domingo, 13 de diciembre de 2009

POR SIEMPRE - Registrada en S.A.D.E. (Sociedad Argentina de Escritores)

Día a día esperaré eternamente ese encuentro
aunque vivamos en mundos diferentes
Celina, sentada en posición de loto en el cómodo sillón del dormitorio de Sofía, meditaba sobre el sentido de la vida mientras su amiga se entregaba a una charla informática. Indagando acerca del sitio que iban a recorrer se adentró en la cosmovisión de un pueblo del que sólo escuchaba noticias esporádicas a través de los medios locales: la falta de infraestructura en los barrios que vivían, los problemas a nivel educativo por falta de escuelas cercanas a sus domicilios, la lucha por preservar su idioma y costumbres, los planteos de reivindicaciones de tierra. Cuando ingresó a los fundamentos de su cultura y sus creencias, se identificó con el pensamiento que daba relevancia a los orígenes de la verdadera esencia humana en total armonía con el entorno natural. No despreciaba la ciencia ni la técnica pero sentía que su desmesurado desarrollo, en lugar de preservar los espacios individuales donde se gestaba el verdadero crecimiento espiritual, se había desnaturalizado y servía a la ambición de unos pocos y al atontamiento de muchos. Como por ejemplo, de Sofía, inmersa en un mundo de relaciones virtuales donde se disimulaban carencias y se simulaban atributos.
-¿Me vas a prestar atención? –le dijo a su amiga que tecleaba febrilmente en la computadora.
-¡Un segundito, Cel, que ya me despido del Fana!
Celina suspiró con resignación y volvió a fijar la vista en el libro. Enredando un mechón de pelo rojo en su índice, intentó pronunciar una lengua que le era extraña:
-¡Mari, Mari! ¿Kümelekaimi? ¡Mari mari pu che! ¿Chumleimn?1
-¿Me estás insultando…? –preguntó su amiga que había terminado de chatear.
-Debería, por no atenderme. ¿No querés saber algo de la zona adónde vamos a pasear?
-No estaría de más, ¿no? –contestó no muy convencida.
Desde que viajaban juntas Celina se ocupaba de buscar material bibliográfico para ilustrarse acerca de la idiosincrasia de los lugares que iban a conocer. Insistía en que era la mejor manera de aprovechar el viaje. Como se tomaba tan a pecho la tarea de facilitarle los medios a su perezosa amiga, Sofía no la desalentaba pero tampoco se comprometía demasiado. Le atraía más pensar en su guardarropa y los hombres a conocer que instruirse en las costumbres del lugar. Acomodó su mejor gesto de atención y la instó:
-A ver, leeme.
-La tierra que vamos a visitar perteneció a los mapuche, cuyo nombre precisamente significa hijos de la tierra. Son originarios de Chile pero se extendieron hasta la Argentina y se mezclaron con los tehuelches y los pehuenches. Su lengua vernácula es el mapudungun y lo hablan actualmente. Esos insultos que suponías, eran formas de saludo -le puntualizó con suficiencia.
-¿Y no encontraste ninguna palabrota? –preguntó Sofía.
-Para aclarar tu oscurantismo, el mapudungun significa el hablar de la tierra, y como la tierra es sabia y buena no conoce de malas palabras. Su voz está inspirada en los sonidos naturales del agua, el viento, el canto de las aves... ¿No es copante?
-Para ser franca, eso que pronunciaste no se parece a nada de lo que enumeraste.
-Porque no sé decirlo. Escuchá: “Por eso es que el mapudungun no lleva acentos rígidos, cada hombre debe ponerle la entonación a lo que habla, pues es su sentimiento el que tratará de expresar. Determinados acentos en determinadas palabras pueden expresar, tanto sentimiento de rabia como de amor”2 –la miró ufana.
-Vos tenés respuesta para todo… Mi dadi viene temprano esta noche con la dama de negro, así que te invito a comer al boliche de la esquina adonde podrás seguir desburrándome, y después vos me invitás a dormir a tu casa. ¿Es un buen trato?
Celina aceptó porque sabía que Sofía no toleraba a la actual pareja de su padre que intentaba ocupar un rol que su amiga nunca le permitiría. Padre e hija tenían el acuerdo de no interferirse en sus relaciones y la “dama de negro”, como la llamaba Sofía por lucir ese color en todo su vestuario, había pretendido opinar acerca del nuevo auto que ella quería y de la profesión que no ejercía. Desde entonces Sofía evitaba su presencia como la peste, porque era conciente de que su padre estaba encandilado y de que no era momento para combatirla. “Todo llega, Cel, como que en cualquier momento papá se aburrirá y se desprenderá de ella. Es cuestión de esperar”, le confió a su amiga. Insistió en salir de vacaciones antes de lo habitual para poner distancia con la mujer que la fastidiaba porque estaba segura de que cuando volvieran su influencia habría declinado. Cuando se sentaron a la mesa del restaurante, Celina le comentó:
-La verdad, es que cuanto más leo acerca de los mapuche y sus creencias, más coincido con su pensamiento y visión de la vida. ¿No sentís que vivimos demasiado ajenos a la verdadera esencia de las cosas? Esta carrera por llenarnos de cosas materiales que no enriquecen el espíritu…
-¡Pará, fanática! –la interrumpió Sofía- Que en cualquier momento me vas a decir que te gustaría vivir en el campo. Y ya sé que tu abuelo tenía una granja y a vos te gusta montar a caballo, pero ¿no es mejor casarse con un tipo de guita y cabalgar en el Jockey?
Celina movió la cabeza resignada. Había temas que con su amiga mejor no hablar. Ella, a pesar de ser un excelente jinete, no podía asistir al Jockey Club que asociaba exclusivamente a hombres. Pero sí podría concurrir como esposa de un asociado, le insistía Sofía. Lejos del ánimo de Celina estaba pensar en relaciones después de haber terminado con una que le dejó un sedimento de desconfianza hacia el sexo opuesto. Se tomó unos minutos para contestarle:
-Ya agotamos el tema. Por el momento, lo único que me interesa es mi trabajo.
-Sabés que si quisieras, tendrías a Barry y a Nelson a tus pies. El primero es más tonto que el segundo, pero tiene más plata que los ladrones –dijo con una carcajada.
Celina también se rió al recordar a los nombrados. Los había conocido en una fiesta de fin de año a la que había sido invitada por Sofía y pasó toda la noche huyendo de los cada vez más alcoholizados muchachos. Durante varios meses recibió llamados y flores en su casa porque su comedida amiga proporcionó a los jóvenes sus datos personales, hasta que se los sacudió inventando un compromiso. Volvió a la carga con sus impresiones:
-No se si me gustaría vivir fuera de la ciudad, pero a veces deseo conocer gente que no piense permanentemente en los pesos y en el poder. Gente que se conmueva ante las maravillas que nos ofrece el universo: un dorado amanecer, un rojizo crepúsculo, una tormenta violenta, el murmullo de las hojas excitadas por el viento...
-¿Gente... u hombres? -atajó Sofía.
-Ya te dije que por el momento están excluidos de mi agenda, pero si conociera a un tipo tan sensible, es posible que cambie de opinión.
-Sos demasiado sentimental para esta época. Pero tenés la suerte de tener un aire desvalido que atrae a los machos como si les inyectaran hormonas. Seguro que los mapuche que vamos a ver son rudos y aman la naturaleza y a las mujeres de aspecto necesitado. ¿Quién te dice que no encuentres a tu príncipe azul?
-¡Sos el colmo, Sofía! ¡No hay tema en el que no incluyas a los hombres...! Yo te hablé de un pueblo despojado y vos me salís con un culebrón televisivo -enfatizó exasperada.
-¡Bueno, Celi, no es para ponerse así...! -exhortó su rubia amiga con un mohín de disculpa- Además, sabés que lo digo con la mejor intención. ¿No nos falta un gran amor para completar nuestras vidas? A este paso tendremos canas cuando aparezca... -se lamentó.
-Entonces consolate, porque la gente que vamos a conocer sostiene que no hay hombre sin mujer ni anciano sin anciana. Si nos nos cuadra lo primero, podremos aspirar a lo segundo, ¿no te parece?
-No me parece -declaró Sofía tajantemente.

1 ¡Hola! ¿Anda bien?, ¡Hola gente! ¿Cómo están?
2 Jorge Vásquez Iturra
1 -
Celina miró risueñamente a Sofía que dormía con la boca abierta. Un audible ronquido acompañaba su respiración. ¡Menuda sorpresa se llevaría su refinada amiga si pudiera escucharse! En cambio, ella no podía apartar la mirada del paisaje. Un terreno escabroso de abundante vegetación despertaba su febril imaginación. ¿Habría hollado un pié humano ese suelo aparentemente virgen? Este paisaje exacerbadamente elemental la atraía como el abismo. Ensoñaba con vivir encubierta por el verde profuso y la hospitalaria tierra. Las incomodidades derivadas de sus costumbres urbanas no alteraban la placidez de su fantasía, así como la satisfacción de las necesidades corporales básicas no viciaban ningún relato de amor. La proximidad de una tormenta resaltaba los contornos del paisaje contrastando con la opacidad de la atmósfera. Celina echó un vistazo al reloj que le indicó que apenas eran las tres de la tarde. El viento sacudía el desplazamiento del ómnibus y un sonido creciente la llevó a inclinarse sobre la cabina de conducción para preguntarles a los chóferes su significado. Le contestaron, bastante alterados, que así había sonado unos años atrás el desborde del río Moribú. Con el objeto de alejarse de esa zona de tierras bajas le imprimieron mayor velocidad al vehículo. El conductor la tranquilizó asegurándole que llegarían sin dificultades a la próxima parada. Celina volvió a su asiento y a pesar de su intranquilidad, no despertó a Sofía que seguía durmiendo plácidamente. Se dedicó a observar el exterior con una concentración dolorosa, como si su vigilia pudiera suprimir el peligro. Así viajaron media hora más bajo un cielo encendido de relámpagos. El espectáculo que otrora la fascinara, ahora la llenaba de presagios sombríos. La mayor parte del contingente dormía después del copioso almuerzo. Sólo unos chicos jugaban con naipes de héroes y una joven pareja intercambiaba ardientes besos y abrazos. Los contempló con la nostalgia de la soledad y luego apartó decorosamente la mirada de ellos. Cuando se volvió hacia la ventanilla, vio una combi casi volcada sobre la cuneta y varias figuras que hacían desesperadas señas con los brazos. Al comprobar que el ómnibus no aminoraba la marcha, corrió hacia la cabina para avisarles. ¿Cómo no habían observado el accidente? Los choferes le dijeron que no podían detenerse porque no llegarían a la parada. Celina, indignada por la falta de caridad, los conminó a viva voz para que volvieran. La discusión despertó a los pasajeros y entre ellos, a Sofía. Medio dormida, se acercó a la cabina para ver que pasaba. Celina había obligado con su escándalo a disminuir la velocidad del ómnibus y varias personas intervinieron en la controversia. Como la mayoría apoyaba a los choferes, ella les exigió bajarse del vehículo porque no podía desoír el pedido de auxilio. La tildaron de insensata -incluida su amiga- pero ante su insistencia la dejaron bajar. Con una última recomendación a Sofía sobre sus pertenencias, recuperó su mochila de exploradora y un abrigo impermeable de la bodega del ómnibus -abierta a regañadientes- y abandonó la seguridad del transporte. La mirada culposa de su amiga y el respingo del autobús al partir, fueron las últimas imágenes que fijó antes de volverse decididamente hacia el coche siniestrado. Corrió contra el viento mientras las figuras, que acortaban la distancia hacia ella, se convertían en niños llorosos y aliviados a la vez. Abrazó a dos pequeños mientras intentaba aprehender el borbollón de voces dispersadas por el vendaval. Uno de los chicos más grandes tomó la palabra y le explicó que había estallado una cubierta y el ómnibus se había volcado al costado de la ruta. Que el conductor estaba herido y no podía caminar, y que había que alejarse inmediatamente de ese lugar antes de que llegara el agua. No lo habían hecho antes porque no podían dejar al chofer. Celina se apresuró hacia el coche y comprobó que el conductor estaba inconsciente. Andrés, el portavoz del grupo, le dijo que debían dirigirse hacia la zona arbolada que estaba a nivel superior a la carretera. Cuanto más se internaran entre la vegetación, menos expuestos estarían a la inundación. Celina abrió su mochila y sacó la hamaca paraguaya que providencialmente había cargado antes de salir. Con la ayuda de los muchachos mayores trasladaron al conductor sobre ella y encomendó a seis de ellos que sostuvieran la improvisada camilla por ambos extremos. Ella se dedicó a reunir y contar a los más pequeños. Eran siete en total. Cuatro nenas y tres varones. Hurgó en la mochila y sacó dos sogas y la linterna. Formó dos grupos de chiquillos tomados de cada soga. Uno comandado por ella y otro por Andrés. Como él conocía el lugar, le cedió la linterna y le pidió que encabezara la marcha. Avanzaron con dificultad debido a la resistencia del viento y al terreno en ascenso. Continuamente recordaba a los niños que no soltaran la cuerda. Atrás cerraban filas los voluntariosos camilleros con el chofer desmayado. A poco de marchar, comenzaron a caer las primeras gotas que se transformaron en lluvia fría. El agua se filtraba por el cuello de su impermeable y la mochila era un peso que le torturaba la espalda. En medio del aguacero que convertía la tierra en barro, treparon penosamente un empinado barranco. Esta nueva superficie estaba poblada por grandes árboles. Andrés señaló que convenía encaramarse entre las ramas más altas. Con la soga, aseguraron entre sí a cada grupo de pequeños que se acomodó en sendos árboles, auxiliados por los camilleros. Andrés escaló sin dificultad el árbol seleccionado para guarecerse con Celina y el conductor. Ayudó a subir a la joven y luego, entre los dos, recibieron al herido de manos de los chicos mayores y lo aseguraron a una rama horquillada. Finalmente, los ex-camilleros, se repartieron con cada grupo de niños. A pesar de que estaba cada vez más aterida, Celina pensaba con claridad. Andrés coincidió con ella en que debían combatir sin tregua el estado de hipotermia. Tenían que impedir que los niños se durmieran para no caer del refugio. A viva voz, se turnaron para instruir a los encargados de grupo. La consigna era cantar para que todos pudieran participar. Aunque costó arrancar, los niños mayores estimularon a los pequeños con una actitud firme y cariñosa. Poco después todos entonaban las canciones infantiles propuestas por los niños. El diluvio fue decreciendo junto a la temperatura. Un sonido amenazante los puso en guardia. Andrés gritó que se venía la crecida. Alertó a sus compañeros para afrontar el embate de las aguas y asegurar cuidadosamente a los más chicos. Le dijo a Celina que se sujetara con fuerza, indicación que ella obedeció de inmediato. Andrés apuntó la linterna hacia abajo y vieron que el suelo barroso se había metamorfoseado en una corriente marrón que se abalanzaba sobre los árboles. Celina había rodeado con su brazo derecho la rama que la sostenía, mientras amarraba con el otro al conductor que no se había reanimado en ningún momento. El torrente estremeció a sus anfitriones que parecieron someterse al embate. Celina rogaba no sabía a quien que el aluvión no los arrastrara, y tal vez alguien la escuchó y permitió que los árboles permanecieran firmemente arraigados al suelo. El nivel del agua ascendió rápidamente lo que la precipitó en un nuevo estado de ansiedad. ¿Llegaría hasta esa altura y los expulsaría? La imagen de cuerpos infantiles y del propio flotando inertes en el turbio arroyo la convulsionó y unas lágrimas ardientes abrasaron sus mejillas frías. Estaba convencida que prefería ahogarse con los chicos a soportar el cargo de conciencia de haberlos abandonado a su suerte. ¡Pero ella no quería morir ahora, con veintinueve años y sin haber conocido el AMOR con mayúsculas! La tensión por la injusta posibilidad la hizo recuperarse y la movilizó para conectarse nuevamente con los otros refugiados. Organizó una rueda de repetición de nombres para aventar el sueño. Los pequeños, temblorosos y cansados, se abandonaron al llanto. Ella siguió hablando en voz alta con Andrés y los chicos mayores esperando, al menos, que ellos no se durmieran y guardaran a los otros. Mientras, su mente deambulaba por los oscuros dominios del miedo. Sabía que si tenían que esperar hasta la mañana por ayuda, no resistirían. ¿Pero qué certeza tenía? Si alguien le hubiese preguntado horas atrás acerca de su comportamiento en esta situación, no hubiera sabido responderle. Todo lo hizo por impulso, de manera irracional. La única convicción que tenía era que coincidía con su sector irracional. Andrés le reiteró que su abuelo saldría a buscarlos apenas fuera posible. Celina suspiró en la oscuridad. Tenía tanto frío que la tentaba la idea de cerrar los ojos y sosegar su pensamiento. Siguió llamando a todos por su nombre para resistirse hasta que la disfonía y el sopor la fueron ganando. Se sobresaltó cuando Andrés la sacudió para impedir que soltara su amarra. Creyó escuchar un motor a lo lejos pero comprendió que alucinaba porque ningún vehículo podría recorrer la carretera inundada. Andrés volvió a zarandearla y vociferó llamando a su abuelo. Los pequeños empezaron a gritar alentados por los mayores mientras el ronquido del motor se intensificaba. Innegables voces masculinas voceaban los nombres de los chicos y con sus últimos chispazos de razonamiento, la joven dedujo que se acercaba una lancha de salvamento dirigida por el abuelo de Andrés. El progresivo resplandor aumentó hasta que un reflector la encegueció. Venían tres embarcaciones a motor que se dirigieron a cada árbol una vez evaluada la situación. Sintió que alguien liberaba su brazo del cuerpo del herido. Mientras se sumergía en la inconciencia junto a las voces, comprendió por qué los seres humanos necesitaban dioses para afrontar el inescrutable comportamiento de la Naturaleza.
2-
Sofía se quedó pegada a la puerta del ómnibus mirando como la figura de Celina se alejaba de su vista. El profundo temor que se había adueñado de ella ante la amenaza de la inundación había superado el compromiso de la amistad. Un hondo vacío se instaló en sus vísceras cuando buscó razones para justificar el abandono. Derrotada, volvió al asiento en silencio y se aisló de los comentarios de todo el pasaje. ¿Cómo explicarle a Susana, la madre de su amiga, la cobarde retirada? ¿En qué clase de persona se había convertido por defender su mísera seguridad? Con desesperación, se mesó los largos cabellos. El viento sacudía al ómnibus como un juguete en manos de un niño gigante mientras el mutismo se instalaba entre los pasajeros que parecían rumiar la vergüenza de la huída. La lluvia azotó los cristales de las ventanillas hasta transformarse en una densa cortina que los limpiaparabrisas no alcanzaban a descorrer. Lentamente se dirigían hacia la seguridad de la parada que los albergaría en un hotel de cinco estrellas. Sofía se torturó con la imagen de ella instalada en una confortable habitación cuando Celina padecía a la intemperie. Ni siquiera la consoló el anuncio de la coordinadora de que estaban a diez minutos de su objetivo. Llegaron a la estación donde un vehículo mediano los esperaba para trasbordar. Mientras los turistas se dirigían al hotel, los responsables de la excursión enfilaron el autobús hacia las cocheras del subsuelo donde descargarían el equipaje para el posterior traslado a las habitaciones. A medida que los viajeros ingresaban al alojamiento, eran recibidos con gran deferencia por el conserje. Repitió a cada uno de ellos la preocupación general ante tamaña tormenta y el alivio al comprobar que habían arribado sin inconvenientes. Como si se hubieran puesto de acuerdo, ningún pasajero mencionó el incidente de la ruta. Sofía, que iba a compartir una suite con Celina, sintió una amarga alegría al explicar la circunstancia que la privaba de su compañía. El rostro del conserje se ensombreció cuando, a su pedido, describió el vehículo accidentado. El hombre le entregó la tarjeta de la habitación e hizo un gesto a otro empleado que se acercó con rapidez. Ambos desaparecieron tras la puerta de una oficina que estaba detrás del suntuoso mostrador. Sofía se ensimismó mirando hacia esa puerta. ¿Por qué el relato había causado tal efecto en su interlocutor? Su abstracción culminó cuando los choferes y la coordinadora, ayudados por los empleados, entraron las pertenencias del contingente. Sin dirigirles la palabra, caminó hacia los ascensores para subir a la habitación. ¡Cuán miserable se sentía por no haberse aliado con Celina en ese gesto sensible tan característico de ella! Lloró sobre el cubrecama de raso hasta quedar exhausta. Después de haberse aligerado con las lágrimas, se levantó decidida a investigar el destino de su amiga. Estaba por bajar a la recepción cuando golpeó un botones que le alcanzó los equipajes. Le dio la propina y salió tras él. En el ingreso no encontró a ningún integrante de la excursión. Seguramente estarían desarmando las valijas o reposando después del agitado viaje. Pidió hablar con el encargado al que debió aguardar por varios minutos. La tormenta estaba en el apogeo. Se acercó a los espaciosos ventanales que daban a un abigarrado jardín. El viento era un maestro de ceremonias que reunía en solemnes reverencias a las distintas especies. Un escalofrío la recorrió al imaginarse a Celina empapada y golpeada por las ráfagas. Estos pensamientos fueron interrumpidos al acercarse una empleada que le anunció que el conserje la aguardaba en su despacho. La guió hacia la oficina y le abrió la puerta haciéndose a un lado para que pasara. Sofía vio al hombre que la esperaba sentado detrás de un sólido escritorio. Se sentó frente a él y, sin eufemismos, le confesó la pesadumbre por no haberse sumado a la cruzada humanitaria de su amiga y le pidió su colaboración para buscarla cuanto antes. El encargado la escuchó en silencio y, cuando ella concluyó, le manifestó que ese ómnibus volcado transportaba a la escuela a niños de la localidad entre los que se contaba un sobrino suyo. Que ya había comunicado el accidente a las autoridades del poblado, las que saldrían al rescate inmediatamente. También le reveló que le había pedido a los choferes y a la coordinadora que buscaran otro alojamiento y que pediría una sanción por abandono de personas. En cuanto a los pasajeros, la decisión correspondía al dueño del hotel. Como Sofía insistió en preguntar que podía hacer ella ahora, le dijo que fuera a descansar y que él la pondría al tanto de cualquier novedad. Conmovido ante la aflicción que trascendía del hermoso rostro, y sin dudar de su sinceridad, atemperó la voz para reiterarle que sólo les restaba esperar. La calidez del tono incitó a Sofía a contemplar su rostro. Percibió lo joven y apuesto que era. ¡Vaya que estaba mortificada para no haberlo apreciado antes! Este pensamiento frívolo la ruborizó. El conserje le dijo que se llamaba Julián y que preguntara por él ante cualquier problema. Sofía le agradeció y se apresuró a salir. Legó a la solitaria suite y sintió las primeras señales de hambre. Se negó rotundamente a comer hasta que no tuviera noticias de Celina. Al menos, compartiría esta privación con ella. Sentada frente al balcón, evocó los momentos que trocaron la amistad en hermandad. Viajes compartidos, la permanente compañía de su amiga mientras duró la larga enfermedad de su madre, el bálsamo de una presencia ante los desengaños amorosos, el apoyo incondicional cuando intentaron expulsarla de la Universidad por una falta que no había cometido. A pesar de que el fraude se aclaró, Celina perdió el interés por las disciplinas humanísticas. Se dedicó a estudiar el profesorado de Educación Física mientras ella se recibía de Psicóloga. Tenía el título colgado en el dormitorio. Dudaba de ejercer algún día la profesión por necesidad, y gustaba demasiado de no pautar con obligaciones el tiempo libre. Su padre le había asegurado económicamente el futuro, contrariamente a su amiga, que debía sostener la casa y a la madre. El padre de Celina había muerto en un accidente poco antes de que se recibiera. Era la única entrada que sustentaba el hogar. Dedicó la vida a su esposa e hija. Había sido un marido empeñado en suprimir la nostalgia de la mujer por la granja paterna y un padre amoroso que enseñó a la hija el valor de conservar el afecto sobre las frustraciones. Muchas veces Celina le confesó el dolor que sentía ante los vanos esfuerzos del padre para contentar a su progenitora. Ella trataba de compensarlo siendo una hija cariñosa y aprovechando los esfuerzos paternos por brindarle un futuro independiente. Lloró la muerte inesperada y el inalcanzable deseo de dedicarle un título. El promedio brillante le aseguró trabajo apenas graduada. Por dedicada y responsable se permitió elegir las mejores ofertas. Apoyada en esta buena experiencia, la había azuzado para ejercer la carrera, pero la holgazanería la ganaba. Ella no necesitaba desarrollarse laboralmente para sentirse autosuficiente. Le confesaba a su amiga que la liberalidad del progenitor la preservaba de cualquier inquietud. Celina la miraba meneando la cabeza con divertida admonición. Esta dualidad de intereses unía a las jóvenes como un imán. Sofía afirmaba que Celina no debía preocuparse por la vejez, pues a ella le sobraban recursos para que pudieran vivir las dos. La amiga le contestaba, con un suspiro resignado, que si seguía derrochando el dinero, ella tendría que trabajar en su ancianidad para mantenerlas a ambas. Sofía gozaba haciéndole espléndidos regalos, especialmente de buena ropa y zapatos. Su amiga los recibía con agradecido deleite pues, aunque gustaba de ellos, no se asociaban con un racional presupuesto. Se regocijaba de compartir con ella su patrimonio con la certeza de que haría lo mismo en ese lugar. Porque Celina era una de las personas más desprendida que conocía. Tenía una filosofía de vida donde el dinero sólo tenía un valor de intercambio que no le confería al poseedor, según su criterio, ninguna cualidad personal. Apreciaba los valores morales de los semejantes y la capacidad para enfrentar la adversidad. Era inusualmente constante en los afectos así como no perdonaba la deslealtad. Por eso Sofía no entendía cómo le había costado tanto desprenderse de Jorge. Un verdadero patán a pesar del doctorado. Mientras duró la relación su amiga se acomodó a exigencias egoístas. Nada de salidas con amigas ni viajes, mientras él conservaba jornadas de caza y numerosas reuniones de trabajo. Si ella no hubiese persistido en visitarla todas las semanas, no se habrían visto en los cuatro años que duró el noviazgo. En la noche que lo sorprendió con la platinada se suponía que estaba de cacería. Aunque se moría por advertir a Celina, calculó que esa revelación sería un lastre para el futuro. Ella era fatalista. Nada se podía alterar voluntariamente. El tiempo de la verdad llegó con la indignación de la madre que se enteró de la infidelidad del novio. A su amiga le costó tiempo y lágrimas superar la separación que concluyó con el vínculo. Jorge la asedió durante meses, pero la autoestima de la mujer traicionada, afirmada sobre madre y amiga, le borró cualquier esperanza. Celina fue recuperando espacios e intereses. Cada dos años ahorraba lo suficiente para emprender un viaje conjunto. Esta vez habían renunciado al avión para agregar más días. El sur las fascinaba. Repetían la zona con un itinerario que incluía localidades menos turísticas pero no menos atractivas. No habían encontrado demasiada bibliografía de esa región, así que mucho estaba por descubrirse. Su molicie no perturbaba la exploración y reconocimiento de parajes; sólo el cansancio que la ganaba mientras Celina seguía fresca como una flor silvestre. Con tradicional deferencia, esperaba que se repusiera para seguir adelante. Este adiestramiento de su amiga la dotaba de mejores condiciones para adecuarse a un medio hostil. Eso era lo que deseaba creer Sofía. Aferrada a esta convicción, se tendió vestida sobre la cama para estar lista ante cualquier aviso.
