martes, 29 de septiembre de 2009

¿DÓNDE ESTÁ RITA? - Publicada en Editorial Las Muñecas Rusas y Amazon-ISBN:978-84-939811-4-3

I
Cuando bajé en la Terminal de Rosario, eran recién las siete de la mañana. Fui a uno de los barcitos más concurridos para desayunar porque aún escuchaba las palabras de mi madre al despedirme:
-¡Insisto en que es una locura que vayas sola! No hay seguridad para una chica del campo en una ciudad grande
-¡Pero mamá, ni que fuera una pajuerana! ¿Te olvidás las veces que viajamos con Rita por el país y por el extranjero? Y nunca nos pasó nada.
-Es distinto -me dijo porfiada- iban de a dos y con un itinerario. Ahora ni siquiera sabés por dónde empezar.
Suspiré profundamente para evitar contestarle. Si le daba la mínima oportunidad, se subiría al ómnibus conmigo y me estorbaría la búsqueda en su afán de protegerme. Por eso, puse mi mejor cara de hija obediente y recé su sarta de recomendaciones:
-Mamá: cuando llegue a Rosario me pondré inmediatamente en contacto con Alberto. Si no lo encuentro, buscaré a Juan. Dejo para lo último a Leo -la vi a punto de interrumpirme- ¡sí, mami, aunque sea un pedante lo iré a ver si no encuentro a los otros! -y antes de que pudiera abrir la boca:- y nunca me quedaré en ningún sitio poco concurrido. Amén.
-Si viviera tu padre no serías tan descarada y yo no estaría sufriendo por tu suerte -se lamentó.
La abracé amorosamente y la besé en las mejillas. ¡Mamita querida! Tan joven todavía y aferrada al recuerdo de mi padre como el único hombre posible en su vida. Me asió con fuerza y derramó las últimas palabras de advertencia:
-Prometeme que si no encontrás a los padres, buscarás al hermano. Y me llamarás todos los días.
-Te lo prometo, mami -dije mientras subía al autobús.
La saludé desde la ventanilla hasta que el coche dobló y nos perdimos de vista. Tenía cinco horas de viaje hasta Rosario porque la empresa entraba en todos los pueblos que estaban a la vera de la ruta; y tuve que salir a la madrugada gracias a la atención de un amigo que trabaja en la estación del pueblo y me reservó un boleto devuelto ya que no había más pasajes hasta la semana entrante. Yo no hubiera podido esperar una semana más para comunicarme con Rita. Telma, su madre, estaba desconsolada por la falta de noticias, y no podía recurrir a su hijo Leo porque el estúpido muchacho había cortado toda relación familiar cuando se fue a Rosario. Y si ahora tenía una empresa importante y le iba bien económicamente, era gracias a las joyas que se apropió la fatídica noche en que se peleó con su padrastro. Dennis no hizo la denuncia a la policía por las agresiones sufridas ni Telma por el robo de las alhajas, cosa que yo nunca pude comprender. Rita no quiso hablar de ese incidente con nadie y, siendo su mejor amiga, respeté ese deseo. Tenemos casi la misma edad, nos conocemos desde siempre, fuimos a las mismas escuelas y compartimos todas las experiencias propias de la niñez, la adolescencia y la juventud. ¿Cómo podría permanecer impasible ante su inexplicable ausencia? Si Dennis no estuviera de viaje, me dijo Telma, no habría pedido mi colaboración. Pero faltaban dos semanas para que regresara de Cuba adonde estaba por cuestiones de negocios. La madre de Rita es una mujer de la edad de mamá y, objetivamente, más hermosa. Se ve tan joven como su tercer marido, al que le lleva siete años. Tiene unos modos tan seductores que nadie se le resiste, y cuando me rogó que tratara de contactarme con su hija, no pude negarme. Además, mi amiga estaba bastante taciturna últimamente. Su carácter alegre se había ido apagando como su interés por conservar su esbelta figura. Tenía tendencia a rellenarse en lugares estratégicos, por lo que siempre la recordaba cuidando su dieta. Desde que viajaba a Rosario para cursar Administración de Empresas algo había cambiado. La sorprendí varias veces comiendo alfajores y facturas con una especie de voracidad desconocida para alguien que evitaba cuidadosamente los excesos. Yo sospechaba que su ánimo estaba en relación directa con algún affaire amoroso que no quería compartir ni con su mejor amiga, es decir, yo, que haciendo gala de mi proverbial discreción nunca le pregunté directamente qué pena sentimental estaba aumentando sus medidas y su desaliño. Me arrepiento de ello.
