encontró sobre el piso de madera una barra con dos pivotes que concordaban con los agujeros del cuadrado. Los encajó y elevó la tapa sin dificultad. Complacida por la simplicidad de la operación, examinó la oscura boca considerando la posibilidad de bajar. El resplandor exterior le permitió ver los primeros tramos de una escalera de madera. Seguro que abajo debe haber una llave de luz –pensó con optimismo. Colocó la pila de diarios desechados bajo una de las aristas de la tapa y se arrodilló para tantear con su pie el primer peldaño. Lo encontró resistente y bajó el otro pie aferrándose del borde. Nada le sugería la imprudencia de una aventura sobre terreno desconocido y en total soledad. Descendió cautelosamente probando la resistencia de cada escalón. Los sintió tan firmes que abandonó las precauciones a la mitad de camino. La excitación del descubrimiento la impregnó. Cuando su mano izquierda soltó el soporte del travesaño para buscar el que seguía, el pie derecho se apoyó en el vacío. Ahogó una exclamación mientras se mantenía suspendida por un brazo. Pateó buscando sustento para su pie, sin animarse a soltar el peldaño, ignorante de la profundidad de la bodega. Se afirmó con el otro brazo y se deslizó hacia abajo suponiendo que encontraría la grada posterior. No había más que maderos a los lados. Entonces intentó elevarse para alcanzar el soporte que había abandonado. A pesar de su agilidad, la inquietud entorpecía el ascenso. Tanteaba la base del escalón cuando la tapa se desplomó sobre los diarios. El sobresalto le soltó los dedos y cayó con un grito que amalgamaba susto y contrariedad. El golpe se produjo antes de lo que calculaba su mente desbordada. Cuando recuperó el aliento, movió cuidadosamente el cuerpo previniendo alguna lesión. Estaba dolorida por el porrazo pero la molestia era soportable. Se incorporó hasta quedar sentada en el piso. Había ingresado al reino de la oscuridad. Levantó los ojos hacia el techo buscando la entrada al sótano. Sólo un filo de resplandor, insuficiente para iluminar más que pocos centímetros, se colaba por la abertura forzada por el hatajo de periódicos. ¡Dios mío! ¡Me quedaré aquí abajo hasta morir! ¡No seas idiota! Cuando mamá y Luis se extrañen de mi demora, vendrán a buscarme. Pero ¿me buscarán aquí? ¿Y si empiezan a recorrer todo el bosque? ¿Y si me buscan primero por todos los alrededores? ¿Y si avisan a la policía? ¿Y la policía les dice que deben esperar cuarenta y ocho horas para considerarme desaparecida? No voy a aguantar tanto tiempo... ¿Qué hice? Y me saqué el reloj... Por lo menos podría saber la hora, cuánto tiempo falta para el mediodía... ¡Bueno! ¡Basta de lamentos! Lo hecho, hecho está. Tranquilizate y esperá que te socorran. No se ve nada... Si me muevo de aquí no sé que podría encontrar... ¿Y qué vas a encontrar, tonta? Nada. ¿Nada? Por algo habrán construido este sótano... ¿Qué guardarán? ¿Por qué no pensé un poco antes de bajar? Papi se hubiera enojado. ¡Ay, papá...! Este fue tu territorio... Hacé que no me pase nada... ¿Faltará mucho para el mediodía? ¿Eh? Ese ruido... ¡Ratas! ¡En todos los sótanos hay ratas! ¡Algo se movió! ¡Por favor, por favor, por favor...! QUE NO SEAN RATAS ¡Mariana! Te desconozco. Sabés que para soportar la espera tenés que conservar el dominio. Si pudiste afrontar la muerte de papi y salir de ese edificio, bien podés aguardar hasta que te encuentren... El diálogo consigo misma quedó interrumpido por el inequívoco sonido de una respiración procedente de la izquierda. Sintió la turbulencia de su torrente sanguíneo en disonancia con la parálisis de los miembros. Quien sea tendría que acercarse a ella para atacarla. Y juró que no iba a llevárselas de arriba. Giró lentamente hacia el origen del ruido y tensó el cuerpo dispuesta a repeler cualquier agresión. La adrenalina la inundó. El resuello se multiplicó y fue mutando a un escalofriante cuchicheo intercalado de risitas. ¿De qué aviesas risitas tendría que defenderse? Elevó la mano derecha hasta el cuello para contener el estridente latido de su corazón y la deslizó instintivamente por la cadena. Cerró el puño sobre el colgante y lo apretó contra el pecho tumultuoso.
Un calor creciente la descentró de los murmullos. Entre los dedos agarrotados se filtraba un tenue resplandor verdoso. Soltó el medallón. La fosforescencia se expandió y la rodeó como un aura. Intuyó que estaba a salvo antes de que los ruidos se acallaran. La cápsula protectora persistió hasta el llamado apremiante de Luis y Emilia. Cuando el hombre levantó la puerta de madera, encontró a Mariana sumida en la oscuridad.
Los torsos de la pareja se recortaron contra el enceguecedor cuadrado de la tapa levantada. Se inclinaron hacia abajo intentando penetrar las tinieblas. Las preguntas se superponían:
-¿Estás bien, querida?
-¿Podés subir?
La joven se incorporó deseando estirar la claridad hasta donde se encontraba. La luz sólo iluminaba los primeros escalones.
-¡Estoy bien! Pero necesito luz para ver hasta donde llega la escalera. Me caí porque se rompieron los peldaños.
-¿Los primeros están firmes? –preguntó el hombre.
-¡Sí! Por eso me confié.
-Voy a tratar de arrimarme a vos –dijo Luis disponiéndose a bajar –acercate a la escalera y vamos a ver si te alcanzo.
En tanto descendía no dejaba de hablar para que Mariana lo ubicara. Cuando acabaron los peldaños, le indicó:
-Me voy a tomar del último escalón. Fijate si podés tocar mis pies.
Ella estiró los brazos, avanzó y sus dedos chocaron contra la rodilla de Luis. Largó la carcajada cuando se dio cuenta que sólo había caído dos metros.
-¿Son tan graciosas mis piernas? –preguntó Luis al tiempo que se soltaba del escalón y aterrizaba junto a Mariana.
La muchacha lo abrazó fervorosamente. Él la apretó por un momento y después le comunicó: -te voy a izar hasta la escalera.
-¿Y vos, cómo vas a salir?
-Dando un salto, querida. Vamos, que tu mamá está muda por la impaciencia.
La levantó sin esfuerzo hasta que las manos de Mariana se aferraron al travesaño. La euforia de salir de aquel hueco minimizó las huellas del golpe. Los brazos ansiosos de su madre la estrecharon consoladoramente hasta que las separó la voz de Luis:
-¿Me harán lugar para abandonar este agujero?
Una vez que la puerta estuvo cerrada y acomodada la alfombra, se descargó la tensión de Emilia.
-¡Sos una imprudente! ¿Cómo se te ocurrió bajar a ese lugar sola? ¿Y si te hubieras roto algún hueso? ¿O si no hubiéramos sabido donde encontrarte? ¡Te prohíbo que vuelvas a merodear por cualquier rincón de la casa!
Mariana y Luis escucharon en silencio el estallido de la mujer. La hija se acercó con un gesto de disculpa.
-¡Tenés razón, mami! Te prometo que nunca más me dejaré llevar por un impulso. ¿Me perdonás? –dijo compungida.
La madre no parecía muy permeable al indulto. Mariana no insistió y caminó hacia la puerta. Los mayores la siguieron y se dirigieron hacia la casa de consuno. El regreso fue silencioso, respetando el mutismo de Emilia. Los planes mañaneros habían quedado en el olvido. La muchacha subió a su habitación y se tiró en la cama. Los recuerdos de la experiencia en el sótano afloraron. Se sentó y desprendió la cadena del cuello. Examinó el medallón a conciencia hasta descubrir en el costado un cierre disimulado. Se abrió al oprimirlo revelando una vieja fotografía. Era el retrato de una mujer de cara armoniosa y serena. Si no fuera por el pelo recogido en lo alto y la expresión, se diría que era su tía Victoria. Volvió a reclinarse sosteniendo la fotografía sobre el rostro, intentando encontrar una explicación racional a la anomalía experimentada durante el encierro. No dudaba de la realidad de las voces ni de la manifestación luminosa. Rebuscó en la memoria hasta encontrar un artículo acerca de la materialización de fenómenos ante la inminencia del peligro. “Mi mente calenturienta se proyectó sobre el medallón” -sintetizó. Somnolienta, se abrazó a la almohada y se embarcó hacia el territorio del sueño. La despertó un roce suave sobre la frente. Abrió los ojos y encontró la mirada materna. Emilia estaba reclinada en actitud protectora. Ella le sonrió blandamente a medida que recuperaba la conciencia.
-¡Hola, dormilona! Buen susto me has dado y buen susto te has pegado a juzgar por la siesta -le dijo cariñosamente.
-¿Qué hora es? -bostezó.
-Hora de cenar, señorita. El chef, con mi asistencia, ha preparado una deliciosa fuente de carne al horno con guarniciones. ¿Por qué no te despejás con un baño antes de comer?
-Bueno, mami -y agregó con gesto contrito:- nos perdimos el estreno de la pileta...
-Mañana será, ansiosa -y la instó:- Date una ducha mientras Luis y yo terminamos de acomodar la mesa -se levantó del borde de la cama y salió airosamente.
Mariana observó cuán juvenil lucía. ¿Sería que empezaba a olvidar a su papá? Una punzada de celos la acongojó. No podría compartir con ella el nuevo afecto como compartían la tristeza de la pérdida. Pero a mamá no se le ha terminado la vida. ¡Es tan joven todavía...! No voy a ser yo quien se interponga en su camino. En realidad, YO, YO, debiera buscarme un novio. O una aventurita, para empezar. ¡Pero no me gusta nadie! ¿Serán todos los hombres tan vacíos? Como el idiota de Sandro, incapaz de compartir mi duelo. ¡Chiica! ¿Dos semanas llorando? Mejor me busco una compañía más alegre. No me lo dijo así, pero ERA lo que quería decir. Estaba tan dolida que ni siquiera me importó... Necesito alguien que me abrace, me bese, me diga que soy linda, que me necesita. Y bastante más... Algo mejor que lo que tuve con Sandro y Miguel. Claro que tendré que aflojar mis represiones, pero TIENE que haber un hombre que me excite. La curiosidad por el sexo no es suficiente. Ya me la saqué de encima y no quiero más relaciones así. Asintió enérgicamente con la cabeza y saltó de la cama. Media hora después, relajada por el baño, bajó a la salita. Luis y Emilia departían amigablemente delante de una copa de vino rojo.
-¿Algún resabio del golpe? -le preguntó el hombre.
-¡Nada! Sólo la humillación de estar tan cerca de la superficie sin haberme dado cuenta -dijo riendo.
-¿Qué pasó por tu cabeza allí abajo?
La intuitiva pregunta de su madre la sorprendió. Decidió no contarle nada por el momento.
-¡Los personajes que me asustaban cuando era chica! Ya sabés: fantasmas, hombres lobos, vampiros y... ¡alimañas! Ratas sobre todo -terminó con una mueca de repugnancia.
El semblante circunspecto de Emilia le dijo que la respuesta no la persuadía. Entonces decidió cambia el eje de la conversación:
-¡Me muero de hambre! ¿Qué exquisitez comeremos?
-¡Ay, querida, cierto que no comiste nada en todo el día! Pero no quise despertarte...
-Tenés la oportunidad de reivindicarte -sugirió, estirándole el plato.
Luis se había levantado y volvió con una tentadora bandeja de fiambres y quesos. Retiró el plato de la mano de Mariana y le sirvió una generosa ración. La joven le dijo divertida:
-¿Estás insinuando que soy una glotona?
-¡Dios me libre! Sólo trato de evitar que tu madre se quede sin brazo.
La declaración, hecha en tono solemne, despertó la carcajada de las mujeres. Mientras Luis volvía a la cocina en busca del plato principal, Emilia le propuso a su hija:
-¿Qué te parece si mañana madrugamos y me ayudás a desyuyar el jardín y a limpiar los vidrios?
-No me parece, mamá. No voy a perder el tiempo en tareas domésticas teniendo tanto que descubrir en la casa. Y vos no te vas a deslomar preparando la tierra para plantar. ¿Te olvidaste que podemos contratar un jardinero y una empleada que nos ayude?
-Lo que parece es que te han subido los humos de nueva rica a la cabeza –dijo Emilia con sonrisa divertida.
-¡Mamá…! ¿Acaso en vida de papá no la tenías a Norita tres veces por semana para un departamento de tres dormitorios? Además, no va a ser un gasto excesivo. Sólo serán dos meses y quedará la casa en perfectas condiciones para venderla. ¿No es lo que tenés planeado?
La mujer la miró dubitativa. No le sonó demasiado sincero el argumento de Mariana, pero decidió aceptarlo.
-Entonces, mañana llamaré a Norita. Espero que le quede algún día libre. ¿Podrás buscar en la guía algún jardinero? ¡Esos yuyos me enferman!
La charla quedó interrumpida por la aparición del improvisado cocinero portando una fuente de carne y papas y otra de hortalizas crudas. Un clima relajado distinguió la velada. Después de cenar se acomodaron en los sillones para continuar la sobremesa. Evitaron referirse al suceso de la mañana como si temieran romper la armonía del momento. Mariana, al rato, se levantó y enchufó el viejo equipo de música. Seleccionó varios discos de larga duración y los apiló sobre la bandeja. Sincronizó el cuerpo a los compases del twist y se sacudió sola por un rato. Después tomó la mano de su madre y la llevó hasta la pista improvisada. Luis entornó los ojos arrobado por la gracia con que danzaban. En ese momento tomó conciencia de que nada lo separaba de Emilia. Esta vez no cedería sus derechos a nadie. Se preguntó por qué pensaba que tenía derechos sobre la mujer. Por amarla tanto -descubrió. El tornado Mariana lo arrastró al centro de la escena. Se sentía torpe en medio de las diestras bailarinas. El denuedo de la joven, devenida en profesora, le permitió adecuarse al movimiento de las mujeres. Descubrió el placer de abandonarse a la música en compañía y extenuó a las damas con su resistencia física. Mariana, con la cara arrebatada, se tiró en un sillón.
-¡Piedad! Ya no puedo más... -concluyó en un soplo. Después se levantó y avisó:- Voy afuera a tomar un poco de aire.
-¡Sola, no! -la reacción de Emilia fue instantánea.
-Entonces, acompañame -replicó la hija caminando hacia la salida.
La mujer cambió una mirada con Luis y ambos la siguieron hasta el iluminado pórtico. Mariana se ahorcajó en el borde de la escalera y extendió los brazos hacia la cúpula acribillada de estrellas.
-¿No parece que estuviéramos en el planetario? ¿Y que brillan más que en la ciudad?
-Sí -respondió Emilia con melancolía- las luces las apagan y los edificios las ocultan. Cambiamos la belleza por el confort.
La hija la miró sorprendida. Estaba convencida de que su madre era tan adicta a la ciudad como ella a los espacios abiertos.
-¡No es mi mamá la que habla! ¿Desde cuándo cuestionás las ventajas de la civilización?
-¿Y desde cuándo cuestionás vos a tu mamá, sabihonda? -Emilia fingió enojo.
Mariana se incorporó de un salto y la abrazó. Así enlazadas se acercaron a Luis. Los tres, en silencio, compartieron el ancestral espectáculo nocturno.
Madrugaron después de una noche de pacífico descanso. Ni bien terminaron de desayunar, Mariana le pidió a Luis:
-Acompañame hasta el galpón. El otro día vi una bicicleta en buen estado.
Salieron dejando a una madre inquieta que se preguntaba a qué otro sobresalto la sometería la hija. Las decisiones de Mariana eran tan intempestivas como las de su padre. A una la sentenciaban al asombro pasivo e irremediable. Si ella creía que la dejaría vagabundear entre ramas y senderos escabrosos montada en dos ruedas, chocaría contra la autoridad materna. Estaba dispuesta a ser inflexible para preservar la integridad de su retoño. La voz de Mariana truncó el soliloquio.
-¡Mamá! ¡Vení a ver!
La muchacha pedaleaba diestramente en una bicicleta plateada de aspecto flamante. A Emilia no la sorprendió. Antes de que Edmundo le ayudara a comprar el auto, Mariana viajó varios años en bici. La hizo vivir sobre ascuas temiendo que sufriera algún accidente, así que fue la principal promotora de la compra del automóvil cuando su hija quiso escalar a la motocicleta. Allí, al menos, no había vehículos que pudieran atropellarla. No pudo evitar reconvenirla cuando, alardeando de su pericia, soltó el manubrio y saludó con ambos brazos levantados.
-¡Mariana! ¡Te vas a caer!
Le respondió la risa al viento de la joven que giró graciosamente y se apeó ante ella.
-¿No sabés mamacita que andar en bicicleta nunca se olvida? ¡Me ha dado tanto gusto encontrar esta belleza! ¿No está en perfectas condiciones?
La mujer asintió. El vehículo no sugería una larga estadía en el cobertizo. Tal vez -pensó- estuvo guardada en la casa. Aunque no imaginaba a Victoria montada en ese artilugio. Le transmitió a su hija los planes de la mañana:
-Tenemos que ir hasta el súper. Anoche escuché ruidos en la cocina y temo que haya ratas. Vamos a comprar cebos para distribuirlos por la casa.
-¡Yo los sigo en la bici!
-¡Ni lo menciones! No vas a ir pedaleando por la ruta.
-Entonces, me quedo pedaleando aquí. Me hace falta un poco de ejercicio.
-Ya hablamos acerca de quedarte sola en cualquier lugar de la casa –dijo Emilia con firmeza.
-Mamá. Una cosa es que te haya prometido no correr riesgos, y otra, que me trates como a una criatura –replicó molesta.
-Mirá, Mariana. Tal vez dentro de unos días se me haya pasado el susto. Pero por ahora, no te quiero sola en este lugar.
La hija reflexionó. No estaba dispuesta a renunciar al paseo tonificante.
-Se me ocurre una idea. Mientras ustedes hacen las compras, doy una vuelta por los alrededores. El barrio es tranquilo, no hay tránsito de vehículos, y de paso tomo nota de los negocios.
Emilia, respondiendo al reflejo adquirido recientemente, interrogó a Luis con la mirada.
-Pienso que son calles seguras si te preocupa el tráfico -respondió él a la pregunta tácita.
-Muy bien. Te llevamos en auto hasta la calle.
-Me van a llevar a la retaguardia y vos podés vigilarme por el espejito retrovisor si te tranquiliza -resolvió la hija.
Emilia se dio por vencida y subió al coche con una sonrisa. Nunca había podido con el genio de padre e hija. No perdía de vista a Mariana quien sorteaba hábilmente los escollos de la senda. En la entrada, le repitió:
-No vayas a entrar sin esperarnos.
-Andá tranquila. Si tengo que usar el baño, me meto detrás de un arbolito -contestó burlona.
La risa de Luis quedó resonando cuando el auto se alejaba. Mariana montó en la bicicleta y se abandonó al placer de pedalear. Agrandó el radio de la incursión registrando mentalmente una panadería, una farmacia, un minimercado, una carnicería y un puesto de diarios y revistas. Al cabo de una hora de ejercicio, regresó a su cuadra y enfiló hasta el final de la calle. Abandonó la bicicleta en el suelo y avanzó hacia una reja cubierta de apretado ligustro. Sobre ella, asomaba una casa moderna de dos plantas. Los pinos y los cipreses la custodiaban pero no la ocultaban. No apreció movimiento de personas y concluyó que debía estar deshabitada. Al costado, cercada por un alambrado, distinguió una cuidada cancha de fútbol. El fondo estaba orlado por arbustos de llamativas hojas color rojo y plata. Obedeciendo a un arranque que su madre reprobaría, trepó la empalizada y cayó del otro lado. Caminó con placer, relajada por el sol y la gimnasia. Examinó el vistoso follaje y arrancó una hoja de cada color. Se dejó tentar por el mullido césped y se tendió boca abajo para inspeccionar las muestras sin que la molestase el resplandor. Cuando el sopor la embargó, se dio vuelta y almohadilló la cabeza entre los brazos. Cerró los ojos y respiró hondo para disfrutar del aire oxigenado. Se sentía en estado de gracia. Su mente, azarosa, deambulaba por atemporales paisajes que fusionaban pasado y futuro. La sustrajo del ensueño un tenue resoplido. Un sol que le hería las pupilas no alcanzó a encubrir al formidable animal que la contemplaba. La crisis de pánico sólo le permitió mover los brazos para taparse el rostro. Sintió el cuerpo paralizado, agarrotadas las cuerdas vocales. Estaba segura de que iba a ser destrozada y devorada. La bestia le olfateó las extremidades tratando de llegar, a juicio de la joven, al punto vulnerable del cuello. Como en el sótano, se sobrepuso al terror y bajó lentamente los brazos. El perrazo no detuvo su reconocimiento. Mientras le olía el torso, ella giró la cabeza buscando algún objeto que le sirviera de defensa. Un agudo silbido, continuado por un grito masculino, alertó al animal.
-¡Goliat! ¡Quieto!
El hombre llegó a la carrera y se agachó junto a la desfallecida muchacha.
-¿Te hizo daño?
Mariana hizo un débil gesto de negación. Él, preocupado, intentó levantarla.
-No... -se resistió ella, tratando de recuperar el dominio.
Cuando recobró el foco de la mirada ambos pasaron respectivamente, del susto y la preocupación, a la sorpresa. Olvidados del encuentro en el supermercado, revivieron la primera impresión. El joven reaccionó y le ofreció el brazo:
-¿Te ayudo?
Mariana, descentrada del miedo por la coincidencia, sintió crecer la ira en su interior. Hizo un gesto de rechazo y se levantó vacilante. Él permaneció atento.
-No me mordió... - balbuceó ella conmovida. Miró al hombre y lo increpó:- ¿Es tu perro?
-Sí.
-¡Me parece un desatino dejarlo libre y sin bozal! Podría matar a cualquiera.
Él la miró inexpresivo. No le respondió esperando ver hasta donde llegaba. ¡La muchacha bonita del súper! Casi se infartó cuando vio asomar las piernas debajo de Goliat. Pero el animal no reaccionó de acuerdo al entrenamiento. No ladró para darle la alarma ni parecía inquieto...
-¿Escuchaste lo que dije? -la pregunta de la joven detuvo su digresión- ¡Está prohibido dejar animales sueltos!
-En lugares públicos.
-Y esta cancha, ¿qué es?
-Parte de mi propiedad.
-¿Tu...? -miró confundida a su alrededor.
-Si la vista no me engaña, el portón está cerrado. Por lo tanto, para Goliat sos una intrusa.
La muchacha bajó la vista y se mordió el labio inferior. El hombre trató de romper el hielo:
-Vamos a omitir este inconveniente. ¿Cuál es tu nombre? -le preguntó cortésmente.
-Mariana –murmuró.
-¡Aquí, Goliat! –el perro se acercó y se sentó- te presento a Mariana. Dale la mano.
El mastodonte estiró la pata delantera y la mantuvo levantada. La joven no se animaba a tocarla.
-No rechaces su mano. Goliat es muy susceptible.
Ella se apresuró a tomarla, ganándose un lengüetazo de aceptación. El joven le tendió la mano mientras se presentaba:
-Yo soy Julián. Encantado de conocerte.
Mariana miraba absorta al animal, incapaz de creer que fuera tan manso. Su dueño, después de un momento, bajó la diestra.
-Bueno. Yo soy de ofrecer una segunda oportunidad –declaró sin que la joven le prestara atención.
-¿Por qué no me atacó? –preguntó en cambio.
-Porque tiene buen gusto, como su amo –chanceó él con una sonrisa.
La joven se recuperó rápidamente. El animal la fascinaba. El color arena del pelo contrastaba con la máscara negra de la cara.
-¿De qué raza es?
-Un mastín español.
-¿Cuánto mide?
-Casi un metro. Y pesa más de cien kilos. ¿Te interesaría saber algo de mí?
La extemporánea salida arrancó una risa en Mariana. Dirigió la mirada hacia los ojos de Julián que brillaban divertidos.
-En realidad, no. Tu perro es más interesante.
Él rió mostrando una dentadura impecable. Ella lo encontró más atrayente que la primera vez que lo vio.
-¿Y estas plantas de colores? ¿Cómo se llaman?
-La roja, agracejo púrpura, y la plateada, orgaza. Te invito a recorrer la casa y prometo responder a todas tus preguntas.
El intercambio fluía con naturalidad. La esgrima verbal encubría el arcano juego de la seducción, aún oculto a la razón. Mariana le retrucó:
-Te invito a la mía. Y podés traer a Goliat.
La complacencia se reflejó en la cara del hombre. La joven captó la expresión y esbozó una sonrisa traviesa. ¿Pensará que lo estoy llevando a mi dormitorio? ¡Buena sorpresa tendrá cuando conozca a mamá Emilia!
-Acepto. ¿Adónde vivís?
-Al lado.
Julián dirigió la mirada hacia la única casa que lindaba con la suya. Bajó la barbilla contra el pecho y cuando levantó la cabeza, la gravedad reemplazaba a la sonrisa.
-Allí vivía una mujer un poco... excéntrica. ¿Compraste la propiedad?
-La heredé. Esa mujer era mi tía. Dejé de verla durante mi infancia. ¿Qué me podés contar de ella?
-Las habladurías del barrio a las cuales es muy afecta mi madre.
-¿Vivís con tu mamá?
-Mantenemos una tierna relación a la distancia -contestó ambiguamente.
A Mariana, la expresión de picardía que acompañaba a la respuesta, le provocó otra carcajada. Abandonó la mano sobre la cabeza del perro, y reiteró:
-¿Café y mate a las cinco? Así me hablás de tía Victoria.
-¡Ah...! Sí, sí. Todo lo que recuerde -se volvió hacia Goliat:- Soy un cero a la izquierda, amigo. De no ser por vos y la tía, mi vecina me hubiese ignorado olímpicamente.
-¡No lo tomés así! Que con los animales y los muertos no se puede dialogar... -consideró ella a modo de consuelo. Sin esperar respuesta, agitó la mano y regresó a la cerca.
-¿Adónde vas?
-A la calle.
-¿Vas a volver a saltar el alambrado? Te puedo ofrecer una salida más cómoda -hizo un ademán hacia una puerta de hierro enclavada entre los ligustros.
La risa la atacó inexorablemente. Pasó al terreno de la casa secundada por el mastín y su dueño. Un sendero de ripio descendía suavemente desde la puerta hasta el camino central que llevaba al exterior. Caminaron en silencio en compañía del can. Se despidieron en la calle y titubearon al momento de formalizar la separación. Goliat los sacó del trance tendiéndole la pata a Mariana y arrancándole la postrera carcajada. Todavía risueña, se agachó para levantar la bicicleta. Fue el momento en que vio, detenido frente a la casa, el auto de Luis. Su mamá estudiaba a Julián y al perro sin disimulos. Ella se lanzó a pedalear raudamente y llegó a la verja antes que Luis, quien retrocedía marcha atrás.
Los esperó con los brazos cruzados sobre el manubrio. Le divertía pensar en la ansiedad materna por enterarse de la identidad del vecino. Luis bajó del auto y le guiñó un ojo al pasar. Abrió la verja y ella los precedió por la senda que conducía hasta la casa. Dejó la bicicleta apoyada contra la pared porque pensaba que la usaría con frecuencia y -sin hacerlo consciente- porque el galpón no le gustaba. Emilia bajó del auto y abrevió:
-¿Y...?
-Ese hombre al que miraste con descaro vive en la casa de al lado. Se llama Julián. Su perro, Goliat, es un mastín español. La cancha de fútbol le pertenece. Los arbustos rojos y plateados son agracejo y... organza, creo.
-¿Cómo se apellida? ¿Es soltero? ¿Con quién vive?
-Me invitó a recorrer la casa -siguió enumerando.
-¿Fuiste? -interrumpió la madre, alarmada.
-No, mami. Le ofrecí mate o café por la tarde. Así podrás hacerle el identikit.
Luis, atento al diálogo de las mujeres, no disimuló la sonrisa. Le hizo notar a Mariana un hecho que lo sorprendió.
-Te vi apoyar la mano sobre la cabeza del perro. ¿Cómo lograste superar tu fobia?
Ella les relató sin dramatismos el encuentro. Terminó diciendo: -además, se parece más a un pony que a un perro. Y se mostró tan amigable...
Emilia le pidió a Luis que abriera el baúl del auto. Entre los dos acarrearon varios paquetes hasta la cocina. La joven trasladó, en un canasto, la vajilla para tender la mesa al aire libre. La acomodó sobre el mantel y miró pensativa los asientos despojados de los cojines. Se resistía a volver al cobertizo. Respiró aliviada cuando vio venir a su madre y a Luis cargando la comida y la bebida.
-Luis, ¿traerías los almohadones del galpón? Después los guardaré en la casa para que no se ensucien -dijo, tratando de disimular su cobardía.
Siguió con vista inquieta la marcha del hombre y no dejó de observarlo hasta que salió del depósito. El almuerzo fue práctico: sandwiches y tarteletas. A las dos de la tarde Mariana se retiró a descansar porque el ejercicio mañanero y la comida reclamaban su tributo. Antes de subir, Emilia le comunicó que al día siguiente tendrían ayuda para la limpieza de la casa.
-¿Le hablaste a Norita?
-Sí. ¡No podía creer que nos hubiésemos mudado! Se puso muy contenta porque está sin trabajo. Poco después que dejó de venir a casa enfermó y estuvo dos meses en cama reponiéndose de una hepatitis. Sus otras patronas no la esperaron y la reemplazaron. Así que está completamente disponible.
-¡Qué bueno, mamá! Porque con los objetos valiosos que hay en la casa necesitamos una persona de confianza.
¿Te acordaste vos de buscar un jardinero? –preguntó Emilia.
-Ya mismo lo busco, señora –dijo, y giró hacia la sala en busca del teléfono.
Después de consultar a varias empresas, se decidió por una de la zona. Le prometieron enviar un empleado por la mañana. En su dormitorio, decidió tomar un baño de inmersión. Al salir, buscó el camisón que había dejado sobre la almohada. Revisó el ropero, suponiendo que lo hubiera guardado su madre y al fin sacó otro, se lo puso, y se acostó bajo la sábana desparramando el pelo húmedo sobre la almohada. Tomó el camafeo y escrutó los rasgos proporcionados preguntándose en qué circunstancia la habrían fotografiado, quién era, qué pensaba. Por el sesgo del ojo percibió el movimiento de la puerta que se abría como empujada por una corriente. Miró hacia la ventana y la encontró cerrada.
-Mariana...
El llamado provenía del pasillo. Se levantó y se colgó el medallón antes de salir. El corredor estaba vacío.
-Mariana...
La voz fluía desde la puerta entornada del dormitorio de su tía. Caminó lentamente y entró con igual morosidad. El retrato de la mujer del medallón, de medio perfil y párpados semicerrados, dominaba la pared opuesta a la cama. Sobre la mesita de luz, distinguió las fotografías de los hermanos. Levantó la de su padre y pensó que no se parecía a la del último aniversario. Claro, está mucho más joven -se dijo.
-Mariana...
Se dio vuelta. El cuadro adquiría profundidad. En el interior, la dama del retrato estaba cambiando de posición. La muchacha dejó la foto y caminó en trance hasta que su mano extendida chocó contra la superficie de vidrio. El cuerpo giraba lentamente. Los ojos se abrieron sobre el pálido rostro y la boca modeló palabras que resonaron en la cabeza de Mariana.
-Deberás buscar lo que tu tía no pudo encontrar y destruir lo que quería preservar.
La mente de la joven, ajena a la incongruencia racional, quería dialogar con la figura oscilante. Percibió que la transformación apuntaba a transmitirle un mensaje no traducible en palabras. Disparó las preguntas que la inquietaban.
-¿Quién sos? ¿Adónde debo buscar?