3-
El timbre del teléfono la sobresaltó a pesar de que no estaba dormida. Atendió mientras su corazón bombeaba a toda prisa. Del otro lado, la voz de Julián le comunicó escuetamente que los accidentados y su amiga habían sido rescatados con éxito y derivados a la clínica del poblado. Ella le respondió que bajaría al instante. Tomó el abrigo que había dejado sobre la otra cama, se lo puso sobre los hombros y se dirigió a los ascensores. La impaciencia la hizo buscar la escalera. A medida que se acercaba al gran hall, escuchaba el murmullo de voces. Desembocó en la estancia y vio a los integrantes del contingente discutiendo vehementemente con un individuo de aspecto autoritario. Él impuso silencio con un gesto y dijo:
-Les repito que en este hotel no son bienvenidos. Deben bajar sus pertenencias para ser trasladados a otro alojamiento.
Un hombre obeso, al que Sofía reconoció como al abogado que ocupaba el primer asiento, se le puso adelante y le gritó:
-¡Yo de aquí no me muevo! Tendrá que llamar a la policía para desalojarme.
El dueño del hotel, sin alterarse, clavó la mirada en el provocador y replicó:
-Nada me gustaría más que dar a publicidad la cobarde actitud de ustedes. No sólo llamaré a la policía sino a toda la prensa que pueda convocar -y, como al pasar, agregó-. La nieta del comisario estaba en el ómnibus volcado y calculo que le darán la mejor oportunidad para arruinarles las vacaciones.
-¡No se atreverá!...
-Póngame a prueba -desafió flemáticamente.- Yo no los quiero hospedar, pero les ofrezco un alojamiento similar para que no pierdan la excursión.
Una llorosa mujer intervino.
-¡Señor, nuestra falta de reacción se debió al desconocimiento y al miedo! ¿Puede usted asegurar qué haría en esa contingencia?
El hombre le contestó con calma:
-Sí, señora. He afrontado varias contingencias. Pero mi conducta no es el mejor ejemplo. El modelo de ustedes debiera ser la joven que se bajó del ómnibus.
Se volvió hacia los reunidos y les dijo:
-Si no quieren aceptar mis términos, demándenme. Una sola queja los hará responsables a todos.
Dicho esto se dirigió, seguido por Julián, hacia una mesa ubicada en el ángulo de dos ventanales. Muchas mujeres lagrimeaban, no se sabía si por vergüenza o por bronca. Los expulsados se quedaron deliberando en voz baja y varios coincidieron en que irse era lo más conveniente. Por grupos se fueron alejando hacia los ascensores. Era evidente que la idea de ser expuestos al juicio popular los inquietaba. Todos volverían con sus valijas y firmarían la autorización para el cambio de hotel.
Desde su ubicación, Sofía buscó la mirada de Julián, insegura de su destino. Él se acercó y le dijo que la medida no la incluía por decisión del Sr. Valdivia. La condujo hacia la mesa y la presentó como la compañera de la providencial rescatista. La mirada escrutadora del hombre la hizo sonrojar. Él le tendió la mano, le dio un apretón firme y la invitó a sentarse. Cuando estuvieron frente a frente, le dijo: “Julián me puso al tanto de su preocupación”. Ante el gesto de Sofía, que movió la cabeza como apesadumbrada, continuó:
-No se aflija. A todos nos pasa en algún momento dejarnos vencer por el miedo. Pero lo más importante es que reconoció su actitud y trató de repararla.
El tono conciliador le hizo peor. No pudo responder. El hombre siguió:
-Mi nombre es René, y estaré obligado toda la vida con su amiga -el reconocimiento era tangible-. Gracias a ella pudimos rescatar a todos los niños sanos y salvos y al chofer, que no hubiera podido moverse por sus propios medios. Me gustaría saber más sobre Celina. Ese es su nombre, ¿verdad?
Sofía respiró con alivio, recuperando parte de su perdida tranquilidad.
-Sí -dijo -y nos conocemos desde la escuela secundaria. Nada la pinta mejor que ese gesto espontáneo. En su mente no cabe el egoísmo -aseveró-. Cuando piensa que algo es así, no calcula las consecuencias. Era mi esperanza que pudiera resistir gracias a su entrenamiento -agregó como para sí misma.
René la miró interrogante.
-Celina es profesora de educación física y guardavidas - aclaró Sofía - y ejerce la actividad desde antes de recibirse -su voz se tornó confidencial-. Participó de muchos ejercicios de sobre vivencia y siempre con el mejor puntaje. Ha dado muestras de sentido común ante las situaciones de riesgo- dijo casi admirada-. Pero eso, lamentablemente, no justifica mi actitud. El miedo me descerebró y no sé cómo me enfrentaré a ella cuando nos veamos- concluyó con un tono sombrío.
René esbozó una leve sonrisa: -Seguramente su amiga sabrá comprenderla.
-Eso es lo peor. Porque en la relación que llevamos, me doy cuenta que ella siempre es la comprensiva -la culpa la ganaba-. Comprende mi haraganería, mi falta de entrenamiento, mi fútil óptica de la vida. Yo debiera padecer el mismo destino que mis compañeros de viaje- terminó, lista para el martirio.
-De eso ni hablar-. Y como hecho consumado agregó -Se instalará en una habitación de la clínica para que ella encuentre un rostro familiar cuando despierte.
-¿Está inconsciente?- preguntó Sofía, alarmada.
-No. Está sedada como todos los integrantes del ómnibus, para que puedan recuperarse más rápido.
Le preguntó si quería merendar antes de partir, pero Sofía le dijo que esperaría a cenar. Julián en persona bajó los equipajes y los cargó en el auto de Valdivia. Mantuvo la puerta abierta para que se acomodara, y la despidió con una sonrisa alentadora.
Sofía iba recuperando la confianza en sí misma. Recostada sobre el respaldo del asiento, miró sin disimulo el perfil del conductor. Aunque no era de noche el cielo permanecía tormentoso, tornando a la ruta en un túnel oscuro apenas iluminado por las luces laterales. Pensó que en el término de pocas horas había conocido a dos excelentes ejemplares del sexo masculino. Porque este René, de pelo corto y piel curtida, tenía un intenso atractivo que no desmerecía el de Julián, de rasgos y contextura más distinguidos. Comenzó una charla tanto como para que no se durmiera (aprensión que la asaltaba en los viajes nocturnos), como para averiguar algo más acerca de ese individuo interesante.
-¿Dijo usted que tenía un nieto, René? -preguntó con desparpajo.
Sin volverse, el hombre sonrió. -Así es. Un nieto de doce años que se llama Andrés.
Sofía estaba asombrada. Aparentaba poco más que su edad, que era al momento treinta años.
-Pero, ¿a qué edad se casó? -dijo, acentuando la pregunta.
-A los dieciocho. Y a los diecinueve ya tenía a mi hijo.
-¿Y ahora tiene...? -Se detuvo sin terminar, temiendo ser indiscreta.
-Cincuenta exactamente -dijo riéndose René.
La muchacha volvió a la carga: -¡No lo puedo creer! Pero si apenas parece un poco mayor que yo.
Él parecía divertido con su confusión:
-No lo vuelvas a repetir, porque eso no habla mucho a tu favor -dijo en tono de broma.
-¡Ojalá me vea así cuando tenga tu edad! -. Y enseguida, acoplándose al tuteo:
-No vayas a pensar que te considero un anciano…
El hombre se rió con ganas. Era evidente que estaba de buen humor y le agradaba la soltura de esa joven.
Habló de su familia sin nombrar a ninguna mujer, evento del que Sofía tomó nota inmediatamente. También se refirió a su hacienda y a sus actividades. Le preguntó por la extensión de sus tierras y se quedó en silencio ante la respuesta. -¿De modo que sos un terrateniente? -le dijo después.
-Bueno, se podría decir -dijo René encogiéndose de hombros.
Sofía le recomendó con seriedad: -Será mejor que Celina no lo sepa de entrada. Por lo menos hasta que te conozca un poco mejor.
Él se volvió un instante y preguntó: -¿Tiene algún problema con los terratenientes?
-¡Y qué problema! Odia la calificación. Se transforma ante la palabra.
-Entonces será cuestión de no mencionarlo -dijo el hombre -. ¿A qué viene tanto encono?
-Es que el abuelo de Celina era un trabajador muy sacrificado -le contó -. Tenía una granja de la que vivía muy bien. Después de una gran sequía recurrió a un vecino para pedir un préstamo porque el viejo no confiaba en los bancos -nerviosa, como si cometiera una infidencia, aceleró el relato -. El individuo era un sinvergüenza que deseaba apropiarse de las tierras circundantes y, en resumen, le ejecutó la deuda y se quedó con el suelo y la propiedad -siguió arrebatada-. El abuelo enfermó al poco tiempo y murió dejando a la viuda y a la hija sin recursos -respiró para continuar -. La madre de Celina nunca pudo superar las pérdidas y se lo transmitió a su hija. Ese es el motivo de su hostilidad - remató como si fuera un fundamento irrebatible.
René, que la escuchó sin interrupciones, declaró: -trataremos de reemplazar su mal recuerdo con un presente satisfactorio. ¿Qué te parece?- A Sofía le pareció más que perfecto.
4 -
Después de despedir a Valdivia y a Sofía, se apostó en la recepción para ultimar los trámites con los desalojados. Julián no podía admitir la indiferencia de esa gente ante la fatalidad de otros semejantes. Había ordenado a los responsables de la excursión que abandonaran el hotel, más por preservarlos de la furia de René Valdivia, que por castigarlos. ¡No quisieran enfrentarlo si a su nieto le hubiera pasado algo! Tampoco le había hablado a su hermana. Sólo la hubiera contagiado de su inquietud. Su esperanza se sustentaba en el conocimiento del carácter de René. Ninguna tormenta le impediría acudir en auxilio de los niños. También estaba esa única pasajera que, con su actitud, se diferenció del resto de los turistas. Y su amiga, que estaba tan contrita por no haberse quedado. Él le creía, y no sólo por lo bonita que era. Estaba dispuesta a aceptar cualquier propuesta a fin de reparar su error. En el hotel, todos velaron aguardando noticias del rescate. Cuando se dirigió a la radio que lo conectaba con la estancia de Valdivia, Jeremías -el capataz- lo atendió y le dijo que su patrón había alistado tres lanchas hacía más de una hora. Como se mantenían en contacto por radio le pidió que dejara la frecuencia libre y le prometió que le avisaría ni bien tuviera nuevas de la batida. Julián se había despedido decepcionado. La inmóvil espera estiró los minutos en horas. Había deseado con fervor formar parte de la búsqueda. La carita de Pancho, su sobrino, se le aparecía sonriente como la noche anterior cuando lo había llevado a la dulcería para que pidiera los helados de fruta que tanto le gustaban. Ahora estaría en brazos de su padre. Su mente derivó hacia la persona del estanciero, era un digno heredero de los fundadores del pueblo. A medida que la estancia crecía, aumentaba el bienestar de los trabajadores. Se preocupaba por la educación y la salud. La hermana de Julián era una de las tantas becadas que una vez terminada la carrera, había decidido devolver su aprendizaje en la escuela del lugar. Tanto volvían hombres como mujeres. No iban a buscar un lugar mejor, sino a conocer otros lugares. Y, en general, el ambiente natal aventajaba la experiencia ciudadana. Así, Alejandra formó pareja a poco de regresar al poblado. Su cuñado Esteban era médico y engrosaba el plantel del hospital comunitario. A estas horas estaría cuidando a su hijo y a los accidentados. Salir en medio de la tormenta y la inundación era una empresa arriesgada, pero eso iba con la personalidad de René. Sobre todo, cuando estaba en peligro la vida. Hacía dos años que, en la crecida anterior, Valdivia salió con el personal de la estancia a recorrer los terrenos bajos en auxilio de los inundados. Desde la lancha vio flotar a un perro que intentaba desesperadamente llegar a la orilla. Jeremías le contó que René no vaciló. Se arrojó de la embarcación y nadó con furia hacia el animal. Lo sujetó como a un cachorro y se sostuvo contra la corriente hasta que pudieron izarlos hasta el navío. A partir de ese día el can era su más fiel custodio como si reconociera que le debía la vida. Lo apodó Ronco debido a su peculiar ladrido. En la finca había perros de pura raza y otros no clasificados, pero Ronco se destacaba por su adhesión a René. Dormía delante de la casa principal y lo esperaba todas las mañanas para acompañarlo adonde fuera. Valdivia estaba asombrado de la sagacidad del animal. Parecía comprender el sentido de todos sus mandatos. Se había convertido en su sombra, pero obedecía sin vacilación cuando le ordenaba quedarse. Si él estaba presente, nadie se acercaba a su amo sin pasar por el estricto control de su olfato. Le había ahuyentado varias mujeres como si adivinara que no serían una relación adecuada. René, hasta el momento, aceptaba con humor la descalificación. Julián había sido testigo de la última censura. Fue con motivo de concurrir a la ciudad para presenciar el estreno de una obra de teatro a cargo de jóvenes de la localidad. Después de la función, fueron todos a cenar. En el exclusivo restaurante coincidieron con el intendente quien los invitó a compartir la mesa. Julián se sentó enfrente de René, que tenía a su derecha a la llamativa sobrina del funcionario. Después que su hermana le comentó la charla que había escuchado en el baño, no pudo menos que convenir con Ronco. La mencionada dama se dedicó toda la noche a desplegar su maniobra de seducción con su vecino de mesa. Luego de copiosas libaciones Valdivia, que no era insensible, estaba absolutamente decidido a responder al cortejo de la mujer. Los invitó a tomar una copa a la hacienda, invitación que el intendente declinó explicando que por la mañana tenía una reunión. Dejó librado a la decisión de su sobrina aceptar el convite. La joven accedió con franqueza dedicándole a René una sugerente mirada. Valdivia extendió el ofrecimiento a Julián quien, para su sorpresa y sin duda debido a la ingesta de alcohol, aceptó en forma automática. Cuando arribaron a la casa, se toparon con la presencia del eterno guardián. Olisqueó a Julián y movió la cola en señal de reconocimiento. Ya la muchacha parecía inquieta por su imponente presencia. Dicen que los perros presienten a quien le teme, y que esa percepción los hace desconfiar. Se le acercó, y ella retrocedió. Un sordo gruñido resonó en el silencio de la noche. René se adelantó para regañarlo, pero Ronco lo eludió y se prendió de la irregular falda de la mujer. La víctima gritaba despavorida mientras Valdivia asía con fiereza al perro del cogote. Ronco se alejó gimiendo y taimadamente giró, amagando otro ataque que provocó en la mujer otro arrebato de histeria. Esta vez René le lanzó una patada que el porfiado esquivó, desapareciendo entre las sombras. El daño estaba hecho. La sobrina del intendente aullaba que quería volver a la ciudad y no aceptó ninguna justificación. Valdivia le hizo una seña a Julián para que lo acompañara. La joven se acomodó en el asiento trasero como si René se hubiera convertido en un indeseable. Éste se encogió de hombros y condujo en silencio hasta el centro. Cuando dejó a la mujer frente a la casa de su tío, ella se bajó sin despedirse y los ignoró mientras esperaba que le abrieran la puerta. En el momento que entró, Valdivia arrancó con la mesura de quien sabe que se ha excedido en los tragos. El viaje de regreso lo hicieron en silencio, salvo por algunos ataques de risa que acometían a René sin duda pasmado por la conducta de su perro. Lo dejó en la puerta de su casa y cuando Julián se volvió para despedirse, le dijo con esa sonrisa que ponía los pelos de punta a sus contendientes: "¿sabés, Julián?, esta noche voy a matar a un perro". Antes de que Julián reaccionara, el auto se puso en movimiento. Hasta la próxima ocasión en que lo volvió a ver en la estancia, detrás de su dueño, no estuvo seguro del destino del animal. Esa noche no dejó de pensar en el incidente con los hermanos Alderete. La hacienda de Valdivia estaba transpuesta por el arroyo Neike, afluente del Moribú. Este cauce complementaba el servicio provisto por la central hidroeléctrica de la ciudad en lo tocante a generar energía accesoria a través de una pintoresca rueda. Abastecía a la estancia, a los bebederos de los animales y a los canales de riego. Además, en varios tramos donde no era muy profundo, se convertía en balneario estival para los residentes. Desde que la familia Valdivia se asentó en la propiedad, había suscrito con las autoridades -del pueblo, primero; de la ciudad, después- un convenio donde se le otorgaba el usufructo del arroyo Neike a cambio de contratar mano de obra entre los residentes del pueblo. Con el tiempo, los temporarios se afincaron en forma permanente en el barrio anexo a la hacienda. Al aumentar los habitantes fijos, el contrato se otorgó a perpetuidad. Los hermanos Alderete habían llegado hacía cinco años a ocupar las tierras de Bergara que René quería comprar. El propietario, por algunas disputas que había tenido con el abuelo de Valdivia, se negó a vendérselas. En ese terreno aparecía el Neike a flor de tierra aspirando a ver la luz después de un largo viaje subterráneo. Concebido por el deshielo de los altos picos que resguardaban la estancia hacia el sur, la cascada de agua pura se precipitaba hacia las entrañas de la tierra para volver a emerger en el suelo controvertido. Los nuevos dueños instalaron una curtiembre provista por cazadores furtivos. Ese había sido el primer punto de conflicto, pues René no aceptaba la caza indiscriminada. Lo segundo, fue la contaminación del arroyo por derramar las sustancias químicas con que trataban las pieles. Cuando algunas personas y animales enfermaron, Valdivia agotó la investigación hasta averiguar en dos días el origen de la dolencia. El técnico ambiental le había alcanzado las conclusiones de los análisis atmosféricos e hídricos, mientras estaba haciendo un control de la hacienda acompañado por Julián. Sin titubear, dirigió a su caballo hacia la propiedad de los vecinos. Julián lo siguió mecánicamente y se pegó a su montura cuando varios hombres intentaron detenerlos. René fue más rápido y desmontó de un salto a la entrada de la casa. El ruido alertó a los titulares que abrieron la puerta antes que Valdivia la tocara. En forma categórica los conminó a que cesaran de usar el arroyo como vertedero, porque ponían en peligro la vida de las personas y los animales. Los hermanos se miraron entre sí como si no pudieran creer que este hombre, sólo acompañado por un muchacho, estuviera planteándoles esa exigencia. Intercambiaron miradas con los sujetos que rodeaban a los intrusos. El más robusto de los Alderete se acercó a René casi tocándolo. La altiva mirada del desafiante lo hizo retroceder unos pasos. La contestación no tuvo la virulencia que anunciaba su acción preliminar. “Está usted en casa ajena, y aquí no permitimos apremios”. “Tengo derechos sobre este arroyo y no permitiré que ustedes lo malogren”, replicó René con tono amenazador. “Les doy veinticuatro horas para que anulen los desagües hacia el arroyo. En caso contrario, yo mismo lo haré”. Dio media vuelta y se subió a la montura. Quedaron los hombres tan consternados que no se escuchó ninguna refutación. Julián lo precedió en su frenética cabalgata hacia la estancia. Presenció como convocaba al capataz y a sus hombres y les planteaba el conflicto. Les dijo que estaban en estado de emergencia y no confiaba en las autoridades para resolver en forma expeditiva la crisis. Pidió voluntarios para acompañarlo al día siguiente a fin de verificar el desarme de las instalaciones o proceder a su desmantelamiento. Hasta Julián respondió a la elocuente arenga. Seleccionó a diez hombres entre los que se contaban él y Jeremías. Al mediodía siguiente, once hombres armados partieron en dos camionetas hacia la curtiembre. Seis individuos equipados con rifles custodiaban la tranquera que daba acceso al casco de la finca. René no dudó. Lanzó la rural sobre el portal y lo derribó. El otro coche lo siguió sin vacilar ante el desconcierto de los guardianes. Julián temió que abrieran fuego, pero era evidente que sólo tenían órdenes de impedir el acceso al campo. Estacionaron los vehículos ante la vivienda adonde los hermanos los esperaban con cuatro custodios más. Valdivia bajó seguido de Jeremías. Los demás voluntarios aguardaron adentro de las camionetas atentos al mandato de su jefe. Julián tenía grabado el momento en que René constató que los drenajes estaban intactos y giró hacia el hermano corpulento exhibiéndole esa sonrisa ajena a sus ojos. Sin pronunciar una palabra hizo un gesto a Jeremías quien lo trasladó al conductor del otro vehículo. Los ayudantes se apearon al instante sosteniendo sus armas de manera inequívoca. Los Alderete y sus secuaces parecían amedrentados por la actitud resuelta del pequeño ejército. Algunos hombres del estanciero montaron guardia frente a los curtidores mientras otros seguían a Valdivia y al capataz. Ante los irresolutos propietarios retiraron maquinarias de un galpón ubicado a un costado de la finca, y avanzaron sobre los cuestionados desagües. Esta acción los hizo reaccionar, pero de inmediato los resueltos pobladores los apuntaron con sus armas. Fue evidente que los Alderete evaluaron la determinación de esos hombres, porque frenaron a sus acólitos y observaron la destrucción de las instalaciones. Terminada la faena, René les advirtió que los acusaría por la epidemia y la contaminación de las aguas. Que fueran pensando en otra actividad porque no les daría respiro. Sin esperar contestación, subió a la camioneta mientras sus hombres se ubicaban en los vehículos. No descuidaron la vigilancia hasta que abandonaron los alrededores del predio adversario. Recién allí se escucharon exclamaciones de triunfo por el operativo exitoso. Valdivia bromeaba con Julián y Jeremías y se congratulaban porque la empresa hubiera resultado sin heridos ni duras confrontaciones. Discurrieron que, hasta que intentaran reconstruir los desagües, tendrían tiempo de obtener un recurso de amparo para salvaguardar la salud de hombres y hacienda. René cumplió su palabra. Los requerimientos judiciales impidieron que los manufactureros reanudaran la explotación. La reyerta concluyó cuando los malogrados pellejeros pusieron en venta las tierras. Fue tan generosa la oferta del rival, que hasta los hermanos Alderete firmaron satisfechos la transferencia de sus tierras al que dieron en llamar “el loco del arroyo”.
5-
Celina abrió los ojos tomando conciencia del estado relajado de sus músculos. "He descansado bien", pensó satisfecha. Se inquietó cuando no reconoció el lugar. Su mirada abandonó el techo desconocido hasta centrarse en la figura que estaba adormecida en un sillón enfrente de su cama. Era una mujer madura abandonada al descanso. Poco a poco fue recordando la tensa situación previa a su desmayo. Miró su vestimenta y cayó en la cuenta de que era una bata de hospital. Se incorporó despacio midiendo su esfuerzo. Su cuerpo laso iba respondiendo lentamente. Se sentó en la cama y la urgencia por ir al baño la asaltó. Se paró descalza apoyada en el lecho hasta que se aseguró que podía caminar sin desfallecer. Se dirigió despacio al cuarto de baño y después de satisfacer su necesidad giró hacia el lavatorio. El espejo le devolvió un rostro ojeroso rodeado de alborotadas mechas rojizas. La constelación de pecas que salpicaban el puente de su nariz y los pómulos parecían resaltar en la palidez de la piel. Abrió la canilla y se lavó las manos. Con agua fría refrescó su rostro y sintió que su mente se despejaba. “Necesito un buen baño”, se dijo. ¿Adónde habrían puesto su ropa? “Todavía debe estar mojada”, pensó. Unos golpes sobre la puerta la sacaron de su meditación. Abrió y se encontró ante el rostro alarmado de la desconocida, que mudó a jubiloso cuando la vio en pie.
-¡Por fin se despertó mi bella durmiente! -dijo eufórica y la estrechó contra su corpulenta figura.
Celina estaba confusa porque aún no entendía el entusiasmo de la mujer. Cuando pudo respirar, esbozó una sonrisa de agradecimiento y dijo:
-Gracias por el abrazo, pero me gustaría saber quien sos -las clases de gimnasia a personas de la tercera edad la habían acostumbrado a tutear a todos- y adonde estoy.
-Soy María, -contestó- la mujer del chofer que está vivo gracias a vos. Andrecito no se durmió hasta que nos contó todo lo que pasó después del accidente. ¡Todos los niños están bien y te vas a asombrar cuando veas cuánta gente tiene que agradecerte! -proclamó, y volvió a tenderle los brazos.
Celina se abandonó al apretón riendo. Cuando se separaron, le dijo:
-Me quiero dar un baño, María. Pero ¿qué me voy a poner? -el gesto de las manos con las palmas hacia arriba era elocuente.
María le hizo un ademán despreocupado. Le preguntó solícita:
-¿Estás segura de que te vas a arreglar sola? No te vaya a dar un mareo…
-¡No, no! -la tranquilizó- Estoy bien.
-Bueno, -dijo no muy convencida- en el baño hay toallas y toallones. Yo voy a llamar al doctor y vuelvo con la ropa.
Celina insistió: -Estoy bien. No es necesario molestar a nadie.
María salió sin que la muchacha descifrara si la había escuchado o no. La ducha la llamaba. Cerró la puerta del baño y miró a su alrededor con detenimiento. Eligió un toallón y una toalla chica para secarse el pelo, abrió el agua caliente y cuando estuvo a su gusto, deslizó la bata hacia el suelo y se metió bajo el chorro. El recuerdo del frío y agotamiento pasados aumentó la sensación de placer que le provocaba el baño. Se demoró lavando con esmero su cabello y gozando los hilos cálidos que recorrían su espalda. Cerró la ducha y después de secarse con el toallón se envolvió con él. Escurrió el pelo con la toalla de mano y la enrolló en su cabeza. Ya en la habitación la desprendió para terminar de secarse el pelo. Estaba frotando enérgicamente su cabeza cuando escuchó que golpeaban la puerta. “¡María con la ropa!” -pensó complacida.