Suspiré y observé las mesas a mi alrededor. Creo que todos teníamos esa cara de no haber descansado bien. Saqué el espejo de la cartera y miré la nariz brillosa y los ojos aturdidos de una mujer joven, bien parecida según los parámetros en boga, el pelo dorado revuelto que necesitaba un peine y la cara pálida que al menos merecía un toque de color en los labios. Llamé al mozo que vino de inmediato (se me daba por establecer excelentes relaciones con los mozos que nunca se hacían esperar) y le pagué dejándole una generosa propina. Después me dirigí al baño para borrar los restos de sueño de mi rostro. Cuando salí eran las ocho menos cuarto y me volví a sentar para tomar un café y planificar la pesquisa. Pero alteraría el orden. Esperaría hasta las nueve y trataría de conectarme con Juan, el primer marido de Telma y padre de Leo. Juan era un hombre muy agradable a diferencia de su hijo, y si sabía de Rita seguramente me lo diría o trataría de ayudarme. Consulté la agenda y ubiqué la dirección en la guía de calles con la que siempre me manejo en los lugares desconocidos. Cuando viajo, me gusta más trasladarme en transportes públicos que en taxis o remises, pero ahora no había tiempo para las veleidades del turismo. Tampoco quise llamar por teléfono para no darle la oportunidad de hacerse negar (después de tanto tiempo, vaya a saber si se acordaba de mí). La oficina estaba en pleno centro y a las nueve y cuarto tomé un taxi para concretar la primera etapa del plan. No había traído más que un bolso de mano porque estimaba que en el mismo día encontraría a Rita y, o nos volveríamos juntas, o estaríamos algunos días y sería la excusa perfecta para renovar mi guardarropas. Llegué ante un edificio de oficinas que tenía una pizarra apenas ingresar al hall con el listado de todas las empresas que estaban instaladas en ese lugar. Lo leí cuidadosamente y encontré que “Inmobiliaria Dumas” estaba en el octavo piso oficina 813. Los ascensores estaban al fondo del palier y cuando me acerqué a las puertas, saludé al portero que estaba detrás del mostrador de un pequeño privado en el lateral derecho. Bajé en el octavo piso y elegí caminar hacia la derecha tomando nota de los números de oficinas. Tuve que volver porque había optado por el lado equivocado y avancé más segura por la izquierda hasta que enfrenté el número 813. La entrada estaba cerrada con llave y golpeé dos veces. A través de los vidrios difusos se perfiló una silueta que se agrandó hasta llegar a la puerta y se materializó al abrirla. Quedé frente a un hombre joven, de cuerpo atlético, elevada estatura y pelo oscuro que comenzaba a formar pequeños golfos simétricos a los costados de su cabeza. Su rostro era lejanamente familiar, pero no podía ubicarlo. El también me miró con fijeza, frunciendo el entrecejo como si estuviera haciendo un esfuerzo para recordar. Rompí el incómodo silencio:
-Busco al señor Dumas.
Juan, en bermudas y sandalias, se asomó desde una oficinita interior. Estaba tan flaco como siempre, el pelo canoso y la sonrisa cordial que lo caracterizaba. No tardó mucho en reconocerme. Abrió los brazos al tiempo que decía:
-¡Pero si es mi bella Ana!
Pasé al costado del joven y me refugié en la cálida bienvenida, como cuando era una niña y Juan venía todos los fines de semana a llevarse a su hijo. Me dio un ruidoso beso en la mejilla y me apartó para mirarme con detenimiento.
-Te has convertido en la princesa que prometías –me dijo con cariño- ¿A qué debo el placer de tu visita?
Antes de que pudiera contestar, escuché una voz a mis espaldas:
-Con que es la pequeña lechuza. ¿Adónde dejaste los ojos y los dientes?
Me volví ya segura de con quien me iba a encontrar. Leo, claro. Desde que se había ido, hacía catorce años, en su casa no se lo volvió a nombrar y se limpiaron todas sus fotografías. El desgarbado adolescente que recordaba estaba bastante alejado del fornido hombre que me miraba con sonrisa irónica y brazos cruzados. Seguía siendo tan detestable como a los dieciséis años, cuando se burlaba de mis toscos anteojos y me llamaba lechuza. Hacía diez años que me había librado de ese oprobio gracias a las lentes de contacto. Lo miré con el odio de mis once años martirizados de anteojos y prótesis dentales que tan lejos me ubicaban de los doce sin defectos de Rita. La perplejidad le hizo lanzar una carcajada que le iluminó el rostro con un atractivo impropio de un individuo sin escrúpulos.