-Lo sabrás cuando descubras el ático. Y cuando se revelen los signos a tu entendimiento. Tendrás que acabar con una existencia muy preciada. No deberás vacilar, Mariana. Hay que aniquilar de raíz el mal que corrompe a la familia y liberar mi espíritu condenado a permanecer en esta pintura -los párpados cubrieron los ojos inertes antes de pronunciar la orden postrera.- Es hora que vuelvas a tu habitación.
La muchacha obedeció y dio la espalda a la visión. Llegó al dormitorio y repitió la ceremonia de tenderse. Durmió profundamente hasta las cuatro y media, hora en que la despertó su madre. Algunas imágenes nebulosas pugnaban por hacerse concientes, pero desaparecieron con los últimos vestigios de sueño. Bajó y salió al exterior donde Luis y Emilia se habían instalado para merendar. Una torta de respetable tamaño lucía sobre la mesa. Mariana se inclinó para aspirar el aroma que se desprendía del pastel aún tibio.
-¿Quién es responsable de esta delicia?
-Tu mamá, tarambana. Para no recibir a tu invitado con unas galletitas de agua -aclaró Emilia.
-¡Mamacita! ¡Soy una hija despreciable! –la abrazó por detrás y le besó la cabeza.
La madre rió y acarició las manos de la muchacha. Estaba complacida por la aprobación de su hija que recompensaba la falta de descanso. También por la colaboración de Luis, que volvió a tiempo para picar las nueces. Era una experiencia nueva para ella, porque los viajes de Edmundo la privaban de compartir esos momentos de cooperación doméstica. Apoyó la mirada en el cuello robusto del hombre y se sorprendió de su atractivo. Estaba reparando en el varón que despuntaba detrás del amigo. El ruidoso timbre la sobresaltó. Luis ingresó a la casa para atender la llamada. Salió con una sonrisa manifiesta:
-Es tu vecino, Mariana -y agregó:- Un virtuoso de la puntualidad.
La joven ocultó su ansiedad echándose sobre la reposera que Luis había rescatado del galpón. Los mayores se sonrieron con gesto cómplice y se adelantaron para recibir a Julián. Mientras se presentaban hombre y perro, Mariana esperaba. Tengo taquicardia. Por el perro ha de ser. Los perros me asustan. Notó la mirada de Julián que, sin tapujo, se disparaba continuamente hacia ella. Un instante después los tres caminaban rumbo a la mesa con Goliat pegado a la pierna izquierda de su amo. A Julián no le sorprendió la actitud distante de la muchacha. Mejor, pensó. Las chicas bien dispuestas no lo estimulaban para una relación estable. Este pensamiento superficial lo divirtió. No le disgustaría explorar ese aspecto inmaduro de su personalidad mancomunado con esta jovencita.
-Buenas tardes, equilibrista. Como ves, nos hemos acercado para visitarte -se plantó delante de ella sonriendo, sin hacer otro ademán de acercamiento.
Mariana lo miró y le devolvió la sonrisa desviando el gesto de bienvenida hacia el perro. Alargó la mano para acariciarlo, provocando un imperceptible estremecimiento en su amo.
-¡No veía la hora de que llegaran! Para probar la torta de mamá... -remató con una mueca burlona.
Julián aceptó el juego tácito propuesto por la muchacha.
-¿Será mi destino convertirme en tu paladín? Te adelanto que aparte de socorrer damas en apuros y asegurarme que se deleiten con una torta casera, puedo cubrir cualquier necesidad que las desvele -ofreció con una seriedad que desmentía el brillo intencionado de los ojos.
La risa de Mariana se conjugó con el canto de las aves que alborotaban sobre el césped esperando conseguir su ración de merienda.
-Lo tendré en cuenta, caballero -deslizó con una compostura que a Julián le aflojó las rodillas de sólo imaginar qué servicios le podría prestar.
-Sentémonos -indicó Emilia.
Los cuatro se acomodaron alrededor de la mesa. Goliat, indiferente a los bullangueros pájaros, se echó al lado de su dueño. La madre cortó la torta y sirvió el café, mientras la hija arremetía con el interrogatorio.
-Julián, muero de impaciencia porque me cuentes algo de mi tía.
-¡Mariana...! -reprobó Emilia.
-Es que Julián la conoció, mami. ¿No es cierto? -lo miró esperando consenso.
-Un poco -declaró el interpelado.- Lo que sé de ella no es más que un puñado de chismes que comentan las mujeres a la hora del té.
-¡Justo! -exclamó la chica- Además no hay que olvidar que toda habladuría tiene un trasfondo de verdad -apoyó los codos sobre la mesa, enmarcó la cara entre las manos, y arengó a Julián:- ¡Te escuchamos!
El joven apenas pudo atrapar la sonrisa que se le descolgaba. En la pausa, tomó conciencia de que sus palabras no eran sólo esperadas por Mariana. Una especie de tensión se traslucía en los rostros de los dueños de casa.
-Empezando porque yo no me crié en esta casa y sólo la habito desde hace tres años, época en que se la compré a mi madre cuando decidió mudarse al centro, tuve escaso contacto con mi vecina. Por cierto -se dirigió a Mariana- ella y Goliat no simpatizaron. Apenas si pude contenerlo cuando la vio por primera vez. La relación terminó al solucionarse el problema de las conexiones de agua. Era una mujer de mediana edad y me impresionó hermosa y altanera.
-¿Por qué le compraste la casa a tu mamá? -interrumpió la muchacha- ¿No hubiera sido tuya por herencia?
-Sí. Pero mi madre quería desprenderse de la propiedad porque no dudaba de las historias que se contaban. Tuve que desplegar toda mi persuasión para que accediera al trato y traer a Goliat, arreglo del cual no me arrepiento -miró al animal con afecto.- En resumen, se dice que la bella Victoria era una hechicera, que tenía tratos con el diablo, que recibía extrañas visitas nocturnas, que la custodiaban dos demonios y que sacrificaba animales para sus ritos. Dio la casualidad que varios perros de la vecindad desaparecieron sin dejar rastro, de tal forma que a los nuevos guardianes los mantienen dentro de lo límites de las fincas.
-Por suerte... -murmuró Mariana- Pero ¿una hechicera en esta época...?
-Es lo que se cuenta, jovencita. Yo sólo soy el cronista.
Emilia había escuchado a Julián y su relato no le sonaba tan disparatado. No consideraba el cargo de brujería, sino las inquietantes sensaciones que le despertara su cuñada. Se le antojó extraña y reservada, hasta un poquito inmoral. Se preguntó el por qué de ese calificativo ya que tan pocas veces la había visto. Porque fue capaz de ignorar a la única familia que le quedaba. Si a Julián le impresionó como altanera, a mí, como fría.
-Victoria tuvo poco trato con nosotras –confesó.- Es posible que su hermetismo alimentara los rumores. Hasta ahora, si bien es cierto que hace poco estamos instaladas, no hemos experimentado más fenómeno sobrenatural que un accidente que tuvo mi atolondrada hija.
-¿Un accidente? -repitió Julián, alarmado.
-¡Bah! Me caí de una escalera -minimizó Mariana. Por un momento quedó absorta; luego, volviéndose hacia su madre, se preguntó en voz alta:- ¿Qué hice con la carpeta que tenía que mostrarte?
Emilia la miró interrogante. La hija aclaró:
-Una carpeta escrita con símbolos incomprensibles. Pero en una hoja tiene la firma de papá. Quería que la vieras para estar segura.
-¿Cuándo la tuviste por última vez? -preguntó Luis.
-En la cabaña, antes de bajar al sótano. A lo mejor quedó sobre la mesa. ¡La voy a buscar! -se levantó impulsiva.
-¡Sola, no! -exclamó Emilia.
-Yo la acompaño -ofreció Julián.
-Será mejor que lleven una lámpara por si la carpeta se cayó en el agujero -Luis se dirigió hacia el auto, sacó una linterna y se la tendió al otro hombre.
Así provistos y en compañía de Goliat, fueron en busca de los pliegos. Emilia se quedó tan tranquila como si Mariana fuera escoltada por Luis. Julián le había caído muy bien y creía que a su hija no le disgustaba. Él era un libro abierto para la madre; un libro que prometía ser una historia de amor. Creía que tampoco a Luis se le había escapado la forma con que miraba a Mariana y la implícita aceptación de los juegos verbales a los que su niña era tan afecta. Los perdió de vista cuando doblaban la curva. Sólo entonces salió del enajenamiento y recuperó la conciencia de que estaba acompañada. Luis, relajado en el sillón, la observaba con una concentración que la perturbó.
-Lo siento -se disculpó ella- estaba divagando sobre Mariana y Julián.
Él asintió con un gesto comprensivo. Después de un rato, deslizó una reflexión que la hizo sentir completamente viva:
-Querida mía, ¿no es Mariana lo suficientemente adulta para divagar por sí misma? Y de Emilia, ¿qué hay? Podría delirar, digamos... Conmigo. Tal vez se sorprenda de lo mucho que le queda por brindar y recibir.
-Lo sé -respondió ella sin fingimiento.- Pero todavía necesita tiempo para dar tanto como reciba. Eso -terminó con suavidad- si mi asistente está dispuesto a esperar.
-Te espero desde que te conocí -reconoció Luis con llaneza. Sintió que su reclamo había sido escuchado y la esperanza restituida. Ahora debo cuidar esta delicada ventaja, pensó. Se levantó del asiento y anunció:- Voy a traer algo fresco. Los chicos volverán acalorados de la caminata.
La sonrisa ingrávida de Emilia se adhirió a la figura que se internaba en la casa.
Julián se detuvo frente a un árbol corpulento. Las ramas se extendían a los lados incitando a la escalada. Palmeó el grueso tronco y le dijo a Mariana:
-Apuesto que aquí te encaramaste.
-¡Todavía no! La única altura que probé fue la de tu tranquera. En esta casa empecé intimando con el subsuelo -se rió.
-¿Cómo sucedió?
La muchacha no respondió de inmediato. Se preguntaba hasta qué punto era atinado confiarle al vecino su experiencia. ¿Por qué no? Si larga la carcajada o me mira como si fuera una loca, lo desestimaré sin escrúpulos, decidió. Retomó la marcha al tiempo que iniciaba el relato.
-Ayer estuve revisando los muebles de la cabaña adonde vamos. Encontré periódicos viejos, revistas y cajas con carpetas escritas con símbolos ininteligibles. Dentro de una de las cajas había una cadena con un camafeo que me colgué del cuello. Pensaba, tal vez, en no perderlo -lo miró de reojo y vio que estaba pendiente de su relato. Entonces continuó:- iba a seguir con el registro cuando me llamó la atención la alfombra del piso. Me agaché para mirar los dibujos y mientras la despejaba del polvo abajo sonó a hueco. La levanté, vi que había una puerta trampa. La abrí, divisé unos escalones... y no pude con la curiosidad.
-Bajaste -la afirmación sonó contundente.
-Sí. Y no hubiera pasado nada si la puerta no se hubiera desplomado. Porque cuando se acabaron los peldaños yo estaba izándome hacia arriba. El golpe me hizo perder el equilibrio y caí -se quedó callada, como reflexionando.
-Te diste un buen porrazo...
-No tanto, pero... Me asustó la oscuridad y mi mente empezó a divagar. Hasta creer que no estaba sola en el sótano; que seres horribles esperaban para atacarme.
-Es normal tener esas sensaciones, sola y en la oscuridad -dijo el hombre consoladoramente.
-Digamos que sí, pero... Aluciné más que eso. Cuando sentí que el peligro era inminente, me dispuse a defenderme. Aferré el camafeo sin pensarlo... -se interrumpió, ofuscada por el desenlace.
Julián se paró y la tomó del brazo. El roce le provocó un cosquilleo que inhibió suprimiendo el contacto prestamente. La miró de frente y la animó a continuar.
-Creeré lo que me digas, no pensaré que estás desvariando, te ayudaré a descifrar cualquier misterio -la sonrisa era tan alentadora como las palabras.
Mariana sintió que Julián era una fortaleza que podía albergar por un tiempo a sus fantasmas reprimidos. Podrías haber dejado tu mano en mi brazo, pensó decepcionada. Respiró hondo y arrancó de un tirón:
-El medallón se calentó en mi mano y desprendió un resplandor verde que me envolvió por completo. Enseguida cesaron los murmullos, como si esa luz hubiese ahuyentado a... quien quiera que fuese. Se apagó cuando mamá y Luis llegaron.- Calló.
Julián prolongó el silencio. No quería arriesgar un comentario que alejara a la joven de las confidencias. ¿Qué podría decirle para tranquilizarla y que no recelara de sus palabras? ¿Cómo encajar este testimonio dentro de la racionalidad de la vida moderna? Después de todo, arguyó, nos defendemos de las amenazas como podemos.
-¿Sos creyente, Mariana? -la pregunta apuntaba a encaminar su apreciación.
-Ya no -respondió casi molesta.- No puedo creer en un dios que administra castigos impiadosamente, que destruyó la vida de mi padre en plenitud, que nos sumergió en la desesperanza. Si esa es la justicia divina, reniego de ella.
-Está bien -dijo el hombre.- Tu experiencia, si no la atribuimos a un hecho religioso, podría explicarse como una proyección psicosomática desatada por la sensación de peligro o, no es inusual, un fugaz espejismo para preservar tu equilibrio mental.
Mariana meditó la interpretación y la conformó. Coincidía un poco con lo que había pensado y no la sintió como una respuesta de compromiso. No la dejaba como una desequilibrada ni recurría a disquisiciones esotéricas.
-Yo pensé en una explicación parecida -dijo. Abandonó el tema y sugirió:- Vayamos a buscar la carpeta.
Caminaron un poco más aprisa seguidos por Goliat. La cabaña estaba sin cerrojo y dejaron la puerta abierta para que la iluminara la luz solar. Los papeles estaban sobre la mesa al igual que los paquetes que Mariana no tuvo tiempo de revisar. Tomó las fojas e hizo un ademán de salir. Julián, detrás de ella, la detuvo:
-¿Por dónde se ingresa al sótano? -preguntó.
-La entrada está debajo de la alfombra. ¿Por qué preguntás?
-Me gustaría echarle una mirada.
-Se va a hacer tarde... -contestó inquieta.
-Un segundo, nada más -insistió el joven, movido a confrontar el sitio adonde quedó cautiva la muchacha.
Mariana se encogió de hombros y se agachó para levantar la alfombra. Julián alzó la puerta y alumbró el interior con la linterna.
-Yo te doy luz -dijo la chica.
El hombre bajó con agilidad y se dejó caer desde el último escalón. Le pidió a Mariana:
-Alcanzame la linterna. Aquí no se ve nada.
Ella se la alargó y vio que el foco recorría lentamente todos los rincones. Después de un rato, Julián trepó la escalera, bajó la puerta y colocó el tapete en su lugar.
-Ni una araña -comentó.- Es un lugar aséptico a pesar del suelo de tierra.
Mariana asintió, relajada por la tranquila inspección del joven. Se quedaron parados junto a la mesa, mientras Julián examinaba las hojas con curiosidad. Después de un momento, movió la cabeza.
-No entiendo nada. Parecen jeroglíficos. ¿Será alguna escritura religiosa?
-Más bien, por las revistas escritas con los mismos símbolos, la de alguna secta -supuso ella.- Lo que me llamó la atención fue la firma de papá. Tengo la sensación que él entendía estos trazos.
-Es plausible, Mariana, si coleccionaba revistas con la misma grafía -Le preguntó cortésmente:- ¿Lista para volver?
-Sí, vayamos -en compañía de Julián la cabaña se había transformado en un lugar anodino.
Goliat apareció junto a ellos ni bien cerraron la puerta de la casa. Había estado merodeando por los alrededores pero no había olvidado el oficio de guardián. Se acomodó junto al dueño y recibió la caricia de su acompañante con un movimiento de cola. Retornaron en silencio, sumido cada cual en la evaluación del momento compartido. Julián repasó la confesión de Mariana convencido de que había sufrido una alucinación. Cada pensamiento, despojado de la ponderación del conocimiento previo, lo impulsaba hacia la joven. Deseaba envolverla como el resplandor verde y ampararla de la oscuridad entre sus brazos. Estoy prendado de una muchachita trepadora de cercas y de exuberante imaginación -admitió con alegría no exenta de inquietud. ¿Cómo pudo creer que la efímera convivencia con Sonia lo inmunizaría ante una criatura como Mariana? Se casaría de inmediato con ella si fuera condición para llevarla a su casa.
-...no parecía el mismo lugar.
El comentario de la joven lo devolvió a la realidad.
-Perdoname, Mariana, me perdí el principio. ¿Qué cosa no parece el mismo lugar?
-La cabaña. Ayer estaba deslucida a pesar del sol, parecía un animal al acecho. Hoy siento que no mataría ni un mosquito.
Julián no pudo evitar una risotada. La medrosa apreciación de Mariana perdía dramatismo con la acotación final. Ella lo miró y se unió a la risa masculina que penetraba hasta el fondo de sus sensaciones. Caminó tranquila. Percibía el ajuste de las zancadas de Julián para acomodarlas a su paso y eso le agradó; como si él fuera un cuidadoso arquitecto construyendo la morada que la guardaría de cualquier amenaza. Nadie le había transmitido hasta ahora esa impresión de plenitud que le exaltaba los sentidos. La femineidad se abría paso a través de los principios regentes de su vida: ser independiente, conservar el libre albedrío, bastarse a sí misma en todo momento. Intuyó el poderío del hombre y no deseó cuestionarlo. Se dejó llevar por la inédita sensación de vulnerabilidad que le inspiraba la presencia física de Julián. Si él se detuviera en ese momento para abrazarla, no sería capaz de rechazarlo. Un escalofrío la recorrió cuando imaginó el beso. “¡Basta, Mariana!”, se reconvino tratando de escapar del súbito ensueño diurno, “¿Recién lo conocés y ya deponés tus convicciones por una descarga de hormonas? Papá no te reconocería. ¿Adónde está su hijita autónoma y valerosa? Mejor sé prudente... ¿Un beso es una imprudencia?”, cerró la arenga una atrevida vocecilla infiltrada en el súper yo. Una sonrisa secreta le curvaba todavía los labios cuando divisaron la mesa adonde los esperaban Emilia y Luis.
-¡Aaah, qué delicia! -exageró Mariana saciando la sed con un vaso de naranja.
-Tomá más despacio, hija -Emilia mordió las palabras mientras lanzaba una mirada de disculpa hacia el invitado.
Mariana apoyó la copa vacía sobre la mesa y, riendo, se dirigió a los hombres:
-Perdón, caballeros, por mis toscos modales. Pero me moría de sed... -dijo con un mohín seductor que aceleró el pulso de Julián.
Los portavoces del sexo fuerte se amontonaron en la protesta de que no había nada de que disculparse. Emilia ocultó una sonrisa. La expresión arrobada del muchacho le dijo que estaba perdido. No había nada que su hija pudiera hacer para desalentarlo. Y eso la ponía curiosamente contenta porque notaba que Mariana compartía la mutua atracción.
-Si te quedás a cenar -dijo Luis- agasajaremos a las damas con un asado.
-¡Sí, Julián! -exclamó Mariana- después te alcanzo con el auto hasta la salida.
-No pensaba negarme... -adujo el joven, que disfrutaba cómodamente la compañía de sus vecinos.
-¿Encontraste la carpeta? -Emilia se dirigió a su hija.
-Sí, mamá. Y aquí... -hizo una pausa mientras pasaba las hojas- está la firma de papi -se la extendió.
La mujer observó con detenimiento los trazos enérgicos. Era, sin dudas, la rúbrica de su marido. Después echó una mirada sobre los signos y le pasó las fojas a Luis. Éste hojeó el legajo y lo devolvió a la muchacha quien esperaba una respuesta de su madre.
-Sí, nena, es la firma de tu padre, aunque un poco distinta por los años transcurridos -señaló los símbolos:- ¿Será un idioma gráfico? No sabía que Edmundo conociera más lengua que la española.
-Hay muchas cosas más que no sabés de papá -la voz de la hija traslució reproche.- ¿Cómo se puede vivir al lado de alguien que oculta gran parte de su vida?
El rostro de Emilia se ensombreció. La reprobación de Mariana le dolió por lo certera; porque ella se mantuvo ajena a la vida anterior de Edmundo cuando comprendió que indagar los alejaba. Estaba tan enamorada que no hubiera admitido ninguna acusación de felonía. La convivencia, el posterior nacimiento de Mariana, el consuelo de su compañía cuando una dolencia le quitó la posibilidad de volver a concebir, diluyeron los reparos éticos del comienzo de su matrimonio. No. De nada podían quejarse las dos mujeres. Fue marido y padre amoroso. Alrededor de la mesa el silencio se amalgamó entre las palabras de la hija y la reflexión de la madre. Emilia le habló a Mariana:
-Admito mi responsabilidad, querida, pero nada he conocido de tu padre que pudiera avergonzarme o apenarme. Acepté lo que me ofrecía porque lo amaba. Tal vez un día me entenderás... -sonó compungida. Se repuso y declaró con firmeza:- Juntos, compartimos el presente y construimos el futuro para vos. ¿No corriste riesgos al compartir dos vidas de las cuales no tenías referencias...?
-Yo, no tenía más remedio -rebatió la muchacha- pero tampoco me quejo de mis padres -se acercó a Emilia y la abrazó:- Perdoná mi lengua larga, mami. Te quiero -sostuvieron la caricia por un momento y se separaron sonriendo. Mariana reiteró:- Insisto en que no podría vivir con alguien que esconda cosas...
Emilia movió la cabeza ante la porfía de su hija. Cuando miró a los espectadores, cayó en la cuenta de que el mensaje tenía otro destinatario. Sus ojos exploraron el firmamento. La tarde se recostaba en un lecho flamígero mientras las primeras estrellas anticipaban la noche. La voz de Luis la sacó de la contemplación:
-Emilia, ¿pasamos revista a las provisiones?
-Sí -contestó, y lo siguió hacia la casa.
Los más jóvenes permanecieron sentados. Los gorjeos de los pájaros noctámbulos se perdían en la brisa que agitaba el pelo de la muchacha.
-Por las dudas, nomás -aclaró Julián.- No acostumbro a guardar secretos.
-¿Por qué me lo aclarás?
-Por si alguna vez te propongo que vengas a vivir conmigo.
Mariana prefirió no contestar. Se acomodó en posición de loto y manoteó la carpeta para centrar la vista en cualquier objeto que no fuera la mirada del hombre. Observó los signos laxamente, sin esforzarse por encontrarles significado. Sus ojos se desenfocaron involuntariamente y el rostro perdió lentamente la expresión.
-¿Mariana...? -llamó Julián, inquieto.
Ella no respondió. Separó las hojas exactamente donde estaba la firma de su padre y recitó monótonamente:
-Son dos los elementos cuya conjunción se transmutará en la quintaesencia del bien o del mal. Cuando la reina llegue, aunque no la veas, estará detrás del último par del último cuadrante cabal ulterior a tu presencia. Invócala. Ábrete a su esencia sagrada y déjate guiar en la morada de las sombras. No abandones su mano por ninguna otra porque serás inmolada a los dioses de la oscuridad. Ella te sostendrá cuando por tu elección estalle la luz que disipe las tinieblas. Detrás del amor acechan la muerte y la iniquidad. Recházame. Purifícame. No te confunda el engaño. Seré por ti...
-¡Mariana...!
El grito de Emilia, estremecida por el estado catatónico de su hija, detuvo el discurso de la muchacha y restituyó la luz a sus ojos.
-¡Mamá...! ¿Qué pasa?
-Que estabas leyendo los símbolos. ¡Éso pasa! -la tomó por los hombros y la miró como si la desconociera.
Julián y Luis observaban la escena sin atreverse a intervenir. Las mujeres permanecían inmóviles; Emilia siguió sosteniendo los hombros de la hija y controlando las emociones que pugnaban por aflorar al rostro. Luis, que había escuchado junto a ella la letanía de Mariana, no discernía si la expresión temerosa de la mujer era por la joven o por ella misma. Un escalofrío lo recorrió al evocar la apatía de la muchacha. Mariana reaccionó antes que él decidiera romper la inercia del momento.
-¿Hablás de la carpeta...? -antes de que su madre contestara, la hojeó sin mostrar señales de comprensión.- Mal puedo leerlos si no los entiendo.
Emilia bajó los brazos y enfrentó la mirada interrogante de la muchacha. Esta era su hijita de nuevo, pensó. Debería explicarle que estuvo en un trance que le permitió interpretar los jeroglíficos. ¿Cómo hacerlo? Buscó la mirada de Luis quien, como siempre, acudió en su ayuda. El hombre se acercó a Mariana y la tomó de las manos.
-Querida -le dijo con voz grave- por un momento accediste a penetrar en este texto. Nos preocupamos porque estabas como ida y porque, por lo menos a mí, se me escapa el sentido de las palabras. ¿No te acordás de nada?
Mariana negó con la cabeza. Sus ojos buscaron a Julián. Éste no había participado hasta el momento porque intentaba racionalizar el episodio protagonizado por la joven. No dudaba de su legitimidad y temía por las connotaciones del discurso que la involucraban. En esa casa indiferente al avance del tiempo todo parecía posible. Hasta las murmuraciones que apasionaban a su madre. “Yo velaré por tu seguridad, querida mía”, prometió.
-Lo que acaba de relatar Luis es cierto, Mariana. ¿Es posible que tu padre te enseñara de niña a leer esos signos?
-¿Y que yo no me acuerde? No -declaró con firmeza.- ¿Me contarás lo que traduje?
-Es... una especie de advertencia -dijo Julián.- Habla de la conjunción de dos elementos que pueden generar el bien o el mal según los que sean, de una reina al parecer benigna, de un momento relacionado con una presencia y de una morada sombría. Al final aparece una exhortación pero no aclara a quien está dirigida -todo dicho con una calma que no sentía.
Mariana frunció el ceño esforzándose por introducir las palabras de Julián en su cerebro. ¿Qué significa todo esto?, se preguntó. Es una locura pensar que todos estaban confabulados para engañarla. ¿Con qué objeto? Entonces, pensó, todo era verdad y ella había perdido contacto con su conciencia. ¿Alguien la había suplantado? Alguien que desentrañaba los símbolos. Estaría aceptando que algo se apoderó de mi voluntad. No. Es un desatino. Yo no creo en esas cosas. Pero ¿cómo se explican las palabras que Julián escuchó? ¿Estaré enloqueciendo?
-¡El ático! Ella dijo que debía encontrarlo -exclamó agitada.
-¿Quién Mariana? ¡Por Dios! -profirió Emilia.
-La mujer del camafeo.
-¿Ahora te habla... un objeto?
La chica parecía confundida y desalentada. Julián sintió que debía ser su adalid.
-Mariana -dijo tratando de captar su atención- ¿lo habrás soñado, quizás?
-Yo... -se volvió hacia su madre.- Es posible, mamá. Yo siempre creí que tendría que haber un ático. Y voy a buscarlo -se levantó con decisión.
-No vas a entrar a esa casa sola. Mañana lo haremos entre todos.
-¡Pero mami...!
-Nada de peros. ¿Querés dejar sin cena a tu invitado?
La joven le lanzó al vecino una muda llamada de amparo.
-Emilia -dijo Julián- ¿confiarías a tu ansiosa hija a mi cuidado?
-Supongo que sí... -dijo insegura.
-Si Luis y vos se las arreglan con la comida, yo la acompaño a ubicar el ático.
La mujer tomó aire y lo exhaló antes de hablar. Se sintió derrotada ante la mirada suplicante de la hija y la oferta del joven. Accedería. Pero con una condición:
-Está bien. No más de una hora, Julián. El tiempo en que se haga el asado.
-Prometido -sonrió el vecino.
Emilia los vio marcharse con inquietud. Sabía que el compañero de su hija no la abandonaría en ninguna situación, pero el resquemor que tenía contra ese lugar se le acrecentaba día a día. Ella no era agnóstica como Mariana y creía en los presentimientos. Los que tenía, le decían que sería mejor regresar a su casita alquilada y olvidarse de la herencia. Temía que su niña, aferrada al racionalismo, fuera incapaz de preservarse de las energías que se negaba a reconocer. Un aliento cálido sopló sobre sus pies. Goliat levantó la cabeza cuando ella bajó la mirada. Si pensarlo, ordenó:
-¡Andá con tu amo, Goliat!
El perro salió disparado detrás de la pareja. Emilia vio que ambos se detenían y hablaban con vivacidad. Por fin, Julián sonrió e hizo un gesto de aquiescencia. El animal había sido aceptado y la mujer respiró aliviada. El formidable can sería una ayuda si hubiese algún inconveniente. ¿Inconveniente se llama a los acontecimientos fuera de tu comprensión? Repasemos: la visita al extraño abogado, el corte de luz en el edificio, los murmullos y corrientes de aire, el accidente y el trance de Mariana, los golpes en la puerta… Y ahora… ¿Qué? Mañana se irá Luis. ¡No quiero quedarme a solas con mi niña en este lugar! Pero ¿cómo la convenzo de abandonarlo si le prometí que nos iríamos después de revisar todo? ¡Un mes! Y faltan más de veinte días… Debo hablar con Luis. Resuelta, se dirigió al encuentro del hombre que iba cobrando significado en su presente. Él la adivinó y giró para mirarla. La sonrisa se le aquietó cuando advirtió la inquietud de la mujer.
-¿Qué pasa, Emilia?
-Mañana te vas…
El doliente reclamo facilitó el pretexto de Luis para prolongar su estancia.
-En realidad, de eso te iba a hablar. Mi sobrino me comentó por teléfono que el negocio marcha normal y que si quiero me tome algunos días más de descanso. Esta atención –agregó jocoso- se debe a que planea irse de vacaciones con algunos pesos más en el bolsillo. Claro, en caso de que no se opongan Mariana o vos.
La expresión agradecida de Emilia fue una respuesta que el hombre atesoró con los sentimientos que algún día podría materializar.
-¿Por qué no querés que venga Goliat?
-Porque lo acostumbré a no entrar en la casa. Imaginate a esta mole dentro de un comedor.
-¡Pero si te obedece!
-Lo comprobaremos. Acordamos que vos corrés con los riesgos…
-¡Sí! –afirmó Mariana con petulancia.
Goliat se adhirió a la pierna de Julián atestiguando la confianza de la joven. Ella, escoltada por los custodios, encendió las luces de la casa a medida que ingresaban a las dependencias. Las revisaron escrupulosamente. El hombre se detuvo por momentos a observar muebles, cuadros, tapices y adornos. Los atinados comentarios indicaban un amplio conocimiento de antigüedades. En la planta baja no había indicios de la entrada al ático. Subieron la escalera para recorrer la planta alta adonde Julián estaba seguro de encontrar el ingreso al desván. Le llamó la atención la postura alerta de Goliat, los músculos tensos y las orejas paradas. Inspeccionaron las habitaciones ocupadas y luego la de Victoria. Mariana se acercó a la mesa de luz y levantó el retrato de su padre.
-Éste es mi papá cuando todavía era soltero –dijo estirando la fotografía hacia Julián.
El hombre la observó con detenimiento. A su vez levantó la de Victoria.
-Y esta es tu tía, más joven que cuando la conocí –declaró, volviéndolos a su lugar.
Después recorrió el dormitorio minuciosamente palpando las paredes como había hecho en cada recinto. Estaba consternado porque, salvo el final del pasillo, no quedaban más espacios para explorar. Un sordo gruñido lo hizo volverse hacia el perro. Goliat estaba parado frente al retrato de una mujer de extraordinario parecido con Victoria y lo vigilaba como si fuera un enemigo. ¿Qué le pasa?, pensó.