-¡Adelante! -dijo en voz alta.
Con los brazos todavía en alto, detuvo el movimiento. El toallón, que se había aflojado por las vivaces sacudidas, cayó a sus pies al mismo tiempo que advertía que no era María quien había tocado la puerta. La turbación coloreó sus mejillas mientras, paralizada, exhibía su desnudez ante un hombre desconocido. En ese momento infinito observó que la sonrisa que ostentaba cuando ella levantó la cabeza, se había transformado en una sorprendida seriedad. Los ojos del hombre se habían oscurecido como si se resguardaran de un fuerte resplandor. Ante la parálisis de la mujer, recuperó el raciocinio y se volvió, saliendo al pasillo y cerrando la puerta tras él.
Celina sintió que las fuerzas la abandonaban. En cámara lenta flexionó las rodillas para agacharse y alcanzar la toalla que la había cubierto. Se tapó antes de levantarse y con agitación, se sentó en la cama para reflexionar sobre el incidente. Estaba azorada por su falta de reacción. Ella, para quien el cuerpo humano era una síntesis de músculos que cumplían funciones específicas, no podía avergonzarse por haber mostrado de manera accidental la disposición de los suyos. En una ocasión, participando de un certamen de natación, había entrado por error en el vestuario de los varones. Muchos estaban desnudos después de haberse dado una ducha. Abrió la puerta, pensando que era el baño, y se armó un alboroto entre los desprevenidos hombres. Sin perder la compostura, les hizo un ademán de saludo, y salió riéndose. Fue un episodio tomado con tanta naturalidad que no le produjo ninguna molestia al volver a verlos durante la competencia. ¿Y ahora? ¿Por qué se había sentido tan expuesta? Sus pensamientos se agitaban por salir. Tiene que haber sido el médico. Pero no se hubiera ido. Hubiera salvado la situación como cualquier médico. Un chiste, una indicación, se hubiera presentado. No tenía bata blanca. Pero ahora muchos médicos visten de jeans. Se fue porque no quiso avergonzarme. Pero los doctores no se asombran de un cuerpo sin ropas. Y ese hombre me miró como si fuera la primera vez que viera a una mujer desnuda. Que mal comienzo. Es una lástima porque me gustó. ¡Qué tarada que soy, lo que estoy pensando! Si estuviera Sofía nos reiríamos juntas. ¿Qué estará haciendo? ¿Se habrá apenado por dejarme sola? No puedo guardarle rencor. Todo terminó bien. No la veo quebrándose las uñas por aferrarse a un árbol. Hubiera tenido doble trabajo teniendo que sostenerla. ¿Volveré a verlo? Seguro que era un marido visitando a su mujer de parto. Aunque no se escucha el llanto de ningún bebé. ¿Desde cuándo estoy tan desesperada por conseguir un tipo que digo que me gusta aunque lo vi un segundo? Pero que segundo largo. Se me hizo una eternidad. ¿Y esa debilidad que me atacó? Ni siquiera con Jorge cuando nos acostamos la primera vez. Dos golpes en la puerta la arrancaron de su abstracción. Esta vez preguntó:
-¿Quién es?
-María y el doctor -dijo la conocida voz.
Se acomodó el toallón para que le cubriera las piernas y contestó:
-¡Adelante! -mirando con aprensión la puerta que se abría.
María entró secundada por un joven de bata blanca, anteojos, estetoscopio colgado al cuello y pelo de carpincho. ¡Éste era el médico! Se acercó muy sonriente a Celina y le dio un beso en la mejilla.
-Ojalá todos mis pacientes me dieran la alegría de recuperarse tan rápido –le dijo con satisfacción mientras se sentaba en el borde del lecho.
Celina le sonrió al simpático doctor. Él continuó:
-Como padre favorecido, estaré siempre en deuda con vos –se puso solemne durante esta breve declaración. Después de una pausa, se incorporó.
-Acabo de echar a una horda de padres, parientes y amigos, entre ellos mi esposa, que pensaban abrumarte con su agradecimiento –la miró buscando su aprobación. Celina lanzó un ostensible suspiro de alivio.
-No vas a poder eludirlos –le advirtió-, pero con el abuelo de Andrés pensamos que una compañía conocida te haría muy bien hoy.
La joven fijó sus ojos abiertos en el rostro del médico. Éste sonrió y caminó hacia la puerta. María, desde que había entrado, sostenía la ropa entre sus brazos. Era evidente que no quería perderse ningún detalle. El profesional abrió la puerta y Celina pudo ver el rostro expectante de Sofía. La sonrisa se le disparó con espontaneidad. Abrió los brazos para recibir a su amiga que corrió para rodearla con la fuerza de su afecto. Sofía no soltaba el abrazo como para no mostrar su cara compungida. Se desligaron y dijeron al unísono:
-¿Cómo estás? –una carcajada las acometió como si hubieran escuchado el mejor chiste.
La mujer del conductor miraba arrobada a las dos lindas muchachas muertas de risa. El médico desde la puerta sonreía abiertamente. Gesticuló hacia María para indicarle que abandonara la escena. Ella hizo un gesto sorprendido de entendimiento y salió con las prendas todavía en sus brazos. El doctor las señaló y volvió apresurada para depositarlas sobre el sofá. Se fueron, dejando que detrás de la puerta cerrada se apretara un lazo que ninguna coyuntura habría de aflojar.
6 -
Celina, que no veía la hora de quedarse a solas con Sofía, le agradeció mentalmente al doctor cuando arrastró a María tras de sí. Esperaba que su amiga la ayudara a desentrañar el insólito momento que había vivido.
Sofía, ansiosa de ratificar que no quedaban resentimientos, preguntó:
-¿En serio me perdonás? -con expresión tan contrita que motivó la risa de Celina.
-¡En serio! Recién pensaba que si te hubieras quedado hubieras sido un lastre.
Sofía, previo mohín de reproche por la escasa consideración que implicaba el concepto, se unió a la risa de su camarada. Después, poniéndose seria, la abrazó y le pidió detalles del salvataje. Celina había empezado a vestirse con la misma indumentaria que llevaba cuando se bajó del ómnibus, la que alguien lavó y acondicionó hasta dejar impecable. Apretó el antebrazo de Sofía y le dijo:
-Eso, después ¡No te imaginás lo que me acaba de pasar!
-¿Que jodida buena cosa te pasó? -la interrogó, con la fórmula cabalística de aventar las malas noticias.
-Que recién salía de la ducha envuelta en un toallón, cuando se aflojó y cayó al suelo ante la mirada de un intruso. -susurró Celina como si hubiera micrófonos ocultos.
Sofía la miró incrédula y dijo: -¿Querés decir que un mirón se coló en tu habitación mientras te estabas bañando, como en Psicosis?
-¡Pero no! Yo lo autoricé a entrar. -respondió Celina impaciente.
Su amiga, que cada vez entendía menos, repitió: -¿Vos lo autorizaste a entrar...? -un signo mayúsculo de interrogación flotó en la habitación.
- ¡Porque creí que volvía María con la ropa! -contestó Celina tratando de clarificar el relato.
Con un tono que contradecía su discurso, Sofía intentó seguir el hilo de la conversación:
-¡Ah! Comprendo. Se hizo pasar por María. ¿Y cómo sabía que te iba a encontrar desnuda?
Celina gimió ante la derivación que tomó su sencilla confesión. Inclinó la cabeza y se tomó de la barbilla tratando de ordenar los pensamientos. Luego, levantó la mano derecha con el propósito de detener las deducciones de Sofía. Volvió a empezar, esta vez más serena:
-Desperté. Me ubiqué en el espacio. Vi a una mujer que dormía en un sillón. Me di cuenta que estaba en un hospital. Fui al baño. Hice pis y me lavé la cara. Quise ducharme. Golpearon la puerta. Era la mujer que dijo llamarse María y ser la esposa del chofer del ómnibus accidentado. Me abrazó. Me agradeció. Le dije que quería bañarme y necesitaba ropa. Me dijo que la iba a traer y que le iba a avisar al médico. Salió. Me duché. Me envolví en el toallón. Me sequé el pelo en la habitación. Tocaron a la puerta. Pensé: ¡María! Grité: ¡Adelante! El toallón se cayó. Miré hacia la puerta. Había un hombre. Me quedé helada. Se quedó pasmado. Dio media vuelta y se fue. Fin. -la enumeración fue clara y precisa.
-¿Cómo era él? -fue la única ocurrencia de Sofía.
-No sé bien. Debía tener algunos años más que yo. Era alto, creo. Y más bien corpulento. No estoy muy segura… -dijo esto último en un murmullo.
Sofía percibió una cierta conmoción en su amiga. La miró afectuosamente y dijo:
-¿Tanto te gustó? -los matices de la voz invitaban a la confesión.
Celina se entregó sin recelos al llamado de la amiga:
-Parece una liviandad decir que un tipo me gustó después de verlo un minuto… Diría más que me impresionó. Y no porque me vio desnuda. No fue una situación premeditada. Pero sentí… -se detuvo buscando el término apropiado- me sentí absolutamente indefensa. Sí, indefensa y en manos de un extraño. -aseveró asintiendo con la cabeza.
-¡Es emocionante! -dijo Sofía con un brillo excitado en los ojos celestes -¿Y no pudiste averiguar quién era? ¿No le preguntaste a María?
-¿Qué podía decirle? María, quiero saber quién es el hombre que me vio en traje de Eva. Consígame su teléfono y datos personales -interrumpió la ironía y dijo como si la observación de su amiga fuera pertinente -además, estaba con el médico.
¿El sujeto estaba con el médico? -dijo Sofía consternada.
-¡No volvamos a irnos por las ramas! -exigió Celina irritada por los malentendidos- María estaba con el médico -concluyó con el tono cariñoso de siempre.
Sofía, que no se había acobardado por la reacción de la amiga, se burló de su propia torpeza:
-¡Entendí, entendí! ¡No me pegue, patrona de los deportes! -se cubrió la cara risueña con los antebrazos cruzados.
Celina no pudo contener la carcajada. Las payasadas de la amiga siempre la ponían de buen humor. Sintió que a pesar de los contratiempos la vida le ofrecía posibilidades insospechadas. Como ésta de haber sobrevivido a la inundación y comprobar que el instinto no le había jugado una mala pasada.
Sofía volvió a la carga:
-No podemos quedarnos con la intriga -dijo como si ambas fueran protagonistas del incidente.
-En este momento dudo si lo que pasó fue real o producto de mi mente calenturienta. -Y agregó con un gesto compinche -No te olvides que llevo casi un año de abstinencia.
Sofía abrió la boca para decir algo pero se detuvo con el ceño fruncido. Volvió a reír y acotó:
-¡Claro! ¡Me había olvidado del motoquero! -Ahora reían las dos compartiendo el recuerdo.
Celina, a continuación, le pidió a Sofía que le contara cómo había llegado hasta el hospital. La interpelada se explayó:
-Para empezar, debo decirte que en este pueblo hay un tesoro. ¡Hombres! Y muy seductores, contando al tuyo. -la miró con intención y afirmó con descaro- Eso te gustó ¿Eh?
Celina, ante el pronombre posesivo, sintió que la sangre le subía hasta el rostro como el agua caliente en una cafetera. Quiso enojarse con Sofía pero reconoció que la acotación le agradaba. Se hizo la indiferente y no respondió al comentario.
Sofía prosiguió:
-Apenas llegamos al alojamiento, nos recibió el encargado. ¡Un churro bárbaro!, como diría tu madre. Cuando le relaté el accidente para explicar tu ausencia, me sometió a un arduo interrogatorio que terminó con la expulsión de los pasajeros y los encargados de la excursión. Yo me salvé porque ya me había llorado todo por haberte abandonado -hizo una pausa para mirarla con cariño- y ya conocés el efecto de las lágrimas sobre los hombres... Sobre todo si son sinceras –aclaró como si hiciera falta.
Celina preguntó con admiración: -¿El encargado los echó a TODOS?
-Bueno, él empezó el desparramo entre los choferes y la coordinadora. Después siguió el dueño del hotel –aclaró su amiga- Y a continuación -¿Sabés que este hombre es un poderoso terrateniente y el abuelo de uno de los chicos? El organizó el rescate.
-Debe ser el abuelo de Andrés. El chico estaba decididamente convencido de que vendría a buscarlo. Te aseguro que esa confianza me dio fuerzas para no abandonarme. Lástima que sea un explotador –agregó pesarosa.
-¡Ah, no! El ‘a vos te saco’, aquí no vale -reaccionó Sofía- Entre ayer y hoy no escuché más que alabanzas sobre este hombre. Tendrás… -Celina no la dejó terminar:
-¿Ayer? ¿Quiere decir que dormí un día entero? -preguntó alarmada.
La amiga confirmó: -Así es. El siniestro fue ayer. Yo llegué anoche y ahora son las siete de la tarde del día siguiente.
-¡Con razón me sentí tan relajada! -declaró Celina- Volviendo al latifundista. Seguro que debe ser tan dueño del hospital como del hotel -dijo convencida.
Sofía asintió con un gesto de contrariedad porque sabía lo difícil que sería aventar los prejuicios de su amiga.
-Aún así, prometeme que no lo vas a prejuzgar antes de tratarlo -le pidió con porfía.
-¡Vaya, vaya! Parece que el abuelo te pegó fuerte -dijo Celina divertida- Creí que los ancianos no encajaban en tu coto de caza.
Sofía soltó una risotada. Su amiga se llevaría la misma sorpresa que ella cuando conociera al anciano. Por consiguiente, no le adelantaría nada.
Celina insistió: -¿No ves que si la clínica le pertenece, ningún empleado hablaría mal de él? Se juegan el puesto -dijo categórica.
-Me conformo con tu promesa de no prejuzgarlo -le recordó Sofía, testaruda.
La amiga inclinó la cabeza hacia el hombro y la miró con expresión burlona:
-¿Se armó un romance…? -dijo sugerente.
-Más quisiera. Pero mi intuición dice que sólo me ve con simpatía. Mira mis hermosos ojos celestes con cordialidad. -con un gesto de ostentosa auto conmiseración, agregó-¡Nada de querer ahogarse en ellos! ¿No es atroz?
Celina se reía con la dramatización. Como para consolarla, hizo un aporte:
-No creo que pierdas nada. A cambio del viejo rico, apuntá al conserje. Joven y churro como diría mi mamá. Y aunque no tenga plata, a vos no te hace falta -declaró sensatamente.
Sofía abandonó la postura contrita y participó con otra sugerencia:
-¡Brillante! En ese caso, vos debieras ganarte al abuelo. Tiene asegurado el futuro hasta el próximo milenio. Total, los viejos se suelen infartar en la luna de miel -le dijo con una exagerada mueca de cinismo.
-¡Aj! -profirió Celina- ¡No puedo creer que me propongas semejante asquerosidad! Seré pobre, pero tengo un estómago delicado -se cruzó de brazos y adoptó una pose ofendida.
Unos golpes en la puerta clausuraron el espacio lúdico. Las chicas volvieron a la realidad y Celina accedió por tercera vez: -¡Adelante!
El médico con el pelo de carpincho entró y acercándose a la que llamaron Bella Durmiente, solicitó:
-Afuera está la familia Valdivia que quiere presentarte sus saludos. -Y agregó como disculpándose- Y mi mujer Alejandra, y mi cuñado Julián…
Celina y Sofía intercambiaron una veloz mirada. La primera, con una sonrisa inefable, respondió: -Estaré encantada de recibirlos.
7 -
Cuando René cerró la puerta tras suyo, supo que no se detendría hasta conquistarla. Evocó la inquietud que lo acometió al momento del rescate cuando la sostuvo inerte entre los brazos. El relato detallado de Andrés no hizo más que acrecentar su interés por la joven poseedora de innatas cualidades humanitarias. Y ahora, el prodigio de su cuerpo en plenitud y la bella expresión de asombro, convirtieron el interés en certidumbre. A partir del abandono de su mujer, no le había faltado compañía femenina para atemperar su soledad, pero ninguna lo estimuló para la convivencia. Experimentó un escalofrío de voluptuosidad cuando imaginó a la muchacha, desnuda y con el pelo alborotado, en su cama demasiado espaciosa para uno. Avanzó por el pasillo buscando la salida de emergencia porque no quería cruzarse con Esteban y someterse a un interrogatorio. Desde el sector trasero del hospital, divisó la camioneta vacía y supuso que Jeremías, Andrés y el abuelo aguardaban en el edificio. Se acomodó en el borde de un cantero y encendió un cigarrillo. Esperaría un tiempo prudencial antes de ingresar de nuevo a la clínica y cuando la volviera a ver, acompañado de su familia, resolvería cómo actuar.
Con su padre muerto a temprana edad se hizo cargo del manejo de la finca guiado por su abuelo. Las rudas tareas agrarias anticiparon la maduración del carácter y los sentidos. Se casó a los dieciocho años con una joven que, estando en viaje de estudios, se encandiló con el precoz estanciero. A los diecinueve ya era padre. A los veinte, un separado más. Diana, su ex-mujer, no se había podido habituar a la vida rural ni a los tiempos de su marido, lo que unido a la depresión post parto, motivó el abandono de la residencia conyugal. Este acto definió el destino del hijo en disputa, y no las influencias y riqueza de don Arturo como se comentó en el pueblo. Con la sentencia a favor, René se dedicó a la crianza de Sergio y a la atención de la hacienda.
Diana, apartada de su hijo, se sumió en una aguda depresión. Después de cinco años de tratamientos e internaciones, comenzó a visitarlo. Llegó con una nueva pareja que había sido el factor predominante de su recuperación. Su ex-marido, libre de rencores, encontró natural acercarse amistosamente a ambos. Esta nueva relación enriqueció el desarrollo de Sergio que sumó dos cariñosas figuras parentales a su amado progenitor. Cuando se casó, tres emocionados padres fueron testigos de la emancipación de su joven hijo. Andrés vino al mundo dotado con tres abuelos, un bisabuelo y una integridad constitucional que los mimos excesivos no pudieron estropear. Las últimas generaciones de los Valdivia apenas salían de la adolescencia cuando adquirían deberes de adultos. René, a los cincuenta años, tenía un hijo de treintiuno y un nieto de doce.
Sergio tuvo la ventaja de contar con un padre joven que no necesitó de su auxilio para dirigir la hacienda. Para colaborar con su progenitor estudió Ciencias Agrarias, y para responder a su pasión, Veterinaria. A la sazón, era el asistente más idóneo que René pudiera desear. Después de un año duro de trabajo, se encontraba junto a su mujer disfrutando de unas vacaciones en Bahía. El avispado Andrés renunció al viaje para que sus padres “estuvieran de novios y le encargaran un hermanito” y para convencer al abuelo de que lo dejara participar en la carrera de obstáculos. El niño lo idolatraba y era el más receptivo de sus estados de ánimo. Cuando lo veía melancólico, trataba de distraerlo con su charla y esperaba una confidencia que demostrara la intuitiva sospecha de que el abuelo necesitaba algo más que la compañía de Ronco: una mujer que lo quisiera, lo abrazara y lo besara como su mamá hacía con su papá. Pensaba lo genial que sería tener un tío o tía más joven que él si su abuelo se volviera a casar. Muchas veces hablaba con Alejandra que, estando felizmente desposada, se preocupaba por su hermano. Opinaba que no había nada peor que despertarse a la mañana en una cama de una plaza. Había un alguien para cada quien y no ahorraba esfuerzos para descubrir al alguien de su hermano. Le había presentado tantas amigas que Julián amenazó con no visitarla más si no se sosegaba. Sólo eso detuvo a su hermanita. Alejandra creía que René, a pesar de su fuerte carácter y sus seguras decisiones, era demasiado confiado con el sexo opuesto. Le contó que la noche del teatro estaba en el baño, cuando entraron la sobrina del intendente con otra mujer. Sin sospechar que uno de los compartimientos estaba ocupado, hablaron sueltamente. La mujer se deshacía en elogios acerca de René y de sus bienes. Y la sobrina del intendente exponía sin tapujos su decisión de conquistar a ese pueblerino. Bien valía la pena su fortuna, sin contar que era un hombre sumamente atractivo. Alejandra no pudo enterarse del final de la aventura porque Julián fue muy discreto, pero dedujo que no tuvo trascendencia porque la mujer volvió a su casa al día siguiente. Así que Andrés no quería que su posible abuelastra fuera como la sobrina del intendente. Él también se puso atento a las mujeres que se cruzaban en su camino. Las fue desechando por feas, gordas, antipáticas, desaliñadas, superficiales, renegadas de la naturaleza y los animales, demasiado jóvenes, demasiado viejas. Cayó en la cuenta de cuán difícil era la elección y creyó comprender la nostalgia del abuelo. En esta búsqueda despuntó su acercamiento al complejo mundo de relaciones entre hombres y mujeres.
Así como el abuelo era el paradigma del hombre que quería ser, sus padres eran el mejor argumento a favor de la pareja. Sólo añoraba poder compartir su bienestar con otros hermanos. Ignoraba que su madre no podía concebir más hijos porque padecía de una forma de hipertensión que los embarazos descontrolaban. A los catorce años pudo hablarlo con su papá, y admiró a la mujer que lo había traído al mundo poniendo en riesgo su vida. Este conocimiento canceló la deuda paterna y realzó el valor de su existencia.
Andrés vio acercarse a su abuelo y corrió al encuentro. Ya estaba aburrido de la espera y excitado por ver a Celina. René le revolvió el pelo cariñosamente y les dijo a don Arturo y Jeremías que ya podían acercarse para visitar a la joven. Buscaron a Esteban quien les refirió el encuentro de las dos amigas. Hacía casi una hora que estaban a solas y consideró que a la velocidad de comunicación de las mujeres, ya se habrían puesto al día. Esta afirmación no contribuyó a la tranquilidad de René que se preguntaba si habría provocado una reacción en cadena. El médico los guió hacia la habitación. En la sala de espera encontraron a Alejandra y Julián, que debido a su intimidad con Esteban se habían negado rotundamente a retirarse sin conocer a Celina. Miraron triunfalmente a su pariente, sabiendo que ahora no podría negarles la entrada. El médico le propinó un coscorrón cariñoso a su mujer y especificó que primero entraría él para anunciar a los visitantes; que pasarían juntos y no se demorarían demasiado para no intimidarla y que recordaran que estaba convaleciente de una rigurosa exposición al frío. Todos asintieron y Esteban golpeó la puerta antes de ingresar. Julián y Alejandra habían saludado con alborozo a Andrés e interrogaron vivamente al chico sobre la afortunada aventura. El nieto de Valdivia se explayó sobre una Celina que había ascendido al Olimpo de sus dioses. No había mujer que se le comparara salvo su madre. Cuando relató la creatividad y el esmero que puso para proteger a los niños y al chofer, Alejandra no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas pensando en el riesgo que había corrido su hijo. Julián le pasó un brazo por los hombros y la acercó a su costado para consolarla. La puerta volvió a abrirse y el médico les indicó que pasaran.
Valdivia se rezagó mientras su cerebro giraba a mil revoluciones por minuto. Él se creía preparado para el reencuentro, pero ni siquiera imaginaba la reacción de Celina cuando lo viera. El primer encuentro que tan esclarecedor fue para él, pudiera producir un efecto contrario en la muchacha. Desde la habitación surgían voces y risas que daban cuenta del tenor de la reunión. Se acercó a la puerta y pudo ver a Celina, vistiendo un atuendo deportivo blanco y rojo que realzaba su figura y el color de su cabello. Se la veía reanimada y adorable mientras don Arturo sostenía sus manos al tiempo que le agradecía calurosamente su coraje. Andrés la miraba arrobado y Julián no parecía inmune a su encanto. Jeremías tenía una expresión de absoluta aprobación, por lo que René concluyó que debería sortear varios escollos antes de su definitivo acercamiento. Cuando Alejandra se acercó a la heroína del pueblo, Sofía lo descubrió y lo llamó a viva voz. Celina se volvió hacia la entrada y descubrió al hombre que creyó producto de su mente. Su mirada no reclamaba ahogarse en la suya, sino que la arrastraba hacia la nocturna corriente de sus ojos
8 -
Celina no se apabulló ante la irrupción de los visitantes. Enseguida distinguió a Julián y lo eliminó de su lista de probables desconocidos. A la vanguardia, avanzaba un hombre de edad, de porte señorial e indudable ascendencia aborigen escoltado por un auténtico mapuche. “El abuelo de Andrés” se dijo con total certeza. La mezcla racial favorecía al anciano de piel curtida y escasas arrugas, pero "de ninguna manera apto como buen partido" pensó escandalizada por la propuesta de su amiga. El médico los presentó ceremoniosamente:
-Don Arturo, por esta joven llamada Celina, hoy estamos de fiesta en el pueblo. -Volviéndose a la aludida- Celina, te presento a don Arturo Valdivia.
El abuelo tendió ambas manos hacia ella. A pesar de su serio semblante, el gesto amistoso hizo que Celina adelantara las suyas con una espontánea sonrisa. Don Arturo las sostuvo con calidez, mientras decía:
-A mi edad, querida niña, es un privilegio tener que agradecerle por las vidas que salvó.
-El mérito no es mío, don Arturo, sino de su encantador nieto. Gracias a su valentía logramos sobrevivir -señaló con vehemencia.
Celina, ocupada en hacerle un guiño a Andrés, no reparó en el gesto de sorpresa de quienes presenciaban el diálogo.
-Tiene razón, hue malén1. Mi nieto es encantador y valiente y me complace que lo haya visto. -Dicho esto, le soltó las manos y le cedió el lugar a la madre de Pancho.
Alejandra la abrazó y le dio un beso sonoro en la mejilla:
-¡Gracias, Celina, muchas gracias por haberte quedado con los chicos!
La joven, como había predicho Esteban, estaba abrumada por tantas demostraciones. Intentaba encontrar una salida humorística, cuando escuchó la exclamación de Sofía. Como todos los presentes se volvió hacia la puerta, y descubrió al hombre que creyó producto de su mente. Su mirada no reclamaba ahogarse en la suya, sino que la arrastraba hacia la nocturna corriente de sus ojos. Bajó los suyos para sustraerse al reclamo mientras Andresito la tomaba del brazo y voceaba:
-¡Abuelo, abuelo! ¡Ella es Celina! -Su entusiasmo era contagioso.