Le volví la espalda y respondí la pregunta de Juan:
-Estoy buscando a Rita. Hace dos semanas que viajó a Rosario y una que no tenemos noticias. Telma está preocupada como yo, así que vine a ubicarla. Pensé que podría haberte contactado.
Juan me observó casi apenado.
-Hace años que no la veo, querida. E ignoraba que estuviera en la ciudad.
Su declaración me sorprendió. Rita me había referido los encuentros con su padre y su ex padrastro cada semana que venía a estudiar a la ciudad. Antes de que pudiera reaccionar, intervino su hijo:
-¿De modo que mi querida madre ya no cuenta con los servicios de su gigoló y te manda a investigar por ella?
Apreté los labios para no contestarle. Después de todo su padre no estaba obligado a presenciar nuestro ríspido debate. Juan dijo conciliador:
-Te ayudaremos en todo lo que podamos. Para empezar, ¿tenés alguna idea de dónde se alojó cuando vino?
-Sí y no. Ella dejó la dirección del Hotel Riviera al que llamamos cuando pasaron tres días sin noticias. Allí nos dijeron que nunca había estado. Me pasé dos días llamando a todos los hoteles y alojamientos de Rosario para averiguar que no había parado en ninguno de ellos. Por último, pensé que podía haberse quedado en la casa de alguno de ustedes.
-¿Y por qué no visitar primero al padre? –intervino la voz aborrecida con indudable lógica.
-Porque primero quería cargarme las pilas con la persona más amable que conozco –repuse sin darme vuelta.
-¡Gracias… lechuza! No olvidaré esta lisonja –la voz tenía un tono de burla regocijada.
-¡Me refiero a tu papá, idiota! –el insulto brotó de mis labios tan incontenible como el giro que di para fulminarlo con la mirada.
-¡Haya paz, niños! -la voz de Juan sonó divertida y a continuación volvió a interesarse en mí:- ¿Qué te hace pensar que Rita venía a visitarme?
-Ella me lo dijo -expresé, confundida.
-No sé por qué te mintió -manifestó con extrañeza- pero sí creo que debieras ver a su padre. ¿Pensaste en ello?
Me sentí como una tonta ante padre e hijo, por lo que respondí con desparpajo:
-Sí, pero no sé adonde vive -el embuste me nació espontáneamente.
Juan se quedó pensativo y luego se dirigió a mi espalda, o sea, a su hijo:
-Leo, yo debo esperar a la señora García para mostrarle la casa de Funes. ¿Podrías acompañar a Ana hasta lo de Alberto?
Se me pusieron los pelos de punta. ¿Qué había desencadenado al alterar mis planes y la ulterior mentira? Rogué en silencio que el antipático se negara, pero contestó con presteza:
-No hay problema -y me ofreció su brazo con una sonrisa:- ¿Vamos?
Sin contestarle, le di un beso a Juan para agradecerle y enfilé hacia la puerta. “Encontrar a Rita es la premisa”, me repetí varias veces mientras caminaba hacia el ascensor sin mirar atrás. Pulsé el botón de llamada y me quedé observando el indicador luminoso. Cuando la puerta se abrió, me metí hasta el fondo y recién me di vuelta. El patán entró y se acomodó frente a mi, asido a las barandas laterales de la caja. Estaba desagradablemente cerca como para que no me perdiera su insoportable mueca sarcástica. Levanté altivamente la cabeza -así me pareció- y miré hacia el techo mientras duró el descenso. La máquina paró en la planta baja pero Leo siguió cerrándome el camino. Traté de que mi mirada fuera interrogante, no furiosa.
-¿Tregua? -dijo desprendiendo la mano derecha de la baranda y ofreciéndomela.
Vacilé y lo escruté buscando cualquier atisbo de burla. Sus ojos oscuros me miraron francamente y le tendí mi diestra sólo para poder salir del ascensor. La sostuvo un momento con firmeza y luego la llevó hasta sus labios sin dejar de mirarme. Fue un acto taimado que me dejó boquiabierta y echando fuego por las mejillas. Rescaté mi mano bruscamente y arremetí contra el impertinente que apenas pudo apartarse para que no lo atropellara. Llegué tan rápido a la vereda que tuve que esperarlo para saber cuál era el paso siguiente. Acompasé la marcha a su andar parsimonioso que acompañaba con un despreocupado silbido. Así caminamos media cuadra hasta llegar a una playa de estacionamiento. Lo seguí hasta que abrió la puerta del acompañante de un moderno auto de color té metalizado, y la sostuvo sin dejar de silbar hasta que estuve acomodada. Dio la vuelta, se sentó al volante y siguió con el fastidioso sonido hasta que llegó a la ventanilla de pago. Allí abonó la estadía y bromeó con el encargado para luego partir hacia la casa del padre de Rita.