-¡Goliat, aquí!
Mariana miró hacia el perro que obedeció con reticencia y dirigió la vista hacia el cuadro. Una sombra le enturbió los ojos y se sintió en medio de una escena ya vivida. Caminó hasta enfrentarlo bajo la vigilancia de Julián. Se veía tan entregada en la contemplación que al hombre le nació un deseo imperioso de tomarla entre sus brazos y besar esa boca levemente entreabierta a la espera del acto de amor definitivo. Pensó en cuán excelso sería tener ese bello cuerpo abandonado al suyo y dio un paso movido por el instinto. El gruñido de Goliat lo sobresaltó y retomó el control. La muchacha parecía estar escuchando algo con atención. Cuando caminó hacia él, mostraba la vivacidad de siempre.
-La puerta está detrás del ropero de mi habitación.
Julián la miró desconcertado.
-¿Cómo sabés?
-Lo habré visto en el inventario. Por algo decía yo que había un ático -expresó con soltura.
-Mariana. Hace más de una hora que recorremos la casa. Como no creo que tu fulminante descubrimiento tenga que ver con estar a solas conmigo, ¿no te llama la atención este conocimiento repentino? -El hombre, plantado ante ella, la obligaba a una respuesta.
La joven contuvo el fastidio. “Lo sé y basta”, pensó. No deseaba convertir cada hecho de la casa en un fantasma inquietante como los que acechaban a su madre desde que recibieron la herencia. Ella no se sentía amenazada y ningún hecho legitimaba la preocupación materna. ¿Qué quería hacerle notar Julián? La mente registra cosas que afloran en el momento preciso, se dijo.
-Me disculpo si te hice perder una hora de tu valioso tiempo. Puedo continuar sola -notificó, mientras se dirigía al corredor.
La mano, que poco antes la soltara para su desencanto, fue una garra de acero que la giró peligrosamente cerca del cuerpo masculino. El rostro sobresaltado de la muchacha se topó con el gesto duro de Julián.
-Si tengo que obligarte a razonar, lo haré -aseguró.
Ella intentó desasirse sin éxito. El cerco que la retenía no aflojaba.
-¡Me estás haciendo daño! -gritó.
-Más daño te hacés al no abrir las compuertas de esa cabezota. Yo fui testigo de dos hechos extraños relacionados con tu persona y no puedo creer que los tomes a la ligera.
Mariana miró hacia el costado con aire contrariado. Mientras la mano que detenía su brazo izquierdo aflojaba, la otra le apresó el derecho.
-Mariana -la voz del hombre era suave- quiero ayudarte, pero es preciso que analicemos los hechos y les encontremos significado. Sos una persona racional, por eso no me conforma que no quieras analizar los sucesos.
-¿Cuáles son...? -interrumpió molesta.