La joven, después de un momento de desconcierto, se dio cuenta hacia quien había dirigido sus elogios. Se acercó a René y sin poder contener la risa, le preguntó:
-¿Vos sos el abuelo de Andrés?...
René cruzó los brazos con parsimonia y asintió con gesto risueño. Celina giró hacia el anciano y aclaró:
-Yo pensé que usted era el abuelo de Andrés, don Arturo. Le pido disculpas por la confusión. Es obvio que me refería a su nieto, digo…, a su bisnieto. -El rubor la acometió sin piedad.
El hombre inclinó la cabeza y contestó:
-Es un honor para mí que me haya confundido con mi encantador y valiente nieto, hue malén -dijo, reiterando los términos que ella había empleado.
René, atento a la conversación, se congratuló por el afectuoso vocablo con que su abuelo había nombrado a Celina. Sólo reservaba esta lengua para charlar con Jeremías y con los familiares que amaba.
La muchacha sobrellevó el bochorno con decoro. Volvió a enfrentarse con René, y manifestó con gratitud:
-La confianza de Andrés fue mi esperanza. Gracias por no defraudarnos. -Le tendió su mano.
El hombre la guareció entre la suya y le contestó:
-Yo sólo terminé tu labor. Me diste el espacio necesario para llegar a tiempo y eso no tiene precio, hue malén. Vas a tener que ser tolerante. -Usó espontáneamente la voz mapuche para designar a las mujeres jóvenes, a modo de payé2 amoroso. Jeremías y don Arturo cambiaron una mirada interrogante, mientras que Andrés, que también estaba familiarizado con el idioma, comprendió que la mujer que lo deslumbraba era la que había estado buscando para su abuelo. René soltó con desgano la mano de Celina y convocando a las amigas, realizó una propuesta que aprobaron los hombres de su familia:
-Quiero invitarlas a la finca en nombre de todos para continuar con sus vacaciones. Trataremos de resarcirlas por el tiempo perdido y me comprometo a mostrarles lo mejor de la región. -Forzó a sus ojos anhelantes a ir de Celina a Sofía.
¡Dos semanas en la estancia de un potentado! Sofía miró a su compañera rogando que no se negara. Interpretando claramente el deseo de su amiga y, como no tenía interés de volver a tratar con los pasajeros desaprensivos, Celina supuso que era una buena oportunidad para no perder el veraneo.
-Bueno, si nadie se opone, será un placer -expresó Celina con una sonrisa.
Los varones de la hacienda se mostraron totalmente complacidos. Las chicas se despidieron de María, Esteban y Alejandra, ya que Julián cargaría en su auto el equipaje de las mujeres. Salieron al exterior bajo un cielo todavía encapotado. Celina se estremeció de frío y lamentó no haberse puesto el gabán, cuando un cálido abrigo aterrizó con suavidad sobre sus hombros. Dio la vuelta intuyendo a quien correspondía el gesto para quedar frente a frente al inquietante René. Le agradeció con una sonrisa y volvió a experimentar esa inexplorada sensación de desvalimiento. Subieron a la camioneta y esperaron a Julián que estaba despidiéndose de su hermana y su cuñado. Había tres asientos. En el de adelante, viajaban René y su abuelo, en el medio Jeremías y Andrés y en el último, se habían acomodado las dos amigas. Celina, arropada en la chaqueta de René, sentía que el sopor la ganaba. Su compañera le acercó el hombro para que apoyara la cabeza y antes de que la rural llegara a destino, se quedó completamente dormida. Sofía, contagiada por el abandono de su amiga, dormitó de a ratos y terminó de despabilarse cuando pararon frente a la casa. Sacudió suavemente a Celina para despertarla y sólo logró que el cuerpo resbalara hacia su regazo. Insistió en llamarla pero su amiga dormía profundamente. Miró indecisa a Jeremías que sostenía la puerta para que bajaran y el capataz, apreciando la situación, se aproximó a René y le dijo algo en voz baja. El hombre asintió y se acercó a la puerta trasera inclinándose hacia el interior del automóvil:
-Jeremías dice que no hay que despertarla para que Kai Kai3 no la recuerde-le susurró a Sofía.
Ésta lo miró atónita y René volvió a murmurar:
-Después te cuento. Voy a cargar a Celina -avisó con el mismo volumen de voz. Le pasó un brazo bajo las rodillas y otro por la espalda, y la levantó sin esfuerzo. La muchacha seguía durmiendo y René, al incorporarse, la acomodó de modo que la cabeza se apoyara en su hombro. Jeremías, con un gesto de aquiescencia, lo escoltó hacia la entrada de la casa cuya puerta había sido abierta de par en par en cuanto estacionaron los vehículos.
Sofía, como temiendo perder a su amiga, se lanzó tras los pasos de René. Sostenía a Celina contra su cuerpo y subía la escalera con cuidado, como si temiera tropezar con su carga. La cabeza de la joven resbaló hasta el hueco de un cuello moldeado para cobijarla. Sofía comprendió que ya no habría veranos a solas ni incertidumbres compartidas. La fuerza que trascendía de la expresión de René la conmovió como si su amiga hubiera partido a un país lejano. Él se detuvo frente a un cuarto cerrado que Sofía se apresuró a franquear. René atravesó el umbral y depositó sobre una cama a la mujer dormida. La miró largamente antes de volverse y reparar en la amiga. Un poco perturbado, le dijo:
-Es preferible que Celina descanse lo que necesite. Dentro de un rato vendrá Rayén4 a informarte a que hora se servirá la cena. Nos gustaría contar con tu presencia salvo que quieras cenar arriba.
Sofía le agradeció y dijo que entonces decidiría. René estaba saliendo cuando dijo:
-A propósito, Julián se queda. Y seguramente apreciará tu compañía.
A Sofía este comentario le sonó a extorsión. Se sentó sobre la otra cama y mientras observaba el apacible descanso de su amiga, zumbaron sus pensamientos. ¡Qué individuo fatuo! Me quiere ganar poniendo de cebo a Julián. No voy a decir que no es un buen señuelo. Pero a mis hombres los elijo yo. Es cierto que existe el coup de foudre. A René lo fulminó. A Cel no sé. Aunque quedó tocada por el primer encuentro. Y por el segundo también. Se confundió, se puso colorada, dio explicaciones. Ella, siempre tan segura. ¿Me pasará alguna vez a mí? Yo tengo razón. Los títulos no le sirven para nada a una mujer. Él la llenará de hijos y tendrá que servirlos todo el tiempo. ¿Y ahora querré que se ponga gorda y ajada? ¡No, amiga…! Si yo quiero lo mejor para vos. Creo que estoy celosa. Pasamos los mejores momentos en mutua compañía. Ahora tendré que soñar y esperar a solas. Si mi ocasión hubiera llegado primero, estarías realmente feliz. Soy una egoísta. Pero, ¿me pasará lo mismo a mí? René te sostenía como si fueras un tesoro y te miraba como si le doliera dejarte. ¡Yo soy la que admite la supremacía masculina! Y seguro que nadie me levantará en sus brazos. ¿Cómo saber que no es mi herencia el atractivo? En cambio, René sólo piensa en Celina. Yo no me habituaría a vivir en un pueblo. Mejor que no resulté la elegida. Cuando vuelva a la ciudad, me voy a Europa. París, Roma. Mejor Roma. Los italianos se enloquecen por las mujeres. O a Brasil. Cuando fuimos a Guaruja, nos seguían como cachorros. Nunca más vamos a ir de vacaciones juntas. ¿Y esa pavada que dijo René antes de alzarla? Sonó como un cacareo. Quiquiriquí… Le voy a preguntar. Anoche tuve el sueño recurrente. Camino por la cueva y me invade el miedo a la oscuridad. Algo me espera al fondo. Me vuelvo corriendo hacia la entrada y lucho por avanzar. Allá está ese hombre con los brazos abiertos. Es extrañamente atractivo, pero no lo conozco en la vida real. ¿Por qué lo sueño siempre? Nunca sabré como acaba esta pesadilla porque me despierto angustiada y con la cara bañada en lágrimas, sin poder decidir entre lo desconocido que me espera al fondo o la espectral figura que me cierra la salida. Esto no te lo conté, amiga. Me fastidiarías para que consulte a un colega. Me voy a cenar abajo así te dejo dormir, no sea que se despierte el quiquiriquí. ¿Qué me pongo?
Abrió su valija y después de pensar un rato, sacó un conjunto de pantalón y suéter celeste que hacía juego con sus ojos. Después de vestirse, se maquilló discretamente y se miró en el espejo con aprobación. Tocaron la puerta y salió al pasillo. La mujer que los había recibido no dudó y le hizo un gesto para que la siguiera. Antes de bajar la escalera, preguntó:
-¿La señorita Celina no va a cenar?
-No. Está reposando. Usted es Rayén, ¿verdad? -había recordado su nombre.
Asintió y la guió hacia la cocina. Era una gran estancia completamente equipada con amplias mesadas y artefactos modernos. Los cacharros que estaban a la vista lucían impecables. La mesa estaba tendida en un ángulo a desnivel dominado por una vistosa box window. A Sofía le encantó el efecto intimista que le conferían las plantas esparcidas a su alrededor. Andrés, Julián, don Arturo y René se incorporaron para recibirla. Ella les prodigó una sonrisa de reconocimiento y se sentó asistida por Julián. Su intuición femenina estaba exacerbada. Presentía una noche donde nadie le disputaría el cetro.
1 (mapuche) niña, mujer joven
2 amuleto
3 (mapuche) ser mitológico responsable de las inundaciones
4 (mapuche) flor
9 -
Los varones resplandecieron con la llegada de Sofía. No era común que en la cocina, reservada para las comidas íntimas, participara una bella mujer. Algunas veces los visitaban Alejandra y Esteban, pero la hermana de Julián no suscitaba la fascinación de lo desconocido. René se había resignado a la ausencia de Celina y desplegó su simpatía con la compañera de la muchacha que le había sorbido el seso. Rayén apareció con una bandeja de tentadoras empanadas que fue ofreciendo a los comensales. Su patrón le agradeció con afecto y ella le sonrió con evidente devoción. Andresito y don Arturo advertían que René se desprendía de la corteza del escepticismo para exhibir la creciente piel de la esperanza. El anciano reparó en que las uniones de su familia se originaron en enamoramientos a primera vista. Su madre mapuche con un huinka1; él con su difunta Claudia; su hijo Antonio con Luján; René con Diana; Sergio con Camila. Amores peleados y duraderos, salvo el de su nieto, quien ahora padecía los síntomas de la pasión. Su enajenamiento era un secreto a viva voz que él no se molestaba en disimular ni los observadores a comentar. Julián dedicaba toda la atención a su ex huésped. La conversación se hizo amena mientras disfrutaban los variados platos que Rayén había preparado en honor a la homenajeada. Su nieto Nahuel, uno de los niños mayores, le había contado la perseverancia de Celina para proteger a todos los infortunados, y ella quiso agradecerle a través de su destreza culinaria. El trehuill2 que había criado se veía feliz. Para Rayén era un hijo más que siempre le demostraba cariño y respeto. Si su abuelo era un hombre recto y justo, René le agregaba el encanto del sentimiento manifiesto. No era como los otros estancieros que menospreciaban a los nativos cuyas tierras poseían. Don Arturo transmitió a sus descendientes las enseñanzas del pueblo de su madre y promovió la convivencia entre las distintas culturas. Asignó puestos de trabajo en función de la idoneidad e impulsó la educación de los aborígenes en pos de una competencia leal. Actualmente más del cuarenta por ciento de sus colaboradores tenía ascendencia mapuche y muchos eran puros, como Jeremías, que había renunciado a tener su propia familia para velar por la del hombre que lo había amparado.
Después de la cena se disponían a pasar al salón de fumar, cuando el ruido de un motor se oyó a la distancia. René observó desde los ventanales hasta divisar un auto que se aproximaba. Salió seguido de Andrés y esperó hasta que el coche estacionara para abrir la puerta del conductor. Bajó una mujer que se apresuró a abrazar a Andrés y luego a su abuelo, con quienes charló un rato antes de dirigirse hacia el interior. Don Arturo se levantó y la recibió con desapego, anunciando a continuación su retirada. Julián fue más efusivo e intercambiaron preguntas sobre sus respectivas familias. Sofía la observaba desde su asiento con atención, en especial por haber saludado a René con un beso en la boca. Era una mujer madura, atrayente, vestida y maquillada con estilo. El estanciero se la presentó como Diana. Les pidió que lo siguieran al salón, donde una vez ubicados en cómodos sillones, volvió Rayén con una bandeja de dulces. Saludó a Diana formalmente al tiempo que René le daba las gracias y le decía que él se ocuparía de servir las bebidas. La recién llegada dijo que apenas se había enterado del accidente quiso venir en avión, pero que el aeropuerto no operaba a causa de la lluvia. Como estaba ansiosa por ver a su nieto personalmente, decidió hacer el viaje en auto, a pesar de que su marido le pidió que esperara al día siguiente para acompañarla. Walter vendría después de dar su conferencia en la Universidad. A medida que pasaba el tiempo se fue distendiendo y prestó atención al relato que Andrés había repetido mil veces. Todos escucharon risueños la descripción del jovencito, que ya se había convertido en una epopeya. René, después de dejarlo disfrutar de su abuela y los dulces, lo mandó a dormir pese a sus protestas. Se despidió de todos y resignadamente subió a su cuarto. Al quedar solos, Diana se interesó en conocer detalles más fidedignos del suceso y se mostró sorprendida y agradecida por la actitud de Celina. Poco después se despidió de todos para ir a descansar. René le dijo que ya estaba el equipaje en su dormitorio y la acompañó hasta la habitación. Sofía, muerta de curiosidad, le preguntó a Julián sobre la mujer. Él le dijo que era la ex esposa del estanciero y que pese a estar separados desde hacía treinta años conservaban una excelente relación de amistad. Ella había vuelto a formar pareja hacía veinticinco años con un médico muy reconocido, que no había podido tener más hijos y que estaba absolutamente apegada a Sergio y Andrés. René, que había ganado la custodia de Sergio después de la separación, la había recibido con su nuevo esposo compartiendo con nobleza la evolución del hijo. Terminaron hablando de la innegable atracción que René sentía por Celina. Julián deseó que ese hombre generoso y bien querido en el poblado, no sufriera una decepción de la que sería difícil reponerse. Sofía habló con calor de su amiga, de la excelencia de su corazón que había quedado bien demostrada, y que ella presumía que el encuentro con René la había impresionado. Por supuesto, omitió contarle algunos detalles. La conversación quedó trunca cuando René volvió. Sofía le preguntó a qué se había referido cuando dijo que no convenía despertarla a Celina. "¡Ah!, -dijo René- me refería a una creencia entre los mapuche que creen que Kai Kai respeta a las doncellas dormidas". Enseguida tuvo que saciar la curiosidad de Sofía, explicándole que su abuelo era mestizo de madre mapuche y padre blanco. Que en su padre, casado con una mujer blanca, ya no se evidenciaban los rasgos aborígenes. Que él mismo no mostraba en su fisonomía huellas de sus antepasados, huellas que habían aflorado en su hijo Sergio. Se levantó y trajo un retrato que había sobre una repisa. Correspondía a un joven de bellas facciones indígenas, donde se podía apreciar la nariz aguileña de don Arturo y la distinguida expresión de Diana. Sofía se quedó paralizada mirando la fotografía del hombre de su pertinaz pesadilla.
1 (mapuche) hombre blanco
2 (mapuche) cachorro
10-
Nuevamente despertó en ámbito desconocido. No eran las paredes blancas del hospital sino que estaban pintadas de un suave lila que los rayos del amanecer aterciopelaban. Se incorporó y vio que estaba vestida y cubierta con una manta hecha en telar. Sofía dormía en la cama contigua con el pelo rubio desparramado sobre la almohada y los brazos fuera del cobertor. Llevaba puesto su camisón preferido, por lo que se preguntó por qué ella se había acostado vestida. Lo último que recordaba era haberse subido a la camioneta y la somnífera calidez del interior. Después, nada. Se movió con sigilo para no despertar a Sofía y buscó el baño. El recinto se abría detrás de una puerta de madera escindida por un recuadro de vidrio difuso. En la entrada, dos estilizados armarios flanqueaban la mesada de mármol rosado que contenía el lavatorio. Al fondo, detrás de una mampara plegada, asomaba una amplia bañera. Descartó el baño de inmersión y examinó el contenido de los muebles, separando toallas y una bata con la que se cubrió después de la ducha. Sofía seguía durmiendo. Como su equipaje no estaba a la vista, abrió la puerta derecha del guardarropa empotrado donde vio colgadas las prendas de su amiga. A la izquierda estaba la suya. Se acercó al espacioso balcón suspendido sobre un exuberante jardín que se extendía hasta un muro de piedra, para sondear la temperatura. Estaba fresco pero el sol anticipaba un día caluroso. Se vistió con un jean, una camisa a cuadros, una campera símil cuero y zapatillas cómodas. Recién ahora miró el reloj que estaba sobre el televisor. Eran las seis de la mañana y desistió de llamar a Sofía. Cuando decidió abandonar la habitación, sonó un discreto golpe. Abrió la puerta a una mujer indígena que le sonrió inmediatamente. Ella le devolvió la sonrisa.
-¿Señorita Celina? -inquirió.
-Soy yo. ¿Y vos...? -dejó la pregunta en suspenso.
-Rayén, abuela de Nahuel, uno de los chicos que iba en el ómnibus.
-Encantada, Rayén. ¿Qué se puede hacer aquí a las seis de la mañana? -le espetó, esperando atajar las demostraciones de reconocimiento.
La mujer pareció comprender su deseo, porque sólo dijo:
-¿Quiere desayunar ahora? Don Arturo y el señor René ya están en la cocina.
-¡Será un placer! -expresó, sintiendo que su estómago se lo agradecía.
Rayén le hizo un gesto para que la siguiera y Celina fue tras ella. Cuando llegaron le indicó donde estaba dispuesta la mesa. La joven se acercó, saludó a los hombres que se levantaron cortésmente, y se acomodó con la asistencia de René sin sentir ningún escozor por el primer encuentro. Estaba embelesada con el lugar que brillaba a la luz del día naciente. Contempló desde el ventanal las plantas, el movimiento de hombres, animales y maquinarias. Los comensales la observaban sin interrumpirla. Salió de su abstracción para poner los ojos en la mesa.
-Este pastel luce delicioso -dijo, mientras tendía el pocillo hacia la cafetera que levantaba René.
-Es una de las recetas especiales de Rayén preparada en tu honor -explicó con humor- ¿Leche?
-Sí. Un chorrito.
Celina tomó un trozo de pastel y lo saboreó. Era realmente exquisito. Aprobó con el gesto y un sonido de fruición. Mientras tomaba el café, intervino Don Arturo:
-Su presencia, hue malén, es una ofrenda de los dioses. Los niños crecerán y Rayén nos ha vuelto a deleitar con su cocina.
Ella se rió divertida. Sus ojos se cruzaron con los de René y se sintió insegura de igualarse a la mujer que se reflejaba en ellos. Se dirigió al anciano:
-Es la primera vez que veo tantos… -eligió las palabras- descendientes de mapuche. ¿Pertenecen a alguna reserva?
-¿Se refiere a los sitios donde se conservan las especies en extinción? -el viejo estanciero formuló la pregunta con cierta dureza.
-¿Acaso no es nuestra costumbre de raza superior? -demandó Celina un poco molesta por la ironía.
Don Arturo notó la irritación de la joven pero decidió agotar la exploración de su carácter.
-¿Se considera integrante de una raza superior, hue malén? -formuló la pregunta con seriedad.
-En realidad, pertenezco a una especie que desearía haber nacido en la época de concierto con la naturaleza -confesó con nostalgia. -Luego, desafiante -disculpe mi desconocimiento, don Arturo, pero mi pregunta no apuntaba a descalificar a nadie.
René presenciaba la discusión sin intervenir. Le gustaba el temperamento de la muchacha y no dudaba de su probidad. Su abuelo, poco acostumbrado a ser cuestionado, aceptó el legítimo reclamo de Celina:
-Discúlpeme usted, hue malén, por haber olvidado el motivo de su presencia. No estoy familiarizado con los descendientes de su especie -terminó remedándola.
La joven dio por finalizada la polémica y le preguntó con curiosidad:
-¿Qué significa güemalén?
- Mujer joven, o niña -respondió el anciano.
Celina dijo, halagada:
-Es muy lisonjero de su parte. Ya comprobará que soy merecedora de un nombre mapuche -le dijo con un mohín cautivador que aceleró el corazón de René.
Don Arturo tampoco se sustrajo al encanto de la joven. Inclinó la cabeza con una sonrisa de aquiescencia y antes de que abriera la boca para contestar, fue truncado por la irrupción de Diana:
-¡Buenos días a todos! -saludó de buen talante.
Antes de que le respondieran, se había sentado al lado de René, quien presentó a las mujeres:
-Celina, ella es Diana, la abuela de Andrés. -Se volvió hacia su ex esposa y le informó- Diana, ella es Celina, la heroína de Andrés.
Diana lo había supuesto porque no era la misma muchacha que había conocido la noche anterior. Al escudriñar el semblante de René pensó que no sólo era la heroína de su nieto. Un leve aguijonazo de celos punzó una región sepultada de su pasado donde atesoraba la quimera de ser una mujer inolvidable.”Hasta ahora”, se dijo tratando de aceptar el desplazamiento. Una expresión de gratitud substituyó la oleada de pensamientos:
-Te agradezco el cuidado de mi nieto, Celina, y contá conmigo para cualquier cosa que necesités -le expresó con total sinceridad.
-Lo tendré presente -respondió la joven.
La actitud de Don Arturo había cambiado desde que se presentó Diana. Era evidente que interponía una distancia emocional que le sugirió a Celina diferencias no resueltas. Si era la abuela de Andrés, debía ser la mujer de René. La deducción la devastó. El hombre, que no perdía de vista el rostro anhelado, se alarmó ante el desvalimiento que revelaba su mirada. La reciente seriedad de Celina contrastaba con la charla animada de Diana.
-Antes de bajar a desayunar hablé con Walter, que se estaba preparando para viajar. Así que llegará al mediodía -se dirigió a René.
-Perfecto -respondió, apremiado por apartar a Celina y averiguar qué le pasaba- ¿Te gustaría visitar las caballerizas?- se dirigió inequívocamente a la invitada.
Ella salió de su abstracción ante la pregunta:
-¡Me encantaría! -aceptó con entusiasmo recuperado.
El hombre resplandeció. Don Arturo presenciaba el ancestral cortejo del macho ante la cauta hembra. “Al fin y al cabo ni la especie humana se escapa de los mandatos naturales”, sentenció complacido.
Mientras Diana seguía desayunado, los tres se levantaron de la mesa y salieron al exterior. Celina primero en su calidad de dama, no se enteró del gesto alarmado de René cuando se topó con un perrazo amarronado y blanco. Confiadamente le acercó una mano para que la olfateara, mientras le hablaba:
-¡Hola, don perro! Encantada de conocerte. ¿Podemos ser amigos?
Mientras René miraba la escena con el alma en vilo y dispuesto a estrangular a Ronco si se animaba a tocar a la joven, ella se acuclilló animada por la actitud tranquila del animal:
-¡Me parece que sí! Mi nombre es Celina -le dijo sonriente y acarició la cabeza del perro.
Para asombro de los estancieros, Ronco movió la cola, lamió la mano de Celina y se tumbó patas arriba para que ella lo mimara. La muchacha, regocijada, lo rascó por un rato. Después se levantó y miró a los hombres preguntando:
-¿Cómo se llama este perrito?
-Ronco -alcanzó a decir René con voz homóloga al nombre del animal.
Todavía no lo abandonaba la perplejidad ante la conducta del perro. No había considerado un encuentro porque anoche le había pedido a Jeremías que se lo llevara en su día franco, sin imaginar que se escaparía. La tranquilidad lo embargó pues Celina había sorteado el escollo de la no aceptación. Se sentía exultante como si este acontecer confirmara lo acertado de sus sentimientos. Se despidió de su abuelo y enfilaron hacia un gran galpón. En el camino encontraron a varios hombres que los saludaron con deferencia.
Celina caminaba en silencio no pudiendo apartar de la mente a la hermosa mujer de René. Él le indicó que se detuvieran. Ante la mirada interrogante de la mujer, dijo:
-¿Hubo alguna situación que te molestara? ¿Fue el cambio de ideas con mi abuelo? -la ansiedad impelía las preguntas.
-¡Oh, no! Creo que no quedó ningún malentendido con tu abuelo. Sólo me preguntaba que dirá tu mujer por haberla dejado sola…
René la miró atónito. Cuando se dio cuenta de la confusión de la joven, una limpia carcajada arrastró su inquietud y avivó su ilusión amorosa. Ella lo observaba recelosa. Cuando el hombre recuperó la compostura, le aclaró:
-¡Mi ex mujer! Hace treinta años que estamos separados y Diana lleva más de veinte con su pareja actual.
El rubor que le coloreó las mejillas fue la mejor respuesta a la preocupación de René. Jubiloso, la enlazó amigablemente de la cintura para instarla a caminar. Celina se sentía empequeñecida al lado de la alta figura masculina y se cuestionó puerilmente no haberse calzado las botas. Llegaron a la puerta del establo donde estaba sentado un joven que también los saludó. Había dos hileras de diez boxes cada una, ocupadas en su mayoría. La joven miró a los espléndidos ejemplares y caminó despaciosamente entre ellos. Se acercó a un equino de pelambre caoba que llamó su atención. Esperó que se aproximara a la puerta y acercó la mano a su cabeza. El animal se dejó tocar mansamente y ella acarició la testa y los belfos. René miraba divertido la elección de un potro alazán, como si buscara que armonizara con el color de su cabello. Celina le preguntó:
-¿Cómo se llama?
-Amigo -respondió René
-Es un nombre sugerente -dijo ella con suavidad- ¿Está listo para montar?
Él asintió. Abrió la puerta y lo llevó afuera llamando al muchacho para que lo alistara mientras él se ocupaba de su montura. Listas las cabalgaduras, se acercó a Celina para ofrecerle ayuda, pero ella montó con un diestro movimiento que inmovilizó las palabras en su boca. Subió a su caballo y la mujer lo siguió. Cabalgaron por un trecho hasta que René no tuvo dudas de la pericia de la joven. Puso su yegua al galope y Celina se emparejó con él. Corrieron campo afuera escoltados por Ronco que se ajustaba con ductilidad a la marcha de los caballos. El estanciero sofrenó su montura cerca de un conjunto de árboles.