-Alberto vive en Barrio Martin -me dijo como si le hubiera preguntado.
-¡Ah!
-Tiene un duplex con vista al río -siguió como si quisiera hacer una venta.
-Hum…
-¿Sabés lo que más me gusta de vos? La charla tan encantadora.
Me hundí en el asiento haciendo caso omiso de su ironía. Entonces volvió al silbido inaguantable. Preferí hablarle antes que exponerme a una sordera prematura:
-No imaginaba que tuvieras trato con tu padrastro -dije recordando su carácter díscolo.
Se sonrió sin apartar los ojos del frente. Al cabo de un tiempo, me contestó:
-Tal vez eras muy chica para recordar que sólo tuve problemas con Dennis. Con Alberto siempre nos respetamos, y de vez en cuando nos vemos.
Me devané los sesos para continuar un diálogo potable porque sentía que no tenía nada en común con este muchacho del presente.
-Nunca aceptaste sus criterios de horarios -rememoré la música rockera que nos rompía los tímpanos a la madrugada, cuando me quedaba a dormir en casa de Rita.
Soltó una carcajada alegre, seguramente de puro sadismo, al evocar tiempos pasados.
-Todo eso terminó cuando accedió a no ponerme de pupilo en el Colegio San José.
-¿Entonces no fue Rita la que te convenció regalándote su bicicleta?
Rió más fuerte. Cuando se le pasó, repuso:
-Ese fue un beneficio adicional. Vos sabés cuánto deseaba la bici de Juancho.
¡Ahora me acordaba! Apenas Rita se la regaló, hizo el cambio con su compañero de rugby, que a la vez quería agasajar a su novia. De modo que Rita se llevó una bronca bárbara cuando vio a Mimí paseándose con su rodado. Mimí estaba adelantada dos años y había sido electa reina de la escuela, competencia en la que Rita fue descalificada cuando descubrieron que había falseado su edad. De no ser así, seguramente habría ganado. Pero la revelación de Leo no hacía más que rubricar sus inclinaciones delictivas. ¡Aprovecharse así de su hermana! De su hermanastra, ¡bah!…
-Tendría que haberlo imaginado -acoté al fin con acidez.
-Eran juegos de niños -comentó con tono de nostalgia.
No me iba a enternecer. ¡Pensar que cuando cumplió los dieciséis años, cuatro meses antes de su fuga, gasté todos mis ahorros para comprarme el vestido de gasa blanca que iba a lucir en su fiesta! Los recuerdos me llevaron por delante. ¿YO estaba prendada de ese fatuo que no pudo contener la risa cuando aparecí perdida entre los pliegues de mi adorado vestido, chuequeando con los estrenados tacos altos, los labios pintados que resaltaban el metal de mis dientes y los ojos delineados tras los gruesos cristales de los anteojos? No pude contener una carcajada ante la evocación de mi lastimosa figura. Y ahí fue que lo absolví, porque a la distancia, yo había tenido su misma reacción. Él fue el desconcertado esta vez, a tal punto que se volvió para mirarme y casi se pasa un semáforo en rojo. Frenó de golpe y se quedó viendo cómo me abandonaba a la risa, con una expresión de complacencia a pesar de que no entendía mi súbito ataque. Arrancó antes de que pudiera hablar, entonces le aclaré:
-Me vino a la memoria tu cumple de los dieciséis. ¿Te acordás cómo estaba vestida? -la risa me acometió nuevamente.
Leo fue cuidadoso. No me acompañó en mi estallido. Me preguntó suavemente:
-¿Todavía no me perdonaste?
-¡Ahora te perdoné! ¡No puedo creer que me sintiera una diosa con tan ridículo atuendo! -afirmé con naturalidad.
-Pero yo siempre lamenté que te fueras llorando de la fiesta -dijo sinceramente, e inquirió:- ¿Nunca te dijo tu mamá que me fui a disculpar esa misma noche?
-Mi mamá se indignó de que “un mocoso ebrio”, como te designó urbanamente, fuera a tocar timbre a la cuatro de la mañana después de haber tenido que lidiar con su desconsolada hija. ¿Así que después de todo tenías tu corazoncito? pensé.