-¿No puedo haber inventado una traducción en forma inconciente y saber de la entrada por haberlo leído en algún momento? -preguntó con tal desvalimiento que Julián volvió a ser apresado por la ola del deseo.
-Querida -dijo con ternura- yo también desearía que no haya misterios a tu alrededor. Pero debemos estar prevenidos, más aún si no puedo tenerte a la vista permanentemente.
Ella sacudió la cabeza. No en negativa obstinada, sino amedrentada. Rechazaba acercarse a un mundo que no formaba parte de su realidad, a las siluetas desdibujadas de los recuerdos, a los acontecimientos inexplicables. Mariana creía firmemente que su realidad eran la herencia que las rescataría de la falta de proyectos y Julián que la restituiría al mundo del amor. Buscó en los ojos de su vecino la certeza de esta verdad, anulando todas las defensas del hombre. Las manos la atrajeron sobre un pecho resonante y los brazos la cercaron con ardor. Él bajó la cabeza lentamente, deleitándose con las líneas del rostro femenino, delineando los labios con la mirada, gozando el momento previo a la caricia. Como en cámara lenta, nada se escapaba a su mirada: los suaves párpados que caían ocultando los secretos que podría develar el beso, el palpitar del cuello ante la arremetida de la sangre, la dilatación de las fosas nasales abasteciendo de oxígeno al corazón.
-¡Mariana!
El grito detuvo el inminente contacto. Julián, sin soltarla, giró la cabeza hacia la puerta. Emilia escrutó los ojos del hombre que sostenía a su hija con ademán posesivo. La mirada franca sólo se suavizó cuando ella hizo un leve gesto de aquiescencia. Mariana se apartó de los brazos que se aflojaron contra la voluntad masculina y se volvió hacia su madre.
-Lo siento, no quise sobresaltarlos. Pero me preocupé porque han estado en la casa más de dos horas.
-Está bien -dijo la pareja al unísono.
-Mamá, ya sabemos adónde está la entrada al ático. De eso vamos a hablar esta noche... ¿Sí, Julián?
Lo que quieras, mi amor, pensó el hombre suspendido en el centro del beso trunco. A cambio dijo:
-Sí, Mariana, lo charlaremos entre todos -Sonrió a las mujeres y agregó:- Estoy muerto de hambre. ¿Vamos a comer?
Emilia enlazó a su hija por los hombros y abrió la marcha. Julián se rezagó junto a Goliat. El perro seguía mostrando signos de inquietud. Lo tranquilizó con una palmada y luego bajaron la escalera. Llegó a la mesa y se sentó frente a Mariana. Luis trajinaba desde la parrilla arrimando las porciones de carne asada. Después de la cena, las mujeres trajeron café y algunas golosinas. La muchacha relató sucintamente la exploración:
-Recorrimos toda la casa sin encontrar la entrada al desván. Cuando estábamos en la habitación de la tía, me paré frente al retrato de la mujer del camafeo, y supe adonde encontrarla. Como si alguien... Es decir, ella, me lo dijera -lo miró a Julián cuyo semblante reflejó el alivio que le provocaba el reconocimiento de la joven.- Van a creer que estoy loca... -detuvo con un gesto cualquier argumento racional.- Esa mujer se comunica de alguna manera conmigo y siento que lo hizo antes. No puedo acordarme... -se lamentó.
Emilia la abrazó para calmarla. La acarició y le besó la cabeza confortándola como a una niña mientras Julián se esforzaba por no saqueársela.
-Tranquila, mi amor, que mamá no permitirá que te pase nada. Pero, por favor, no nos ocultés nada. Nada que pueda ponerte en peligro -la separó y le besó el rostro.- ¿Prometido?
Mariana asintió con un gesto y se apartó de su madre algo avergonzada. Lanzó otra fugaz mirada hacia Julián, quien le guiñó un ojo con expresión risueña.
-Entonces -intervino Luis- ¿adónde está la entrada al famoso ático?
-Detrás del ropero de mi dormitorio.
-¡Dios mío! Y estuviste expuesta todo este tiempo...
-¡A qué, mamá! No exageres.
-De ahora en más dormís conmigo -dictaminó Emilia.
Conmigo, ansió Julián con máscara inexpresiva. Mariana sacudió la cabeza y continuó:
-Para resumir, después que Julián me zamarreó... -el cuerpo de su madre se tensó y ella insistió candorosamente:- Porque me zamarreaste, ¿verdad?
-No siempre… -aceptó el acusado sonriendo como un fauno.
Mariana, eludiendo cualquier sondeo visual, retomó:
-Me mostró un aspecto de la realidad en el que no creo, pero que debo aceptar hasta encontrar una explicación racional -se quedó pensando.- Hay... algo relacionado con el ático que es importante. ¡Debemos revisarlo cuanto antes!
-Esta noche NO, temeraria -recalcó su madre.
-¡Por favor! Queda poco tiempo.
Julián era un hombre expeditivo. La atmósfera de ese lugar era apremiante y lamentó no tener la receptividad de las mujeres y el perro para leer las señales con claridad. Percibió que la muchacha tenía razón.
-Emilia. Sé que mi opinión es entrometida, pero voto por Mariana. Si fuéramos los cuatro el riesgo sería mínimo.
-Los cinco, entonces –aceptó la mujer mirando a Goliat.
-Y por las dudas llevaremos dos linternas –aportó Luis.
Cuando volvió del auto entraron a la vivienda junto al can. En el cuarto de Mariana, los hombres corrieron el pesado mueble y encontraron la puerta disimulada entre los paneles que recubrían la pared. Luis la abrió y enfocó la linterna hacia los lados. Encontró la llave de luz y la oprimió. Una lamparita polvorienta iluminó la estrecha escalera que Luis remontó probando la solidez de cada escalón. Lo siguieron Julián, Goliat y las mujeres. Como en el edificio del abogado, Emilia caminaba detrás de Mariana, esta vez preparada para cualquier contingencia. Se detuvo en el rellano adonde esperaba Luis y cayó en la cuenta de que si pasaba algo nadie estaría afuera para ayudarlos. Podrían desaparecer en el ático y no los encontrarían jamás. Salvo que insistiera la madre de Julián… Pero ¿cómo adivinaría que estaba en la casa vecina? La voz de Luis interrumpió los lóbregos pensamientos.
-Voy a entrar.
Empujó la puerta con fuerza. La madera, dilatada por la humedad, resistió la presión. Arremetió de nuevo sin resultados. Julián colaboró y la atropellaron al unísono ingresando al desván con el envión. Emilia, a cargo de la linterna, buscó un interruptor. Éste encendió, para su sorpresa, una lámpara que iluminó el lugar con amplitud. Goliat olfateó los rincones sin muestras de nerviosismo. Entre todos, hicieron el inventario del último recoveco de la casa. Cuatro baúles antiguos, dos sillones hamaca, tres lámparas de pie, una biblioteca ocupada con libros de tapas de cuero, un escritorio de madera labrada y dos sillas tapizadas. El polvo se asentaba sobre los muebles y oscuras telarañas daban cuenta del abandono del lugar. Mariana abrió los cajones del pupitre sin encontrar más que bolígrafos secos, lápices usados, sacapuntas, hojas amarillentas por el tiempo, volantes de publicidad de cincuenta años atrás, gomas de borrar, clips de alambre, artículos de escritorio en desuso y una libreta con una cinta marcadora. La abrió y la descartó al comprobar que eran meras anotaciones de gastos.
-¡Mariana, vení...! -exclamó su madre mientras revisaba el contenido de un arcón que Luis acababa de abrir.
La muchacha se acercó y Emilia levantó un vestido largo de encaje blanco.
-¡Mirá que belleza, hija!
Los finos breteles destellaban por las piedras que lo recorrían al igual que el escote y el ruedo. Mariana lo apoyó contra el cuerpo y advirtió que era de su talla.
-Apropiado para una celebración -admitió. Miró el adorno.- ¿Serán legítimas?
Julián, que se había extasiado imaginando a la joven ataviada con el delicado atuendo, observó el pedrerío con atención.
-No soy experto en gemas -dictaminó- pero apostaría a que son brillantes.
-¿En serio? -la boquita de Mariana era un círculo perfecto.
-¿Brillantes...? -repitió la madre- ¿Quién bordaría un vestido con piedras preciosas?
-La dama del camafeo -aseguró la hija.- Me encantaría probármelo.
-Está en la casa, así que es parte de la herencia -afirmó su madre.
Siguieron revolviendo el baúl lleno de prendas de los años cincuenta y sesenta. El estado de conservación era bueno pero no vieron nada que se igualara al vestido blanco. Otro arcón contenía prendas masculinas y los restantes, ropa en desuso de niño y niña mezcladas con diversos juguetes. Mariana quedó fascinada por una muñeca de medio metro de altura y la dejó fuera del baúl junto al vestido. Los varones, abocados a la biblioteca, sacudieron los tomos antes de revisarlos.
-¡Vaya que mujer cultivada! –exclamó Luis.- No hay un solo libro escrito en español.
-Ni tampoco en el mismo idioma –agregó Julián.- Algunos en latín, otros en árabe, otros en hebreo… -enumeraba mientras les daba un vistazo.
-¿Cómo podés distinguirlos?
-¡Ah…! Tengo un amigo judío experto en lenguas muertas. He visto cientos de manuscritos en su casa.
-¿Merlin? –Prorrumpió Luis- ¿Leo bien? –le extendió el tomo al joven.
Éste examinó las letras grabadas en el cuero y asintió:
-Yo leo lo mismo.
Fueron repasando las tapas de los libros y descubriendo nombres: Aristóteles, Abul-Casim Maslama Ben Ahmad, Alfonso el Sabio, Artefius, Alberto el Grande, Carlo Magno, Hermes Trismegisto, Platón, Plotino, Dionisio el Aeropagita, Michel de Nostradamus, Johann Wierus, Giordano Bruno, Cagliostro, Paracelso, Cornelio Agrippa. Había muchos tomos más; algunos no revelaban los autores al entendimiento de los hombres. Después de un tiempo, frustrados, abandonaron la exploración. Julián buscó a Mariana con la vista. Estaba parada junto al escritorio y recorría la tapa con la yema de los dedos. Repentinamente, se escuchó el sonido de una cerradura que se abría y una gaveta, en el frente del mueble, se deslizó hacia fuera. La joven profirió un clamor de satisfacción.
-¡Yo sabía que había algo más! ¡Miren! –retiró un cuaderno del cajón.
Emilia estuvo junto a su hija en un santiamén. Le arrebató el hallazgo como si fuera una bomba a punto de estallar.
-¡Mamá!
Los hombres miraron sorprendidos. La madre, con expresión inapelable, lo abrazó contra el pecho.
-Primero lo voy a revisar yo. Tu nueva condición hipersensible te puede llevar a un trance agudo. ¡No voy a correr riesgos!
Luis captó el brillo belicoso de los ojos de la muchacha y el cuerpo preparado para arremeter sobre su madre.
-Emilia, ¿puedo hojearlo? –pidió, tratando de evitar el enfrentamiento.
Ella se lo alcanzó sin dudar. El hombre lo abrió. Después de un momento sonrió y lo devolvió.
-Lo siento, nena. Pero está escrito con los signos que sólo Mariana entiende.
-Entonces, –dijo Emilia- por esta noche se acabaron los misterios. Iremos a dormir y mañana podrá leer el cuaderno. Siempre que no dé muestras de perder la conciencia.
-Te estoy oyendo mamá. No necesitás intermediarios para hablarme – advirtió la hija.
Dio media vuelta y salió de la bohardilla. Julián la siguió preocupado por que el enojo no la hiciera trastabillar. Detrás, bajaron Goliat y el resto del grupo. Ya en el cuarto de Mariana, Emilia siguió dando las órdenes.
-Vas a trasladarte a mi dormitorio. Hay dos camas, así que estarás cómoda. Y a este cuarto lo cerraremos con llave.
La hija no contestó. Estaba totalmente enfadada y no quería perder los estribos delante de terceros. Manoteó un camisón y salió al pasillo rumbo a la alcoba de su madre. Luis miró el reloj y le propuso a Julián:
-También hay dos camas en mi dormitorio. Quedate a pasar la noche.
-¿Por qué no? Me siento un poco fatigado. Llevaré a Goliat afuera –avisó.
Emilia le entregó a Luis el cuaderno.
-Mejor guardalo vos. Estoy tan cansada que si Mariana decidiera leerlo yo no me enteraría. Tengo la sensación de que nos hemos metido en un tiempo distinto al entrar en esta casa. ¿Estaré desvariando?
El hombre se acercó y le acarició la cabeza con ternura. La mano bajó contorneando el rostro y le alzó la barbilla para mirarla a los ojos. Estaban tan cerca que no pudo resistir la tentación de rozar sus labios con un beso. Se separó y le dijo amorosamente:
-Algo de eso hay, querida. Aquí hay misterios que resolver. Lo haremos juntos y prometo velar por tu seguridad y la de Mariana.
La sonrisa confiada de Emilia lo transportó a un mundo sin retorno. Lo besó sorpresivamente en la boca y escapó a su habitación. Los varones durmieron poco esa noche por confiarse las mutuas ilusiones. También Emilia, entristecida por el silencio lapidario de Mariana.
La algarabía de los gorriones disputándose la comida sobre el antepecho de la ventana, despertó a Mariana. Se cambió silenciosamente y buscó la malla en su antiguo dormitorio. Se la puso bajo la ropa decidida a inaugurar la piscina natural. Recordó la promesa hecha a Luis y garabateó una nota para dejar en la cocina. Abandonó el paso sigiloso al amplificarse las voces masculinas a medida que bajaba la escalera. Les sonrió y aceptó el mate ofrecido por Julián.
-No esperaba una visita tan tempranera –dijo complacida.
-Aunque me levantaría al alba por vos, estoy aquí porque Luis me invitó a quedarme –respondió penetrándola con una mirada que la hizo sonrojar.
-¿También a ustedes los despertaron los pájaros? –preguntó ella para ocultar su turbación.
-En realidad, los enigmas -contestó Luis.
La joven comprendió que los eufemismos estaban prescritos. Se sentó junto a los hombres y devolvió el mate.
-Que alguien me diga que todo esto es una pesadilla de la que voy a despertar pronto -pidió desalentada.
Julián, abatido por sentirse incluido en el mal sueño, guardó silencio. La seguridad con que reconocía la atracción que le despertaba la joven no operaba cuando se cuestionaba sobre los sentimientos de ella. Su proverbial confianza no podía penetrar la superficie de la mirada huidiza. Las palabras de Luis, quien después de pernoctar tres días en la casa estaba convencido de que la aparición de Edmundo había sido real y que debía responder al pedido que le fuera hecho, le restituyeron la determinación con la que se comprometió a luchar por la muchacha.
-No puedo mentir para consolarte porque estaría exponiéndote a sucesos extraños para los cuales debés estar preparada -dijo Luis tomando las manos de la joven.- Con Julián pensamos confeccionar una lista de acontecimientos, llamémosle inusuales, en la que todos debiéramos colaborar. Estábamos esperando que Emilia y vos se levantaran…
-Aquí estoy. Buenos días a todos –saludó la nombrada, acariciando el rostro de su hija antes de sentarse al lado de Luis.- Después de un mate, soy toda oídos- dijo mirando a Julián.
Éste se lo alcanzó con una sonrisa. Su compañero resumió:
-Queremos anotar cualquier situación que se salga de lo corriente con relación a esta casa. Les pido que tengan la mente abierta a cualquier fenómeno, sin tratar de explicarlo, porque esta madrugada Julián y yo compartimos... Una experiencia anómala -concluyó abruptamente.
-¿Qué les pasó? –inquirió Emilia alarmada.
-A los dos nos costó conciliar el sueño. Alrededor de las cuatro y media de la mañana, llevaba media hora dormido porque la última vez que miré el reloj eran las cuatro, Julián me despertó y susurró que no hiciera ruido. Nos quedamos en silencio, escuchando el roce de pasos que merodeaban por la habitación -la miró a Mariana y le dijo con acento de disculpa:- Pensé que estabas intentando recuperar el libro... -sonrió ante el gesto de la joven, a medias sorprendido y contrariado- Así que estiré la mano y encendí el velador. En el dormitorio no había nadie más que nosotros, pero el libro estaba abierto. Julián comprobó que la puerta tenía puesto el cerrojo como la dejamos al acostarnos –se quedó en silencio.
Las mujeres procesaron el relato y fue Mariana, que al parecer no había comprendido la consigna de Luis, quien hizo la disección de los hechos.
-A ver si entendí. Los despertó un ruido de pasos, encendieron de inmediato la luz tratando de pescarme –le echó una mirada indulgente a Luis,- no ven a nadie, la puerta sigue cerrada y el libro está abierto. A esa hora y cansados como estaban, ¿no es posible que alguno lo haya soñado y que el otro lo hubiera hecho propio sumido en el sopor del sueño?
-No, Mariana –intervino Julián.- Estábamos bien despabilados. El caso es que nadie en los segundos que mediaron hasta dar la luz, pudo haber llegado hasta la salida y desaparecer detrás de una puerta cerrada con llave.
-¿Estamos hablando de fantasmas?
-Estamos hablando de manifestaciones que momentáneamente son inexplicables pero que se están fortaleciendo.
Emilia había escuchado en silencio. Levantó la cabeza y le preguntó al joven:
-¿Por qué decís que están cobrando fuerza?
-Porque se revelan públicamente. Hasta ahora, salvo el trance de Mariana, seguramente son experiencias personales.
La mujer pidió con un gesto el cuaderno a Luis, quien se lo alcanzó junto con un bolígrafo. Lo abrió y se aprestó a escribir.
-Entonces -dijo- nosotras empezamos. Cosas extrañas... -recitó, y lo anotó en la hoja a modo de encabezado:- Abogado, corte de luz, descenso a oscuras, golpes en la puerta -a medida que hablaba, escribía. Se dirigió a Mariana:- ¿Nena...?
La chica se encogió de hombros, aún reticente a participar del recuento. Después aportó:
-Si es procedente... Son más impresiones que hechos -aclaró.
-¡No analices! -insistió Luis.- Sacalo afuera.
-Las víboras de la entrada, los retratos, los tapices, los signos... Sensaciones de ataques y de ser vigilada. El galpón, el sótano, la dama del camafeo, el ático... ¿Qué más quieren? -dijo fastidiada.
-Yo soñé con Edmundo antes de venir a la casa -confesó Luis.- Me pidió que no las dejara solas.
Las mujeres lo acorralaron con la mirada. Un brillo adicional iluminó los ojos interrogantes de Mariana.
-Fue un sueño ocasionado por la inquietud -aclaró,- pero me facilitó el contacto con mi intuición. Quiero ampararlas física y emocionalmente, que ningún hecho las sorprenda solas y las paralice. El peligro que corrió Mariana en la cabaña no debe repetirse... -expresó con energía.
-Si nos fuéramos... -murmuró Emilia.
-¡No, mamá! ¡Me prometiste un mes!
-¡Pero no a costa de tu vida!
-¿No te estás excediendo, mamacita? -contrapuso Mariana con enojo.
Julián, que presenciaba el enfrentamiento entre madre e hija, presintió que cualquier influjo maligno que ocupara la casa las estaba ganando para su bando.
-¡Mariana! ¿Podés revisar por un momento tu actitud? Parece que quisieras asesinar a tu madre... -la frenó.
Ella se volvió con furia y se estrelló contra la mirada reprobadora de su vecino. La expresión de firmeza desvaneció la ira que la embargaba y se volvió, apenada, hacia Emilia:
-¡Mamita! Perdoname. Ya sé que lo hacés por mi bien... -se acercó y la abrazó. Después lo miró a Julián:- Lo siento...
Él hizo un gesto con la cabeza y tomó la palabra:
-No debemos aislarnos entre nosotros. Quien sea lo sabe y tratará de separarnos -le habló a la joven:- Si querés quedarte para seguir investigando, lo haremos juntos.
Todos asintieron sin discutir la ingerencia del recién llegado. Mariana preguntó:
-¿Qué haremos ahora?
-Tal vez este libro nos aporte alguna pista -opinó Julián levantándolo de la mesa.
Mariana estiró el brazo y lo recibió como antes su madre el cuaderno. Se sentó y lo abrió con aprensión. El joven se acomodó a su lado y la alentó con un gesto. También la mirada de Luis fue continente del temor de Emilia por su hija.
-Vamos por pasos -dijo Julián.- Cuando leíste la carpeta recorrías con la vista los signos, distraídamente. ¿Podés hacer el intento? -preguntó cariñosamente.
La joven asintió. Volvió las hojas y no se esforzó por comprender. Esta vez desenfocó los ojos voluntariamente, como su papá le enseñara para descubrir los paisajes en los libros de 3 D. Recordó que su madre nunca logró visualizar ninguna imagen. Sintió la cabeza liviana de pensamientos y, como cuando era chica, la sorprendió la claridad con que apareció la grafía conocida. Con el corazón batiendo, levantó la mirada del libro y descubrió los rostros ansiosos de sus compañeros. Sonrió ampliamente.
-¡Es como las imágenes en tres dimensiones! Hay que ponerse bizco y las ves. ¡Probá! -se lo tendió a Julián.
El breve intervalo en que los varones y Emilia se esforzaron por hacer visible el alfabeto conocido, contribuyó a la distensión que necesitaban. La madre renunció entre risas a otro intento y lo devolvió a la muchacha. Ninguno había podido reflotar hacia el discernimiento el significado de los símbolos que sólo se revelaron a Mariana. Más tranquila, volvió a la primera hoja y adoptó la postura de intérprete. Después de un momento, leyó:
-“Ahora que murió Dante, estoy libre para poner sobre aviso a mi descendiente. Sé que serás una niña fuerte. Este idioma sólo está abierto a la comprensión de los elegidos y tú serás una. Mi marido me otorgó su conocimiento como regalo de bodas, ínfima porción de su saber infinito. No así a nuestros hijos, ni siquiera a su dilecta Victoria. Ella me odia porque fue mi decisión. Dentro de este círculo ancestral soy una intuitiva que puede percibir la maldad o la fortaleza. Y Victoria es malvada” -Mariana hizo un alto al volver la página y descubrió que ya había leído dos hojas. Los caracteres ocupaban excesivo espacio para conformar las letras. Los oyentes estaban inmóviles. Siguió leyendo:- “Temo por Edmundo. Es débil y pertenece más al mundo externo que al círculo. Debe abandonar esta casa antes de que su hermana lo contamine. Los últimos días de Dante fueron un enigma. Sólo permitió que Victoria lo asistiera. Sospecho que lo indujo a una transmisión anticipada debilitando su poder. Las imágenes del futuro me acechan en cada sueño. No puedo ver el desenlace de esta lucha porque la influencia de Victoria es demasiado intensa. Languidezco día a día por impedir que invada mi mente en busca de la llave que le abrirá la puerta de la inmortalidad. Yo tengo el conocimiento y tú, mi nieta, el don de los elegidos. No leas ningún libro porque a través de ti accederá al conocimiento prohibido. Deberás destruirlos para terminar con esta remota hermandad que se extravió en el tiempo. Estarán en cualquier lugar: en la cabaña, el ático, las bibliotecas. Porque aún al alcance de su mano no puede desentrañarlos. Te espera para valerse de ti. Tratará de engañarte, de destruirte cuando no te necesite. No te desprendas del camafeo. Es un amuleto a través del cual te protegeré. El lago es peligroso. No alcanzo a interpretar la maldad del ojo de agua adonde mis hijos se sumergieron confiadamente. No vayas sola. Vislumbro a un recién llegado que será tu protector. No te separes de él.”- Se interrumpió sofocada por la directa alusión a Julián. Evitó mirarlo porque una oleada de sentimientos contradictorios pugnaban en su interior. Esta nueva mujer que asomaba en la casa de su padre, tanto quería como rechazaba, ser protegida. Retomó la lectura:- “En el octavo día, segundo cuadrante de tu estadía…”- Ahora interrumpió Julián:
-¡Eso es! Eso es lo que escuché cuando quedaste en trance. Mencionaba la palabra cuadrantes. Sí… Tiene lógica –dijo como hablando para sí mismo.- Un cuadrante tiene cuatro lados, y dos cuadrantes suman ocho. ¿Cuántos días hace que están aquí?
Mariana hizo un gesto vago. Pero su madre, pendiente del calendario que marcaría el ansiado abandono de la casa, respondió con presteza:
-Sólo cuatro. ¿Y a qué se verá enfrentada mi hija?- El timbre de su voz se agudizó cuando interpeló al joven como si lo hiciera responsable de los futuros acontecimientos.
-Bien quisiera saberlo, Emilia, para que nada nos tome por sorpresa. Pero si te tranquiliza, estoy dispuesto a quedarme con ustedes hasta el viernes.- Y aunque no quieras- pensó Julián.
Luis encerró las manos de la mujer entre las suyas tratando de infundirle una calma que no sentía. A medida que la muchacha avanzaba en la lectura, el texto se hacía más amenazante. Su mirada escrutó el rostro de Mariana, quien se había mantenido al margen del intercambio de su madre y Julián. Fijó nuevamente la vista en el cuaderno y siguió leyendo:
-“te espera la gran confrontación. Sé que la aceptarás porque no dudo de tu carácter. Permanece rodeada de los afectos cuya energía te fortalecerá. No puedo vislumbrar la manera en que intentará alejarte de ellos. Debes estar en guardia y si lo logra, no te aferres al recuerdo de tu padre sino de tu defensor. Llámalo con toda la potencia de tu mente, que no te desoirá. En el octavo día, debes ampararte invocando a la reina. En su momento sabrás cómo. Sólo a ti te será dado el conocimiento. Cuando se manifieste, habrás logrado la plenitud y el poder de disipar las tinieblas” -allí expiraba el texto como si alguien la hubiese interrumpido. Mariana pasó las últimas páginas, amarillentas por el tiempo pero carentes de símbolos. Cerró el libro y perdió la mirada en algún punto de la sala.
-¿Mariana...? -balbuceó su madre.
-Estoy bien, mamá -contestó.- Ahora me gustaría visitar la laguna.
-¿No tenés nada que comentar de lo que leíste?
-Lo haré a orillas del lago. ¿Por qué no van a ponerse la malla? –sugirió.
-Porque debemos esperar a que lleguen el jardinero y Norita. ¿Acaso te olvidaste? –preguntó su madre.
-Y porque yo tengo que ir a buscar la malla a mi casa –agregó Julián.- ¿Me prestás el auto?
-La llave está puesta –contestó Mariana sin evidenciar impaciencia por la postergación. Parecía haber crecido entre las vueltas de hojas.
Julián salió no antes de hacer el intento de atrapar la mirada femenina que, de consabido, se le negó.
Luis fue hasta la cocina y trajo el equipo de mate. Los tres guardaban un silencio meditativo. Después de tomar el primero, le tendió el segundo a Emilia. A ella se le aceleró el corazón cuando se rozaron sus dedos. ¿Su cuerpo volvía a la vida? No creyó que volviera a ocurrir desde la muerte de Edmundo. Se concentró en la bebida para ocultar la mirada al reclamo de los ojos varoniles. El tercer mate fue recibido silenciosamente por Mariana. Un fuerte timbrazo los sobresaltó. Luis se apresuró a atender.
-Son el jardinero y la empleada doméstica que coincidieron en la entrada –comentó al volver de la cocina.- Les dije del trecho a recorrer, pero el hombre viene en una camioneta así que no tardarán en aparecer.
Un vehículo emergió al final del camino arbolado. Los tres se adelantaron para recibir a los recién llegados. Emilia y la mujer se estrecharon en un abrazo y se indagaron mutuamente acerca de sus cosas. La hija también saludó con efusión a la recién llegada y después de saludar al empleado del vivero, ingresaron a la casa mientras Luis se ocupaba de instruir al jardinero. Emilia condujo a Norita por todos los ambientes de la vivienda y la dejó instalada en la planta baja para comenzar con el aseo.
-Tendría que juntar ropa para llevarla al lavadero. ¡Ah! Y aprovechar para comprar la notebook. ¡Fuiste una genia al contratar Internet!
-No es mérito mío, querida, sino de la telefónica que me ofreció un paquete con todos los servicios.
-Igual, mami. Podrías haberte negado.
Al tiempo que se incorporaba, se escuchó el ruido de un motor. A Emilia no se le escapó la expresión suspendida de la joven asociando el sonido con la llegada de Julián. Estuvo extática hasta que se mezclaron las palabras de los hombres. Ninguna de las dos apresuró el encuentro. La solidez de las voces varoniles las confinaban a una zona de seguridad adonde las sensaciones siniestras que las asaltaban en esta casa no podrían lastimarlas. Poco después, asomaron a la cocina Luis y Julián.
-Ya vengo listo para estrenar el natatorio –dijo el vecino con una sonrisa.
-¡Fantástico! –aprobó Mariana.- Juntemos las cosas, mami.
Emilia le indicó a Norita que preparara al mediodía unos sándwiches para ella y el jardinero, y dispuso con su hija dos canastos con víveres y bebidas. Los hombres los acarrearon junto a una mesita con cuatro asientos plegables mientras las mujeres se hacían cargo de la vajilla, el mantel, los toallones y el protector solar. Fue un viaje reflexivo detrás de Luis que los guiaba sin titubeos. El perro los acompañó un trecho para desaparecer luego entre los árboles. Llegaron al pozo después de las nueve. Emilia eligió un lugar sombreado para acomodar la mesa de picnic. Dejaron las ropas dobladas sobre las toallas y caminaron hasta el ojo de agua. Dos hombres y dos mujeres plenamente conscientes de la presencia del otro. Julián se adelantó y, desde el borde, admiró el armonioso andar de Mariana. La malla turquesa sin breteles que le ceñía el cuerpo despertó la fantasía del hombre. Se volvió hacia el piletón y se zambulló para ocultar sus sensaciones.
-¡Tené cuidado! –gritó la muchacha, sorprendida por el arrebato.
Luis llegó junto a ella y le recordó la promesa:
-Voy detrás de Julián. Esperá a que te dé el visto bueno para tirarte –y se arrojó a la piscina.
Mariana y Emilia aguardaron en silencio la aparición de los varones. El primero en emerger fue Luis, lo que provocó un aletear en el estómago de Mariana. Antes de que pudiera expresar su preocupación, Julián asomó la cabeza.
-¡Es muy profundo! No logré siquiera tocar el fondo –dijo agitado.- ¿Hasta dónde llegaste? –le preguntó a Luis.
-Hagamos un segundo reconocimiento. Yo por la izquierda, y vos por la derecha.
-¡Vamos! –aceptó Julián, y se hundieron al unísono.
Mariana, con un gesto de fastidio, le dijo a su madre:
-Y nosotras, ¿qué? ¿No te parece una actitud machista la de esos tipos?
-Tratan de protegernos –explicó Emilia conciliadora- ¿Por qué no traés la pelota en vez de rezongar tanto?
La muchacha se alejó con gesto huraño y volvió, inflando una pelota de brillantes colores, a tiempo para ver asomar a los buceadores.
-No hay obstáculos ni corrientes peligrosas –anunció Julián.- ¿Se animan, señoras? –la sonrisa aumentó el atractivo de su rostro.
La madre se sentó en el borde de ladrillos y tanteó la temperatura del agua con los dedos de los pies.
-¡Está fría! –exclamó.
-¡Tirate de una vez, gallinita…! –provocó la hija en medio de un salto olímpico.
Emilia rió y se sumergió tapándose la nariz. Después de la primera impresión, disfrutó de la frescura. Nadó hasta el centro y se sumó a la conversación del trío:
-¿Cuál será la fuente de este pozo? –acababa de preguntar Mariana- El agua está en perfecto estado…
-Algún curso subterráneo –opinó Luis. Dirigiéndose a Julián:- ¿Otra inmersión?
Los hombres desaparecieron bajo la superficie.
-Juguemos un rato a la pelota… -propuso Emilia.
-Después que concluya mi propio reconocimiento –contestó la hija y, haciendo una profunda inspiración, se clavó de cabeza en la profundidad.
Mariana buceó hacia el fondo donde los rayos del sol perdían la contienda contra las sombras. A medida que descendía una nube de limo, seguramente removido por los buceadores, le opacaba la visión. Bajó un poco más hasta que unos filamentos se enredaron en sus pies. Impresionada, trató de desasirse con un movimiento brusco y comenzó a bracear hacia arriba. La sangre, que retumbaba en sus sienes, le dijo que se quedaría sin aire antes de alcanzar la superficie.
Cuando empezó a tragar agua, unos brazos la rodearon y la impulsaron hacia la superficie. Asomó la cabeza al tiempo que tosía estrepitosamente para expulsar el líquido de sus pulmones. Sin solución de continuidad, la levantaron hasta depositarla boca abajo sobre la orilla del estanque. A medida que se reponía, se hacía inteligible la voz de su madre:
-¡Mariana! ¿Qué te pasó, querida? ¡Siempre tan atropellada! ¡Podrías haberte ahogado…!
La joven se sentó y miró su pie derecho. Un cordel apelmazado le rodeaba el tobillo.
-Me asusté. Creí que esta tira era el tentáculo de un animal y me descontrolé.
Julián, agachado a su lado, le sostuvo el pie y desenroscó la singular tobillera. La extendió sobre los ladrillos del borde y desprendió la costra que la envolvía. Una pequeña llave colgaba de la cinta desvanecida por el agua.
-Espero que su propietario no se haya ahogado aquí –observó Emilia.
Mariana frunció la frente. Una imagen pugnaba por hacerse conciente. Recordó las palabras de su abuela.
-Ella me advirtió… -murmuró.