- Mis hombres me esperan. Allá está la casa de Jeremías que será tu anfitrión hasta que pase a buscarte -le dijo sin hacer lugar a ninguna protesta.
Ella aceptó orientando su zaino hacia la alameda. René esperó hasta perderla de vista y luego se alejó seguido por Ronco.
11-
Sofía esperaba con ansias el regreso de su amiga. Miró el reloj pulsera ratificando que ya eran pasadas las trece. Hacía horas que aguardaba la vuelta de Celina, única tregua para su mente calenturienta. Tenía que confiarle la revelación de la noche pasada aunque debiera soportar que la recriminara por reservarse su sueño. Después de luchar contra el insomnio, se había quedado dormida como una piedra, tan insensible que no la escuchó levantarse ni salir. Cuando despertó a las nueve y bajó a la cocina, Rayén le preparó el desayuno y le informó que Celina se había ido con René. ¡Dichosa ella que podía ilusionarse con su hombre! En cambio, Sergio le estaba completamente prohibido. Debería irse del pueblo cuanto antes, pero no quería estorbar la posibilidad de su amiga. Escuchó el galope de caballos y vio que René y Celina sofrenaban sus monturas a la entrada de la caballeriza. René desmontó y estiró los brazos para recibir a la joven. A la distancia, a Sofía le pareció que él la sostenía unos instantes de los hombros. Hablaron algo y Celina asintió con la cabeza. Mientras se dirigían hacia la casa un muchacho se ocupó de los animales. Sofía les salió al encuentro recibiendo el saludo de René y un efusivo abrazo de su amiga.
-Vamos arriba -le susurró Celina.
-Tenés que llamar a tu mamá que ya habló tres veces -dijo Sofía rápidamente. Antes que su amiga pudiera contestar, prosiguió -en el dormitorio hay un teléfono. Hablale ahora que se muere de impaciencia.
René le preguntó a Celina:
-¿Seguro que estás bien?
-Sí. Llamo a mi madre y bajo.
Él la miró dudoso pero asintió. Las amigas entraron a la casa y subieron al cuarto sin cruzarse con nadie, evento que ninguna deseaba. Clausuraron la puerta tras de sí y se sentaron enfrentadas en el borde de las camas. Sofía habló primero:
-Lo de tu mamá era verdad. Llamala ahora para no tener que interrumpirnos.
Celina se estiró sobre la cama y acercó el teléfono. Cuando su madre atendió estuvo un buen rato convenciéndola que todo estaba bien y le prometió llamarla con frecuencia. Colgó con un suspiro de alivio. Volvió a carearse con su amiga:
-No sé quién va a empezar, pero sospecho que tenemos cosas que decirnos -afirmó con certidumbre.
-Primero vos, que llegaste tan acelerada -concedió Sofía.
-Bueno. Supongo que después de tanto dormir, me despabilé espontáneamente. Era tan temprano que no quise despertarte, y cuando estaba por bajar, apareció Rayén para llevarme a desayunar. -Hizo una pausa- En la cocina ya estaban René y don Arturo. Charlamos, comimos, conocí a Diana, creí que era la mujer actual de René y esta creencia me deprimió tanto que tomé conciencia de cuánto me importa este hombre -le confesó sin ambages.
Sofía, que seguía el relato con interés, sorprendió un destello de indefensión en la mirada de Celina y la abrazó con franqueza. Su amiga se abandonó a la caricia por un momento y luego se separó con una sonrisa de reconocimiento. Retomó la palabra:
-Camino a la caballeriza, conocí a su perro, me enteré de que hace treinta años está divorciado y pude elegir un hermoso alazán para montar. Lo acompañé hasta las inmediaciones de la casa de Jeremías y allí nos separamos con la consigna de que pasaría a buscarme para almorzar. Te digo que me daba un poco de apuro visitar al capataz tan temprano, pero se ve que es madrugador porque estaba en la entrada de su casa como esperando.
-¿Jeremías vive en el pueblo? -preguntó Sofía.
-No. En medio del campo. En una casa de aspecto tan sólido como él. Me invitó a pasar y tomamos unos mates. Hablamos del lugar y sus bellezas naturales, de las tierras que pertenecieron a su raza y de la infamia de los hombres blancos -rectificó- en realidad, este tema lo saqué yo, porque quería averiguar que opinaba de René.
¿Y qué sacaste en limpio? -terció su amiga.
-Que le tiene una fidelidad incondicional. Más que a don Arturo, a quien confesó que le debe la vida.
-¡Intimaron en muy poco tiempo, por lo que veo! -dijo Sofía, admirada.
-Demasiado poco para comprenderlo. La charla se fue enrareciendo a medida que él articulaba el presente con el pasado y acentuaba el uso de términos aborígenes. Algunos parecían halagüeños, otros, un poco siniestros. -Quedó pensativa. -Es lo que a mí me pareció, porque no llegó a traducirme ninguno.
-¿Te intranquilizó en algún momento? -le preguntó Sofía.
-Sí. Cuando me dijo que estaba escrito que René debería expiar su amor por mí. ¿Es tan obvio lo que siento? -exclamó consternada.
Su amiga levantó las cejas sin contestar. Celina no pidió explicaciones y avanzó:
-Dijo que la machi que le debía la vida lo había comprometido para un destino inexorable que lo separaría de la mujer que amaba. Que él aceptaría con alegría su sino a cambio de un momento de eternidad. Le pregunté a qué se refería con un momento de eternidad, y sólo me respondió “ámelo, hue malén, y comprenderá” -se detuvo buscando una respuesta en los ojos de su amiga que le devolvieron la misma incertidumbre.
Sofía hubiera querido aliviarla, pero sus recursos humorísticos se habían agotado en el largo desvelo. La invitó a seguir con un gesto.
-A partir de aquí sucedieron cosas que no vas a creer fácilmente. Me sobresaltó el relincho asustado de Amigo, el caballo que había dejado pastando, y me levanté al instante para ver qué le pasaba.
-¿Qué le pasó? -Sofía no pudo reprimir la pregunta.
-Jeremías me advirtió que no fuera, pero ¿cómo iba a desoír ese grito? Corrí hacia el bosquecillo que estaba a la derecha de la casa, desde donde estaba segura que provenía el relincho mientras Jeremías seguía gritando que me volviera.
-¿Y no te asustó la insistencia del hombre? -recalcó inquieta su amiga.
-Algo me decía que el animal estaba en peligro. Me armé con una rama que encontré en el camino y seguí internándome entre los árboles. Otro bufido me guió hasta que me encontré con una mujer en un espacio libre de vegetación -dijo esto de un tirón y aspiró para cargar sus pulmones.
-¿Una mujer ahí…? ¿Cómo era? ¿Qué estaba haciendo? -Sofía estaba trastornada.
-Era como de sesenta años y vestía como una india -vaciló un momento como si quisiera recordar el orden de las preguntas- La mujer comenzó a hablar en su lengua con un ritmo que crecía con la misma velocidad que la violencia de su mirada…
Sofía la interrumpió con las pupilas dilatadas:
-¿Estás hablando de una bruja…?
Celina se encogió de hombros:
-Sentí que algo malo iba a pasar. Escuché que alguien se abría paso entre el follaje y pensé en Amigo. El alivio me duró poco porque apareció un inmenso puma, o tigre liso, o fiera parecida. Te juro que ensoñé con mi muerte entre las fauces de una bestia invocada por una hechicera arrepentida.
-¿Vos también soñaste? -prorrumpió Sofía asombrada por la coincidencia.
La mirada desorientada de su amiga evidenció su intervención inoportuna:
-¡Cómo vas a soñar que te morís tan trágicamente! -la provocó.
-¿Qué importa la forma si estaba desconsolada por no haber experimentado el significado del amor…?
-evocó Celina con pena- ¡Tenía miedo!, pero los otros sentimientos eran tan fuertes… -ocultó el rostro entre las manos.
Sofía la miró comprensiva y le acarició la cabeza. Cuando la vio más tranquila, le dijo con humor recuperado:
-Colijo que el puma no te comió porque estás en un solo pedazo, hermana. ¡Ansío que me cuentes el final! -agitó los brazos con la urgencia de una nena caprichosa.
El exabrupto de su amiga le devolvió a Celina la percepción de la realidad. ¿En qué mundo mágico la habían incrustado? Continuó:
-Allí estaba yo, entregada y llorando como una Magdalena, cuando el animal se aprestó a saltar. Me imagino la imagen que presenció René cuando apareció como un paladín para rescatarme.
-¡Ay, como en las películas! -se deleitó Sofía enlazando los dedos bajo la barbilla.
-Una protagonista llorosa, paralizada y empuñando una rama grotesca… -dijo Celina con sorna- debe quererme demasiado para desmontar interponiendo su cuerpo entre el tigre y yo. Quedé pegada a su espalda y lo que sigue es relleno de mi imaginación.
-¿No me querés contar la verdad? -se afligió Sofía.
-¡No, taradita! Te dije que estaba detrás de él y me tapaba la visual. Pareció que el animal y el hombre midieron su poderío hasta que la bestia inclinó la testuz y se retiró como un gatito.
-¡Es increíble, Cel! ¿Y la bruja?
-A eso iba -aprobó Celina- la mujer lanzó un grito de desaliento y pareció suplicar en su idioma cosas que René negaba con el gesto y las palabras. Todo terminó cuando él se acercó y la tomó de las manos. Lo que le dijo le arrancó lágrimas y, como el tigre, desapareció entre los árboles.
-¿Qué habrá dicho ella? ¿Acaso era una amante frustrada? No, era muy vieja. ¿Era la madre de una amante indígena? ¿Era…? -el gesto de Celina detuvo las sospechas disparatadas de Sofía. Con gesto grandilocuente, resumió:
-René se volvió y me tomó entre sus brazos y no pasó nada más porque apareció Jeremías.
-¡Qué oportuno! -se enojó Sofía- Se presenta cuando terminó la acción.
-Y colorín, colorado, este cuento ha terminado -concluyó Celina, ya recobrada la calma.
-Por eso te preguntó como estabas y no te quería dejar... Me parece que no confía demasiado en mi protección -rió su amiga.
-Contame lo tuyo antes de que aparezca Rayén -le dijo Celina.
-Yo también encontré al hombre de mis sueños. Literalmente -aclaró Sofía para impresionarla. Como su compañera la seguía mirando sin extrañeza, subrayó- dije al hombre de mis sueños. ¡Que aparece siempre en mis sueños nocturnos! Desde que recuerde. Y sí, nunca te lo comenté para no lidiar con tu escepticismo -ahora la había interesado.
-¿Tenés sueños recurrentes? -ya nada le parecía extraño.
-Sí, con un hombre que nunca había visto hasta anoche en la casa de René -la miró con una seriedad ajena a su carácter alegre.
Celina presintió problemas. Y se materializaron cuando Sofía contestó a su pregunta:
-¿Quién es?
-Sergio, el hijo de René.
12-
A Celina le costó asimilar la gravedad de la confesión de Sofía. Las muchachas se sobresaltaron cuando Rayén golpeó la puerta anunciando el almuerzo. Se miraron en silencio sabiendo que deberían postergar el inevitable careo hasta después de la comida. Celina entró al baño para refrescarse un poco y después bajaron a la cocina donde ya las esperaban los demás. Ambas se veían tan despreocupadas que ni René hubiera podido imaginar la conversación que habían sostenido.
-¿De modo que ya tienen planificada toda la semana? -afirmó, más que preguntó, Diana.
Las amigas traslucieron sorpresa. Antes de que pudieran responder, la mujer las informó como si hubiera preparado el itinerario:
-Por lo que sé, mañana las llevarán a visitar el lago Tig, el viernes habrá un asado en honor a Celina para que la conozcan los lugareños, y el sábado visitarán la Gran Cueva. Y ¡sorpresa! Mañana conocerán a Sergio y a Camila, que están viajando para no perderse el agasajo -miró de lleno a Celina, y le tomó las manos- ¡querida!, mi hijo no se habría perdonado el agradecerte personalmente.
Las jóvenes se turbaron. No habían esperado encontrarse tan pronto con otro desafío. René, molesto por la indiscreción de Diana, ahondaba en la expresión de las mujeres. Lo consternaba la precipitación de su ex mujer, ya que él hubiera querido transmitirles los planes a sus huéspedes.
-¿Así que conoceremos a tu hijo? -Celina lo miró con circunspección.
-Sí. Sergio habló esta la mañana desde el avión -le aclaró.
-¿Cuándo llegará? -preguntó Sofía con tono casual.
-Mañana a la noche. Por lo que Javier las acompañará a la excursión del lago -contestó Diana.
Celina se sentía cada vez más incómoda ante la actitud dominante de Diana. Se preguntó por qué el ex marido no reaccionaba. Su espíritu indócil le dictó una decisión que nunca antes hubiera sido inconsulta:
-Tendrás que avisarle a Javier que postergue la salida. Tenemos otros arreglos para mañana -habló directamente con Diana, como si René no estuviera presente.
Don Arturo y Andrés se concentraron en la comida dejando que su pariente terciara entre las mujeres. A René no le sorprendió la rebeldía de Celina pero sí la intrusión de Diana. La declaración de su damisela provocó un tic de asombro a las otras Evas. Antes de que pudieran reaccionar, dijo René:
-El responsable del programa soy yo. Creí que les gustaría conocer dos lugares típicos de la localidad. En cuanto al asado -se dirigió a Celina- es la forma más llevadera de recibir el agradecimiento de padres y parientes.
La joven aspiró profundamente y bajó un poco la cabeza. René le levantó el mentón con delicadeza mientras demoraba la mirada en su rostro.
-Es un compromiso ineludible, querida -le dijo suavemente.
Diana y Sofía se habían unido a la unción de Andrés y don Arturo por la comida. Celina se echó hacia atrás para interrumpir el contacto de su barbilla con los dedos del hombre y Rayén, que estaba inmovilizada sosteniendo una bandeja cerca de la mesa, se puso en movimiento como si se hubiera roto un sortilegio. Le sirvió a Celina una porción de carne y verduras, que ella agradeció con una sonrisa. Don Arturo recuperó la palabra:
-Me han dicho, hue malén, que es una experta amazona.
-He montado desde niña y siempre que puedo voy a un club de equitación -dijo Celina con modestia.
-¡Lo más extraordinario, es que Ronco le rindió pleitesía! -clamó Andrés.
Diana se rió:
-¿De dónde sacaste ese término?
-Es lo que le hacen a los héroes de Logodor -dijo su nieto con suficiencia.
Todos sonrieron y el ambiente se distendió. Rayén volvió con un cuenco de frutas maduras que fue elogiado y saboreado, tras lo cual el grupo se dispersó. René fue reclamado por un peón y salió con Don Arturo y Andrés; Diana se retiró a descansar para "estar presentable" cuando llegara Walter y las amigas decidieron explorar el entorno de la estancia para encontrar un lugar solitario donde charlar. Rayén les indicó una senda que conducía al arroyo Neike donde, les dijo, podrían disfrutar de una buena sombra. Caminaron sofocando las ansias de conversar hasta estar alejadas de la casa. Encontraron el curso de agua al final del sendero, bordeado por sauces y una pródiga vegetación. El lugar tenía un encanto bucólico que invitaba a la meditación o a compartir su placidez en buena compañía. Las chicas se descalzaron y se sentaron al borde del arroyo con sus pies sumergidos en el agua fresca. Se miraron con cariño y Sofía dio comienzo a su relato:
-No te enojes porque nunca te haya contado el sueño, o más bien la pesadilla -dijo, sintiendo que en ese lugar perdía su connotación siniestra.
-No me enojo -contestó Celina- pero a lo mejor hablarlo lo hubiera hecho desaparecer.
-¿Ves? Yo sabía que sacarías conclusiones psicológicas y me terminarías mandando a un loquero.
-¡Qué exagerada! -dijo su amiga con una carcajada- pero ahora contame cómo viste a Sergio en casa de René si recién llegará mañana.
-¡Ah, sí! Me enseñó una fotografía mientras me contaba la historia de su familia. Tuve una noche de insomnio y me dormí a la madrugada. Por eso no te escuché cuando saliste.
-Y tu pesadilla, ¿de qué se trata? Para entender... -aclaró.
Sofía sonrió lánguidamente:
-Me parece haberlo soñado siempre. Estoy caminando por una cueva oscura y me vuelvo hacia la salida porque presiento que algo malo me va a pasar. Pero en la entrada está un hombre pálido con los brazos abiertos en cruz como si me esperara para protegerme, o para cerrarme el paso.
-¿Y qué pasa? -pregunta Celina concentrada en el relato.
-¡No lo sé!, porque siempre me despierto antes... -con tono atemorizado- ¡Pero ahora ese hombre existe en mi pesadilla y en la vida real!
Su amiga la ve tan atormentada que trata de calmarla:
-Sofía, el parecido es sólo casualidad.
-¡No es casualidad! -grita Sofía con fiereza- tengo sus facciones grabadas de soñarlas tantos años.
-Está bien. Calmate. Supongamos que esa pesadilla sea una premonición. No sabés que significa. Tal vez, que no debés acabar en sus brazos porque no es un hombre libre -Celina trató de encontrar una explicación racional.
-¡No lo sé! Pero me temo que si lo veo, no pueda separar la realidad del sueño -dijo pesarosa.
Celina la abrazó para aliviar la congoja de su amiga. Después le manifestó con firmeza:
-Esperaremos a que se cumpla el encuentro. Según ocurran las cosas, decidirás. Estoy segura de tu rectitud, aunque algunas veces te escapés por la tangente -le hizo una mueca cómica, para que su compañera apreciara el chiste.
Sofía valoró el esfuerzo de su amiga para confortarla. Encontró que sus últimas palabras eran muy razonables y enfocó su energía hacia la actitud positiva tan propia de ella. La observó con una sonrisa y le soltó:
-¿No tenés nada que preguntarme de anoche?
-¿Anoche? No me acuerdo de nada -dijo Celina desconcertada.
-¡Vamos! ¿Y no tenés ninguna curiosidad, vos, que sos tan controladora? -insistió su amiga.
-Lo único que me llamó la atención, fue que me acosté vestida -recordó.
-Porque te dormiste en la camioneta y fue imposible despertarte. De modo que René aprovechó para llevarte en brazos -dijo Sofía deliberadamente.
Celina inclinó la cabeza con su gesto típico para fijar la atención.
-¿No estás siendo maliciosa? -manifestó, con un visaje de sus labios que contradecía el tono de la pregunta.
-Si es malicioso observar que le costó un duelo soltarte...
-Amiga, hablemos en serio. Ya estoy más que confundida. Nos pasaron en dos... tres días, lo que no nos pasó en años -Celina suplicaba con la voz y con los ojos.
-¿Y por culpa de quién, eh? -la mirada afligida de su amiga la hizo reaccionar- ¡Era una broma, Cel! No te pongas así... Ya sabés que soy una tonta -le dio un beso sonoro en la mejilla.
-¿Me llevó en brazos hasta el dormitorio? -le preguntó como si recién se lo hubiera dicho.
-Sí. Y te depositó como si fueras de cristal. Y te cubrió con la manta. Y te miró tan largamente que me morí de envidia -confesó Sofía sin sonrojarse.
-¿Pensás que está enamorado de mí?
-Lo sé. ¿Y vos, que sentís?
-Que, como se dice vulgarmente, me atrae como el abismo. ¿No es muy poco tiempo para sentir tanto? -el momento de eternidad citado por Jeremías regresó a su memoria. Lo proscribió estremecida.
-Como te dije, aguardemos los acontecimientos -se volvió hacia Sofía- ¿no tenés calor?
Se inclinó hacia el arroyo y la salpicó, lo que tuvo una rápida respuesta por parte de su amiga. Jugando y riendo las encontraron Andrés y los niños rescatados que venían a saludar a Celina y que, olvidando el protocolo, se unieron inmediatamente al bullicio.
13 -
Dio las últimas indicaciones y dejó a Jeremías a cargo. Deseaba hablar con Diana antes de la llegada de Walter. Tenía una suposición acerca de su atípica conducta y estaba relacionada con su inclinación hacia Celina. No figuraba en el firmamento de Diana la posibilidad de que él se volviera a enamorar. Había construido un cosmos perfectamente equilibrado en cuyo centro reinaba la madre, la abuela, la ex mujer y la esposa actual. Si alguna pieza cambiaba, temería que ese mundo se desmoronara. René quería que no hubiese malentendidos que perturbaran a Celina. Ronco viajaba en el asiento del acompañante sacando la cabeza afuera y ladrando circunstancialmente a los perros más grandes, que perseguían a la camioneta por trechos. Estacionó delante de la finca y su compañero saltó hacia el sendero que llevaba al arroyo. Al entrar a la casa le preguntó a Rayén por Diana. Subió a los dormitorios y golpeó su puerta hasta que una voz adormilada le respondió y le autorizó la entrada. Diana estaba metida en la cama y palmeó el borde para que se sentara.
-¡Qué visita sorprendente! -le dijo cuando él se acomodó- ¿Qué reto me merezco?
El hombre sonrió porque siempre le sorprendía comprobar que bajo esa apariencia mundana se ocultaba un cerebro despierto.
-No sé que habrás hecho para esperar un reto… -le respondió.
-Creo que pasarme de lista durante el almuerzo, ¿no?
-Algo de eso. No es necesario que te preocupes por revalidar tu lugar en esta casa. Te pertenece por haber sido mi esposa y la madre de Sergio, y cualquier persona sensible lo aceptará -su tono era contundente.
-¿Como Celina, no? -afirmó contrariada.
-Diana, Celina no puede desplazarte de ningún territorio. Sólo es la mujer que amo.
-¿Que amás? ¿Y te diste cuenta en tres días? -su tono era de incredulidad.
-Es más tiempo que el que nos tomó enamorarnos, ¿te acordás? Y ahora tengo varias décadas más -afirmó calmoso.
-Ese es otro punto. ¿Te das cuenta que es menor que nuestro hijo? -su tono sonaba admonitorio.
-Ya lo pensé. Pero me importa un pito -declaró campante.
Diana se sentó y quedaron enfrentados. Le puso las manos sobre los hombros y buscó sus ojos:
-Estás realmente enamorado -dijo después de interpretar su mirada.
-Sí, muchacha. Y no voy a malograr este prodigio.
-¿Sabés? Si te hubiera imaginado así a los cincuenta, todavía estaríamos juntos -manifestó sin ambigüedad.
René sintió que las palabras de Diana no eran intrascendentes. Tal vez en otra circunstancia hubieran cicatrizado la herida que Celina había borrado. No conocía la piel de la muchacha ni el sabor de su boca ni los accidentes de su cuerpo, pero en su imaginación no eran comparables a ninguna experiencia vivida. Eso no se lo podía revelar a la mujer que acababa de confesarle un anhelo imaginario. Se levantó de la cama y la besó suavemente en los labios. Ella comprendió que era la despedida definitiva a la aspiración que mantuvo enmascarada durante treinta años.
Apenas quedó sola se levantó y se preparó para la llegada de Walter. Pensó que su pareja no merecía que ella ocupara su atención con otro hombre, aunque fuera su ex marido. Su amor y apoyo incondicionales la habían ayudado a recuperar a su hijo y gozar del encanto de su nieto. No estaba dispuesta a destruir este presente por una falacia de su pensamiento. Que René gozara con su Celina mientras no la privaran de frecuentar la estancia. Se arregló cuidadosamente y se instaló en el cuarto de fumar para esperar a su marido. Rayén apareció al rato para ofrecerle un café.
-¿Adonde está Andrés? -preguntó ansiosa de ver a su nieto.
-Se fue con todos los chicos a buscar a Celina.
-¿Y adónde está Celina? -se interesó.
-Se fue al arroyo con su amiga -contestó Rayén.
Diana hizo un gesto de asentimiento y se volvió hacia los amplios ventanales para observar la entrada. Distinguió el auto de Walter y se levantó para salir. En la galería se encontró con René y se sonrieron amistosamente. Walter detuvo el coche y fue recibido por su mujer con un amoroso beso. Teniéndola por la cintura, estrechó la mano de René.
-¡Hola, camarada! La voy a mandar más a menudo. Se ve que el aire de campo la vigoriza -dijo alegremente.
-Mi casa es tu casa.
-¿Y adónde está mi nieto? -preguntó Walter.
-Con la Mujer Maravilla -se le escapó a Diana.
René subrayó deliberadamente:
-¿Con Celina?
-En el arroyo. Me lo acaba de decir Rayén -respondió velozmente.
Su ex marido sacudió la cabeza y sonrió divertido. Le pidió:
-Ayudalo a Walter a instalarse mientras yo voy a buscarlos.
-Seguro. No te demores -agregó, con una sonrisa candorosa que sólo engatusó a su esposo.
René hizo un gesto de despedida y enfiló hacia el camino que conducía al arroyo. Antes de llegar escuchó los gritos y la risa de los niños y el ladrido de Ronco.
Cuando los divisó, se paró junto a un árbol para disfrutar del espectáculo que brindaban las jóvenes chapoteando con los chicos mientras el perro, ladrando, iba y venía por la orilla. Se habían dividido en dos bandos capitaneados por cada una de las amigas. Celina y Sofía sostenían sendos tachos donde los chicos arrojaban guijarros que más de una vez rebotaban sobre las cabecillas. Ambas se habían arremangado los pantalones para ubicarse en el medio del curso de agua y festejaban cada vez que un miembro de su pandilla acertaba en el recipiente. El hombre decidió intervenir para que el fresco del ocaso no enfermara al grupo alborotador:
-¡Hola a todos! -gritó para hacerse escuchar.
Ronco fue el primero en reaccionar, corriendo hacia su amo. Andrés lo siguió y luego los chicos mayores. Las amigas, con el sol de frente, hicieron una visera con sus manos hasta reconocerlo.
-Llegó tu abuelo Walter -le informó a su nieto.
-¿Me trajo el equipo de buceo? -preguntó esperanzado.
-Andá a ver -propuso René.
Andrés salió desbocado con los mayores pegados a sus talones. René se concentró en las amigas. Mientras salían del agua, los más chiquitos seguían tirándoles piedritas. La primera en llegar a la orilla fue Celina que alzó en sus brazos a una gurrumina mapuche y le hizo cosquillas para que soltara los proyectiles. Las dos terminaron en el suelo entre risas. Sofía buscó sus zapatillas y sacudió los pies para que se le secaran mientras los más pequeños la imitaban. René se agachó para quedar a la altura de Celina y se quedó embelesado admirando su rostro, sonrojado por un sol que se empecinaba en resaltar las pecas y arrancar reflejos al pelo alborotado. La mujer hizo un gesto retador ante el franco escrutinio:
-Me veo como la bruja del arroyo, ¿no?