-Es verdad, estaba bastante borracho pero me remordía la fuga de la lechucita, como te decía cariñosamente en esa época aunque te molestara –y anticipando mi protesta, agregó:- yo te veía como la mejor compañía que podía desear para mi hermana, y no fue un acto de crueldad mi risa, sino... ¡que me tomaste por sorpresa! –terminó contrito.
La conversación se terminó porque estacionó el coche frente a un edificio de aspecto imponente, con balcones circulares de los que pendían floridas enredaderas. Bajé antes de que diera la vuelta; yo era una chica que se bastaba sola. Esperé a que cerrara el auto y lo secundé hasta la entrada del condominio. Un guardia de seguridad casi nos pide análisis de sangre para dejarnos pasar y admiré la templanza con que Leo contestaba su interrogatorio. ¡Yo lo habría mandado a la mierda! Al final, le pidió una contraseña que mi acompañante murmuró junto al portero eléctrico, lo que pareció dejar satisfecho al cancerbero. Con gesto pomposo abrió la puerta e hizo una reverencia mientras pasábamos. Me volví varias veces para admirar a semejante espécimen que no se encontraba por donde yo vivía. Sólo cuando se cerró la puerta del ascensor, Leo se permitió reír. Supongo que mi gesto de incredulidad acrecentó su diversión y, como si deseara frenar una explosión de mi parte, se apresuró a comentar:
-Has conocido a Renato, el rey de los conserjes. Creo que lo trajeron del Agudo Ávila junto a su sicosis para combinar con los consorcistas. Cada vez que vengo agrega más preguntas antes de la consigna, por lo que estimo que dentro de poco no recibirán más visitas.
Yo sabía que el Agudo Ávila era el loquero de la ciudad, por lo que no pedí explicaciones. Bajamos en el décimo piso, que tenía su entrada particular. Leo pulsó el timbre y la puerta se abrió de inmediato. Era obvio que el portero nos había anunciado. Alberto había engordado con el correr de los años y había perdido todo el pelo, salvo unos mechones que ascendían desde el occipital para adornar su frente. Vestía un kimono de seda y se veía sumamente acalorado. Nos recibió con una efusividad que no le conocía:
-¡Leonardo, amigo! ¡Veo que por fin me has traído una novia! ¡Y es encantadora! ¿Habrá boda pronto? -y a continuación me tomó por los hombros y me zampó un estruendoso beso en la mejilla.
-¡Más quisiera, Beto! -contestó el caradura- Pero esta joven es Ana, la amiga de Rita, ¿te acordás?
-¡La lechucita! -proclamó Beto mirándome con detenimiento- ¡Quién diría lo bonita que se pondría!
¿Mi ominoso pasado seguiría pisándome los talones? Le prodigué la mueca de una sonrisa y miré la cara de Leo que exhibía una falsa expresión de inocencia. Bajé la cabeza y pasé al interior del departamento cuando el padre de Rita se hizo a un lado liberando la entrada. A través de una amplia puerta vidriada atisbé un inesperado fondo verde para un departamento ubicado en un décimo piso. Nos guió hacia el jardín armado en la terraza y bordeado de lajas que resguardaban el acceso a los ambientes interiores. Césped, árboles, arbustos floridos, pileta de natación alimentada por una cascada artificial y un quincho cubierto para que la lluvia no malograra ningún asado. Una pérgola circular techada de enredaderas resguardaba del sol las amplias reposeras desparramadas sobre el camino de lajas y una mesa de hierro labrado y tapa de mármol blanco con varios sillones acolchados.
-¡Pónganse cómodos! -dijo, y a continuación gritó:- ¡María, María…!
Una mujer madura y de aspecto severo respondió a los gritos:
-¿Señor? -y reparando en nosotros, saludó:- Tengan ustedes buenos días.
-¡Buenos días! -respondimos Leo y yo a coro.
-María, haga el favor de traer un refresco para mis invitados -pidió Alberto cortesmente.
La mujer puso los brazos en jarras y le espetó:
-¡Decídase, señor! ¡O le arreglo la casa o le hago de mozo!
Su patrón la miró fijamente e hizo un gesto para despedirla. Ella se volvió con brío al interior de la casa. Alberto nos dijo en tono de confidencia:
-Si no fuera tan prepotente sería una mujer excelente. ¡No hay quien limpie como ella! Pero cuando cumple una función, no le pidan que haga otra. En fin… yo les traeré el refresco.
Leo y yo le juramos que no apetecíamos nada, lo que pareció aliviarlo pues inmediatamente se sentó.