-¿Quién, Mariana? –preguntó Julián, inquieto por la expresión de la muchacha.
-¡La abuela! ¿No recuerdan lo que les leí del libro? Algo debió pasar que ella no supo –tomó la cinta que se secaba al sol y la observó con abandono. La pileta ya no le atraía, escondía secretos tan oscuros como su profundidad. Haría bien en seguir el consejo de su abuela. Como si todos pensaran lo mismo, se dirigieron hacia los asientos reparados bajo el árbol. Julián caminaba a su lado en silencio. Ella lo detuvo tomándolo del brazo y quedaron frente a frente.
-No te agradecí el que me sacaras del agua.
Esta vez no rehuyó la mirada del hombre. Advirtió que se asomaba a un abismo tan peligroso como la sima del estanque, sólo que no era su vida la que peligraba, sino su convicción de alejarse por un tiempo de las relaciones masculinas. Atrapada por los elocuentes ojos de Julián sus piernas se debilitaron y no cayó porque aún lo aferraba del brazo. Él prolongó el acoplamiento visual olvidándose del mundo y bajó la cabeza lentamente oscureciendo las pupilas claras de Mariana. Supo que iba a besarla a sabiendas de ser observados por Emilia y Luis. ¿Un primer beso público? La idea lo hizo vacilar, porque no quería malograr con ningún arrebato amoroso ese momento único. Se enderezó con templanza y antes de reanudar el camino, le susurró a su muchacha:
-Quiero tanto besarte que no soporto un momento más. Pero puedo esperar a que estemos a solas. Tu boca será mi mejor recompensa.
Mariana le soltó el brazo y recuperó el dominio. Una leve sonrisa aleteó en sus labios. Había comprendido el mensaje y coincidía unívocamente con él. Cuando alcanzaron la mesa, mostraban en sus semblantes las huellas manifiestas de la renunciación. Emilia, que no había perdido detalle, simuló no haber prestado atención a la coyuntura.
-¡A sentarse todos! -exclamó.- Que un buen refrigerio nos ayudará a tranquilizarnos.
Repartió los bocadillos en los platos mientras Luis escanciaba el vino en las copas. Comieron en silencio hasta que Goliat apareció en escena. Mariana, conmovida por la expresión suplicante del can, le ofreció un trozo de sándwich.
-¡Ah, no, jovencita! No lo malcríes –intervino Julián.
Hizo un gesto de reconvención al perrazo, que retrocedió sin tomar el bocado.
-¡Hombre insensible! ¿Qué puede hacerle un pedazo de pan y fiambre? ¿No ves cómo se le van los ojos?
-A él no le va a hacer nada, pero está disciplinado para comer alimento balanceado.
-¿Nunca le diste un gusto?
-¿Y cómo sabés que le dará gusto comer un sandwich que no conoce…?
-Porque lo veo en su mirada.
Goliat mueve la cabeza de uno a otro hasta que su amo se da por vencido. El ademán y la risa de Julián autorizaron a la joven a convidarlo. Ella, deponiendo la actitud beligerante, le volvió a ofrecer la comida. El can la retiró de su mano con delicadeza y la hizo desaparecer de un bocado. Mariana se volvió con gozo hacia Julián:
-¡Es la primera vez que puedo alimentar a un perro sin sentir miedo! ¿No es fantástico?
Él la miró con una expresión demandante que en nada se parecía a la de Goliat. Mariana dejó de jugar a la guerra porque comprendió que esta vez quería ser conquistada. Después del almuerzo volvieron a la casona. Emilia quería arreglar con los empleados y sobre todo deseaba refugiarse entre cuatro paredes. Acordó que ambos volvieran el sábado y subió al dormitorio. La necesidad de reposar postergó la charla que los enfrentaría con el misterioso deber de Mariana. La joven ya se había bañado y se acostó para quedar profundamente dormida y libre de sueños ominosos. La madre, recelosa por las pruebas a que estaba sometida su retoño, tardó en abandonarse al descanso. Los hombres, más pragmáticos, no demoraron en quedarse dormidos.
Mariana fue la primera en levantarse. Se vistió con la ropa que dejó el día anterior sobre un sillón y bajó a la cocina con la intención de tomar café. En la casa reinaba un silencio inusual. Enchufó la cafetera y se asomó para comprobar si Goliat necesitaba agua o alimento. Los recipientes estaban vacíos. Llenó el del agua y resolvió esperar a que Julián se levantara para que decidiera sobre la comida de su perro. La tarde arrastraba una frescura que contrastaba con el calor del mediodía. Goliat debe estar fisgoneando por los alrededores, se dijo. Se sentó sobre un escalón del pórtico y liberó los pensamientos. Llevaban cuatro días en la casa y habían transitado por más experiencias que a lo largo de todas sus vidas. Su mente quedó prendida de la que consideraba la más elocuente: haber conocido a Julián. Su abuela, que había anticipado su nacimiento, habló de un recién llegado que la protegería. No cabían dudas de que era él. Recordó la escena en la casa, cuando estuvo en sus brazos y a punto de ser besada. La hizo sentir inerme como si nunca hubiera compartido esa caricia. Pero no con él, se respondió. Buscaría la manera de facilitar el momento puesto que se había frustrado dos veces. Un movimiento de arbustos dirigió su mirada hacia el comienzo de la fronda que rodeaba el terreno despejado de la casa. Era Goliat seguramente que volvía de sus correrías. Se levantó y avanzó confiadamente hasta las primeras enramadas.
-¡Goliat! –llamó mientras se internaba entre los árboles.
Otro movimiento la hizo volverse hacia la senda que conducía a la cabaña. Parecía que el perro estaba jugando con ella. Apretó el paso hasta divisar la destartalada construcción que exhibía la puerta abierta. ¿Había olvidado cerrarla cuando estuvo con Julián? No. Lo recordaba muy bien. Pero como la dejó sin llave, tal vez el viento la abrió. La cabeza de Goliat asomó desde el interior y desapareció nuevamente anulando su reflexión.
-¡Goliat! –volvió a gritar entrando a la casucha.
Sus pies se clavaron en la entrada. El perrazo no estaba en la habitación, pero la trampa del sótano estaba levantada. Se llevó la mano al cuello y descubrió con terror que no llevaba colgado el camafeo. ¿Cuándo se lo sacó? Lo tenía al zambullirse en el estanque. Con la mente entorpecida por el miedo, no pudo discernir en qué momento se había desprendido de él. Escuchó rascar los escalones de madera como si alguien (algo) intentara trepar por ellos. ¿Se habría caído Goliat? ¿Por qué no emitía algún sonido? Avanzó unos pasos hacia el interior.
-Goliat –emitió sin gritar y a prudente distancia del sótano abierto.
Unos gruñidos le respondieron al tiempo que la puerta de la cabaña se cerraba con un golpe. Se volvió con el corazón martilleándole las sienes y aferró el picaporte que no respondió. Los crujidos, a su espalda, se estaban acercando. Corrió hacia la ventana y forcejeó para empujarla cuando, afuera, divisó a Goliat que observaba la construcción en postura de alerta. Sin mirar hacia atrás, gritó con toda su fuerza:
-¡Goliat! ¡Aquí, Goliat!
El animal tensó los músculos y se lanzó contra la ventana. Mariana se corrió hacia el costado a tiempo de que sólo unos vidrios se le clavaran en el dorso de las manos con que protegía su cara. Goliat aterrizó en medio de la estancia mientras ella insistía con la puerta que se abrió al primer tirón. Salió trastabillando y una vez afuera se atrevió a girar. El gran perro, con los pelos erizados, estaba al borde del sótano y emitía un rugido amenazador hacia el foso. Una insana curiosidad asaltó a la joven, fortalecida por la presencia del formidable guardián. Quería ver a quién o a qué le gruñía. No se arriesgó a entrar, pero se arrimó a la ventana y miró hacia el interior. El perfil de Goliat, con las fauces abiertas y los belfos recogidos, mostraba una ferocidad intimidante. La garra que intentó destrozarle el cuello volvió a las profundidades tan velozmente como emergió, rechazada por los afilados colmillos del can. Mariana se sacudió de su sopor y lo llamó con autoridad, temerosa de que sufriera algún daño. Supo que el lugar era peligroso y que debían salir de allí.
-¡Goliat, afuera! –volvió a gritar.
El perro le obedeció y sin dejar de gruñir se acomodó delante del cuerpo de la joven como intentando guarecerla. Ella le acarició la cabeza y echó a correr hacia la casa. A mitad de camino, divisó a Julián y a Luis que se acercaban a la carrera. No dudó en echarse a los brazos del joven cuando se encontraron. Julián, murmurando su nombre, la apretó hasta dejarla sin respiración. Cobijada sobre el pecho del hombre, cedió su autocontrol y prorrumpió en sollozos. Él aflojó el abrazo para acariciarle la cabeza y tomó una de sus manos para besarla. Al ver las heridas, su cuerpo se tensó.
-¡Mariana! ¿Quién te lastimó? –preguntó con aspereza.
-Nadie, Julián. Pero por favor, ¡volvamos a la casa!
-¿Estás segura de que no hay ningún agresor? –preguntó Luis a la temblorosa muchacha.
-¡Les digo que no! En casa les contaré todo –quería alejarse cuanto antes de las proximidades de la cabaña.
-Yo te llevo –dijo Julián con indudables intenciones de cargarla.
Esta oferta le pareció a la vez adorable y ridícula. Le encantaría acurrucarse contra el cuerpo del hombre, pero unos cortes en las manos no bastaban para sumirla en la debilidad. La risa la alivió y aflojó la preocupación de los varones.
-Gracias, vecino –respondió aún risueña- lo dejaremos para otro momento. Ahora puedo caminar- y tomándolo del brazo, se encaminó hacia la casa con Luis y Goliat a la retaguardia.
Julián acompañó sus pasos asediado por funestos pensamientos. Se reprochaba haberse dejado ganar por el sueño mientras Mariana se veía expuesta a un peligro que él podría haber evitado. ¿Pero cómo velar por la seguridad de la mujer sin tenerla a la vista? Sólo teniéndola a su lado todo el día, concluyó, con un estremecimiento de pura sensualidad que lo dejó sofocado. El llamado de Emilia lo volvió a la realidad.
-¡Mariana…! ¡Luis…! ¡Julián…! - voceaba.
Apuraron la marcha y poco después quedaron a la vista de la intranquila mujer quien corrió hacia el grupo que emergía del bosquecillo.
-¡Te faltó nombrar a Goliat! –chanceó Mariana para aplacar la ansiedad de su madre.
-¿Adónde se habían metido? –reclamó ignorando la broma.- Me despertaron tres golpes en la puerta. Y esta vez, en la del dormitorio.- Como nadie respondiera con presteza, agregó mirando a su hija:- ¿Acaso te pasó algo?
-No sé por qué suponés eso –dijo Mariana asombrada del presentimiento materno.
-Porque la vez anterior, fue cuando te caíste en el sótano.
Guardaron silencio hasta que Julián lo rompió:
-Mejor entramos a la casa así te podrás desinfectar esas heridas y la pondremos al tanto a tu madre.
Esta vez Goliat fue autorizado a ingresar a la vivienda. Mariana se limpió cuidadosamente las manos y Julián se aseguró de que no quedaran vidrios en los cortes. Emilia trajo el botiquín y lavó con antiséptico las cortaduras dejándolas sin vendaje por no ser muy profundas. Después escuchó el relato de su hija junto a los hombres. Cuando terminó, los rostros de los oyentes denunciaban la preocupación por el incidente.
-¿No me habías prometido que no te alejarías de la casa sola? –reprochó Emilia.
-No fue mi intención, mamá. Salí para asegurarme de que a Goliat no le faltara agua y después lo oí moverse entre los árboles. Además, no aluciné. Lo vi asomarse por la puerta de la cabaña, así que entré a buscarlo porque en su compañía me sentía segura.
La mirada nerviosa de la madre osciló entre los rostros varoniles. Leyó preocupación en los semblantes y, por un momento, la ganó una sensación de desamparo. ¿Qué podrían hacer dos mujeres si sus hombres se mostraban intranquilos? Desechó estos temores cuando se le impuso su rol materno. No podía perderse en ese laberinto de inseguridad si quería proteger a Mariana. Su voz sonó firme cuando urgió al grupo:
-Sentémonos y hablemos de lo que leyó Mariana y de todas las cosas que han pasado en la casa. Por alguna razón estamos dilatando esta charla.
-Sí –asintió Luis.- Supongo que choca con nuestra racionalidad pero no podemos ignorar que las manifestaciones extrañas parecen ser cada vez más peligrosas. Creo que la presencia de Mariana ha desencadenado estos fenómenos y que cada vez se abren más a su comprensión. ¿Estoy equivocado, querida?
La nombrada se tomó un momento para contestar, conciente de la expectación del trío.
-No sé qué experiencia tendré que afrontar para tratar de concluir una historia con cuyo final estoy comprometida. Sé que podría irme y no exponerme y exponerlos –los contempló con desasosiego, pero la firmeza de las miradas devueltas le aseguraron de que no transitaría sola esa prueba- pero siento que tengo una obligación con esta abuela que no conocí y fue capaz de anticiparme antes de que naciera…- terminó con voz temblorosa.
Julián no pudo controlar el impulso de atraerla hacia su pecho. El cuerpo que se abandonó al abrazo lo colmó de una sensación de potencia capaz de desafiar al mismo infierno si así tuviera que salvaguardarla. Acarició la cabeza de la muchacha y depositó un beso en su frente. La separó con desgano
-Quedan tres días hasta el viernes. Opino que debemos movernos por la casa al menos de a dos, especialmente Mariana –dijo con calma.- ¿Están de acuerdo?
-Si quieren conocer mi opinión –acotó Emilia- y aunque contradiga a mi hija, creo que deberíamos marcharnos y deshacernos de este lugar. Lejos de acá las cosas volverían a la normalidad.
-No escuchaste bien lo que dije, mamá –intervino Mariana.- Si antes no quería irme por conocer la casa de mi padre, ahora tengo un compromiso que no quiero eludir.
-¿Y si buscamos una solución intermedia? –Dijo Luis incorporándose.- Tal vez debiéramos alejarnos temporalmente y regresar el viernes.
-¿Y adónde iríamos, si se puede saber? –Preguntó Mariana, molesta.
-A mi casa. Está disponible la habitación de mi madre y hay una de huéspedes –intervino Julián tratando de ser convincente para la muchacha.- Estamos al lado, Mariana, pero distanciados de cualquier anomalía. ¿Por qué correr riesgos innecesarios?
La joven tomó aire. El ofrecimiento le produjo una extraña zozobra. ¿Debía dejar la casa ahora? Una certeza la invadió. Debía consultarlo con su abuela.
-Tengo que ir al baño –declaró- cuando vuelva lo hablaremos.- Y salió de la estancia fuera de la vista de los reunidos.
Subió sigilosamente las escaleras y pasó por su habitación para buscar el colgante. Un impulso la obligó a volverse y tomar la llavecita rescatada del pozo. Luego entró al dormitorio de Victoria. Se paró frente al cuadro y no titubeó en proyectar su pensamiento hacia la imagen de la mujer reclinada:
-Abuela, ¿debo irme de la casa?
Esta vez no hubo modificaciones en la pintura. Sólo una voz resonando en su cabeza:
-No. Debes permanecer aquí para recobrar tu percepción. Se fortalecerá cada momento y se nutrirá con la energía de los que te quieren bien. Evita entre tanto estar a solas. Este cuarto fue el de tu padre hasta que Victoria lo ocupó. Busca los rastros de su pasado. La llave te abrirá la puerta.
-¡Mariana! –el grito y la puerta al abrirse bruscamente, truncaron la conexión con su abuela.
Emilia entró, agitada, seguida por los dos hombres. La tomó de un brazo y la obligó a volverse. La muchacha miró el rostro descompuesto de su madre y sonrió para tranquilizarla.
-Mamá, sólo quería hacerle unas preguntas a la abuela.
-Quiero que me escuches atentamente, Mariana –dijo la mujer sin soltarla.- Estamos expuestos a manifestaciones extraordinarias que se forman a tu alrededor. Leíste una advertencia sobre no estar sola, y lo primero que hacés es ignorarla. ¿Querés matarme de un susto cuando desaparecés sin decir nada?
-Tranquila, mamá. Sólo quería asegurarme si era conveniente alejarme de la casa. Y no lo es. Debo… –se corrigió- Debemos quedarnos aquí. También hay que buscar en esta habitación cosas que pertenecieron a papá.
-¿Qué cosas? –preguntó Julián.
-No sé. La comunicación desapareció cuando entró mamá.
-¿No podés retomarla? – intervino Luis.
-No. Es como si mi cabeza se hubiera vaciado. No perdamos tiempo. Hay que revisar todos los muebles y encontrar el cajón que abre con esta llave –la mostró a los presentes y se dirigió hacia la mesa de luz.
Los demás la imitaron con el resto del mobiliario. Observaron con detenimiento cada espacio hasta que la frustración los ganó. Ninguna cerradura coincidía con el tamaño de la pequeña llave. Emilia repasó el guardarropa apartando cada una de las prendas. Disimulado en el panel lateral, encontró lo que buscaban:
-¡Aquí parece haber una puertita! – señaló.
Mariana insertó la llave en el pequeño orificio y empujó la puerta hacia fuera. Tanteó dentro del compartimiento y sacó una caja que traspasó a su madre mientras terminaba el registro. No encontró nada más. Cerró la puerta y aseveró:
-Fin de la búsqueda. Esto es lo que debíamos encontrar.
Nadie dudó de la certeza de la afirmación. Se dirigieron a la salida con secreto alivio por abandonar ese cuarto de atmósfera opresiva. Bajaron y se instalaron en la sala de estar. Emilia examinó con expresión abstraída el estuche. Aunque su hija era conciente de que el contenido aportaba una pieza más al rompecabezas que estaba destinada a completar, respetó la primacía materna de explorar ese objeto que otrora perteneciera a su esposo. Luis no perdía detalle de esa mirada que parecía catapultarla al pasado. ¿Perdería otra vez la contienda con un fantasma? Julián, acomodado al lado de Mariana, buscó su mano y la encerró en el puño fuerte y cálido. Esperaron en silencio a que Emilia se repusiera. Cuando levantó la vista, no mostraba ya rastros de la conmoción provocada por el hallazgo. Estiró la caja y se la alcanzó a Mariana.
-Abrila vos, hija. Creo que revelará un aspecto de tu padre que desconocemos.
La joven recorrió con las yemas de los dedos cada borde buscando algún intersticio que le permitiera levantar la tapa. Un pequeño relieve la estimuló a presionarlo y la cubierta se abrió suavemente. Sobre un tapizado de terciopelo negro descansaban una cruz plateada engarzada en piedras y una daga con la empuñadura idéntica al crucifijo. Mariana levantó la cruz que colgaba de una cadena, y lanzó una exclamación al observar su reverso.
-¿Qué pasa, nena? – prorrumpió Emilia alarmada.
Su hija le estiró la joya sin palabras. Las letras estaban grabadas con claridad y se leía un nombre: “Emilia”.
-Parece que papá no tuvo tiempo de dártelo… –murmuró. Seguidamente sacó la daga de la caja y la miró con detenimiento. No tenía destinatario.
-Es extraño –dijo su madre.- Según Edmundo no volvió nunca a su casa después de haberla dejado y nosotros nos conocimos varios meses después.
-Entonces papá te anticipó como hizo la abuela conmigo, o te ocultó la verdad –afirmó Mariana.- Sería bueno que te la colgaras del cuello.
Emilia asintió. Le pidió a Luis que asegurara la cadena mientras se levantaba el pelo para dejar el cuello descubierto. El hombre se apresuró a abrochar el cierre y sus dedos un poco temblorosos rozaron la piel de la mujer provocándole un estremecimiento. Julián, que le había pedido el arma a Mariana, la estudiaba concienzudamente.
-Tanto la cruz como la daga deben ser muy valiosas. Habrá que develar el significado de este puñal. ––dictaminó. Lo volvió a introducir en la caja y la cerró.- Por ahora, es mejor guardarlo en el estuche. Ya estuviste expuesta a demasiados accidentes.
Mariana la dejó sobre una pequeña mesa. Le agradó el tono protector del joven. Pensó que a pesar de su predestinación y las capacidades que se le habían manifestado en ese ámbito, seguía cautivada por la presencia de Julián y ese deseo latente de una relación sin restricciones. La voz de Luis detuvo su reflexión:
-Mariana, hace un momento declaraste que debíamos permanecer en la casa. ¿Cuál es el objeto de no abandonarla?
-La abuela me dijo que era importante para recobrar mi percepción –dijo con naturalidad la escéptica muchacha que asumía sin cuestionamientos el rol que le incumbía en la familia paterna.- Cada ámbito de esta casa tiene algo que transmitirme. Ahora estoy preparada para captarlo.
-¿Debemos empezar la recorrida? –preguntó Emilia inquieta.
-Antes de que anochezca, mami. Mientras estemos juntos no correremos peligro.
Empecemos entonces –dijo Julián.- Vos dirás por dónde.
-Desde el ático hasta el bosque.
-¿Hoy mismo? – profirió su madre alarmada.
-No. Hasta que anochezca. El exterior lo recorreremos de día. –Se acercó a Emilia y la abrazó.- ¡No quiero que estés asustada, mamá! Iremos con tres guardaespaldas si contamos a Goliat.
-Nos sentimos totalmente halagados por la comparación, ¿verdad, Julián? –dijo Luis con una carcajada espontánea que distendió la tensa situación.
-¡Y bien que debieran, caballeros! Ninguno de ustedes ha enfrentado el peligro con la valentía de este adorable perrito –alegó Mariana abrazando al can.
-¡Vamos ya! –urgió Emilia observando las sombras que se alargaban hacia los ventanales.
Julián abrió la marcha tomando a su joven vecina de la mano. Su mente lo proyectaba hacia un pasado cercano donde su vida, carente de misterios, discurría entre situaciones ordinarias: trabajo, relaciones parentales, amistosas y sentimentales, reuniones, viajes. Conocer a Mariana lo arrojó a una dimensión insospechada y atemporal a la que se había adaptado sin demasiados cuestionamientos. Pero si éste era el precio por conservarla –admitió- lo pagaría sin reclamos. A la zaga, iban Luis y Emilia escoltados por Goliat. Accedieron al desván con mayor seguridad que la primera vez y Julián liberó la mano de la joven para dejar que se moviera con libertad. Ella se irguió en el centro del recinto y cerró los ojos. Su abstracción se prolongó por varios minutos. A partir de ese momento, dirigió la inspección de los ambientes restantes de la planta alta. No hubo preguntas que interfirieran con su concentración; sólo una expectante vigilancia por parte del resto del grupo. Terminaron el recorrido en el dormitorio de Victoria, adonde Mariana se inmovilizó más de media hora delante del retrato de la abuela. A las ocho de la noche bajaron a la cocina para preparar una comida ligera y esperar el relato de la joven. Sin explicitarlo sentían que ese lugar, penetrado por la permanente presencia de Emilia y Luis, era el más confiable de la casa.
Julián, después de la cena, acompañó a Goliat afuera mientras Mariana preparaba café. Cuando regresó, ella les contó su experiencia.
-Supongo que papá pensó que si nos tenía alejadas de su familia no nos veríamos involucradas en sus prácticas. Sólo su padre conocía las capacidades del hijo varón, entre las que se contaban la de adelantar el futuro y la comprensión innata de los símbolos. No estuvo el tiempo suficiente en la casa para terminar de desarrollarlas pero supo, mami, que te conocería y quiso que ese fuera su destino. Porque era el emergente más sano y deseaba tener una vida normal, se fue de su hogar a instancias de la abuela y no volvió pese a los reclamos de Victoria. Dejó dos objetos tras él: la cruz y la daga. El más preciado lo destinaba a vos. Por eso grabó tu nombre –aclaró mirando a Emilia.- El otro estaba reservado para protegerme. Él venía a recogerlos la noche en que sufrió el accidente… -Hizo una pausa.- Iba a intimidar a su hermana porque supo que yo correría peligro. Ella anhelaba ser la sucesora del abuelo aunque la jefatura de la hermandad estaba consagrada a los hombres. Sólo cometiendo un acto abominable podría reemplazar al Gran Regente. Tanto el parricidio como el fratricidio le fueron negados porque papá murió en un accidente y la abuela de languidez cuando ordenó que pintaran su retrato.
-¡Es monstruoso lo que decís, Mariana! –interrumpió su madre, impresionada.- Pero si esa espantosa mujer está muerta, ¿cómo podría suplantar a su padre?
-A través mío, mamá –dijo la joven después de una pausa.- Espera usar mi cuerpo para concluir el rito de iniciación. Entonces, podrá sustituirme por entero.
Emilia se incorporó bruscamente y la abrazó. Su grito repercutió más allá de los muros de la cocina:
-¡No lo permitiré! ¿Escuchás, Victoria? ¡No te vas a apoderar de mi hija!
Los hombres estaban conmocionados por la revelación de Mariana. Luis se acercó a las mujeres y atrajo hacia sí a la trémula madre que se refugió llorando entre sus brazos. Julián confirmó en los ojos de Mariana la veracidad de su testimonio. Con tono grave, preguntó:
-¿Qué más debemos saber para ayudarte?
-Esta cofradía persiste a lo largo del tiempo porque no se interrumpió la línea sucesoria. Sus regentes practican la metempsícosis y transmigran su alma a un cuerpo presente en el momento de la muerte. Cuando el abuelo falleció no había nadie más que su hija en la habitación, por lo que el traslado no pudo ejecutarse. Él podría haber consentido, pero no le perdonó la promesa incumplida de disponer la presencia del substituto en su lecho de muerte. El abuelo no era malo, ¿sabés? Estaba encandilado por la acumulación de conocimientos y deseaba, como todos sus antecesores, que no se perdieran. No era esa la ambición de su hija para quien el conocimiento representaba poder y estaba dispuesta a cualquier sacrilegio para lograrlo. El viejo lo sabía y sacrificó su continuidad para malograr sus planes.
-Entonces –dijo el joven- si el conocimiento se perdió, ¿qué pretende recuperar tu… tía? –Casi le repugnó aplicar ese apelativo familiar a la perversa mujer.
-Si logra servirse de mí antes del plenilunio, recuperará los saberes de la hermandad…
-Y el cambio de luna es el viernes – completó Julián.
-Sí. Aún restan dos días para que pueda fortalecer mi percepción. Mientras tanto, ella intentará entorpecer mi aprendizaje.
-¡Por Dios, querida! –Intervino su madre que, después de recuperar la calma en brazos de Luis, había escuchado el diálogo de los jóvenes- ¿Podremos impedir su intromisión?
-Si ustedes están conmigo no podrá manipular mi mente. Eso es lo que reiteró la abuela. Cada día lejos de su influencia servirá para afianzar mi entendimiento y reforzarme para la confrontación.
-¡Confrontación, confrontación…! –rezongó Luis.- Esa es palabra propia de hombres. ¿Por qué tenés que ser vos?
-Porque sólo de mí puede valerse Victoria. De mi capacidad para desentrañar el significado de los símbolos o de mi persona para concluir su acto depravado. No leeré voluntariamente ningún libro ni cometeré ninguna herejía si soy dueña de mi pensamiento- pronunció como un voto.
-¡No te vamos a dejar sola ni a sol ni a sombra! –prometió su madre.- Creo que es hora de que vayamos a descansar.- Lo miró a Julián y le preguntó:- ¿Te molestaría que Goliat durmiera con nosotras?
-Quisiera yo tener el honor –contestó el joven risueño.- Pero me conformaré con dejarles a mi guardián.
-¡Mamá! Exagerada como siempre… –dijo Mariana para ocultar la turbación que le produjo la respuesta de su vecino.
Luis sonrió ante la salida de Julián. En el escaso tiempo en que se conocían demostraba una gran capacidad de recuperación. A todos los habían sacudido los enigmas de la casa, pero en su caso lo unía una larga relación con las herederas. Claro que el amor es atemporal, se dijo. Tendría un buen socio para defender a las mujeres. Apagaron las luces de la planta baja y dejaron encendidas las de la escalera. En la puerta del dormitorio de Emilia se despidieron:
-Duerman tranquilas que Goliat y sus ayudantes velarán por ustedes –bromeó Luis con una sonrisa.
Mariana ya había entrado cuando su madre se paró repentinamente en punta de pies para alcanzar la boca de su pretendiente; un beso fugaz que lo dejó aturdido cuando la puerta ya se había cerrado tras ella. El comentario jocoso de Julián lo despabiló:
-¡Eh, amigo! Que aunque te plantes toda la noche esa puerta no se volverá a abrir. Salvo que te conviertas en perro, claro. En esta casa todo es posible… -agregó con un movimiento de cabeza.
Luis enfiló hacia el cuarto que compartían y al pasar junto a Julián fingió que iba a golpearlo. El muchacho lo esquivó riendo entre dientes y le pasó un brazo fraternal por los hombros. Así ingresaron a la madrugada del miércoles.
Varios golpes en la puerta pusieron en guardia a Goliat y sus protegidas. La primera en saltar de la cama fue Emilia quien preguntó con voz soñolienta:
-¿Luis?
-Julián, Emilia. El desayuno está preparado. Las espero para bajar.
Se higienizaron y vistieron con premura asombradas de que hubieran pasado una noche sin sobresaltos. Abajo los aguardaba Luis con café y tostadas recién hechas. El semblante de los cuatro denunciaba que habían tenido un descanso reparador. Media hora después, iniciaron el recorrido por los alrededores. En primer lugar visitaron la vieja cabaña adonde Mariana, acompañada por su vecino, bajó por segunda vez al sótano mientras arriba vigilaban su madre, Luis y el perro. No se produjo ninguna manifestación más que la sincronización de su mente con acontecimientos del pasado. Llegaron hasta el estanque en cuya orilla estuvo absorta largos minutos para continuar la marcha entre el denso follaje que rodeaba la casa. La caminata les llevó más de dos horas en cuyo transcurso nadie habló considerando la concentración de la joven. El periplo terminó al comienzo de la senda que llevaba a la calle. El sol estaba en su cenit anunciando el mediodía. Allí Mariana quebró el silencio con una invitación inesperada.
-Ahora –anunció- los invito a que vayamos a almorzar fuera de la casa.
Tres miradas asombradas convergieron sobre ella. Le nació una risa espontánea y aclaró:
-Podemos alejarnos un rato. Además, me queda por explorar el camino de entrada. Luis y mamá pueden adelantarse en el auto. ¿Me acompañás, Julián? –le preguntó al joven que aún lucía dubitativo.
-Vos mandás –respondió al cabo.- Llevaremos a Goliat. No me arriesgo a dejarlo solo.
Ella asintió y poco después caminaban tras el vehículo de Luis al que pronto perdieron de vista. Ambos sabían que no era un paseo común. Mariana deambulaba entre los árboles bajo la atenta mirada de Julián. El mastín acompañaba los pasos de su dueño como si entendiera que no era momento para correrías. El joven estaba pendiente de la figura y los movimientos de Mariana. Sentía que había establecido con ella una conexión tan íntima como si hubiesen convivido por mucho tiempo. Se preguntó si ese lazo mutuo perfeccionaría el momento de la unión real. Observando el suave perfil de esa muchacha que se había convertido en el foco de sus aspiraciones amorosas, ansió tenerla entre sus brazos y hacerle olvidar con sus besos la empresa en la que se sentía implicada. ¿Besos? Sonrió para sus adentros. Si ni siquiera habían intercambiado uno. Era la mujer a la que más había deseado en su vida y aún no había besado. ¿Qué señales dejaría esta contienda en su espíritu? Lo único que ansiaba era que no malograra ese naciente interés que creía haber despertado en ella. Mariana aceleró el paso como si ya no hubiese nada por descubrir. Poco después divisaron el auto estacionado frente a la verja abierta. Julián distinguió el gesto de alivio de Emilia antes de ubicarse en el asiento trasero y cambiar una rápida mirada con Luis por el espejo retrovisor. Eligieron almorzar en el restaurante ubicado en la terraza verde del supermercado. La distribución de las mesas flanqueadas por maceteros con ligustros de flores blancas y violáceas preservaba la indispensable intimidad. Mientras esperaban los platos escogidos, Emilia urgió a su hija:
-Mariana, somos todo oídos.
La chica se rió del tono solemne de su madre provocando una sonrisa en los rostros masculinos. Después, se puso seria y se concentró en el testimonio:
-Este último tramo completó los huecos que me quedaban de la memoria familiar. El abuelo Dante fue uno de los sucesores del Gran Regente de esta Orden fundada en el siglo XIII por Arnaldo de Villanova. El siguiente mandato estaba destinado a papá, pero ya sabemos que él renunció a continuarlo. Aunque en sus orígenes pregonaba la llegada del Anticristo, sus seguidores se concentraron en preservar y aumentar los saberes de la cofradía. Los últimos herederos del poder se habían apartado de los preceptos originales de la hermandad, pero Victoria quería recuperarlos para concluir el designio que la originó.