La expresión de René obvió cualquier comentario.
-¿Los habitantes de la gran ciudad se bañan vestidos? -preguntó al terminar el examen.
-Sí. Especialmente cuando un perro te disputa el tacho -replicó divertida.
-¡Ah, desdichado Ronco! Descubrieron tu debilidad -exageró René.
-No fue difícil. Lo salpiqué para apartarlo y salió disparado. Pensé que no le gustaba el agua.
-No le gusta. Es hidrofóbico -le explicó.
-¡Pobrecito! ¿Le habré causado un ataque de pánico? -se lamentó la joven.
-Ya se le va a pasar. ¡Ronco! -llamó.
El perro se acercó como una flecha. René le palmeó la cabeza y Celina, contrita, estiró la mano en ofrenda de paz. Ronco la aceptó con un lengüetazo, movió la cola y apoyó la cabeza en los muslos de la joven. Ella, radiante, alzó la vista para compartir con René la satisfacción del perdón, y quedó cautiva de la abisal mirada.
-¿A qué se debe este atropello? -la burlona voz de Sofía los devolvió a la realidad.
René se incorporó, tendió la mano para ayudar a Celina y la levantó junto con Ayelén que se le había prendido al cuello.
-A que no puedo vivir sin verlas -replicó el hombre con una sonrisa.
Sofía dijo para sus adentros: “a que no podés vivir sin Celina, dirás”. Le alcanzó las zapatillas a su amiga que estaba arremangándose prolijamente los pantalones y procedió a reunir a los niños que habían sido plantados por los mayores. Las dos acallaron las protestas con la promesa de volver otro día.
-¿Por qué Andrés se fue tan rápido? -quiso saber Celina.
-Porque llegó el marido de Diana -dijo René.
-Debe quererlo mucho…
-Lo quiere. Tanto como el regalo que le prometió -aseveró con jovialidad.
-Estás difamando a tu nieto -intervino Sofía, criticona.
-¡Dios me libre! Es el chico menos interesado que conozco… -rió el abuelo.
Los tres caminaban de buen humor, vigilando que los pequeños no se apartaran del grupo. Divisaron la casa en la última vuelta del camino. Diana y Walter estaban instalados bajo la galería principal, atendidos por la incansable Rayén. Los chicos no estaban a al vista.
-¿No tendrás una entrada de servicio? -gimió Sofía sintiéndose impresentable. ¡Cómo detestaba a la acicalada y bella Diana!
-Ya la pasamos... -contestó René entre dientes.
Celina y Sofía se atusaron las melenas para sentirse más decorosas. Al llegar a la mesa Walter se levantó y sin titubear se acercó a Celina.
-¡Nuestro ángel de la guarda! ¡Venga a mis brazos! -la joven quedó sofocada contra el pecho corpulento.
Se separaron entre risas testimoniando que una corriente de simpatía se había establecido entre ellos. Fue un abrazo consolador que le hizo evocar a su padre perdido.
-Espero que nos regales un tiempo tu deliciosa presencia -observó Walter cariñosamente.
-Sí -contestó Celina- pero será más deliciosa después que tome un buen baño.
El marido de Diana rió sonoramente. ¡Esa joven le agradaba! Dirigió su atención a la amiga para no ser descortés. ¡No con una mujer bonita!
-La bella Sofía. Mi mujer se quedó corta con la descripción -le dijo lisonjeramente mientras la besaba en la mejilla.
-No lo creo. Estoy segura de que exageró -aseveró la muchacha con una imitación de sonrisa.
Ante el cariz que podía tomar la conversación, intervino Celina:
-Mejor nos vamos a duchar y después bajamos.
-¡Buena idea! -aprobó René.
Se despidieron y al entrar en la casa, se toparon con una extraña anguila de dos patas armada con un arpón.
-¡Alto! -dijo el anfibio- ¡no deben transitar por mis dominios! -y las amenazó con el arpón.
-¡Socorro! -clamó Sofía cayendo al piso en cámara lenta para regocijo del batracio negro.
Celina se abalanzó sobre el animal acuático y mientras le arrancaba los ojos de un tirón, le hizo cosquillas debajo de los brazos hasta escuchar sus gritos de clemencia. La barahúnda concitó la presencia de Rayén y otros colaboradores de la casa. Las amigas corrieron hacia la escalera dejando al novato buceador boqueando para recuperarse del tormento y con las antiparras colgadas del cuello.
Abrieron la puerta de la habitación jadeando de la risa. Andresito les había proporcionado una distensión lúdica que les restituía el buen humor. Mientras Sofía revisaba su porción de guardarropa, Celina se duchó. Se vistió con una solera blanca y zapatos al tono que provocaron la aprobación de su amiga. Sofía había elegido un conjunto de falda y musculosa verde, su color preferido. Terminaron su arreglo sin prisa y bajaron a reunirse con quienes las esperaban.
14 -
La estancia vibraba con los preparativos para la llegada de Sergio y el agasajo del sábado. Rayén y varias hormiguitas laboriosas hacían brillar la casa y organizaban el variado menú.
Las amigas despertaron tarde. Desayunaron rápidamente y subieron al vehículo que René le había ofrecido a Celina la noche anterior. Sobre la consola había un mapa con algunos lugares destacados con fibra. Celina se familiarizó enseguida con el rodado y arrancó rumbo a la tranquera, que les fue franqueada por un peón. Apretó el acelerador gozando de la sensación de libertad que siempre la embargaba al pilotear un auto. Estacionó antes de llegar a la ruta para estudiar el mapa y decidieron conocer uno de los lugares que René había resaltado. El camino al lago Tig estaba perfectamente señalizado y giraba entre barrancos reflejados en espejos de agua. Varios paradores ofrecían una vista panorámica que deleitó a las muchachas retardando la llegada a la reserva que sustentaba el lago. Cruzaron la entrada al mediodía y decidieron almorzar antes de iniciar la excursión. Eligieron un pequeño comedor que tenía las mesas dispuestas a la sombra de los árboles. Optaron por un menú liviano y comieron despaciosamente disfrutando de la comida y la mutua compañía.
-Debo reconocer que Diana tiene un buen dominio de sus emociones -dijo Sofía después de tragar un bocado de langostinos.
-Ah, ¿sí? ¿Por qué lo decís?
-Porque cuando bailabas tan acaramelada con René, creí que se iba a levantar para asesinarte -aclaró con truculencia.
-Bueno, peor para ella no poder disfrutar de su marido actual -opinó Celina despreocupada.
-¿René seleccionó los temas? -preguntó su amiga con inocencia.
-No lo sé. Eran antiguos -contestó, sofocada por el recuerdo.
-Pero elocuentes -insistió Sofía- “Ven, que esta sed de amarte me hace bien. Yo quiero amanecer contigo, amor. Te necesito para ser feliz…” -canturreó imitando a Roberto Carlos.
Celina sonrió como ausente. Su amiga volvió a la carga:
-Siempre dije que no hay nada más sensual que el baile para el acercamiento amoroso. ¿Me equivoco? -la interpelación era directa.
-No en este caso -convino la interrogada.
-¡Y en ninguno! Creeme. Música lenta, letra sugestiva, un buen cantante, y de una tibia atracción pasás a un ardiente deseo -acentuó su axioma con un movimiento de cabeza.
Su amiga rió por la definición que tan bien le cuadraba. Se transportó a la noche anterior, al momento exacto en que René le rodeaba la cintura con un brazo y con el otro le sostenía la mano sobre el pecho. Sólo que no fue la canción quien despertó sus sentidos, sino el tumultuoso corazón del hombre que la sostenía y el silencioso diálogo de las miradas. Si René la hubiese invitado a dormir con él, no lo hubiera dudado. Pero ni siquiera la besó cuando caminaron a solas con la luna llena y un Ronco inusualmente silencioso. Ella tuvo que luchar con las ganas de insinuarse o de simular un tropiezo para precipitar el contacto, pero la certeza de que eran notas de una sinfonía ya escrita le permitió tolerar la dilación del placer.
-Cel, harían muy bien en concretar la relación -la voz de Sofía la devolvió al presente.
-Especialmente por el bien de René -agregó.
Celina la miró interrogante. Su amiga aclaró:
-Escuché sin querer una charla entre su abuelo y Jeremías. Estaban preocupados. “Enfermo de amor no consumado”, dijo don Arturo. “Distraído”, dijo Jeremías. Para mí, el más preciso fue el viejo. Consumado. Es una palabra fuerte y precisa. A propósito, ¿cuándo van a consumar? -preguntó con gesto de cansancio.
-No pretenderás que te lo cuente… -reconvino su amiga.
-No. Si nunca fuimos más allá de confesarnos nuestras decepciones sexuales… Pero me tenés que dar una señal, algo que anuncie que el cambio es posible -rogó Sofía.
-Mm.… ¿podría ser “te vendría bien ejercer la profesión”? -Celina siguió el juego.
-¿Y eso qué tiene que ver con cog…? -Sofía se tapó la boca como cuando eran adolescentes y se les escapaban las palabras prohibidas.
-¿Y cuál es el oficio bíblico de la mujer…?
-Desde ese punto de vista… Pero abrir las piernas no significa gozar -advirtió Sofía.
-Entonces te diría “te vendría bien disfrutar de tu profesión”. ¿Te gusta?
-Así se entiende mejor. ¡Celina…! -dijo con arrebato- si vos lo vivís con René, es posible que yo también pueda experimentarlo.
-¿Empezamos la excursión? -sugirió Celina tirándole un mechoncito de pelo.
-Bueno. Fin del recreo, dice la profe -aceptó con humor.
Pagaron el almuerzo y salieron a descubrir las señales que las guiarían hasta el lago. Las sendas se iban distorsionando para desembocar en un antiguo bosque de especies casi extinguidas, que se trataba de conservar en estado puro a fuerza de innumerables recomendaciones verbales y escritas. Después de cuarenta y cinco minutos de caminata, recorrieron la costa del lago Tig. Glaciares azules, rosas y verdes, según los materiales que contaminaron el agua, flotaban como veleros encantados. La ribera estaba colmada de piedritas blancas producto de la erosión de la lava volcánica. Treparon por una ladera que bordeaba el sector más agreste del bosque y Celina lo escrutó hasta avistar un sendero.
-Mirá, Sofía. Parece que esta parte también fue transitada -dijo curiosa.
-Yo no veo ningún cartel -notó con acierto su amiga.
-Pero la senda no es natural. No es muy lejos. Vayamos a ver -se obstinó Celina.
-Vayamos… -se resignó la compañera.
Caminaron cuidadosamente tratando de no alterar el entorno. Se maravillaron ante las orquídeas que medraban entre la fronda y ni siquiera se les ocurrió llevarse alguna. Estaban comprometidas con la preservación de la naturaleza. Llegaron al sendero que rápidamente se perdía en la espesura.
-Llegamos. Ahora volvamos por donde vinimos -dijo Sofía preocupada por no perder de vista el árbol que le servía de señal.
-Unos pasitos más, Sofi -insistió su amiga.
Sofía suspiró entregada. Nunca podía imponerse al ímpetu de Celina.
-Desde aquí veo un árbol que nos sirve de guía. Pero si nos internamos más, lo perderemos de vista.
-Volveremos sobre nuestros pasos hasta ver de nuevo el árbol. No nos vamos a perder.
-Tendrás mi muerte sobre tu fantasma. Porque no pensarás que te vas a salvar, ¿eh?
Celina iba a contestarle cuando se toparon con una mujer salida de la nada. La reconoció inmediatamente. Era la machi del bosque de Jeremías. Estiró la mano con un gesto sereno esperando que no se fuera. La mujer se quedó mirando cómo se acercaba. Celina no sabía si se iban a entender:
-¡Señora! Le ruego que me aclare que pasó ayer en el bosque -le suplicó.
Sostuvo la mirada de la matrona sin desafiarla, esperando una respuesta. La mujer meneó la cabeza:
-Lo que está escrito se cumplirá. Machi Ayelén quiso evitar un destino triste al hombre que le salvó la vida, pero está señalado para sufrir en compañía de la mujer blanca. Él aceptó su suerte. Vos, señora, sólo si estás segura de quererlo. Te va a necesitar para afrontar su prueba.
-¿Qué prueba? -pidió Celina.
Sin responder, la mujer se volvió hacia la senda que se internaba entre los árboles.
15 -
-¡Celina!, ¿Adónde creés que vas? -Sofía la detuvo por un brazo.
-¡Quiero saber a qué prueba se refería! -protestó.
-Esa mujer no te va a decir nada más y yo quiero volver ¡con vos!
Su amiga la miró dolorida pero la determinación de Sofía se impuso. Sin soltarla, desanduvo el borroso sendero rogando que no desapareciera su punto de referencia. Varias veces creyó divisar al árbol testigo hasta que pudo reflexionar que solamente se veía desde el comienzo de la senda. Allí llegaron sin que se apagara la luz del sol o fueran atacadas por criaturas peligrosas y caminaron sin detenerse hasta el mojón vegetal. Sofía saltó hacia la ribera aferrando a Celina y ni los rápidos reflejos de la deportista pudieron evitar que cayeran despatarradas sobre los afilados pedruscos. Este desenlace aparatoso quebró la ofuscación de las amigas. Una risa nerviosa las sacudió al verse observadas por un grupo de turistas que se acercaron solícitos para ayudarlas a incorporarse. Les agradecieron sin poder contener la hilaridad que sólo decayó cuando emprendieron el camino de regreso.
-De ahora en más, te relevo de ayudarme -dijo Celina enfurruñada.
-Por nada…
-Daría cualquier cosa por estar en el auto.
-Este es el momento en que el levantador en brazos nato se lo pierde -dijo Sofía burlona.
Celina largó una carcajada.
Las amigas apuraron la marcha pese a su cansancio y no hablaron demasiado para ahorrar energía. Cuando distinguieron la entrada decidieron tomar un refrigerio en el mismo lugar en que habían almorzado. Pidieron un café y una porción de torta cada una.
-¿Qué entendiste de las palabras de la machi? -preguntó Celina.
-Machi, machi. Te estás contagiando de las creencias de estos aborígenes.
-En serio, Sofía. Me quiso decir algo, pero su lenguaje es tan oscuro…
-Tan oscuro para vos como para ella entender cómo funciona una computadora. Que lo entiendan o no, no cambia los hechos.
-Este es un pensamiento fatalista impropio de vos…
-La vida es una eventualidad. Si no, decime por qué estamos aquí las dos hablando de profecías en vez de disfrutar las vacaciones programadas.
-Por mi culpa, ¿no? -dijo Celina pesarosa.
-¿Y haberte perdido de conocer a René? ¿Y yo al hombre que aparece en mis sueños? Como dijo tu machi: está escrito.
Celina miró el reloj y se sobresaltó. Eran las seis de la tarde. Seguramente ya habrían llegado los viajeros.
-Sofía, debemos regresar. Andá relajándote porque es posible que nos reciban Sergio y su mujer.
Se sintió mortificada cuando terminó de decir esto porque pensó que había acentuado innecesariamente el estado civil del muchacho.
Su amiga arqueó las cejas y se levantó de la mesa. No cambiaron palabra hasta llegar al vehículo.
-No fue mi intención…
-Dejémoslo ahí -la cortó Sofía.
Celina puso el auto en marcha y condujo en silencio por un largo trecho. La tarde iba cayendo en horas, pero reluciente de sol. En su ciudad natal las sombras estarían opacando el día. Se sintió atrapada en una espiral ascendente que la alejaba cada vez más de su existencia metódica y del regular transcurso del tiempo. Las emociones que la impregnaron desde que se bajó del charter eran las más auténticas de su vida. Decidió que la elipsis entre dos charlatanas era demasiado extensa.
-¿Cómo te sentís? -preguntó sin sacar la vista del camino.
-Menos ansiosa de lo que esperaba.
-A lo mejor, en persona, no te afecta como en tus sueños.
-Veremos -contestó Sofía evasiva.
-Quiero que sepas que mi apoyo es incondicional. Salvo que quieras eliminar a su mujer -dijo Celina conspiradora.
-¡Ah! Sabiendo, ni te vas a enterar de mis intenciones -fue la rápida contestación.
Atravesaron el último peaje a las ocho y media de la tarde y llegaron a la finca a las nueve, cuando el sol comenzaba a replegarse forzado por nubes tormentosas. El viento arreciaba cuando bajaron del coche y se dirigieron al interior de la casa. Rayén salió a recibirlas y les anunció que toda la familia había viajado al aeropuerto para recibir a los viajeros. René había llamado hacía media hora para avisar que el vuelo estaba retrasado. Las jóvenes le agradecieron la información y subieron a su habitación acuciadas por darse un baño y lucir rozagantes.
-Bañate primero vos -pidió Sofía, indecisa de su vestuario.
Mientras Celina se duchaba, recorrió las perchas sin mucha convicción. A la postre, eligió una solera negra cavada en la espalda hasta la cintura y ceñida como un guante. Nadie imaginaría el atrevido dorso mirando el púdico frente. La dejó sobre la cama y se metió en el baño apenas salió su amiga. Celina se puso un top elastizado que dejaba sus hombros al descubierto y un jean de tiro bajo. Unas cómodas sandalias completaron su atuendo. Se asomó al balcón admirando la rapidez conque la tormenta se había adueñado del cielo. Los relámpagos iluminaban la estancia como las luces intermitentes de un boliche bailable y el viento sacudía los árboles con euforia. Las ráfagas trajeron el sonido de motores que le anticiparon la inmediatez del encuentro con los viajeros y su familia. Extrañaba a René.
-¡Ey! Esta tormenta no me gusta nada -exclamó Sofía saliendo del baño.
-El bloque familiar ya está arribando -el anuncio tenía un matiz tranquilizador.
-¡Menos mal! Estar afuera con este tiempo es atemorizante.
Se sentó delante del espejo para secarse el pelo con el secador de mano. Cuando terminó, buscó la solera y se la calzó. Estaba bella con el largo pelo rubio desparramado sobre el negro ropaje. Buscó unas sandalias negras con adornos dorados y tacos altos y se puso al lado de Celina.
-¡Hola, pigmea! ¿Es posible que puedas respirar al ras del suelo? -preguntó con jactancia.
-Prefiero asfixiarme antes que apunarme -repuso su amiga alejándola de un empujón.
Sofía se rió y empezó a maquillarse mientras Celina esperaba pacientemente. Cuando terminó, se volvió hacia su compañera y le dijo con aprensión:
-¿Ya vamos?
Celina le tendió los brazos con una sonrisa comprensiva. Ambas se estrecharon ratificando su apego y salieron al pasillo rumbo al encuentro temidamente deseado.
16 -
Sergio abandonó el dormitorio de su padre dejándolo en compañía de Celina. Estaba absolutamente trastornado por la furia de sus emociones y por la inexorable prohibición de sus deseos. ¿Cómo enfrentarse a Camila rompiendo el pacto de lealtad que ambos profesaban de mutuo acuerdo? ¿Cómo explicarle que una muchacha a la que recién había conocido borrara de un plumazo doce años de estabilidad? Desde que la vio sintió que la mujer le estaba reservada y que la vida sin ella carecía de significado. Ni la imagen de su hijo catalizaba la urgencia de sus sentimientos. ¿Habría amado alguna vez a su esposa o nunca imaginó que el amor conmovía hasta la médula? Esta reacción de su carácter coincidía más con el ímpetu de su madre que con el aplomo paterno con el que siempre se había identificado. Salió al exterior por la puerta de servicio esperando que el furor de la tormenta neutralizara su tempestad interior. Ronco se acercó moviendo la cola y recibió unas palmadas de agradecimiento por su magnífica participación. Se sentó al reparo de la lluvia y el perro se tendió a su lado. Dos tristes solitarios impedidos de disfrutar de la presencia de las personas amadas. Revivió las dos horas posteriores a su regreso. Su padre estaba cambiado. Una expresión vivaz iluminaba su semblante y un desusado brío juvenil animaba su habitual compostura. Abrazó a los inefables integrantes de su familia y prestó oídos a la cháchara de Andrés acerca de su aventura y de la ya endiosada salvadora. Antes de llegar a la vivienda su padre le cedió el volante y bajó a cerciorarse de la seguridad de los corrales. Llegaron a la entrada mientras Rayén, firme en la puerta, luchaba porque el viento no se la llevara. La estrechó con cariño al igual que Camila y dejaron el equipaje y los abrigos a la entrada, esperando subirlos cuando hubieran satisfecho las preguntas de todos. No escapó a su observación la inquietud de su madre ni la actitud de distanciamiento de su abuelo, quien nunca había perdonado el abandono de su inaugurada familia. Rayén, que se había ausentado para prepararles una colación, volvió en compañía de una hermosa joven rubia que la ayudaba a cargar las bandejas. Él la miró con fijeza cuando se la presentaron y creyó atisbar un destello de reproche en los límpidos ojos celestes. Era Sofía, la amiga de la heroína quien, según explicó, había salido detrás de Ronco que parecía reclamarla. En principio, la aclaración no le llamó la atención porque se estaba interrogando por la expresión de la muchacha, pero un comentario de Rayén le hizo mirar el reloj y descubrió que su padre llevaba casi media hora ausente. Los corrales no estaban lejos de la finca y verificar su normalidad era cosa de pocos minutos. Unió esta reflexión a la agitación del perro, y presintió que algo había pasado. Sin vacilar, salió de la casa sin detenerse a contestar preguntas y corrió en medio del furioso vendaval hacia las construcciones. Una ojeada en cada lugar sin encontrar a su progenitor corroboró su presunción. El lejano ladrido de Ronco lo direccionó hacia la senda que conducía al arroyo precipitando su carrera y la percepción de calamidad. Vio una figura que se lanzaba hacia él pidiendo socorro y la detuvo entre sus brazos cuando resbaló en el barro. La muchacha balbuceó con voz entrecortada por el esfuerzo que “¡René está atrapado bajo un árbol… No sé si está herido… Yo no pude levantarlo… La sacudió un poco para calmarla y le dijo que fuera a la casa para pedir refuerzo. Ella se compuso rápidamente y salieron disparados hacia puntos opuestos. Estando por llegar al lugar del accidente se acercó Ronco para guiarlo al lado de su padre que se encontraba soportando la presión de una maciza rama. Recordó sus palabras, casi de regaño, cuando se arrodilló a su lado: “¡Viejo tonto! ¿Desde cuándo pensás que te podés arreglar sin mi…?” Una carcajada de alivio le respondió y lo tranquilizó. Si estaba consciente podía verificar rápidamente los daños del aplastamiento. Pese a su situación, respondió a su interrogatorio bromeando acerca de cómo se las arreglaba para diagnosticar a sus pacientes, lo que le valió una grosería de su parte. Aparentemente no había fracturas y el problema se reducía a remover la rama que lo sujetaba. La ayuda llegó rápido porque Celina encontró a Walter, que lo había seguido, y con la colaboración del hombretón levantaron el peso mientras la joven arrastraba al accidentado fuera del radio de peligro. A pesar de la concentración para sostener la rama, recordó que tuvo tiempo de asombrarse por la fortaleza de la frágil muchacha. Cuando su padre estuvo liberado, le hizo un exhaustivo reconocimiento a pesar de su protesta de que no era un caballo. Con la ayuda de Walter lo ayudaron a incorporarse y le pidió que hiciera una serie de movimientos para confirmar la ausencia de lesiones. Ni bien terminaron los exámenes, su progenitor se acercó a la joven agradeciéndole su ayuda y expresando preocupación por su estado. No escuchó la respuesta de ella pero él se veía recobrado y al mando de la situación. Sosegó a Ronco que mostraba su alegría dando vueltas a su alrededor y manifestó al grupo que era hora de volver a la casa. Tomó la delantera cuidando a la muchacha mientras él y Walter los seguían chapaleando por el barro y sintiéndose poco dignos de reconocimiento. En el camino se enteró por el marido de su madre de lo que sospechaba y temía: que la joven era Celina y que su padre la amaba. A medio regreso los alcanzaron Andrés y don Arturo bajo una lluvia que uniformó al bizarro grupo y provocó las expresiones de alarma de las mujeres que aguardaban. Inmediatamente subieron a las habitaciones para quitarse las prendas mojadas y darse un baño caliente. Cuando entró a la habitación de su padre Celina estaba sentada al lado de la cama en posición de loto, entregadas manos y pupilas a ese desconocido que había reemplazado a René Valdivia, su progenitor. Carraspeó para sacarlos de su abstracción y ella se volvió liberando sus manos mientras su sonriente padre le hacía señas para que se acercara. Le presentó a Celina mientras la miraba con ternura, y él mantuvo un gesto circunspecto al saludarla y agradecerle el acto de asistencia a favor de su hijo. Una amplia sonrisa de correspondencia realzó el sensitivo rostro de la joven que lo miró llanamente y confesó el alivio que había sentido cuando lo divisó en medio de la tormenta. Este recuerdo avivó la sensación física de contacto infiltrando fuego en su torrente sanguíneo mientras ella, sin sospechar de la pasión que había despertado, charlaba animadamente con los dos. Le preguntó a su padre por qué se había alejado de los corrales. “Escuché ruidos en la senda del arroyo” fue su respuesta y, de no mediar su atracción incontenible, se hubiera divertido con las consideraciones de la muchacha acerca de los lugareños que no saben distinguir el lamento de un árbol que se cae. No dejó que gesto o mirada reflejase el sufrimiento anímico que lo embargaba a medida que la voz, la risa, los gestos y las reflexiones de Celina ratificaban la autenticidad de sus emociones. Como un perverso masoquista se expuso al encanto de la joven con la congoja de saber que nunca podría arrebatársela a su padre, y renegó de su destino después de haber vislumbrado una posibilidad irrealizable.
Cumplida la visita se había retirado para terminar en compañía de Ronco.
Su vida oscilaba entre el equilibrio y el caos desde el momento en que la recibió entre sus brazos.
17 -
-¿Qué opinás de mi hijo? - se preció René.
-Una versión mejorada del padre -rió Celina.
El hombre hizo una mueca festiva y se acomodó en medio de la cama. Señaló el espacio que quedaba:
-Si te sentás acá no voy a comerte… -su mirada no combinaba con el discurso.
La mujer hizo un gesto desafiante y se sentó en el lecho con la misma postura que en el suelo.