-Alberto, -le dije- he venido a buscar a Rita y espero que usted pueda decirme dónde está.
-¿Esa hija desamorada? Hace meses que no tengo noticias de ella -refunfuñó.
Me volví hacia Leo desolada. Él me apretó el brazo y se hizo cargo del interrogatorio:
-Beto, es importante que nos des una pista de su paradero. ¿Cuándo fue la última vez que la viste?
El padre de Rita reaccionó y preguntó alarmado:
-¿Le pasó algo a mi nena?
-Por ahora sólo queremos ubicarla. Hace tres semanas que vino a Rosario y no sabemos en donde se aloja. La última vez que la viste, ¿adónde paró? -insistió Leo.
-En el Riviera, me dijo. Y aunque yo le insistí que se quedara aquí, me dijo algo de horarios y distancia a la Facultad… Que no le convenía, me dijo -repitió por tercera vez.
Leo se paró y me tendió la mano para ayudarme. ¡Lo bien que hizo! El desaliento se había filtrado por mi cuerpo y transformado mis piernas en gelatina. Me hubiese caído si mi antiguo enemigo no me hubiera sostenido. Por un momento tuve el impulso loco de echarle los brazos al cuello y llorar hasta el cansancio, pero invoqué a mi rencorosa niña interior y logré reponerme y soltarme de su brazo.
-¡Avísenme tanto como si la encuentran como si no! -nos urgió Alberto mientras subíamos al ascensor.
-Te mantendremos al tanto -prometió Leo.
II
Bajamos en silencio. La mirada atenta de mi acompañante reflejaba preocupación por mi desfallecimiento anterior. Mi mente era un caos donde las vivencias del pasado intentaban superponerse a este presente precario y lleno de inseguridades. Como dice mamá, mi cara es demasiado expresiva para jugar al póker, así que el guardia se apresuró a abrir la puerta sin proferir comentarios.
-Vamos a buscar a papá y a comer algo. Te vendrá bien -dijo Leo cuando subimos al auto.
-¡No voy a comer hasta que encuentre a Rita! -le contesté.
Se limitó a manejar sin responderme. Me hubiera venido bien una pelea con ese tonto para descargar la angustia que me arañaba la garganta. Estacionó el coche frente al edificio y, mientras iba en busca de su padre, me dejó en garantía de que zafaría a una boleta de estacionamiento. Cuando el zorro gris se acercó, en lugar de hacer valer mi encanto de rubia le saqué la lengua. Esta conducta lo desconcertó y sacó inmediatamente el talonario de multas que llenó sin mirarme y dejó debajo del limpiaparabrisas. Tuve un momento de malsana alegría cuando Leo la retiró y tras observarme con reproche, hizo un bollo y la arrojó a la calle. Juan, que no se perdía detalle, revolvió mi pelo con una sonrisa y subió al asiento trasero.
A pesar de mi declaración, no me negué a entrar al restaurante. Eran las dos de la tarde y mi última comida sustanciosa databa de las veintidós horas del día anterior. Leo sostuvo la puerta para que entráramos su padre y yo. Pasé a su lado y mi mirada desafiante se licuó en la chispa burlona de sus ojos. Nos sentamos al lado de un ventanal con vista al Monumento a la Bandera y al Parque que lo rodeaba, espectáculo sedante para mis desquiciadas neuronas.
Juan, que se había sentado frente a su hijo y a mí, abrió la conversación:
-¿Me contarán lo que averiguaron?
-Que Beto tampoco ha visto a Rita -resumió Leo escuetamente.
Su padre observó mi conmoción y manifestó con afecto:
-Debieras pegar la vuelta y dejar que Leo y yo nos ocupemos de localizar a Rita.
-¡No! No me iría tranquila sin saber de ella. Me voy a quedar hasta encontrarla.
-Entonces vendrás a casa -dictaminó Juan categórico.
Empecé a protestar que no quería molestar, que me alojaría en un hotel, que me mantendría en contacto, pero fue inflexible.
-¡Insisto! La propiedad es espaciosa y nosotros estaremos más tranquilos sabiendo adónde estás, ¿no es cierto, Leo?
-Totalmente de acuerdo -asintió con seriedad el nombrado.