-¿Querés decir la llegada del Anticristo? –interrumpió Emilia asustada.
-Sí, mamá. Ella se estuvo preparando todos estos años para suceder a su padre. Se hubiera valido de cualquier acto depravado para lograrlo. Recurrió a prácticas de brujería y logró conectarse a través de invocaciones y sacrificios con entidades maléficas que la sirvieron. Como las que nos rodearon en el edificio del abogado o las que me amenazaron en el sótano de la cabaña.
-¿Sacrificó animales o personas? –preguntó Luis que había quedado suspendido en esa parte del relato.
-Ambos, si consideramos que manipuló a los animales para volverlos en contra de los humanos y los arrojó a una cacería que terminaba con la muerte. Hombres y animales desaparecían en las profundidades de la laguna.
-¡Aj! –dijo Emilia.- ¡Y pensar que nos bañamos en ese estanque!
-Pero todas sus habilidades no la protegieron contra la muerte –reflexionó Julián.- Debería valerse de otro cuerpo para reencarnar. Si quería servirse del tuyo, ¿por qué intentó eliminarte? -Porque hubiese cumplido con la condición necesaria para suceder a su padre y dominar a cualquier individuo que quisiera. El tiempo se le acaba y aunque sus poderes son temibles, carecen de sustancia. Sólo puede manipular nuestra mente. La abuela insistió en que debíamos mantenernos juntos porque no puede influenciarnos en grupo.
La conversación se interrumpió con la llegada de la camarera. Repartió los platos y dejó una fuente extra con carne asada sin condimentar y un recipiente con agua. Goliat, echado junto a su dueño, devoró en pocos minutos la porción que le acercaron. Después de almorzar, reacios a volverse, caminaron por los alrededores del supermercado. Mariana insistió en comprar la computadora portátil y entró al negocio con Emilia. Regresaron a la casa alrededor de las cuatro de la tarde. Los mayores acomodaron la mesa y los sillones bajo la galería y mientras Julián y Luis se quedaban charlando, madre e hija subieron a darse una ducha. Cuando bajaron, Mariana miró el reloj que indicaba las cinco de la tarde y pensó en que tenía tiempo de controlar su casilla de correo. Luis apareció con el mate y una bandeja de facturas anunciando la hora de la merienda. Lo miró con complacencia y le pidió mientras se dirigía a la sala de estar:
-Dejame un lugarcito en la mesa para la compu porque voy a revisar el correo mientras tomo unos mates.
Julián había colocado el estuche de la notebook arriba de la mesa ratona. La desembaló y la trasladó afuera. Después de tomar el primer mate, la abrió y se conectó a la red. Borró los mensajes spam y respondió varios correos. Mientras abría un archivo, se activó la bandeja de entrada. Un opaco malestar se instaló en su estómago al reconocer la dirección del contacto: edstefano@hotmail.com. Alguien usaba el mismo correo de su papá. ¿Por qué herirla con ese recuerdo? La mano trémula operó con torpeza el ratón señalando la apertura del mensaje. Una exclamación ahogada se escapó de sus labios mientras cerraba la máquina que comenzó a emitir una potente alarma. Luis y Emilia clavaron la mirada sorprendida en el rostro de Mariana. Se la veía pálida y descompuesta.
-¿Qué ocurre, hija? –preguntó Emilia levantándose de la silla, imitada por su acompañante.
Ambos estuvieron inmediatamente a su lado. La joven se limitó a levantar la tapa de la computadora e indicó la pantalla. Los adultos la observaron con atención y volvieron a mirarla interrogantes.
-¿Qué viste, hija? –insistió su madre.
Ella se forzó a contemplar el monitor y sólo vio la inofensiva lista de mensajes recibidos. No la imagen de su padre destrozado por el camión, en un féretro abierto. También había desaparecido el correo que contenía la brutal fotografía. ¿Por qué fotografía? Si lo velaron a cajón cerrado por las terribles heridas que sufriera en el accidente. Ni siquiera tuvieron el consuelo de acariciar o besar su rostro inerte. ¿Debía compartir su visión con los mayores? No. Tomó aire para oxigenarse e improvisó una explicación:
-Es que… Abrí un antiguo mensaje que me había enviado papá. No creí que me iba a provocar tal conmoción –balbuceó sin fingir, aún bajo el impacto de la cruda imagen.
Emilia la abrazó y acarició su cabeza. Con voz entristecida, le dijo:
-Mi amor, sé que es difícil, pero deberías poner en una carpeta esos correos hasta que puedas mirarlos con más tranquilidad.
-Eso haré, mamá –apagó la notebook y la cerró.- Miró a su alrededor.- ¿Adónde está Julián?
-Fue hasta su casa para traerse algunas prendas y alimento para el perro –contestó Emilia.
-Me voy a llevar la reposera al lado de Goliat para tomar sol –avisó la joven ansiosa de aislarse para evitar más preguntas.
Luis se había quedado intranquilo por el episodio protagonizado por Mariana. No podía imaginar qué había visto la muchacha, pero estaba seguro de que era algo más perturbador que un simple mensaje. La confidencia de Emilia certificó su intuición:
-Presiento que mi hija no quiso decirnos que fue lo que la trastornó cuando miró la pantalla. Y creo que está relacionado con los fenómenos que se producen en esta casa. Tengo miedo, Luis...
El hombre cobijó en sus brazos a la atribulada mujer. No tenía muchas palabras para consolarla porque compartía sus aprensiones. La besó suavemente en la sien y le prometió:
-Voy a estar en guardia permanente para que nada las lastime. Sabés que sos lo más importante en mi vida, ¿verdad?
Emilia asintió y se desprendió del abrazo con suavidad. Sus dedos rozaron los labios de Luis al tiempo que su mirada se tranquilizaba. Él depositó un beso en su mano y le dijo para confortarla:
-Ahora tomemos unos mates y no perdamos de vista a Mariana.
Mariana se aletargó bajo el calor del sol esperando el regreso de Julián. Sólo con él se atrevería a compartir la pesadilla que la asaltó desde la pantalla de su terminal. Abrió los ojos cuando el cálido aliento de Goliat resopló contra su cuello. La figura de su dueño se erguía delante de ella observándola con profunda concentración. La joven se incorporó y lo tomó de un brazo:
-Tengo que hablar con vos. Caminemos.
Cuando llegaron al límite del solar con el bosque, ocultos a la vista de los mayores, le refirió la imagen que había llegado a su e-mail.
-No quise decírselo a mamá ni a Luis. De cualquier manera el mensaje desapareció de la pantalla.
-Creo que las cosas se están acelerando –opinó el joven- y temo cada vez más por tu seguridad. Estas ilusiones son intentos para socavar tu ánimo, de modo que tendrás que esforzarte en ignorarlas. Hasta el viernes es mejor no propiciar ninguna situación que debilite tus defensas.
El tono de Julián era tan contundente que por un instante ella desplazó la responsabilidad de su rol hacia el hombre. Reaccionó al momento sabiendo que sólo sus conocimientos sobre la historia de la familia le darían la ventaja para luchar contra los designios de su tía. No se le ocurrió más que preguntarle:
-Y entonces, ¿qué haremos hasta el viernes?
Él se acercó y le dijo en voz baja:
-Tenernos el uno al otro, ¿qué te parece?
Mariana lo miró turbada. Esta proposición hecha con calma la sacudió más que una declaración de amor apasionada. Tenerse el uno al otro implicaba un acercamiento sexual y un compromiso de a dos. ¿Acaso no lo había vislumbrado? Antes de que pudiera contestarle, el joven la tomó por los hombros y manifestó con aspereza:
-No sé que va a pasar el viernes, pero daría la vida por librarte de cualquier mal. Y todavía no te he besado, que es algo que deseo desde que te ví.
-¿Desde que me viste en el súper…? –preguntó tontamente.
Julián la atrajo contra su cuerpo y bajó la cabeza buscando la boca de la joven. Su designio era inexorable. La besó con delicadeza explorando con sus labios la boca trémula para luego adentrarse en una caricia que los dejó sin respiración. Fue un beso inédito que dio de baja las experiencias anteriores. Atravesado por la urgencia de sus sentidos, la apretó contra sí respondiendo al atávico mandato de entrega y posesión. Mariana se abandonó a la fortaleza de los brazos masculinos que anticipaban sus más ocultos deseos. Él la apoyó contra un árbol mientras sus manos buscaban piel debajo de la remera. El presente desplazó la adversidad del futuro y la realidad -enmascarada en el grito materno- la ilusión del amor consumado.
-¡Mariana, Julián! –la voz de Emilia sonaba intranquila.
La pareja se separó tratando de recuperarse. Antes de salir del bosquecillo, Julián detuvo a la joven y le acomodó la ropa. Le acarició el rostro, la besó ligeramente y le dijo con una sonrisa:
-La próxima vez cuidaré de que tu linda mamá esté haciendo un viaje por la Polinesia –y con una intensidad que disparó el corazón de la muchacha:- Te quiero, Mariana, y no hay conjuración que pueda apartarme de vos.
La confesión de Julián quedó sin respuesta al aparecer Emilia a la carrera seguida de Luis. Una expresión de alivio, reemplazada al instante por otra de contrariedad, subrayó sus palabras:
-¡Adónde se habían metido! ¿No saben que cuando alguno de ustedes se pierde de vista me pongo como loca?
-Tranquila, mami. Julián y yo sólo paseábamos –la abrazó y cruzó una mirada cómplice con el nombrado que no escapó a la observación de Luis.
Cuando volvieron a la casa compartieron algunos mates y Emilia, aún sensible por la transitoria desaparición de los jóvenes, evidenció su preocupación por el episodio de la computadora.
-Me alarmé porque justo después que te fuiste –le dijo a Julián- Mariana vio algo en la pantalla de la notebook que la asustó. Y aunque la explicación que nos dio al principio me pareció razonable, recordé ese incidente cuando ustedes se perdieron de vista. Fue algo más que un viejo correo de papá, ¿verdad? –ahora la pregunta apuntaba a su hija.
-En otra ocasión hablaremos de ello. Pero tené la seguridad de que nada pasó que te pueda preocupar. Ahora quisiera darme una ducha. ¿Me acompañás?
Emilia la siguió con presteza comprometida con el acuerdo de no dejarla sola. Abajo quedaron dos hombres intranquilos en compañía de Goliat. Un silencio introspectivo los absorbió durante media hora hasta que el perro se paró frente a la puerta y Julián se levantó para abrirla. La tarde avanzaba y las sombras ganaban espacio. Luis encendió las luces de la galería y se demoró en el exterior esperando con Julián el regreso de Goliat que se había internado en la arboleda.
-Todo esto me parece una locura –explotó el joven.- Debemos sacar a las mujeres de aquí aunque sea a la fuerza. ¡No puedo permitir que a Mariana le pase algo! ¿Vos te arriesgarías con Emilia? –preguntó ante la mirada indecisa de Luis.
Antes de que el hombre le respondiera, un penetrante lamento les erizó la piel. Julián corrió hacia los árboles voceando el nombre de su perro. Luis lo siguió en forma irreflexiva en tanto las mujeres que acababan de bajar se asomaban a la puerta. Emilia persiguió a los hombres al grito de “¡Vamos, Mariana!”, espantada de quedarse a solas en la casa. La muchacha sintió que sus reflejos la habían abandonado. Quiso seguirla pero sus piernas no le respondieron. Una opaca niebla desdibujó las figuras que se alejaban y antes de girar hacia la casa convocada por la voz que la nombraba, vio a su madre volverse en su busca.
-Mariana… -la hipnótica modulación de su nombre ahuyentó el recelo ante una presencia que no encajaba en su estricto mundo de cuatro.
Sus ojos se posaron sin sorpresa en la muñeca que había recuperado del ático. Estaba enmarcada en el vano de la puerta y le ofrecía el vestido blanco bordeado de piedras preciosas.
-Es hora de que acudas a la fiesta en tu honor –le dijo mientras le tendía la prenda y se apartaba para darle paso.
Caminó como magnetizada y tomó el vestido. Sabía que debía lucirlo en la recepción donde encontraría a su papá. Subió las escaleras escoltada por la muñeca de ojos inertes y procedió a desnudarse en su dormitorio para ataviarse con el blanco vestido. Le calzaba como si hubiera sido confeccionado para ella. Vaciló antes de desprenderse del camafeo, pero las piedras que orlaban el borde del escote y los breteles excluían cualquier adorno. Lo dejó sobre la mesa de luz y se miró al espejo. La imagen de su custodia se reflejó en el cristal mientras se ahuecaba el pelo. Completó el atuendo con sandalias blancas de taco alto y bajó rumbo al comedor. Los murmullos de los concurrentes aumentaban a medida que se acercaba al salón. Las arañas de cristal estaban encendidas, el atrio ocupado por un pianista y dos violinistas y la mesa cubierta de platería y cristal. Los asistentes, repartidos en pequeños grupos, callaron cuando ella ingresó a la estancia. No se había equivocado. Los personajes que el primer día la observaban desde sus marcos estaban ahora congregados a la espera de su presencia. El mundo de Mariana estaba tan distorsionado como su aceptación del sobrenatural escenario. Una mujer de aspecto altivo salió a su encuentro. Era Victoria.
-Querida sobrina –dijo con una sonrisa cautivadora- no veíamos la hora de contar con tu presencia. Te hemos esperado por mucho tiempo, especialmente tu papá. No tardará en venir, pero antes quiero que conozcas a nuestros invitados.- La tomó por el brazo y la fue guiando entre los presentes quienes la saludaron con deferencia. Mariana estaba aturdida por confusos pensamientos que amenazaban el orden del indecible momento. Aventó las inquietantes sensaciones y se centró en la expectativa del encuentro tan deseado. Sus ojos se desenfocaron de las personas cuando avistó al hombre que caminaba hacia ella. Se veía joven como en el retrato de la habitación de su tía y lucía el esmoquin tan naturalmente como los trajes de trabajo que ella le conocía. Lo esperó aferrada a la sonrisa que tanto extrañaba y se refugió entre los brazos que se tendieron hacia ella.
-¡Papá! –dijo emocionada- Sabía que en esta casa te encontraría. Ya no vas a irte, ¿verdad?
-Nunca, princesita –afirmó la voz querida recreando el apelativo cariñoso con que siempre la nombraba.
Mariana se sobresaltó. Una evocación pugnaba por correr el velo de su conciencia. Fijó la mirada en el rostro de su padre y buscó en sus ojos la respuesta a su aprensión. Cuando en las profundidades no encontró más que vacío, recordó y gritó. Su cerebro, clemente, la desconectó.
Emilia quiso retroceder cuando se dio cuenta de que Mariana no la seguía. Una creciente neblina ascendió del suelo y concluyó la tarea del anochecer. Creyó correr en línea recta hacia la casa cuando unas ramas azotaron su rostro. Extendió las manos y palpó un recio tronco tomando conciencia de que debía caminar con cuidado, porque esta vez había sido afortunada de no toparse de lleno con el árbol. Rectificó el rumbo varias veces pero parecía internarse cada vez más en el bosquecillo. Clamó por Luis y Julián pero ninguna voz le respondió. Con el pensamiento puesto en Mariana, siguió caminando infatigablemente. Un gruñido, que le trajo a la mente el relato de su hija, la aterrorizó. Cayó de rodillas aferrando el crucifijo que le había dejado Edmundo y oró invocando la misericordia de un dios del cual se había apartado cuando murió su marido. Un aliento cálido sopló sobre su rostro y un áspero lengüetazo le barrió la mejilla.
-¡Goliat! –gritó Emilia aferrándose al cuello del perro y sollozando de alegría. Sujetó el collar y le ordenó con firmeza:- ¡Goliat, buscá a Julián!
El can la arrastró entre los espesos jirones de niebla hasta que pudo escuchar las voces de los hombres.
-¡Luis, aquí estoy! –vociferó por temor a dejar de oír los sonidos masculinos.
-¡No te muevas, Emilia, que ya te ubiqué! –la orden fue acompañada por una corrida que la precipitó contra el cuerpo fornido de Luis.
Amparada entre los brazos de ese hombre que ya era indispensable en su vida, cedió su fortaleza y se licuó en lágrimas que él enjugó a besos. La boca ardorosa cubrió la suya y aspiró el último sollozo en una caricia que los aisló temporalmente de la adversidad. Los separó un grito que provenía de la casa visible ya sus luces por la súbita retirada de la neblina.
-¡Mariana! –El clamor de Julián, que corría desesperado hacia la vivienda, se sincronizó con el de la madre.
El joven ya había traspuesto la entrada cuando ingresaron Luis, Emilia y Goliat. Los primeros revisaron la sala de estar y cuando iban a subir las escaleras, vieron al can dirigirse hacia el comedor. Lo siguieron hasta la gran puerta abierta de par en par. Arrodillado y sosteniendo el cuerpo laxo de Mariana, estaba Julián suplicándole que le hablara.
-¿Qué le pasó a mi niña? –sollozó Emilia.- ¿Está bien?
Julián se incorporó cargando a la joven y la llevó hasta la sala. La extendió sobre el sofá grande y comprobó que respiraba con sosiego y no tenía ninguna herida.
-Sólo está desmayada –aseveró recuperando el dominio.
Todos miraban sorprendidos la vestimenta de la pálida muchacha. Su enamorado divagó con una princesa que aguardaba un beso para despertarse.
-¡No fue mi intención dejarla sola! Pero cuando me dí cuenta de que no me seguía, no pude volver… -se lamentó Emilia sacándolo de su ensueño. Acarició el rostro de su hija y se acusó:- No debí descuidarla.
-No te persigas con un descuido, querida –pidió Luis.- Alguien preparó el incidente para separarnos de ustedes porque es posible que le sea más fácil lidiar con dos mujeres. Tal vez –agregó sonriendo desvaídamente- debamos pasar juntos las noches que restan hasta el viernes.
-¡Es una gran idea! – reconoció Emilia reanimada.- El dormitorio que ocupamos es muy amplio y podremos acomodar las camas sin problemas.
A Julián no le entusiasmó la propuesta de Luis. Quería estar a solas con Mariana para concretar la consumación amorosa que lo devoraba y adquirir el derecho de exigirle que renunciara a la herencia. Un suave gemido de la joven preludió que volvía a la conciencia. Cuando abrió los ojos un terceto preocupado la observaba. El rostro de Julián, muy cerca del suyo, reflejaba la intensidad de sus sentimientos. Ella se dejó arrastrar hacia el torbellino de sensaciones que lo colmaban y un intenso deseo de pertenecerle nubló su mirada. El hombre rodeó el torso de Mariana y la estrechó contra su corazón descontrolado mientras le prometía que nunca más la dejaría sola. Una mano se apoyó en su hombro y anunció el fin del oasis de intimidad. Emilia reclamaba su derecho. Después de prodigarle sus caricias de madre, la interrogó:
-¿Te acordás que pasó cuando salí detrás de Luis y Julián?
Mariana suspiró y se sentó:
-No demasiado. Algo me impidió seguirte. Parece absurdo, pero me sentí impulsada a ponerme este vestido y bajar al salón. No puedo recordar más… -dijo ofuscada. Se llevó mecánicamente la mano al cuello:- ¿Y el camafeo de la abuela adónde está?
-No lo tenías cuando te encontré en el comedor –aseguró Julián.- Voy a ver si lo encuentro.
-¡No! –dijo Emilia. Por esta noche basta de separarnos. Es mejor que transportemos las camas al dormitorio y tratemos de descansar.
-¿Qué camas? –preguntó su hija.
-Es una idea peregrina de Luis –acotó Julián con sorna.- Desde esta noche dormiremos los cuatro juntos. Claro que en camas separadas.
Mariana rió de la ocurrencia lo que provocó la distensión que todos necesitaban. Luis, apelando a su sentido práctico, anunció que iba a preparar un refrigerio e invitó a Emilia a que lo secundara. Julián se acercó a Mariana y la tomó entre sus brazos. No hubo resistencia por parte de la joven que respondió a su beso con una pasión que disparó la sangre del hombre a la porción más sensible de su anatomía. Se separaron para recuperar el aliento y en sus miradas enturbiadas quedó plasmado el futuro de ese deseo inacabado. Se habían apartado antes de que Luis y Emilia regresaran con la bandeja de la vianda. Después de comer los hombres trasladaron las camas y al rato dormían los cuatro acompañados por Goliat, a quien Emilia insistió en mantener dentro del dormitorio.
Los hombres fueron los primeros en despertar. Se vistieron silenciosamente y mientras Julián salía en compañía de Goliat, Luis llamó a las mujeres. Las aguardó mientras se cambiaban y después bajaron los tres a desayunar. Abajo esperaba el joven que ya había encendido la máquina de café y estaba preparando unas tostadas. Mariana se acercó y él, presintiéndola, se volvió con una sonrisa.
-Hola, preciosa –murmuró mientras la atraía hacia su costado y la besaba.- ¿Cómo dormiste?
-Bien, gracias a tan excelsa compañía –bromeó.
-Pudiera haber sido mejor –dijo Julián deliberadamente pasándole el plato de las tostadas.
Ella hizo un gesto enigmático y llevó el plato a la mesa adonde estaban instalados Luis y su madre.
-Hola, Luis –saludó dándole un beso.- Tu ocurrencia fue sedante. Hacía tiempo que no descansaba tan tranquila.
Luis le tiró un mechón del pelo y sonrió. Lo cierto es, pensó, que no había sido tan sedante para los hombres plenamente concientes de la presencia femenina. Se consoló pensando en un futuro cercano que le permitiría afianzar el acercamiento logrado. Desayunaron y se instalaron en la galería. Los más jóvenes caminaron hasta el comienzo de la arboleda respetando el pedido de Emilia de estar siempre visibles. Ella se volvió hacia Luis y lo miró abiertamente. Los ojos del hombre le transmitían un mensaje imposible de ignorar. Después de la desaparición de su esposo, el dolor de la pérdida, y la atención de Mariana, ni siquiera se planteó su necesidad personal de joven mujer en soledad. Luis había removido ocultos anhelos con esa presencia incondicional y afectuosa. Se estaba dando la chance de volver a sentir amor por un hombre. Pero eso queda para después, se dijo. Le confió esa oscura inquietud que no se disipaba por la inestable tranquilidad del momento:
-Luis, tiemblo al pensar en el día de mañana. ¿Qué deberá enfrentar mi hija y cómo podremos preservarla? Todavía no entiendo cómo no hice valer mi autoridad materna para oponerme a su temeraria decisión.
-No hubieras podido, querida. Aunque se escape de todo análisis racional, han sucedido cosas que no están sometidas a nuestra voluntad. Te prometo que velaré por ambas y sabés que Julián daría la vida por Mariana. Juntos la ayudaremos a enfrentar lo que está predestinado.
-Ayer nos sacaron del medio. ¿Estás seguro de que no volverán a intentarlo?
-No lo sé. Pero ahora estamos más prevenidos. Lo esencial es estar siempre juntos. –Se incorporó y la tomó de la mano.- Vení, vamos a unirnos a los chicos.
Emilia se levantó y caminaron hasta alcanzar a los jóvenes. Compartieron un silencio inédito que otrora llenara el gorjeo de los pájaros que abundaban en el bosquecillo. Hasta el viento parecía haberse retirado de las inmediaciones. A pesar de la claridad de la mañana, la atmósfera estaba enrarecida como presagiando una tormenta.
-¿No es extraño? –dijo Emilia.- Hoy no escuché piar a ninguno de los pájaros que nos despertaban al amanecer.
-Están aguardando –respondió Mariana.
-¿Aguardando qué, criatura? –la voz de la madre se disparó desafinada.
-La intervención que les corresponde en la contienda. No te alteres, mamá. Son nuestros aliados –concluyó con calma.
-Es que la incertidumbre me enloquece –declaró su madre con exasperación.- Siento que de poco te valdremos sumergidos en esta ignorancia. Por más que me esfuerce, no logro imaginar cómo se unen las piezas de este rompecabezas –terminó desanimada.
-Tranquila, Emilia –intervino Luis.- Estaremos todos para afrontar el desenlace.
-Sí, Emilia –apoyó Julián.- No debemos desesperar. Es importante conservar nuestras energías para apoyar a Mariana. Iremos resolviendo situaciones a medida que se presenten.
La mujer asintió en silencio. Mariana paseó la vista entre los integrantes del pequeño clan y experimentó una concreta sensación de poderío ante el afecto emanado del trío. Sintió que podría desafiar cualquier calamidad encerrada en ese círculo amoroso. Al igual que su madre estaba ella llena de interrogantes. Aunque había experimentado vivencias poco comunes, nada le había sido anticipado del desenlace salvo las crípticas palabras de su abuela. Se asombró de la permeabilidad de su mente para consentir tantos acontecimientos fuera de lo común. Había transitado de la incredulidad a la aceptación sin reparos. Un recuerdo pugnaba por aflorar entre la trama de sus reflexiones. Como una oleada arrolladora volvieron a su memoria los sucesos del día anterior. ¿Quién había ocupado el lugar de su padre? Sólo sombras medraban en el fondo de sus pupilas. ¿Y la muñeca? Se sobresaltó al recordar que esa mañana no la había visto en la habitación.
-Mamá –dijo con sobresalto.- ¿Vos cambiaste de lugar a la muñeca?
La mirada perpleja de su madre no necesitaba respuesta. Se apresuró hacia la casa mientras Julián la alcanzaba en dos zancadas. Cuando estuvo a su lado, la tomó del brazo para moderar su paso:
-¡Eh, jovencita! Que la consigna es no perdernos de vista. ¿Adónde vas?
-Hasta el dormitorio. Necesito comprobar una cosa.
-Vayamos juntos, entonces – afirmó el hombre.
Ella reanudó su marcha precipitada. Atrás, Luis convencía a Emilia de que bastaba la compañía de Julián para escoltar a Mariana. La mujer, no muy convencida, los vio ingresar a la vivienda.
-¿Qué debemos buscar, Mariana? –preguntó el joven subiendo los escalones tras ella.
-La muñeca que bajé del ático –le respondió abriendo la puerta del cuarto.
Abarcaron panorámicamente el recinto y luego con meticulosidad cada rincón del dormitorio. Mariana abrió las puertas del guardarropa y del pequeño armario ubicado al costado del ingreso. Nada. La inquietud la ganó. ¿Adónde había ido a parar esa anómala imitación de un inocente juguete? ¿Qué consecuencias originaría su desaparición? Julián, en silencio, esperaba una explicación.
-Mientras estábamos afuera recordé la experiencia de ayer. Cuando ustedes se fueron alguien pronunció mi nombre. Era la muñeca que traía entre sus manos el vestido blanco y me instaba a ponérmelo. En ese momento no me produjo ninguna extrañeza. Estaba como drogada… -El joven la rodeó con sus brazos y sobre su pecho terminó de contarle la historia.- Anoche estuvimos expuestos a un terrible peligro – añadió la muchacha separándose despaciosamente del cuerpo masculino.
-No lo creo, querida –dijo Julián convencido.- Nuestro alejamiento debilitó tus defensas para que pudieran provocarte un trance. Y eso no volverá a pasar. Presumo que ese engendro agotó su rol en esta ficción –esta vez la atrajo con fiereza contra su torso.- ¡Mariana, Mariana! Sabés que si pudiera te hubiese alejado de esta casa hace tiempo, pero sé que no lo hubieras permitido. De manera que aquí me tenés, para ayudarte y pelear por vos hasta que sea lícito tenerte a mi lado sin reservas. De otra forma, mi vida no tendría sentido –declaró sobre su boca antes de envolverla con un beso más elocuente que sus palabras.
La pasión los descentró del entorno y sus evocaciones. Julián la condujo hacia uno de los lechos y su cuerpo cubrió el de la entregada muchacha. La urgencia por poseerla anuló el raciocinio que había conservado hasta ese momento. Sus manos se deleitaron sobre la piel suave de Mariana delineando los contornos del cuerpo deseado. Los brazos de ella se anudaron a su cuello certificando el unívoco anhelo y luego descendieron para acariciar la espalda de su amante. Sus dedos tropezaron con una forma inanimada que la hizo incorporarse con un grito de espanto.
La brusca maniobra de Mariana lanzó a Julián al costado derecho de la cama. A la izquierda la muñeca, incorporada, blandía el puñal que poco antes estaba sobre la mesita de la sala de estar. El joven atrajo a la muchacha hacia su lado y, a pesar de la incongruencia de la situación, arrojó el acolchado sobre la figura y se abalanzó sobre ella para despojarla del arma. Después, presa de una furia incontrolable, la pateó hasta desmembrarla y reducirle la cabeza a un residuo de astillas y pelo artificial. Mariana, arrodillada sobre la alfombra, miraba con estupor el arranque del hombre. Antes de que pudieran reaccionar, entraron Emilia y Luis. La mujer, sin mediar palabra, se lanzó sobre su hija y la abrazó.
-Escuchamos el grito de Mariana –explicó Luis- y creímos que estaban en peligro. –Miró los restos de la muñeca:- ¿Qué pasó aquí?
-Una manifestación más abarcativa – puntualizó Julián.- Esta vez fui testigo de un fenómeno sólo reservado para Mariana.
-¡Dios mío! –exclamó la madre.- ¿Qué otras cosas nos amenazarán?
-No lo sé, Emilia –dijo el muchacho.- Pero esto prueba de que podemos luchar con ellas si estamos juntos.
-¡Vaya! –Insistió Luis.- Esta era la muñeca, ¿no? Parece que le pasó una aplanadora por encima.
Julián, repuesto, largó una carcajada. No sabía si su ensañamiento se debía a impedir el ataque irracional o a resarcir la impotencia de su frustrado acto de amor. La daga amenazante volvió a su memoria y la buscó sobre el piso. Cuando la encontró, la recogió y la guardó en un bolsillo. Acomodó los despojos de la muñeca sobre la colcha, anudó los extremos e indicó al resto:
-Salgamos. Creo que debemos destruir este artefacto para que no interfiera más.
Ya en el exterior, colocó su carga sobre la parrilla, la roció con un poco de combustible que extrajo del auto de Mariana y le prendió fuego. Los cuatro se quedaron mirando las llamas hasta que no quedó más que un residuo negro y aglutinado. Sólo entonces regresaron a la casa y se acomodaron en la salita. Julián volvió a guardar la daga en el estuche que descansaba, abierto, sobre la mesa. Afuera, el firmamento se oscurecía a medida que una formación de nubes oscuras ocultaba el sol.
-Va a llover –dijo Emilia en tono neutro.
Luis le rodeó los hombros con un brazo y ambos quedaron observando la gradual desaparición de la luz. Julián salió a la galería y encendió los faroles. Emitió un potente silbido para llamar a Goliat. No había visto al perro desde que le había acercado el alimento. Mariana, que lo había seguido, lo tomó del brazo y él se volvió a mirarla con una sonrisa. Aguardaron en la entrada hasta que una espesa lluvia empujada por el viento los obligó a entrar.
-Seguro que Goliat encontró un lugar para refugiarse –dijo el joven reservándose la sensación de inquietud que lo ganaba por la desaparición del mastín.
-¿Estás preocupado? –preguntó Mariana, intuitiva.
-¡No! Es un animal inteligente y fuerte. Vendrá apenas amaine la tormenta. –Sus palabras pretendían transmitir una tranquilidad que no sentía porque pensaba que no podía agregar más motivos de alarma al grupo.
Los mayores habían iluminado el interior de la casa y se los escuchaba trajinar en la cocina. Julián, con semblante grave, observaba a Mariana. Ella esbozó una sonrisa, un poco nerviosa ante la profunda mirada del hombre con el cual, hacía pocas horas, habría hecho el amor.
-¿Hubieras pensado hace unos días que por mi culpa estarías enfrentando todas esta calamidades? –le preguntó.
Él se aproximó y sus manos ciñeron sus brazos. Muy cerca, le respondió:
-Hace pocos días ni siquiera me acordaba de la joven arisca que encontré en el súper mercado. Sólo cuando invadiste mi casa volví a recordarte y en ese momento supe que no podría vivir sin vos. La única calamidad es esta larga espera para amarte –terminó con un susurro apasionado.
-¡Eh, chicos! –llamó Luis.- Vengan a comer algo.
Julián le dio un beso leve y la tomó de la mano para acercarse a la cocina. La pareja mayor estaba acomodada frente a la mesa adonde habían distribuido varias fuentes con bocadillos. Comieron con apetito y luego de asear la cocina pasaron a la sala para tomar un café. Julián dirigió varias veces la mirada hacia el exterior con la esperanza de ver a su perro. Hablaron de cosas intrascendentes sin querer mencionar ninguno de los atípicos hechos relacionados con la casa. Mariana y Emilia, acomodadas en el sillón grande, dormitaban a veces bajo la atenta mirada de los hombres mientras la noche avanzaba encubierta por la tormenta.