-¿No nos hemos vuelto demasiado confianzudos en tan poco tiempo? –apuntó ella displicente.
René sonrió mientras Celina observaba apreciativamente el fuerte torso descubierto y amoratado por el golpe. Pensó que tardaría bastante en recuperarse para… ¿para qué? No pensó más y cambió de tema:
-Esta tarde, mientras visitábamos el lago Tig, vimos de nuevo a la mujer del bosque.
-¿Qué pasó? ¿Te amenazó o intentó alguna intimidación? –la interrumpió alarmado.
-No. Me dijo… No puedo entender lo que dice. Pero tengo la sensación de haber roto algún equilibrio – expresó afligida.
-¡No, mi querida! –dijo fervorosamente- Esa mujer está trastornada pero te prometo que no te volverá a molestar.
-¿Ella inventa todo? –la pregunta esperaba confirmación.
-Todo.
La joven quedó sumida en sus pensamientos. René no la interrumpió esperando que se tranquilizara y planeando poner fin a las incursiones de la machi. La enviaría a otro territorio de ser necesario. No permitiría que sus aprensiones echaran por tierra la concreción de su amor, durara lo que durase. En las tierras de Jeremías le advirtió que la unión con Celina estaba signada por Xaleshmen que lo sometería a una dura prueba a fin de disuadirlo. Él respetaba las creencias del pueblo de la tierra, pero ninguna penitencia igualaría la aflicción de no poseer a la mujer que amaba. Para sacarla de su meditación, se interesó:
-¿Les gustó el recorrido?
-Es maravilloso. Y no veo la hora de visitar la Gran Caverna –a continuación, preocupada- ¿no sería mejor suspender la reunión hasta que te recuperes?
-¡De ninguna manera! Estaré bien. Ni un entierro podría contener la ansiedad de los pobladores por conocerte.
-Voy a desear que me trague la tierra... –confesó azorada.
-No te preocupes. Yo me ocuparé de presentarte a la gente y de rescatarte a tiempo –le dijo para alentarla.
Ella lo miró agradecida, y antes de que pudiera contestarle, golpearon la puerta.
-¡Adelante! -permitió René.
Walter entró acompañado de Diana y Andrés. El jovencito se ubicó en la cama al lado de Celina imitando su posición.
-¡Andrés! Bajate de la cama que molestás a tu abuelo -la reconvención de Diana no parecía sólo dirigida a su nieto.
Ni Andrés ni Celina se dieron por aludidos, especialmente el nieto que fue tironeado del pelo por su risueño abuelo hasta acercarlo a su pecho y asfixiarlo en un abrazo. Andrés gritó eufórico y Celina se sorprendió especulando que René estaba lo suficientemente fuerte para… Volvió a detener su meditación.
-¿Ya te inspeccionó el matabichos? Me tiene menos confianza que a un mono -dijo Walter acercando dos sillones.
-Es que se cree todo un veterinario -contestó René sonriendo.
-Harías bien en dejar que Walter te revisara -intervino Diana.
-No tengo ningún inconveniente, querida. Pero Sergio me dio vuelta de atrás para adelante y me auguró una pronta recuperación.
Celina consideró que era momento de retirada. Lo dejaba en compañía y deseaba hablar con Sofía. Se bajó ágilmente del lecho y se despidió:
-¡Buenas noches a todos! Me voy a dormir.
Las voces le desearon descanso y René atrapó su mano para depositar un beso en la palma.
-Gracias de nuevo -le dijo demorándose en soltarla.
Se desasió y salió sin responder. Ansiosa por ver a su amiga, caminó hacia su habitación con el recuerdo del beso alojado en la mano. Abrió la puerta y Sofía saltó de la cama como un resorte.
-¿Cómo está tu príncipe azul? -le dijo dándole un beso.
-Magnífico. Como si en vez de una rama le hubiera caído un helecho.
-¡Me alegro, Cel! -festejó su amiga.
-¿Y cómo fue tu encuentro?
-¡No me reconoció! -dijo sombría.
-¿Cómo puede ser? -interrogó Celina sorprendida.
-¡Qué sé yo! Cuando nos presentaron me miró afablemente, sin ver en mí nada especial. Y lo extraño es que ni siquiera me decepcionó demasiado…
-De eso me alegro, Sofía. Me hubiera roto el corazón que sufrieras por un amor irrealizable -dijo fervientemente.
-¿Lo conociste? -preguntó su amiga.
-Sí. Primero me tropecé con él cuando buscaba auxilio para René. Después lo volví a ver cuando revisó a su padre.
-¡Qué pregunta tonta! Si él corrió en su ayuda… ¿Y qué te pareció?
-Ya van dos veces que me preguntan lo mismo. Te respondo como a René: una versión mejorada del padre.
-Es muy atractivo. Y debe querer mucho a su progenitor. Cuando Rayén preguntó por “el señor René”, Sergio miró el reloj y salió como un bólido. Walter lo siguió cuando pudo reaccionar.
-Fue un accidente con suerte. Por lo que el asado de mañana no se suspende.
-No te veo muy entusiasmada.
-No veo la hora que llegue el domingo. Es la misma sensación que tengo cuando vienen las fiestas de fin de año. ¡Quiero que pasen cuánto antes! -exclamó Celina ofuscada.
-Bueno, bueno, chiquita. No vas a decir que las últimas en mi compañía las pasaste mal…
-¡Sos una impertinente! Me gastaste presentándome esos candidatos al chaleco de fuerza -no pudo contener la risa al recordarlos.
-¿Ves? Hasta ahora te divertís. Pero vos te estabas reservando para un destino superior -observó con picardía.
-¿No es todo una locura? Cuando lo miro, o hablo con René, siento que lo conozco de toda la vida. Nada en él me provoca desconfianza y me parece que es muy peligroso.
-¿Por qué no te aflojás de una vez? No es posible que vivas tus relaciones observándolas con una lupa. ¿Te gusta? Dejate guiar por lo que sentís -aconsejó su amiga.
-Lo que siento es que ya no quiero que haya barreras entre nosotros, ¿entendés? Y tengo miedo de salir defraudada -se sinceró.
-Esas son excusas. Y no te habla la sicóloga. Mi sexto sentido dice que René te dará la felicidad que buscás. Y la pasión, y los hijos, y la herencia, y…
-¡Basta! -Celina largó la risa mientras le tapaba la boca.
Sofía se alegró de haberla sacado de su melancolía. Volvió a la cama mientras su compañera se vestía para descansar. Antes de pasar a su lecho, se sentó junto a ella.
-¿Hay algo que quieras confesar, hija mía, antes de irnos a dormir? -le preguntó con grandilocuencia.
-Sí, madre de los accidentados. Que me muero de sueño y mañana tenemos que madrugar.
-Si tu confesión me provoca insomnio, lo compartiré gustosa con vos -dijo Celina dándole el beso de las buenas noches.
18 -
La mañana del sábado fue atípica para las amigas. Durmieron sin desvelarse; Sofía sin soñar y Celina sin ser acometida por el insomnio. A las nueve de la mañana, a pedido de René, Rayén les subió el desayuno a la habitación. Esta modalidad no era costumbre en la casa para nadie, pero ellas eran huéspedes de honor y la mujer se sentía movida a expresarle su gratitud a Celina. Golpeó varias veces la puerta hasta que las muchachas se despabilaron. Una adormilada Sofía le abrió la puerta y exclamó al ver la bandeja:
-¡Cel! ¡Nos envían un desayuno de regalo!
Rayén sonrió ante la espontaneidad de la joven y les deseó buen día a ambas. Celina la saludó mientras se levantaba de la cama y se acercó a la mesita adonde la mujer acomodó el contenido de la fuente.
-¡Mmn, Rayén! Esto huele delicioso. Pero no te hubieras molestado… –dijo como si conociera los hábitos de la vivienda.
-Para mí es un placer, señorita. Pero no hago más que cumplir las indicaciones del señor René.
-¿René se levantó? - interrogó Celina.
-No tan temprano como todos los días. El señoriíto Sergio dijo que no entendía cómo estaba tan bien esta mañana. La madre tierra lo ha protegido para el kamariku.
Como la joven la miró extrañada, tradujo:
-Para el festejo en su honor, señorita. Todos están ansiosos por conocerla.
-¿Vendrá mucha gente, Rayén? –preguntó Celina intimidada.
-Los que quieren agradecerle – resumió la mujer, y luego añadió-: que disfruten el desayuno.
Rayén cerró la puerta del cuarto dejando a la muchacha con la incógnita. Las amigas se sentaron frente al ventanal observando el espléndido día posterior a la tormenta. Comieron con apetito el variado refrigerio y se dispusieron a vestirse para la reunión. Eligieron indumentaria cómoda y sencilla para un día de campo y, cuando estuvieron listas, bajaron a la cocina donde Diana y Walter estaban desayunando.
-¡Buenos días, bellezas! Hágannos el honor de su compañía -saludó el hombre jovialmente mientras se levantaba para darles sendos besos.
Diana las saludó con una sonrisa e hizo un gesto de invitación. La ex mujer de René estaba espléndida luciendo un vestido de seda estampado complementado con una capelina blanca que descansaba sobre su espalda. Las jóvenes se instalaron con la solícita colaboración de Walter y aceptaron un café más.
-¿René estaba en condiciones de levantarse? -Celina se dirigió al médico.
-Milagrosamente, sí. Este hombre es un toro, así que se justifica que lo atienda un celoso veterinario -se volvió hacia su mujer-: ¿podés creer que Sergio no requirió nunca mi opinión? -y siguió-: Salvo los mínimos magullones por haber soportado ese peso, se movía sin dificultades.
-René es incapaz de aceptar los límites físicos. Y ya está entrando en la vejez -terció Diana como al pasar.
Sofía largó una carcajada:
-¡No conozco un tipo tan vital como René! Y ni hablar de su apariencia. Parece el hermano de su hijo… Yo creo que está muy lejos de la vejez -certificó con aplomo.
Celina ni se molestó en intervenir. Querida Dianita -pensó- cómo te escuece que René se haya fijado en mí. Pero ¿sabés? Cuanto más me atacás, más firme es mi convicción de lo que siento. Giró hacia Sofía y le preguntó:
-¿Querés que vayamos afuera? Será interesante observar los preparativos.
-Vamos. Me gustaría conocer la caballeriza -se levantó y se dirigió a la pareja-: ¿Vienen?
-Gracias. Pero ya hemos asistido a muchos festejos. Vayan ustedes -dijo Diana.
Las chicas saludaron y salieron al amplio solar que rodeaba la casa desde donde se divisaba el ajetreo de los empleados acomodando mesas y sillas. Rayén, como un general al mando de su ejército, daba órdenes que sus soldados se apresuraban a obedecer. La saludaron camino a la caballeriza y se detuvieron para charlar con los hombres que se ocupaban de encender el fuego. Los boxes estaban custodiados por el empleado que ya había conocido, quien las saludó con deferencia y abrió la puerta a pedido de Celina. Sofía admiró cada ejemplar con ojos de conocedora pues su padre tenía un haras en la provincia de Buenos Aires.
-¿Qué caballo montaste? -se interesó después del reconocimiento.
-Éste -Celina se dirigió al dominio de Amigo. Se dirigió a él con voz cariñosa:
-¡Hola, Amigo! Hace mucho que no nos vemos -Mientras lo acariciaba:-¿Me extrañaste? Si fuera por mí, te llevaría a mi casa, bonito.
Sofía se cruzó de brazos con paciencia, escuchando cómo su amiga le prodigaba palabras y mimos al caballo según acostumbraba con cualquier animal. Hasta ella creía en la firme hipótesis de Celina de que cualquier ser vivo, al menos, comprendía el tono con el que se le hablaba. Tan distraída estaba en la contemplación, que la sorprendió la aparición de René a su lado. Él cruzó el índice sobre los labios para indicarle silencio, y se deleitó con las expresiones amorosas que Celina derrochaba con el equino. La joven se despidió del cuadrúpedo con una palmadita y se volvió hacia su compañera para encontrarse con un sonriente René que le dijo:
-¿Puedo cambiar de lugar con Amigo?
El rubor subió a su cara impulsado por los latidos de su corazón. Se miraron encandilados mientras la alegría de estar frente a frente les alumbraba una sonrisa que daba de baja a la soledad. Se acercaron olvidados de Sofía que discretamente los dejó solos. René encuadró la cara de Celina entre sus manos y bajó la cabeza buscando sus labios. Ella cerró los ojos como una adolescente esperando el primer beso, al tiempo que el cálido aliento del hombre se transformaba en una tierna presión que la dejó totalmente vulnerable. Los brazos la enlazaron por la espalda y la cintura, y la boca resbaló hasta su oreja murmurando una y otra vez su nombre; confesándole las largas noches de vigilia deseando tenerla a su lado como la viera la primera vez; la lucha contra el impulso de arrebatarla de su habitación para traerla a su cama. Celina había apoyado sus manos contra el pecho de René en un débil intento de recuperar la cordura que perdió totalmente cuando el segundo beso, apasionado e inquisidor, invadió la privacidad de su boca. Lengua contra lengua intercambiaron los primeros humores que anticipaban el irrevocable acto del amor. Una cabezota a modo de palanca los separó permitiendo que recuperaran el aliento. Ronco se abalanzó sobre René, le lamió la cara y apenas le dio tiempo de sujetar a Celina antes de que le pusiera las patas sobre el pecho y repitiera el festejo. Iba del uno hacia el otro ladrando y moviendo la cola como aprobando la elección de su amo. Riendo, René ciñó a la joven por la cintura y la condujo fuera de la caballeriza. A la entrada, Sofía y el empleado disimulaban su involuntaria calidad de observadores. Ambos estaban seguros de que la pareja estaba demasiado ensimismada como para reparar en tan nimio detalle.
René se detuvo a la entrada y desenlazó a Celina para tomarle las manos como si no pudiera evitar el contacto.
-Te amo. Tengo que supervisar las tareas y darle una mano a Rayén. No te vayas fuera de mi vista. ¿Te dije que te amo? -tiró de la risueña mujer y la besó a cielo abierto. Le hizo un guiño a Sofía y se fue.
-Querida, borrá esa expresión de embobamiento y no me contés nada porque lo vi todo -chacoteó su amiga.
Celina estaba en una dimensión astral donde nada la rozaba. Sonrió a su compañera como si le hubiera dispensado un halago. Sofía suspiró resignada y miró a su alrededor donde todo el mundo estaba activo. Divisó a Sergio, Jeremías, don Arturo y Camila cerca de un asador:
-¿Estás en condiciones de bajar a tierra y alternar?
-¡Por supuesto! -se defendió su amiga.
-Vamos a saludar a nuestros anfitriones -dijo Sofía alegremente.
Caminaron hasta donde estaba el grupo que las recibió con demostraciones de afecto. Don Arturo y Jeremías expresaron claramente satisfacción en sus miradas y Camila les dio un abrazo y un beso. La expresión de Sergio, tras el saludo, era inescrutable. Celina, que tenía la sensibilidad a flor de piel, sintió por primera vez un atisbo de inquietud frente al muchacho. Sus ojos eran huidizos como si quisieran ocultar algún secreto. ¿La prueba que tendrá que afrontar René será la oposición de su hijo? pensó afligida. La llegada de Andrés la sacó de su meditación.
-¡Ya están llegando los invitados! La entrada está llena de autos -anunció con entusiasmo, y a continuación-: ¿Vas a pronunciar un discurso, Celina?
-¡Dios me libre! ¡No!
-Es lo que se estila en los homenajes -dijo decepcionado. Luego, con afecto:- no te preocupes, el abuelo te salvará.
Las mujeres rieron ante la cándida observación del jovencito que ponía en evidencia una realidad sobrentendida.
-¿Estás intranquila? -le preguntó Camila.
-Un poco. Me voy a morir de vergüenza ante tanta gente.
-Es que Celina es muy modesta -aportó con cariño su amiga.
-Como dijo Andrés: no te preocupes. René no permitirá que pases un momento desagradable -sostuvo la mujer de Sergio.
-Bueno, no creo que sea para tanto, -reaccionó Celina- estaré a la altura de las circunstancias.
El bullicio crecía a medida que ingresaban los convidados. La homenajeada vio acercarse a René que la encaró con una cálida mirada.
-¿Está preparada mi ovejita para el sacrificio? -le preguntó con humor.
-Soy toda tuya -le respondió con desenfado.
-¡Más quisiera! -contestó el hombre calurosamente, y aclaró:- Vamos a recibir juntos a la gente, así será más llevadera la presentación.
Se despidieron del clan y, sosteniendo René la mano de Celina, se encaminaron hacia los invitados.
19 -
La tarde caía hundiéndose como un globo de fuego en el horizonte. Una brisa fresca mecía las hojas y levantaba con impertinencia la falda de las mujeres que bailaban una soñadora melodía en brazos de sus parejas. Todos estaban alegres después de la copiosa comida y bebida prolongando un encuentro que llevaba más de siete horas. Celina se movía cadenciosamente abrigada por René, y en ese refugio contenedor revivió las alternativas del día. Había llegado hasta los presentes tomada de la mano del estanciero quien la introdujo ante cada invitado mencionando el parentesco con los niños. El momento tan temido fue una hermosa experiencia respaldada por la presencia de René y la calidez de la gente. Cuando María la vio la abrazó como la primera vez y le presentó a su marido que exhibía una pierna enyesada como recuerdo del accidente. El hombre también la abrazó y usó palabras que la conmovieron para agradecerle el regalo de la vida. Se apartó del chofer con los ojos brillantes y René la atrajo hacia sí para confortarla ante la vista de los complacidos asistentes que legitimaban su relación con toda naturalidad. Cuando se sobrepuso, su escolta siguió con la ceremonia. El comisario le dedicó un discurso castrense y el intendente uno político que ella agradeció con una sonrisa. Cuando fue conocida por todos, René la condujo hacia la mesa donde estaban ubicados los ocupantes de la casa. Julián y familia la detuvieron al pasar para saludarla y reiterarle su gratitud. Se situó al lado de René con la cara arrebolada por el sol y las emociones. Sofía estaba sentada entre Sergio y Andrés; don Arturo entre Camila y Walter, y Diana enfrentada a ellos. La conversación fue generalizada durante la comida y ellos, leve y sostenidamente, se deslizaron hacia una privacidad que culminó en una charla intimista que los demás aceptaron con sencillez.
Hasta Diana tuvo que admitirse deslumbrada por el fenómeno de génesis que trascendía a la propia pareja, embarcada en la construcción de un mundo que durante un tiempo sólo ellos habitarían. Don Arturo estaba más afable, como si la felicidad de su nieto desvaneciera viejos rencores, y Walter bromeaba con Sofía acerca de la sordera y ceguera de los enamorados que, fieles a leyes no escritas, ni siquiera atendían al vozarrón del médico. Miró preocupada hacia Sergio que estaba extrañamente lacónico. Se preciaba de conocer a su hijo y sentía que algo lo inquietaba. Atendió a sus gestos con perseverancia y entró en pánico cuando comprendió los sentimientos reprimidos del muchacho cada vez que observaba a su padre y a Celina. Bajo esa apariencia retraída se escondía un volcán presto a estallar y destruir el universo que la presencia de la muchacha había desequilibrado. Por un instante de locura deseó que nunca se hubiera cruzado en sus caminos a riesgo de ofrendar a su nieto para conservar esa perfecta armonía. Desechaba con horror este pensamiento cuando sus ojos se cruzaron con los de su hijo. Había tanto desvalimiento en su mirada que hubiera querido acunarlo en sus brazos como no pudo hacerlo de niño. Él sonrió animosamente y le hizo un gesto tranquilizador que le removió las encubiertas sensaciones de culpa y privación. “Si no me hubiera ido, ¿podría haber cambiado su destino?” se cuestionó, y se sintió incapaz de responder a esta pregunta.
Un grupo de niños reclamando a las amigas después del postre, quebró su abstracción. Las jóvenes se levantaron dispuestas a participar del juego que habían iniciado en el arroyo. Se situaron con los tachos ante cada grupito que las bombardeaba inclementes. Después de un tiempo, viendo que no disminuía el entusiasmo de los chicos, René las fue a rescatar. Se puso detrás de Celina y atajó una piedrita que echó en el recipiente ante los gritos risueños de los adversarios. Hizo lo mismo con Sofía para equilibrar la contienda y se fue remolcando a las jóvenes bajo una lluvia de proyectiles. Llegaron a la mesa a las corridas y se sentaron a mitigar la sed. Los concurrentes se habían mezclado después del almuerzo y Javier estaba sentado al lado de Sergio. Mostró interés por Sofía y la secundó para que se instalara. Al rato estaban charlando animadamente con Camila y don Arturo mientras Diana y Walter trataban de penetrar el cerco de silencio adonde Sergio se había refugiado. El joven alegó dolor de cabeza debido a las copiosas libaciones, lo que no estaba lejos de la verdad. Celina y René caminaban entre los invitados alternando cordialmente con los hombres y mujeres tan reconocidos por el arrojo de la muchacha. Su pareja la fue guiando hasta una mesa dispuesta debajo de un árbol florido, atiborrada en un extremo de objetos artesanales. Los presentes se reunieron alrededor y María fue portavoz de los agradecidos pobladores que le confiaban a Celina su más querido objeto personal a modo de retribución. Ella sintió, sin que nadie se lo dijera, que no debía negarse. Uno a uno fueron retirando los regalos y se los fueron entregando citando su origen. Las lágrimas volvieron a acometerla ante la mención de padres, amigos, parejas, hijos y mascotas desaparecidos. Cuando los aceptaba, volvían a ponerlo en el extremo vacío de la mesa. Se sostuvo hasta que el último obsequio le fue otorgado, momento en el que se derrumbó recorrida por los sollozos. René la cobijó amorosamente mitigando su desconsuelo con caricias y palabras tiernas. Cuando sacó un pañuelo para que se soplara la nariz, hizo un gesto a Javier que ordenó el comienzo de la música. El ambiente perdió la cualidad solemne que había tenido durante la ceremonia e inmediatamente hombres, mujeres y niños se volcaron al baile con alegría. Celina, debilitada por el llanto, se dejó llevar por René. Cuando se recobró comenzó a disfrutar de la cercanía del hombre que tantos motivos le había dado para amarlo. A su alrededor todo el mundo se divertía y cambiaban de pareja continuamente, sin osar siquiera reclamar a Celina del dominio de René. Cuando Sergio se acercó para arrebatarla de los brazos de su padre reprochándole que monopolizara a la agasajada, René la cedió con desgano porque lo único que dominaba su pensamiento era atesorarla para él. Sergio la guiaba con muda destreza hasta que el silencio se condensó en una sensación de pesadumbre que la movió a interrumpirlo:
-Presiento que algo anda mal. ¿Tiene que ver con tu padre?
El muchacho no le respondió; pero su mirada, herida y salvaje a la vez, le dirigió un mensaje que ella no pudo desoír. Observó el rostro varonil admirando la mezcla racial que lo hacía tan atractivo, y pensó sin malicia que si no estuviera enamorada de René lo estaría de su hijo.
-Sé que no nos conocemos, pero quiero que sepas que no deseo causar ningún problema en tu familia. No puedo prometerte renunciar a tu padre, pero sí a no interferir con sus bienes, si eso te preocupa.
Las facciones de Sergio reflejaron incredulidad. Con voz enronquecida, le dijo:
-¿Cómo podés pensar que eso me preocupa?
-Puedo pensar cualquier cosa mientras vos no me expliqués –repuso ella con calma.
-¿No te das cuenta que desde que te vi mi existencia dejó de tener sentido? –susurró con fiereza.
-De lo que me doy cuenta es que estás un poco ebrio.
-Lo estoy. Pero esto no invalida lo que siento ni lo que digo.
-Hay veces en que no debiéramos decir lo que sentimos –musitó Celina.
Sergio la miró apenado porque sabía la tristeza que le causaba en el momento más trascendente de su vida. Desde ayer se cuestionaba su cordura, su amor filial, su matrimonio. Sabía que no estaba dispuesto a infligir ninguna herida a su padre ni a su esposa, que debería convivir con el disimulo para sostener la fragilidad de su estructura familiar. ¿Cómo puede un individuo lúcido trastocar los valores de toda su historia por desear a una mujer?, se preguntó. A una mujer que pudo haberse quedado en el ómnibus en lugar de exponerse a la muerte para auxiliar a un puñado de niños; que tuvo la sensibilidad de enamorarse del mejor hombre del mundo hasta ayer para él; que eliminó los restos del blindaje que se procuró en los primeros años de la infancia; que a pesar de su cruel reproche le respondió con piedad…
-Celina –le dijo, más tranquilo- preguntar la razón de mis sentimientos sería como cuestionar al sol todas las mañanas. Te quiero locamente. Si mi rival no fuera mi padre no descansaría hasta conseguirte. Pero necesito mirarte a los ojos y saber que no confundís el dolor de mi herida con hostilidad. Por favor… -le suplicó.
-Yo no quise dañarte… –dijo ella conteniendo un sollozo.
Sergio se estremeció luchando contra el deseo de cobijarla entre sus brazos y secarle las lágrimas a besos. Le pidió con voz contenida:
-No llorés porque me mata, querida, y me voy a delatar. Tu vida está al lado del hombre que elegiste. Yo seguiré con la mía acompañado por las personas que amo y no quiero lastimar.
Celina se desasió.
-Voy a lavarme la cara –dijo repentinamente.
Mientras se dirigía a la casa no podía reaccionar ante la confesión de Sergio. A ella sólo la perturbaba el peso de un secreto que no podía compartir con René. Pasó raudamente hacia la escalera que conducía a su habitación y se apaciguó cuando cerró la puerta tras sí. Entró al cuarto de baño y refrescó sus ardientes mejillas. Era un día extraño donde había derramado más lágrimas que en toda su vida. Cuando se recobró, salió en busca del hombre que las circunstancias parecían alejar.
20 -
Sofía cayó exhausta sobre la cama y se quedó dormida sin desvestirse. Tres horas después la despertó el irresistible clamor de su vejiga. Cuando volvió al lecho, observó que el de Celina estaba vacío. De modo que ya consumaron, ¿no? -pensó melancólica. Se sacó la ropa, se puso el camisón y volvió a acostarse deseando con sinceridad la felicidad de su amiga. Se levantó a las diez de la mañana sin que Celina hubiese aparecido. ¡Vaya nochecita! -se dijo con humor. Bajó a desayunar y encontró a don Arturo, Walter y Diana en la cocina.
-¡Buen día! -saludó alegre.
Se acomodó mientras le respondían en tanto Rayén le alcanzaba una taza de café.