Me resigné con alivio. La presencia de los dos hombres era recorfontante y la tarea que me esperaba sería más llevadera con su colaboración. La comida me cambió el humor y recuperé la esperanza. Como no sabía cuánto tiempo me quedaría, decidí armarme un vestuario mínimo y acordé con Juan y con Leo encontrarlos en la oficina antes de las veinte horas para partir rumbo a su casa. Mientras hacía las compras no dejé de pensar en Rita. Rosario era grande, pero en el centro tropezaban todos. Corrí tres veces detrás de mujeres creyendo reconocer a mi amiga, pero me llevé tres chascos. Al fin, molida y desencantada, me reuní con mis protectores a las veinte y treinta. Los dos estaban a la entrada del edificio y Leo fue el primero que me vio. Me salió al paso y mientras me alivianaba de las bolsas, me reprendió:
-¿Adónde te habías metido? ¿No quedamos en encontrarnos antes de las veinte?
Miré su rostro alterado y la respuesta hiriente que tenía a flor de boca, quedó sofocada por la intervención de Juan:
-Disculpalo, querida. Se puso como loco pensando que también habías desaparecido. Todavía no conoce los tiempos de las mujeres en tren de compras.
Leo se dirigió a la cochera con los labios apretados. Yo lo miré a Juan interrogante, pero él movió la cabeza con una sonrisa. Entonces supe que todo estaba bien. Leo estacionó el auto y su padre me señaló con un gesto la puerta abierta del asiento delantero. Me sonreí y dije en voz alta:
-Gracias, Juan. Pero creo que el conductor está enfadado conmigo y no sería la compañía indicada. Voy atrás.
Estiré la mano para abrir la puerta trasera y Leo se volvió velozmente para trabarla. Nos quedamos mirándonos hasta que me largué a reír y subí por la puerta que me había franqueado el muchacho iracundo. Me acomodé a su lado y lo miré todavía riendo hasta que su extraña mirada me dio un poco de miedo. Su gravedad no era de enojo porque sus facciones estaban distendidas, pero me contemplaba como si me viera por primera vez. Giré suavemente la cabeza hacia el frente para ocultar mi turbación y me abandoné sobre el respaldo. Vislumbré por el rabillo del ojo al inquietante Leo todavía vuelto hacia mí, hasta que se enderezó y puso en marcha el motor. Creí escuchar un suspiro de distensión desde el asiento trasero. Hicimos el viaje charlando con cordialidad. Juan me informó que vivían en Fisherton y que volviendo temprano estaban a veinte minutos del centro. Me sentí un poco culpable porque el tránsito estaba complicado y seguramente tardaríamos más en llegar. El cansancio me provocó un sopor irresistible dentro del cual se diluyeron las voces de los hombres y el ronroneo del motor. Unas suaves sacudidas me volvieron a la vigilia. Abrí los ojos y comprobé que estaba reclinada sobre el hombro de Leo.
-¡Aquí la tierra! –me dijo divertido- ¿podrás bajar por tu cuenta o tendré que cargarte?
Esta amenaza bastó para despabilarme. Me erguí sobre el asiento y bajé con dignidad cuando Leo abrió la portezuela. Que haya metido el pié en un pozo no fue culpa del sueño sino de la oscuridad y, según me enteré después, de la maldita desidia de los vecinos que no cumplieron con su obligación. De modo que caí como una bolsa de papas y cuando me levanté ya tenía el tobillo hinchado. No acepté que me cargara sino el apoyo de su brazo para entrar saltando absurdamente en una pata. Juan, que había ingresado primero, miró la escena perplejo hasta que me desplomé en un sillón.
-¿Qué pasó? –le preguntó a mi escolta.
-Que los Torres no acabaron de rellenar los huecos que hizo su perro –le contestó, y luego se agachó para revisar mi tobillo.
-No parece haber ninguna fractura. Quedate sentada mientras busco hielo y algún calmante –me dijo, y desapareció.
-No pienso moverme de este lugar –respondí dolorida al ausente.
Juan miró mi tobillo y puso cara de circunstancia. ¡Yo no necesitaba ésto! ¡Y precisamente ahora que debía conservar mi integridad física para la acción!
Leo trajo prontamente el hielo y lo aseguró a mi tobillo.
-Mientras organizamos la cena dejá que haga efecto el frío, y después de comer te vas a tomar un calmante para descansar –su tono no admitía réplica.
Nuevamente desmoralizada, me encogí de hombros. Durante la espera me distraje inspeccionando la habitación adonde reposaba. Era un ambiente amplio y acogedor. Sillones mullidos, hogar, una mesa ratona, una gran biblioteca, televisor de pantalla plana, equipo de música, bar y ventanales hacia la calle y al costado de un jardín iluminado por columnas coronadas de farolas redondas. Pensé, amargada, que me hubiera gustado husmear por toda la casa y el fondo si no hubiera tenido el estúpido accidente.