-Me gustaría haber traído el arma que tengo en el negocio –admitió Luis.- Pero ¿quién iba a pensar que la podría necesitar?
-No creo que sirva en esta situación –replicó Julián.- La única cosa concreta fue la muñeca y ya nos ocupamos de ella. Tenemos que organizar la vigilancia esta noche. Si estás de acuerdo, yo velaré las primeras cuatro horas y vos me relevarás hasta la mañana.
-Me parece bien –dijo Luis. Se incorporó y se desperezó. Mientras se dirigía a la cocina anunció:- Voy a preparar un mate así despertamos a las bellas durmientes.
Julián miró la hora. Las ocho de la noche y sin noticias de Goliat. Temió lo peor para el pobre animal expuesto a las amenazas de las criaturas nocturnas. Recordó el relato de Mariana cuando estuvo por última vez en la cabaña. Tal vez sí hubiera venido bien tener el arma de Luis, se dijo. Deseó fervorosamente que a su perro no le hubiera pasado nada.
Emilia abrió los ojos y se levantó con cautela para no despertar a su hija. Entró al baño de la planta baja y después fue en busca de Luis. Al poco, ambos volvieron con el equipo de mate y un recipiente con galletitas. Mariana salió lentamente de su sopor y se unió a la rueda.
-¿Goliat no volvió? –le preguntó a su dueño.
-Todavía no.
Ninguno intentó una explicación racional a la ausencia. En su fuero íntimo temían lo peor. Emilia pensó que lo lamentaba por el perro y su amo, pero también por la confianza que le brindaba la compañía de la noble bestia. Si no hubiera sido por él, se hubiera perdido en la niebla. Una baja para nuestro frágil ejército, pensó. Apretó los labios para no lagrimear por la profunda congoja que le despertó esa reflexión. Se llevó la mano a la garganta agarrotada por la angustia y sus dedos rozaron el crucifijo que le había dejado Edmundo. Una oleada de esperanza la reanimó. Alguien cuidaría a Goliat como el animal había cuidado de ellos. A las diez de la noche, sin que calmara la borrasca, se retiraron a dormir sin cenar. Mariana, acomodada de costado en el lecho, murmuró:
-No me busquen en la oscuridad. Ella me preservará.
-¿Qué…? –emitió Emilia sofocando el volumen de su voz. Pero la joven ya dormía.
A las once, Julián comenzó la vigilia.
Mariana escuchó las doce campanadas que anunciaban la medianoche. Se levantó sorprendida porque en ninguna habitación había visto un reloj de pie. Los relámpagos iluminaron la habitación. Pudo ver a su madre y a Luis tendidos bajo las sábanas y a Julián reclinado sobre la cama sin deshacer. El último repique anunciaba su hora. Se puso el vestido blanco y, descalza, salió de la habitación en silencio. Una evocación luchó por aflorar en su memoria, pero la ahuyentó apremiada por la misión que debía cumplir. Un impulso dirigió sus pasos hacia el cuarto de su tía, pero la puerta se mantuvo cerrada a pesar de sus esfuerzos. Bajó entonces la escalera y se apoderó de la daga que estaba sobre la mesita. Sabía adónde ir. Abrió la puerta y se enfrentó a una noche desbordada de estrellas. Caminó hasta la cabaña, ahora iluminada y con la puerta abierta. Ninguna sensación de asombro la acometió cuando distinguió la transformación. El sórdido recinto estaba convertido en una lujosa alcoba en cuyo centro imperaba un suntuoso lecho marital. La importante alfombra persa ocupaba toda la superficie del cuarto y las limpias paredes estaban cubiertas de espejos. Cuando ingresó a la habitación, un estremecimiento la sacudió. Se sintió descentrada de su cuerpo por una presencia que le restituyó los recuerdos. El pánico la debilitó mientras la voluntad de Victoria sometía a la suya.
No luches, Mariana, porque te ofrezco el mayor poder que ninguna mujer tuvo en este mundo. Ahora las dos somos una. Mi mente y tu cuerpo. Ambas sobreviviremos y seremos las guardianas del conocimiento acumulado por milenios.
Miró el puñal que sostenía en su mano y lo dejó caer sobre la alfombra. Una sonrisa de triunfo iluminó su rostro. Se volvió hacia la puerta ocupada por la figura masculina. Julián la observaba con un gesto de consternación.
-Ven, hermano mío, que nuestra unión ha de complacer a las Sombras y por ello seré la primer mujer a cargo de la Congregación –dijo la mujer extendiendo la mano.
El hombre se acercó con paso vacilante. Una expresión de repulsa contradecía su movimiento. Sus palabras semejaron a una súplica:
-No te bastó con incitarme a tener relaciones carnales con vos para ganarte la aceptación de las Sombras, sino que ahora me proponés una doble aberración: tu espíritu y el cuerpo de mi hija. Descansemos en paz, Victoria, y que con nosotros desaparezca esta nefasta hermandad.
Un destello de ira enturbió las facciones de Mariana y una mueca de desprecio acompañó sus palabras:
-No te sometí la noche de tu alejamiento por la intervención de nuestra madre. La pócima destruyó todos tus principios, ¿verdad, hermanito? Si ella no se hubiera interpuesto, ambos estaríamos con vida y disfrutándonos mutuamente. Pero lo que prevalece es el espíritu. ¡Qué importa en qué cuerpo! Aunque estos dos no son para despreciar… -insinuó con aire libidinoso.
Los brazos de Julián, impulsados por Edmundo, la apartaron con violencia.
-¡No lograrás que mancille a mi hija, monstruo! Podrás despedazarme por medio de tus servidores pero no podrás vencer mi resistencia.
-No me permitiría destruir tu nuevo cuerpo. Pero así como privilegié tu espíritu en esta morada, permanecerás subordinado al de este hombre que sí desea a tu hija. Es decir, a mí. Serás parte de la comunión que nos conectará a la inmortalidad.
El hombre lanzó un grito que fue desarticulado por un ademán imperioso de la mujer. Julián emergió de su aturdimiento y fue sólo ojos para la bella muchacha que ocupaba sus pensamientos en presencia y en ausencia. La postura de Mariana anunciaba la hora de la entrega. Abrazó un cuerpo que se amoldó al suyo hasta quedar ensordecido por el furioso embate de su sangre y sació en la boca el beso que presagiaba la inminente unión. Un leve movimiento de rechazo lo impulsó a contemplar sus pupilas. Mientras buscaba a su amada en el abismo de sus ojos, Edmundo se hizo cargo de su conciencia. Sacudió a la joven por los hombros mientras la instaba:
-¡Mariana, hija! Tenés que recuperar el control. ¡Vos sabés! La Reina te ayudará… -alcanzó a pronunciar antes de que otro ademán de la mujer lo silenciara.
Victoria estaba enfurecida ante la resistencia que la enfrentaba a esas almas que despreciaban la suprema perfección del saber. Un desgarramiento interior la sofocó cuando Mariana, horrorizada por el sacrilegio, se abrió paso a través de su conciencia y conjuró a la Reina de la Luz:
-¡Oh, Reina! ¡Toma mi mano y no me dejes caer en el abismo de la iniquidad!
Un alarido extinguió la continuidad de la invocación. Recobrando el mando, la tía comprendió que había subestimado la fortaleza de su sobrina. Si no podía plasmar la unión incestuosa restaba ejecutar otra acción que por lo execrable lograría el mismo propósito. Recogió la daga y se abalanzó sobre Julián. El muchacho logró apartarse para que el estilete no encontrara el corazón, pero se hundió en su brazo antes de que la alejara de un manotazo. Conmovido por el dolor, la vio incorporarse esgrimiendo el puñal. La incredulidad lo paralizó. No aceptaba la idea de morir a manos de Mariana. Un profundo rugido materializó la figura de Goliat que se interpuso entre el hombre y su atacante. La expresión de fiereza del mastín hizo vacilar a Victoria y permitió que Mariana pudiera romper la atadura que la mantenía anclada al imperio de su tía. Su voz diáfana y potente renovó el conjuro:
-¡Señora de la luz! ¡Arranca de mi cuerpo a esta alma corrupta y guíame por la morada de las sombras para confinarla por siempre en el abismo! ¡Tu camino es el mío y a tu mano me confío!
Una gradual claridad circundó la figura de Mariana hasta disolverla en su núcleo. El reclamo desesperado de Julián se fusionó con los gritos de Luis y Emilia que acudían en auxilio de los jóvenes. Las linternas iluminaron el interior de la choza revelando la figura postrada de Julián custodiado por su perro. Luis arrastró al muchacho hacia afuera y volvió, seguido por la madre, en busca de Mariana. No había rastros de ella en la habitación. Levantó la alfombra y bajó al sótano para asegurarse de que no había quedado atrapada, y al fin salió sosteniendo a la sollozante Emilia. La dejó al lado de Goliat y dirigió la linterna hacia la figura de Julián. El joven se había sentado con esfuerzo y presionaba con su mano la herida del brazo izquierdo. Aún sangraba.
-¡Hay que atender esa herida! –dijo Luis con preocupación.
-¡Después! Ahora debemos buscar a Mariana –respondió el muchacho tratando de incorporarse.
El esfuerzo aumentó la hemorragia y el otro hombre lo sostuvo. Emilia se acercó. Miró al desfallecido joven mientras se desmoronaban todas las premisas que habían elaborado razonadamente. Cayó en la cuenta de que habían tratado de normalizar sucesos que se escapaban de la esfera de lo racional convencidos de que sus conclusiones serían una salvaguarda. Apartó suavemente el mechón que cubría la transpirada frente de Julián y le preguntó con dulzura:
-¿Cuándo la viste a Mariana por última vez?
Él les relató lo sucedido y los instó a buscarla sin dilaciones. La mujer evaluó el estado de agotamiento del muchacho y tuvo la certeza de que no se sostendría en una caminata. Como un destello, evocó las palabras de su hija: “No me busquen en la oscuridad. Ella me preservará”. Tomó una decisión:
-Volvamos a la casa, Luis. Debemos curar la herida de Julián. Cuando amanezca, saldremos en busca de Mariana.
El hombre hizo un gesto de sorpresa. Ella le reiteró con certidumbre:
-Sé que estará bien. Alguien más poderoso que nosotros la protege.
Luis aceptó sin objetar las palabras de la mujer y emprendió el regreso sujetando al debilitado Julián. Emilia colaboró en el último trecho que los separaba de la vivienda. Lo tendieron en el sofá grande y Luis desinfectó y vendó la herida. Le administró un antibiótico y lo apremió para que descansara.
-¡No podemos dejar sola a Mariana! Nos necesita… -jadeó el joven, exhausto.
La mujer se arrodilló junto al sillón y le tomó una mano. Le dijo con firmeza:
-Tenés que reponerte, Julián. Saldremos por mi hija apenas amanezca. Ella estará bien, te lo digo desde mi corazón de madre.
Las palabras de Emilia abatieron las últimas defensas de Julián que cerró los ojos dejándose arrastrar por el sueño.
La poderosa luminiscencia encerró a Mariana y la desplazó en un movimiento independiente de su voluntad. Se aferró a la presencia que la impulsaba bajo un firmamento de ignotas estrellas liberando a su intelecto de las ataduras de la razón. Lo dejó remontarse sobre hechos ajenos a la estructura que había dominado su vida aceptando sin cuestionamientos la nueva percepción de su conciencia. Sólo bajo esta nueva concepción de la existencia podría enfrentarse al destino que la convocaba. Avanzó rodeada de sombras y de voces que a veces exigían y otras rogaban que se uniera a esa masa sin luz. Estuvo a punto de liberarse de la segura conexión cuando reconoció la afligida voz de su padre llamándola desde la oscuridad. Se esforzó por perforar con su vista la compacta negrura y percibió siluetas retorcidas que le provocaron un temor irracional. Como si fuese a pronunciar una plegaria, selló ojos, mente y oídos a todo aquello que no fuera la fe en el poder que la amparaba. Perdida la noción de tiempo y espacio se abandonó a la travesía. El aura que la rodeaba desapareció absorbida por la luz del recinto adonde acabó su viaje. Notó que sostenía la daga en la mano y escuchó la voz de su abuela: “No te dejes engañar por falsas imágenes y promesas, en tu diestra brilla el instrumento de nuestra redención”. Sus ojos reconocieron la estancia que sólo había visto una vez. Estaba en el ático. Una oleada de inefable alegría la sacudió cuando el hombre que estaba frente a la biblioteca se volvió con un libro en la mano. ¡Era su padre! Sin meditarlo, dejó el puñal sobre el escritorio y corrió hacia sus brazos:
-¡Papá! –gritó emocionada dándole el abrazo que le había sido negado.
El tiempo retrocedió y expulsó el dolor de la pérdida. ¡Ahora todo estaba en su lugar! Él la separó poco después y la guió hacia una de las sillas.
-Querida, ha llegado el momento de compartir el conocimiento que nuestros maestros acumularon durante milenios –se sentó en la otra silla, le entregó el libro y la apremió:- Busca la invocación a las Sombra y léela en voz alta. Tu voz me permitirá volver y nunca nos separaremos.
Mariana recorrió la figura querida con su mirada. La ansiedad que se arrastraba por su voz despertó el eco lejano de la advertencia de su abuela. ¿Su padre le pediría que realizara un acto prohibido? Buscó los ojos que la eludieron y los recuerdos de los últimos encuentros surgieron en su memoria como un torrente. Arrojó el libro y se levantó:
-Si fueras mi padre no me pedirías que me acercara a la oscuridad –le dijo a la representación de su progenitor.- Él está muerto y su cuerpo ya no existe. ¡Te exhorto a que desaparezcas!
La imagen de la silla comenzó a esfumarse hasta ser reemplazada por la figura de Victoria. La ira le transformaba el rostro y su presencia era tan real como la de la joven.
-¡No podrás conmigo! Hasta en espíritu es débil Edmundo. No comprendo cómo pudo haberte engendrado. ¿No percibis la fortaleza que tenemos las mujeres? Si colaboraras, la sabiduría y el poder serían nuestros. Tu juventud, tu belleza y mi mente. Si amás a tu padre, me develarás los misterios de los signos y tu alma y la suya serán liberadas. ¡Lee! –exigió con un ademán que colocó el libro en sus manos.
Al lado de su tía reapareció el espectro de su padre. Esta vez no hurtó la mirada. La tristeza que reflejaban sus ojos la impulsó a fijar la vista en los caracteres que tan bien conocía. Antes de que su cerebro pudiera descifrarlos, escuchó la súplica de la aparición:
-¡No leas, princesita! Este conocimiento es la llave que necesita Victoria para imponer el predominio del mal. Toma el puñal y húndelo en mi corazón para separar mi espíritu de la ligazón que aún me retiene en la tierra.
Mariana escuchó horrorizada esas palabras. ¿Cómo podría eliminar al hombre que le había dado la vida y cuyo cariño la llenaba de nostalgia? Su parálisis se reflejó en el gesto de triunfo de su tía.
-¿Matarás a tu padre? Te condenarás eternamente y yo accederé a la Regencia por tu acto execrable. Sólo yo puedo liberarlo, y lo haré cuando hayas leído el libro. ¡Léelo!
-¡Oh, señora de la luz, indícame el camino correcto! – imploró la joven dividida entre el ruego de su padre y la amenaza de su tía.
La respuesta fue el claro recuerdo de las palabras de su abuela: “Tendrás que acabar con una existencia muy preciada.”
Sollozando, se acercó al escritorio para recuperar la daga. Sentía que al atravesar el corazón de su papá haría pedazos el suyo propio. Victoria, imposibilitada de manipular objetos materiales, lanzó un alarido de frustración e intentó someter a su mente. Por un momento Mariana, llena de confusión, no logró discernir el propósito de su movimiento. La voz de su abuela la movilizó nuevamente: “No vaciles. Libéranos para cumplir nuestro destino”. Tomó el estilete y con los ojos llenos de lágrimas se acercó a la representación de su padre.
-¡Perdoname, papá! – clamó al tiempo que hundía el cuchillo en su pecho.
No hubo sangre. Solamente un amoroso reconocimiento de miradas donde Mariana recibió el perdón que anhelaba. Cuando la visión desapareció, el estilete relucía en su diestra con un fulgor incandescente. Se volvió hacia Victoria consciente de que debía completar el ritual. No vaciló en levantar el arma y sepultarla en el corrupto corazón. Un bramido de incredulidad acompañó su extinción. La joven, desfallecida, arrojó el puñal resplandeciente hacia la biblioteca y se desplomó. La incandescencia se transmitió a los manuscritos y se transformó en voraces llamas que trepaban por el mueble consumiendo los libros. Mariana sabía que debía abandonar el ático antes de que el humo la asfixiara, pero su cuerpo laxo no respondía al mandato de la razón. Escuchó las voces de su padre y su abuela que la urgían a que se levantara y saliera de la habitación que se había convertido en una caldera. Con esfuerzo se arrastró hasta la entrada pero se dio cuenta de que no tendría fuerzas para incorporarse y alcanzar el picaporte. La misma refulgencia que la había trasladado hasta el desván brilló a lo largo de la puerta como una cuña y la entreabrió para que pudiera empujarla. Cuando pudo oxigenar sus pulmones sólo pensó en despertar a su madre y a los hombres para que abandonaran la casa.
La débil luz del amanecer encontró a Emilia y a Luis velando el sueño de Julián. A pesar de las palabras de Mariana, la inquietud por encontrarla los dominaba. Habían arrimado los sillones individuales al sofá adonde descansaba el joven. La energía eléctrica seguía cortada y las tinieblas parecían pobladas de movimientos sigilosos y voces extrañas. Emilia aferró la mano de Luis y la apretó casi dolorosamente ante las manifestaciones anormales de la casa. Goliat, inquieto, gruñía cada tanto sin abandonar la guardia. El hombre se movió para mirar la esfera del reloj y murmuró:
-Está aclarando. No sé que hacer. No me animo a dejar solo a Julián y no sé si está en condiciones de moverse.
-Tratemos de despertarlo –dijo Emilia.- Durmió profundamente y tal vez haya recuperado fuerzas.
Luis se inclinó sobre el muchacho y lo llamó suavemente. Debió insistir varias veces hasta que abrió los ojos. Miró aturdido la cara del hombre hasta que una luz de conciencia cruzó por sus ojos.
-¡Mariana! –exclamó.- ¿Adónde está Mariana?
Se incorporó con una mueca de dolor pero sin rastros de agotamiento. Emilia tomó la palabra:
-No lo sabemos, pero ahora iremos a buscarla. ¿Estás lo suficientemente fuerte para salir?
-Estoy bien. Vayamos cuanto antes – exhortó a la pareja poniéndose de pie.
El perro trotó detrás de ello hasta que pisaron la galería. Después se adelantó internándose en la espesura. De tácito acuerdo enfilaron hasta la cabaña. Afuera encontraron la linterna abandonada la noche anterior y volvieron a revisar la construcción. Sin resultados, retornaron al exterior para penetrar entre la arboleda voceando el nombre de la joven. El resplandor se intensificó destacando las facciones afligidas de los rastreadores. Emilia, enceguecida por las lágrimas, tropezó con una rama y cayó con un quejido. Luis se apresuró a levantarla:
-¿Te hiciste daño? –le preguntó preocupado.
-No, no… ¡Pero debimos buscarla anoche! –explotó la mujer llorando con desconsuelo.
Él la apretó entre los brazos hasta que se calmó. En su fuero íntimo también se reprochaba el haberse refugiado en la casa dejando a la muchacha abandonada. Emilia se separó y con voz enronquecida preguntó:
-¿Adónde está Julián?
-Creo que siguió hasta el ojo de agua.
-¡Dios mío! – exclamó la mujer.- ¿Creés…?
-No, Emilia. No saques conclusiones apresuradas. Es uno de los tantos lugares a reconocer. Si estás lista, sigámoslo.
Se pusieron en marcha inmediatamente. Cuando desembocaron en el claro, vieron a Julián parado a la orilla del estanque con expresión concentrada.
-¡Julián! –gritó Emilia.- ¿Viste algo?
Él se volvió y declaró con voz átona:
-Hemos recorrido todo el lugar gritando su nombre. Ya no sé dónde buscar. Me voy a zambullir.
-¡No! –estalló la madre rechazando tan siquiera la posibilidad de que su hija yaciera en la piscina.
-¡Esperá, Julián! No creo que Mariana esté en el fondo. Todavía falta revisar todo el camino de ingreso. ¡Vamos para la entrada!
El joven le echó una mirada ausente y giró hacia el estanque. Se desprendió de los zapatos e intentó desasirse del brazo de Luis que le impedía sumergirse.
-¡No cometas un desatino! ¿No creés que si a Mariana le hubiera pasado algo lo sabríamos? ¡Tiene que estar bien!
-¡Qué decís! – increpó el joven con fiereza.- ¿Acaso te convertiste en clarividente?
-¡Basta! –intervino Emilia.- ¡Estamos perdiendo un tiempo precioso! Sigamos buscando.
Un gorrión se posó en el hombro de Julián quien, asombrado, dejó de forcejear con Luis. Le siguió otro y después una calandria y una paloma. Ahora los tres miraban con la misma sorpresa a las aves que se desprendían de los hombros del joven y volaban hacia lo alto. Una inusual bandada de pájaros sobrevolaba el estanque y llenaba el aire con los más variados gorjeos. Una sonrisa adornó el rostro de Emilia. Recordó las palabras de su hija cuando le hizo notar la extraña ausencia de las aves: “son nuestros aliados”. ¡Ahora tenía la certeza de que sus trinos anunciaban una buena nueva! El muchacho volvió a calzarse dispuesto a reanudar la batida, cuando el ladrido de Goliat lo hizo girar hacia el bosque. Corría alocadamente alrededor de una figura que emergía entre los árboles. Mariana, descalza y vestida de blanco, se encaminaba hacia ellos. Julián salió disparado y la atrapó antes de que Emilia y Luis pudieran reaccionar. Suprimida la preocupación, observaron con regocijo el abrazo y el beso que intercambiaron los jóvenes.
-¿Se puede saber adónde estabas? –la regañó con cariño su madre.- No dejamos rincón del bosque sin recorrer.
-¡Ah, mamá! Es que estaba en la casa, y cuando se incendió el ático, bajé para avisarles que la abandonaran. Yo también fui de habitación en habitación, y cuando desesperaba en encontrarlos, escuché los ladridos de Goliat. Apenas llegué a la puerta ví a los pájaros y supe adónde los encontraría.
-¿Se está incendiando la casa? –preguntó Luis.- Entonces debemos salir de aquí antes de que el fuego alcance los árboles.
Todos dirigieron la mirada hacia donde estaba ubicada la residencia. Una espesa humareda que todavía no alcanzaba a herir el olfato se levantaba como una columna.
-¿Podremos alcanzar los autos? –dijo Emilia.
-Creo que sí – expresó Luis.- Están alejados de la casa y no hay vegetación a su alrededor. ¡Vamos! –urgió.
Antes de avistar la vivienda escucharon la sirena del camión de bomberos. Llegaron a la explanada a tiempo para ver ingresar la primera unidad. La seguían dos coches más que inmediatamente enfocaron las mangueras hacia el incendio y una ambulancia de la cual bajaron un hombre y una mujer que corrieron hacia ellos.
-¿Queda alguien en la casa? –les gritó uno de los bomberos.
-¡No! –respondió Luis.
Los médicos se ocuparon en desinfectar y vendar los lacerados pies de Mariana y suturar la herida de Julián. El fuego dejó de resistirse al esfuerzo de los bomberos después de devorar la cabaña. Al mediodía se retiraron los camiones y quedaron los cuatro mirando las ruinas del que había sido su hogar los últimos días.
-Bueno… -dijo por fin Mariana.- Todos nuestros bienes se han esfumado. Ni siquiera tengo un par de zapatos.
-Vayamos a casa –propuso Julián.- Encargaremos algo para comer y descansaremos. Después nos podremos ocupar de las cosas más imprescindibles.
Cuando llegaron con los autos a la calle, vieron que la reja había sido derribada por los camiones. Un coche de color rojo estaba estacionado frente al domicilio de Julián.
-¡Es el auto de mi madre! –dijo el joven sorprendido.
Los cuatro se apearon y entraron a la casa seguidos por Goliat quien se quedó rondando por el pasto. Antes de que Julián sacara la llave, una mujer de aspecto distinguido abrió la puerta.
-¡Hijo! –profirió con tono preocupado mientras lo abrazaba.- ¿Adónde te habías metido? No pude comunicarme a ninguno de tus teléfonos. –Por sobre el hombro del muchacho miró con curiosidad a sus acompañantes.
-Mamá –dijo Julián separándose.- Entremos, te presentaré a mis amigos y te contaremos una historia –la enlazó por la cintura y la hizo a un costado mientras invitaba a su comitiva para que ingresara a la casa.
Casandra, la madre del joven, recobró la compostura con rapidez. Los invitó a sentarse en la sala que daba al parque y postergó las preguntas que la atragantaban para convidarlos con un café. Julián la acompañó a la cocina y volvieron al rato con una bandeja que, además de la infusión, contenía dos platos con bocadillos.
-No será necesario encargar el almuerzo –comunicó el joven.- Mi previsora madre llenó la heladera y ya puso la carne al horno.
Cuando se sentaron, Casandra dijo sin preámbulos:
-Soy toda oídos.
Julián largó una carcajada y los demás sonrieron. Durante media hora la pusieron al tanto de los acontecimientos que culminaron con el incendio de la mansión. La mujer los escuchó sin interrumpirlos agregando, al final, que ella había llamado a los bomberos cuando vio la humareda desde el jardín y sabiendo que la casa estaba deshabitada.
-Tengo unas zapatillas en mi habitación –le dijo a Mariana.- Te las traeré.
-Yo las busco, mamá. Seguí vos con la comida –dispuso Julián.
Emilia se ofreció para ayudarla. Mientras preparaban las guarniciones, deliberaron sobre los misterios de la predestinación.
Casandra acondicionó una habitación para Mariana e instó a los jóvenes a descansar. Emilia le pidió a Luis que la llevara hasta su departamento para recoger algunas prendas para ella y su hija. Apenas entró, tuvo la sensación de que habían pasado años desde que partieran. Armó el bolso con rapidez y volvió al auto adonde la esperaba el hombre.
-Quiero llegarme hasta el negocio –le dijo Luis.- ¿No te importa?
-Vos mandás –respondió ella con su sonrisa recuperada.
Él la miró arrobado y puso en marcha el vehículo. El bar permanecería cerrado hasta las siete de la tarde según habían acordado con su sobrino. Una vez que reconoció el lugar, le pidió que lo acompañara a la vivienda de los altos para darse una ducha y cambiarse. Emilia lo esperó sentada en el confortable sillón de la sala. Relajada, cerró los ojos y no tardó en dormirse. Así la encontró Luis cuando volvió a la estancia. Se sentó a contemplar el sueño de esa mujer a la que no quiso renunciar aunque tuviese dueño. La inseguridad sepultada por las tribulaciones pasadas, volvió a hostigarlo. ¿Recordaría Emilia su confesión de amarlo o sus sentimientos habían sido producto de las circunstancias? Como respondiendo a su pregunta ella abrió los ojos y sonrió al reconocerlo. Él bajó la cabeza lentamente naufragando hasta la boca que no se le negó. El suave beso exploratorio creció en intensidad y desocultó el deseo contenido por la vigilia diaria. Como en un sueño, Emilia se vio conducida hacia la alcoba. El rostro grave de Luis presagiaba una pasión que la aturdió al comprender que ella anhelaba ese encuentro con el mismo ardor. Se besaron mientras sus manos liberaban de ropa a sus cuerpos. El hombre estaba a las puertas de consumar un deseo largamente postergado y la mujer descubrió que aún conservaba la aspiración de ser amada. Las caricias y las palabras de amor despertaron cada átomo de su cuerpo que sólo quería fusionarse con el de su enamorado. Luis la condujo con destreza hacia el acoplamiento que los precipitó en un palpitante éxtasis. La mantuvo estrechamente abrazada para prolongar la magia del apareamiento mientras se confesaban el mutuo placer. Emilia lo besó en la barbilla y se levantó:
-Me voy a duchar y cambiarme de ropa. Me gustaría estar de regreso antes de que se levante Mariana.
Luis, que ya quería nuevamente hacerle el amor, le indicó con un gesto el cuarto de baño. Cuando escuchó correr el agua, entró sin anunciarse. Emilia lo miró en su esplendor de macho alzado y le dijo con descaro:
-Me parece, señor, que a usted le vendría bien una ducha helada.
Él se rió por lo bajo y la enlazó por la cintura:
-¿Sólo eso me podés ofrecer? –dijo sobre su boca.
La mujer se apretó contra él y después lo empujó fuera de la mampara. Lo hizo sentar sobre la tapa del inodoro y se acomodó, con un gemido de voluptuosidad, sobre el miembro erecto. Luis, trastornado de placer, la mantuvo inmóvil mientras besaba sus pechos y succionaba los pezones erguidos. Emilia gritó su goce y onduló la cadera en busca del inminente orgasmo. Luis todavía ahondaba en ella cuando la dominaron los espasmos. El hombre culminó con una embestida final que los sincronizó en las postrimerías del apogeo. Ella apoyó la frente en el hombro de su amante mientras se normalizaba su respiración. Se besaron dulcemente y terminaron de bañarse. Ambos resplandecían cuando partieron hacia la casa de Julián.
Llegaron alrededor de las siete de la tarde. Casandra les dijo que los jóvenes aún dormían y les propuso tomar algo fresco en la terraza que daba al parque. Emilia la siguió hasta la cocina para asistirla y mientras acomodaba las copas en la bandeja, la madre de Julián aseveró con una sonrisa:
-¿Estás enamorada de Luis, verdad?
-¿Tanto se me nota? –rió la indagada.
-Sin que lo confiesen –afirmó sumándose a la risa de Emilia.- Y me parece que hay otro romance en gestación. ¿O me equivoco?
-Sos una mujer muy intuitiva. Nuestros hijos deliran el uno por el otro y debo reconocer que aprobé a Julián desde el primer momento que lo ví.
-Mariana es encantadora, pero te aclaro que mi intuición es modesta. Sólo digo que me sorprendió la expresión cautivada de mi muchacho cada vez que miraba a tu hija. Es espléndido que vayamos a ser consuegras, ¿no te parece?
Emilia volvió a reír y llevó los tragos hasta la terraza. Los tres se acomodaron en las confortables sillas de hierro acolchadas disfrutando de la brisa que refrescaba el caluroso atardecer. El olor del incendio disparó la pregunta de Casandra:
-¿Y ahora qué piensan hacer? La casa y su contenido han desaparecido. Y supongo que la herencia también.
-No es tanto así –intervino Luis.- El valor del terreno es importante y son legítimas herederas del dinero depositado en los bancos. Será un trámite más lento pero de clara resolución.
-Sí –asintió Emilia.- El problema es a corto plazo. Con la casa se quemó la tarjeta que nos hubiera permitido disponer de fondos hasta concluir el trámite hereditario.
-Vivirán mientras tanto conmigo –declaró Luis. Inmediatamente, para restarle mérito a su oferta, añadió:- Una pequeña inversión para ganarme a una bella heredera.
Las mujeres lo miraron con una sonrisa burlona. Él apresó la mano de Emilia y apoyó sus labios contra la palma. El gesto reunió sus miradas y por un milésimo de inmortalidad, Casandra y el mundo desaparecieron para revivir el encuentro amoroso de la tarde. Sofocada por el recuerdo, la madre de Mariana liberó su mano procurando no ser tan transparente a la percepción de la otra mujer.
-¿No debiéramos despertar a los chicos? –preguntó para cambiar de tema.
-Sí –dijo Casandra.- Que se sacudan la modorra con un buen baño. Vamos a ocuparnos de ellos, Emilia, y después prepararemos la cena.
Subieron a la planta alta y secundaron a los hijos para que retornaran al mundo de la lucidez. El primero en bajar fue Julián quien se ubicó frente a Luis. Lo escudriñó atento a la distensión que emanaba del hombre que había aprendido a estimar en la corta convivencia.
-¿Y Emilia? –preguntó en tono sugerente.
-Atendiendo a Mariana, supongo –dijo Luis con una sonrisa.
-Algo ha cambiado desde este mediodía –insistió el joven.- Parece que te hubieras bañado en la fuente de Juvencia.
-En realidad, muchacho, yo ya hice mi parte. Y espero que la tuya sea, al menos, la mitad de buena de la mía. Y no te digo más porque no acostumbro a mortificar a los amigos –concluyó con una mirada de complicidad.
Bastó la aparición de madre e hija para que Julián, atento a la expresión de Luis, llegara a la conclusión de que su compañero había concretado la relación con Emilia. Enfocó su atención en Mariana que lucía fresca y descansada y, por un momento, experimentó una oscura envidia por la dicha de Luis.