-¿La señorita Celina sigue durmiendo? -preguntó la mujer.
Sofía casi se atragantó con la bebida. ¿Qué voy a responder? -interrogó a su cerebro.
-Se debe haber levantado más temprano -dijo al fin.
-No lo creo, porque yo la hubiese atendido -insistió Rayén.
-¿René ya bajó? -preguntó para ganar tiempo.
-Como todos los días. Salió temprano con don Arturo y el señorito Sergio -no se movía del lado de Sofía esperando saber de Celina.
Sofía no sabía cómo decirle que la buscara en el dormitorio de René donde seguramente estaría descansando de su noche de amor. Los presentes se sumaron a la expectativa de Rayén entretanto ella rumiaba una salida aceptable. Se levantó repentinamente:
-¡Tengo que enviar un mail ahora mismo! -y disparó hacia la escalera.
Subió corriendo, decidida a invadir el dormitorio de René para despertar a su amiga. Abrió varias puertas de habitaciones sin ocupantes tratando de identificar la del estanciero en el caso de que Celina se encontrara en el baño. Nada. Un malestar comenzó a instalarse en la boca de su estómago. Comenzó nuevamente la requisa desde el fondo del pasillo. Cuarto por cuarto golpeó las puertas de los baños hasta llegar al propio. Celina no estaba. Se fue con René -se dijo, tratando de aventar el mal agüero. Pero Rayén lo sabría. ¡Ay, amiga!, ¿qué te pasó? -la inquietud era un larguero doloroso entre el estómago y la garganta. Bajó velozmente dispuesta a compartir su temor con los demás. Los tres se habían quedado en la cocina como presintiendo que algo no andaba bien.
-¡Miré en todas las habitaciones y Celina no está! -anunció alterada.
El rostro de Rayén se nubló.
-¿Cómo es que recién se dio cuenta? -le preguntó casi con ira.
-Porque anoche pensé que estaba con René -contestó altiva.
La mujer entendió que se había excedido en su celo y señaló respetuosa:
-Entonces hay que avisarle cuanto antes al señor René.
Sergio los encontró a los cuatro mirándose con perplejidad.
-¿Algún problema? -indagó.
-No hemos visto a Celina -admitió Sofía sombríamente.
El muchacho interrogó a su madre con la mirada.
-Sofía revisó en todos los cuartos y no la encontró.
-Estará paseando afuera -terció Walter.
-¡No, doctor! Yo no la ví -porfió Rayén.
Sergio se volvió hacia la mujer:
-Domo. ¿Qué sospechás?
-Que hay que buscarla cuanto antes.
Bastaron estas palabras para que el muchacho se pusiera en acción. Los demás lo siguieron.
-¡Sergio! Decinos adónde vas -exigió su madre.
-Voy a buscar a papá. Ustedes revisen los alrededores. Hasta el arroyo -indicó sin detenerse.
Sofía se sentía en medio de una pesadilla. Para no superponerse, formaron cuatro grupos con la colaboración de dos hombres que convocó Rayén y partieron hacia los cuatro puntos cardinales. La búsqueda fue infructuosa; la joven no estaba en ninguna parte y nadie la había visto. René había regresado cuando volvieron a reunirse y Ronco caminaba nervioso a su alrededor.
-¿Cómo no me avisaste cuando no la viste? -le increpó a Sofía.
-Porque pensé que estaba con vos.
René la miró tan afligido que el enfado se le evaporó. El presentimiento de desgracia comenzaba a ser contagioso. Padre e hijo revisaron las instalaciones mientras el resto se dedicaba a la vivienda. La preocupación aumentó con la esterilidad del registro y se reflejó en el rostro conmovido de René. El sonido de cascos desvió la atención de los reunidos hasta que Jeremías desmontó con agilidad seguido de don Arturo.
-¿Qué pasa, kona? -fue directamente hacia su patrón.
-Celina desapareció. Hay que encontrarla.
Por los ojos del capataz cruzó un relámpago de intuición.
-En el bosque -afirmó.
-¿La machi?
El hombre asintió sin palabras. René montó seguido de Sergio y el capataz. Cuando los demás reaccionaron, los tres junto al perro desaparecían tras el recodo que llevaba a las tierras de Jeremías.
-Ahora sólo nos resta esperar -dijo Walter, y agregó:- ellos la encontrarán.
Sofía se sentó en un escalón y se encogió como si tuviera frío. Su mente divagaba. Tengo miedo por Celina. Seguro que está muerta. ¿Cómo terminamos en esto? No debió bajarse del ómnibus. ¿Quién preparó esta trampa? No voy a resistir que le haya pasado algo. Va a estar bien, va a estar bien, va a estar bien. En el mundo no hay tigres ni hechiceras y aquí todo puede pasar. Tendríamos que estar en medio de una excursión si no se hubiera bajado del ómnibus. Pero ella es especial. Es el uno por ciento capaz de sacrificarse por otros. ¡Ay, Cel! Quisiera que no fueras así pero entonces no hubieras sido la hermana que no tuve…
Rayén interrumpió su soliloquio mental alcanzándole una taza de café caliente que ella aceptó cariacontecida. Diana y Walter estaban sentados en los sillones de la galería sin hablar, como si quebrar el silencio pudiera convocar a la desgracia. Cerca del mediodía se trasladaron, sin noticias, al interior de la casa. Los tres declinaron comer y se retiraron a sus habitaciones. Sofía estaba llena de impotencia por no saber cómo colaborar para encontrar a su amiga. Cediendo a un impulso llamó a Julián, que le prometió que estaría con ella lo más pronto que pudiera. Bajó a la galería de nuevo porque la desierta habitación la ahogaba. Se abalanzó sobre Javier apenas bajó del auto y se permitió llorar por primera vez sobre el pecho del sorprendido conserje.
-¡Javier! Celina desapareció -dijo entrecortadamente.
El muchacho la separó un poco para entenderla.
-No entiendo, Sofía. ¿Cómo desapareció?
-Anoche no durmió conmigo y yo, como una idiota, supuse que estaba con René -se lamentó.
Javier la abrazó y la consoló:
-No sos ninguna idiota. Idiota sería el que pensara que esos dos no terminarían así. ¿René salió a rastrearla?
-Sí. Buscamos por todos lados y Jeremías señaló el bosque. Hace más de dos horas que salieron y ya no aguanto más la espera. ¡Quiero hacer algo!
La expresión de Javier era grave.
-¿Sabés montar?
-Sí.
-Vamos a unirnos a la partida de rescate -le propuso.
Sofía asintió y se dirigieron a la caballeriza. Sin saber por qué, eligió el animal que había montado Celina. El empleado preparó inmediatamente las cabalgaduras y partieron al galope en busca de René y los suyos. Javier dirigía la marcha y la joven lo siguió con facilidad. Divisaron a los caballos pastando cuando llegaron a las inmediaciones de la casa del capataz. Desmontaron en el pórtico adonde estaba echado Ronco en actitud alerta y rumbearon hacia el interior guiados por las voces masculinas. Antes de que golpearan, salió Jeremías a recibirlos. Se quedó un poco asombrado al ver a Sofía pero los invitó a entrar. En el interior encontraron a un René desesperado enfrentado con Sergio.
- Si le hizo algún daño voy a matar a esa mujer con mis manos -decía enardecido.
-Todavía no sabemos que pasó -su hijo trataba de calmarlo; y continuó:- Todavía falta recorrer la parte más tupida del bosque.
-¿Y cómo me explicás que ella juegue a las escondidas en la espesura? -soltó contrariado.
-¿No pensaste que pudo ir a la ciudad a tomar un ómnibus?
René se revolvió como una fiera. La mirada que le echó a su hijo presagiaba una pelea. Sergio sonrió porque su padre estaba emergiendo de la catatonia provocada por la desaparición de la mujer que amaba.
-Así me gusta, viejo. Prefiero que me pegués a que te des por vencido.
El estanciero se reanimó y se fijó por primera vez en Javier y Sofía haciéndoles un gesto de saludo.
-¿No debiéramos seguir buscando? -preguntó la joven con nerviosismo.
-Es mejor esperar a que caiga la tarde -contestó Jeremías.
-¿Por qué perder las horas de luz? -intervino Javier.
-Porque si va a ser parte de una ceremonia, ahora estará fuera de nuestro alcance -señaló René.
-¿Una ceremonia? -exclamó Sofía aterrada por la connotación de la palabra.
-Pensamos que la machi enloqueció y cree que Celina es una amenaza para mi padre. Como él le salvó la vida, ella está obligada a protegerlo -explicó Sergio.
-Pero ¿cómo pudo esa mujer dominarla? Mi amiga es fuerte a pesar de su apariencia -aseguró Sofía.
-Con secuaces, señorita. Hombres que le temen al poder de la machi y la obedecen ciegamente -explicó Jeremías.
Después de esto el silencio reinó por mucho tiempo. El sol se entibiaba mientras las individualidades que conformaban el cosmos instalado en la vivienda de Jeremías se enfrentaban con sus miedos y esperanzas. René quebrantó la tregua:
-Jeremías. Vas a formar grupo con Javier y Sofía. Sergio y yo buscaremos solos.
El capataz asintió.
-Voy a traer los caballos para prepararlos -informó, y salió de la casa.
Sofía estaba extrañamente tranquila ante el desafío que implicaba internarse en un bosque a oscuras, pero la posibilidad de entrar en acción la ilusionaba con la expectativa de hallar a Celina. Salió al exterior y se acercó a Amigo que había permanecido delante de la casa. Jeremías apareció con los caballos precedido por Ronco que oficiaba de perro pastor. A pedido del estanciero el capataz buscó una cuerda con la que lo sujetaron para impedir que los siguiera.
-No quiero que corran ningún riesgo -mandó René distribuyendo los transmisores y linternas, y sendos rifles a Javier y Jeremías. Concluyó:- ante cualquier hallazgo se comunican con Sergio o conmigo.
Todos aprobaron y, cuando padre e hijo acomodaron las armas en sus monturas, subieron a sus caballos para adentrarse en la vegetación buscando el resplandor de una estrella de Belén.
21 -
Jeremías encabezaba la partida guiando a Julián y a Sofía por un terreno que le era conocido. La consigna era acercarse a cualquier resplandor que delatara la hoguera ritual. El avance era lento debido a la oscuridad y a la necesidad de rodear macizos de árboles que impedían el paso de los animales. Habían concentrado la energía en el sentido de la vista con la esperanza de divisar cuanto antes el fulgor que los llevaría a Celina. Después de un tiempo tuvieron que desmontar y conducir los caballos entre la compacta arboleda. Caminaban en silencio y atentos a cualquier sonido, cuando la cabalgadura de Sofía sacudió la cabeza y liberó la brida de sus manos. Antes de que la joven pudiera atraparla, Amigo se confundió entre las sombras que poblaban el bosque. La muchacha quedó tan abatida por esta pérdida que ni las palabras susurradas por Javier y Jeremías lograron devolverle la tranquilidad. Reanudaron el avance tratando de sobreponerse al sentimiento de fatalidad que les había dejado la ausencia del equino. Durante la interminable marcha a ciegas se comunicaban regularmente con René y con Sergio para estar al tanto de cualquier indicio. Sólo apuntaban las linternas al suelo para salvar los accidentes del terreno y no tropezar con las protuberantes raíces de los árboles. Javier miró su reloj y comprobó que sólo habían pasado cuarenta minutos que le impresionaron como horas. Sofía se deslizaba por la espesa oscuridad repitiéndose que atrás suyo estaba Javier y adelante Jeremías, porque su imaginación desbocada elaboraba imágenes de ataque y sustitución. El relincho cercano de un caballo los sobresaltó orientándolos hacia la derecha del camino que recorrían. Jeremías notificó inmediatamente a René, a la par que mudaban de dirección. Desde esta nueva perspectiva distinguieron un débil reflejo que oscilaba en la espesura a unos trescientos metros de distancia. Con la mirada puesta en la luz, descubrieron un atajo de escasa vegetación que desembocó en el claro donde retenían a Celina. Jeremías los empujó para que retrocedieran y se ocultaran de la vista de los hombres y la mujer que estaban alrededor de la fogata. Desde su escondite vigilaron los movimientos del terceto, dispuestos a participar si entrañaban una amenaza para la cautiva. El capataz le anunció al estanciero el hallazgo y volvió a ocupar su sitio junto a Javier y Sofía. La muchacha le había pedido el largavistas al conserje y observaba angustiada a su amiga, que yacía sobre dos gruesos troncos colocados uno al lado de otro. Celina tenía los ojos entreabiertos pero no hacía otro movimiento que el de respirar tenuemente. Un trazo de sangre pintaba su mejilla derecha desde la sien hasta el cuello, lo que explicaba su letargo y la forma en que la inmovilizaron. Enfocó el dispositivo hacia la machi y los esbirros, tratando de anticipar lo que harían y rogando que René o Sergio llegaran cuanto antes. El tigre asomó desde la espesura sin ningún sonido que lo anticipara y se ubicó al lado de la hechicera. Los hombres alzaron a la extática prisionera dejándola frente al felino mientras la mujer entonaba una especie de cántico y arrojaba objetos al fuego. Después se volvió hacia la víctima y le habló en su idioma: “domo huinka, el destino del kona está en tus manos. Aceptá el rüpü sagrado que te ofrece el nahuel. No habrá dolor. En un instante tu destino será la inmortalidad”. Jeremías apuntó al animal con el rifle intuyendo el desenlace de la liturgia y decidido a intervenir si su amo no llegaba a tiempo. Celina, erguida ante la fiera, la mente obnubilada por el narcótico que la habían obligado a beber, hizo un esfuerzo titánico para recuperar el dominio de su voz y la proyectó al espacio en un grito: “¡René…!”
“Es inútil que lo llamés, domo huinka. Si no te entregás al nahuel, tu kona perderá la vida. Una palabra tuya lo salvará.” La machi repitió las palabras de un ritual con pertinacia, hasta que Celina las recitó penosamente. El tigre se aprontó para lanzarse sobre su presa a la vez que Amigo brotaba de la espesura y se plantaba entre el animal y la joven. La bestia atacó al caballo mientras Jeremías oprimía el gatillo del fusil sin dar en el blanco, pero evitando que lo hiriera mortalmente. Un tiro certero, procedente del arma de Sergio, acabó con la vida del nahuel al tiempo que René se abalanzaba entre Celina y la mujer. Sin vacilar, se llevó el rifle a la cara y apuntó a la hechicera con la manifiesta intención de matarla. De no ser por la rápida intervención del capataz que desvió el arma y en su lengua le rogó y le exigió que reflexionara, hubieran sido los últimos instantes de la machi. Los cómplices, aterrados, desaparecieron raudamente. El estanciero aceptó las palabras de Jeremías y giró de inmediato hacia la muchacha refugiándola entre sus brazos. Una exclamación de pena y de furia brotó de sus labios cuando le vio la herida en la cabeza y la mirada ofuscada. Sergio se acercó a su padre mientras trataba de tranquilizarlo, al tiempo que Javier se ocupaba de la hechicera, y Jeremías de sofocar el fuego. Sofía miraba la escena tratando de reconstruir los vertiginosos acontecimientos desde que divisaron a su amiga y el arribo de padre e hijo. Entendió que en ese momento no era más que un personaje secundario y trató de no interferir con el desarrollo de la acción. Sergio examinó a Amigo comprobando que tenía una herida poco profunda e interpeló a la mujer sobre el brebaje que le había administrado a la muchacha. “Se recuperará durmiendo”, le dijo a su progenitor cuando lo supo. René le encomendó a Javier que condujera a la machi hasta la estancia y, ayudado por su hijo, subió a Celina a su caballo. El estanciero iba recobrando el aplomo al ritmo de la serena respiración de la joven. Antes de salir del bosque se toparon con una partida de hombres que, empujados por la preocupación, se habían unido para buscarlos. Le comunicaron a su jefe que tenían una camioneta estacionada en el patio del capataz. René se acomodó con Celina en el asiento trasero y partieron de inmediato hacia el hospital. Esteban los recibió en la puerta alertado por el ranchero, y después que René la depositó en una cama, procedió a efectuarle una serie de análisis y curarle la lesión de la sien. Tras media hora de espera, el médico le informó que la herida de la cabeza no era de cuidado y que el sueño anularía el efecto de la droga. Con la colaboración de María que había venido a su pedido, lo intimó a que fuera a descansar y dejara a Celina al cuidado de ambos. Cuando salió de la clínica el fiel Ronco, que lo había rastreado, se le acercó y lo acompañó hasta el vehículo sin alborotar. Todos lo esperaban en la estancia para saber de la joven. Les comunicó que estaba bien, y le pidió a su abuelo que decidiera acerca de la machi porque él no podría hacerlo imparcialmente. Cuando se retiraron a descansar, Sofía se estremeció al entrar en la habitación solitaria y no pudo evitar sentir un poco de rencor por el hombre que se había adueñado de la vida de su amiga.
22 -
René se quedó tendido para relajar los músculos. Bajó a desayunar a la hora acostumbrada resuelto a traspasar a Sergio la atención de la hacienda. Se encontraron en la mesa del desayuno.
-¡Buen día, papá! ¿No debieras estar descansando? -lo saludó Sergio poniéndose de pie.
-No pude dormir. Además necesitaba hablar con los dos -dijo, incluyendo a don Arturo. Y continuó de un tirón:- Necesito estar libre por unos días para convencer a Celina de que se quede. Así que cuento con ustedes para que me reemplacen.
Don Arturo hizo un gesto de asentimiento acompañado de una sonrisa benévola mientras el hijo aniquilaba sus aspiraciones por amor al padre.
-Ya lo habíamos decidido para que te recuperaras, viejo, pero esta consideración no se me había ocurrido. Te auguro una misión exitosa -manifestó Sergio con generosidad.
La expresión feliz del progenitor atemperaba el estéril paisaje interior del hijo habitado de sueños muertos y una doliente sensación de renuncia. Tras las últimas recomendaciones, René se despidió con un abrazo.
-Que µenechén lo proteja y le dé fortaleza a su domo huinka -fue el adiós de Rayén.
El hombre le dio un sonoro beso en la mejilla y salió al encuentro de la oportunidad que su hado le brindaba. Manejó sin apuro dado que recién amanecía y no quería perturbar el reposo de Celina. Se detuvo en el hotel para buscar las llaves del departamento que tenía en el centro y tomó un café para hacer tiempo. La tormenta que se preparaba lo trasladó al día en que conoció a la mujer amada. ¿Sería un buen augurio? Se rió de sí mismo al tomar conciencia de que se había puesto un poco supersticioso. El amor le había completado un proyecto de vida al servicio de sus descendientes con la reaparición de anhelos olvidados, la ilusión al despertar cada día, la virilidad exacerbada por la imaginación. Deseaba a Celina con frenesí, pero estaba dispuesto a postergar el momento trascendental para que fuera una experiencia correspondida con el deseo de la muchacha. Dejó algunas instrucciones escritas para Javier y arrancó para la clínica. Las primeras gotas salpicaban el parabrisas cuando se bajó del auto y los truenos y relámpagos pronosticaban un fuerte temporal. El hall del hospital estaba desierto, a no ser por una enfermera que hacía guardia en la recepción.
-Buen día, Marcela. ¿Esteban está descansando?
-Buen día, señor Valdivia. En este momento está en la habitación de la señorita Celina.
Le agradeció la información y caminó, disimulando su prisa, hacia el cuarto adonde la había trasladado en la noche. Golpeó la puerta.
-¡Adelante, hombre impaciente! -la voz del médico sonó complacida.
Entró sorprendido por la impaciencia de verla como si hubieran estado alejados por mucho tiempo. Celina estaba apoyada sobre dos almohadas y el brillo de la conciencia resplandecía en la mirada que le prodigó. Una venda blanca rodeaba su frente dándole el aspecto de una bella india. Como si estuviera sola, se acercó al lecho y la estrujó entre los brazos fundiéndola sobre el pecho hasta que la joven dejó escapar una risa sofocada.
-¡René, debo respirar! -reclamó a su verdugo.
El hombre aflojó la presión con una sonrisa jubilosa y volvió a tenderla sobre las almohadas con un movimiento tan pausado como el beso que no pudo reprimir. Cuando se separaron, reparó en Esteban que observaba la escena cruzado de brazos y con una sonrisa divertida. Se dirigió a él:
-¿Así la ibas a cuidar, dejando entrar a cualquiera? -lo sermoneó.
-Con cualquiera no hubiera corrido el riesgo de morir asfixiada -contestó el médico cachazudamente.
-Me parece que van a ser tus últimos días en este hospital… -amenazó René con una mueca que expresaba todo lo contrario.
-¡Dios lo quiera! Así no tendré que ver tu trastornada expresión de enamorado -retrucó Esteban; y poniéndose serio:- Le estoy firmando el alta a mi linda paciente, así que preparate para llevarla.
-Presumo que están hablando de mí -intervino Celina con soltura, y preguntó:- ¿Adónde se supone que me van a llevar…?
El médico hizo un ademán moderador y le dijo mientras se despedía:
-René te dará todas las explicaciones. ¿Un consejo de amigo? Este patán merece toda tu confianza –se inclinó para besarla en la mejilla, mientras ella lo abrazaba con afecto.
-¡Gracias, querido doctor! Lo tendré en cuenta.
La puerta se cerró aislándolos del mundo. René se sentó mirándola con tanta avidez que la obligó a bajar los párpados para que no leyera el mismo anhelo en los suyos.
-¡Bueno! –le dijo al fin- ¿me dirás qué me depara el destino?
El hombre le levantó la barbilla para enfocar su mirada y le aseguró:
-Un enamorado que te ambiciona tanto que sólo aceptará tenerte cuando estés chalada por él.
Ella rió encantada con la declaración de René y tiempo después le confesó que en ese preciso instante se transformó de seducida en chalada. El estanciero la besó tiernamente y le preguntó:
-¿Podrás vestirte sola?
-Si necesito ayuda, te llamaré –le respondió con desenfado.
René hizo un gesto de escepticismo y le acarició la mejilla sin perder la sonrisa.
-Te espero afuera –le dijo.
Celina se levantó de la cama y buscó la ropa de la que nuevamente se había ocupado María. Se vistió y pasó por el baño antes de salir al pasillo donde la aguardaba su enamorado. Él le pasó un brazo por la cintura y la guió hacia la salida adonde estaba estacionado el auto. La tormenta estaba en crecimiento y René corrió primero al vehículo para moverlo sobre la vereda que estaba rematada por un alero. Celina subió a su lado sin sufrir más molestia que el atropello del viento que le dificultaba el avance. Cuando logró cerrar la portezuela, René le dijo divertido:
-Creí que tendría que salir a rescatarte. Me voy a ocupar de que ganes peso.
-No podrás. Tengo un metabolismo eficiente. Pero te informo que los helados me encantan.
-Hace frío –le avisó el hombre.
-¡En toda temporada! –exclamó eufórica.
-Tendrás tu helado –le prometió; luego la tomó de los hombros y le contó adónde pensaba llevarla:- Vamos a mi departamento del centro. Allí acabarán mis sobresaltos porque te tendré siempre a la vista –la miró un poco inquieto, como si esperara una negativa.
La mujer chalada esbozó una luminosa sonrisa y sólo dijo:
-Me parece bárbaro.
René se quedó un momento en suspenso hasta que asimiló la respuesta y dio de baja a todos los argumentos que tenía preparados. Condujo hacia la ciudad con plena conciencia de la proximidad de Celina, de su perfume, de su calor, de su gracia, y entendió que se avecinaba el momento más glorioso de su vida.
23 -
A Sofía la despertó el timbre del teléfono directo que tenían en la habitación. Atendió sumergida en la bruma del sueño de la cual la sacó la enérgica voz de Susana:
-¡Sofía! ¿Qué pasa que Celina no me llama desde hace dos días? -ni se tomó el trabajo de darle los buenos días.
-Buen día, Susana. ¿Cómo está el tiempo por Rosario? -si la desconcertaba, le daría tiempo de inventar alguna excusa.
Se hizo un breve silencio. Luego:
-Buen día, Sofía. Perdoná mi ansiedad. Es que mi hija prometió hablarme todos los días. Pasan cosas tan terribles, y encima, adonde están…
La joven reparó en que llovía torrencialmente a través del ventanal.
-Quedate tranquila, Susi. La gimnasta se levantó temprano y ya debe haber dado dos vueltas por el campo. Estamos bien y disfrutando de este lugar encantador. Los peligros están en la ciudad, ma. Aquí no pasa nada -cruzó los dedos para invalidar la mentira.
-Voy a creerte. De cualquier manera, decile que me llame apenas vuelva. No te olvides, ¿eh?
-¡No, mamacita! ¿Vos estás bien?
-Soportando el calor, pero bien.
Se despidieron y Sofía se duchó y se cambió en tiempo record. Supuso que Celina podría hablarle a su madre desde el hospital. Cuando estuvo lista, bajó al familiar punto de encuentro. En ese horario, Diana, Walter y Andrés ocupaban la mesa de desayuno. Saludó a todos, incluida Rayén, y se sentó. Tenía la sensación de no haber comido en mucho tiempo y atacó con ganas las delicias caseras de la servidora. Mientras consumía el desayuno, consultó por su amiga:
-¿Tienen alguna noticia de Celina?
-Hace un rato hablé con Esteban y me dijo que le había dado de alta -contestó Walter.
-¿Entonces vendrá para acá?
El médico cruzó una mirada con su esposa.
-No creo que hoy -contestó al fin.
-¿Se puede saber por qué? -insistió Sofía.
-Porque parece que René la raptó -contestó Diana con sarcasmo.
La joven la fulminó con la mirada y se levantó bruscamente. “¡La odio!”, pensó, y volvió a su cuarto para comunicarse con un interlocutor más gentil. Llamó a la clínica y la secretaria le confirmó que su amiga se había retirado con el estanciero. No vale, Cel. Me dejás sola en compañía de esta arpía. ¿Qué voy a hacer en este lugar donde nadie se interesa por mí? Me voy a aburrir a muerte. Me vuelvo a Rosario. Pero tu madre me va a volver loca si regreso sin vos. ¿Adónde te llevó René? ¿Fue contra tu voluntad? Soy una necia. Lo seguirías hasta el fin del mundo. Tengo que saber de vos.

(para envío gratuito del final, correo a cardel.ret@gmail.com)

FIN
La vida de las amigas tuvo las mismas alternativas de alegrías, tristezas, encuentros y desencuentros que constituyen el fundamento de la existencia. Ésta es sólo la crónica del prodigioso instante en que irrumpe el amor.