(para envío gratuito del final, correo a cardel.ret@gmail.com)

FIN

15 comentarios:

  1. hola que pasa con AGENCIA DE ACOMPAÑANTES y DESPUES DEL TEMPORAL que no hay nada escrito?
    Me gusto Amigos y amantes y quisiera las novelas que ya te dije mas el final de esta que esta espectcular .besos

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  2. Hola, Gail. Te lo estoy enviando por correo. Gracias por ser una lectora consecuente. Abrazos.

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  3. me encantó leer esta novela!!! Lo hice sin poder dejarla. Espero el final!!!

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    1. Hola, Maby. Gracias por el comentario y necesito que me pidas el final a cardel.ret@gmail.com para saber dónde enviarla. Abrazo.

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  4. OTRA VEZ YO EL FINAL POR FAVOR CHABELS@HOTMAIL.COM ESTA MUY PADRE LA NOVELA GRACIAS

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    1. Hola, Chabels. Como siempre agradezco el comentario y te envío el final por correo. Un abrazo.

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  5. hola te agradeceria que me pudieras mandar el final de la tu novela a margaritaespejo@outlook.com porque ya e leido varias de tus novelas y me an gustado mucho aunque sigo en espera de sus finales q siga tu exito

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    1. Hola, Margarita. Gracias por comentar. Te he enviado ya el final de una novela pero tu mail venía incompleto en el comentario anterior. Intento con éste. Saludos.

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  6. Carmencita por favor enviame la final......que hermosas novelas escribes ....gracias y saludos desde Perú
    mi correo es : katyes_30@hotmail.com

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    1. Hola, Katy: gracias por visitar el blog y por tu comentario. Te envío el final y un abrazo.

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  7. Aquí dando lata de nuevo para que me puedas mandar el final muy interesante por cierto sueliga@yahoo.com.mx gracias

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    1. Hola, Susana, me alegra que te haya interesado. Ya te envío el final. Un abrazo.

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  8. me envias el final porfavor mi correo es orquideasagitario333@gmail.com
    deberias escribir mas historias tienes un buen talento para esto

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  9. hola xfis me podrias mandar el final, me urge y x cierto es muy bonita

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    1. Hola, Erika, aprecio el comentario y ya te envío el final.

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