Leo me sacó de mi abstracción. Me ofreció el brazo y volví a mi oficio de canguro hasta acomodarme en la mesa de la cocina. El cuarto daba a los fondos de la casa y por la ventana pude distinguir que estaba profusamente arbolado. La cena fue liviana y me tomé el calmante bajo la atenta mirada de mi enfermero.
-Los cuartos están arriba –me advirtió, y luego invocó mi sentido común:- si mañana querés que los dos caminemos, accederás a no saltar por la escalera.
Evalué su propuesta y luego, como niña obediente, tendí los brazos para que me levantara. Lo hizo sin esfuerzo y caminó hacia la escalera. Estar en brazos de un hombre con el que no se tiene intimidad, es embarazoso. Una no sabe cómo acomodarse. Hasta que no me depositó sobre la cama del dormitorio, creo que la rigidez había aumentado mi peso en forma considerable.
-Ya vuelvo –dijo.
Mis pertenencias estaban acomodadas sobre la otra cama y llamé a mi ingenio queriendo llegar hasta el camisón que había comprado. Se lo tendría que pedir a Leo. Como si lo hubiera invocado con el pensamiento, apareció. Traía una venda elástica y un ungüento.
-Se te desinchó bastante –me comunicó mientras me friccionaba con la crema para que absorbiera.
Después me colocó la venda con singular maestría. Me dolía poco y sentía el tobillo casi normal.
-¿Adónde aprendiste estas artes de enfermero? –pregunté con curiosidad.
-En los cursos de primeros auxilios cuando practicaba rugby –respondió- ¿Te sentís aliviada?
-Mucho, gracias. Antes de irte, ¿me alcanzás esa bolsa plateada?
Se dirigió hacia la otra cama y me dio lo que había pedido. Yo aguardaba que saliera, pero se quedó curioseando lo que hacía.
-¿Qué esperás? –le solté con descortesía.
-Que saqués el camisón para volver la bolsa a la cama –me contestó amablemente.
-¿Y cómo sabés que es un camisón? –la pregunta sonó como una acusación.
-Las mujeres usan habitualmente esa prenda para dormir –dijo imperturbable- y si así no fuera, debieras pedir una bolsa sin referencias.
Leí: “Sexdream – El camisón que buscabas”. ¡Por favor! Ni siquiera me fijé en el nombre del local. Me atrajeron los modelos y los colores. ¡Sexdream! Totalmente cursi. Saqué la prenda y le tendí la bolsa. La tomó con una sonrisa de winner -para combinar con “Sexdream”-, la puso en su lugar, y se volvió con la misma sonrisa:
-¿Necesitás ayuda?
-No, gracias. Ya podés irte.
-Buenas noches, entonces.
Lo despedí con un gesto soberano. Se fue riendo y cerró la puerta tras él. Hice algunas contorsiones para desprenderme de los pantalones y por fin me calcé el camisón. Me había fascinado la seda dorada combinada con encaje beige que lo hacía harto sugestivo. A mi izquierda había un tocador con un bello espejo rectangular que reflejaba mi figura tendida. Ensayé algunas poses de diva con la cabeza ladeada, el pelo colgando y una sonrisa tonta hasta que me cansé y me acomodé para dormir. El sueño me atrapó entre pensamientos caóticos sobre este día loco.
Rita lloraba porque había rendido mal las materias y yo le regalaba mi camisón para consolarla mientras mamá y la abuela exploraban una casa que les mostraba Leo al tiempo que les hacía señas a Beto y a su empleada para que se ocultaran. Yo lo perseguía en cámara lenta para regañarlo por su conducta entretanto huía del médico que me quería poner un yeso. De pronto, Juan me interceptó y me puso las manos sobre los hombros para detenerme. Repetía mi nombre con una voz que parecía venir de lejos:
-¡Ana…, Anita…, Ana…!
-¿Eh…? -abrí los ojos y me encontré en una cama que no era la mía y con el rostro afable de Juan.
-¡Buen día, querida! Lamento despertarte pero dentro de un rato salimos para el centro. Abajo te espera el desayuno. Si necesitás ayuda para bajar…
-Gracias, Juan –le sonreí- enseguida estaré lista.
Apenas cerró la puerta moví cuidadosamente el pié y pude comprobar que no me dolía. Me higienicé, me vestí en tiempo record y me reuní con Juan. Tomándome del pasamano pude bajar sin ayuda hasta la iluminada cocina donde esperaban Leo y el desayuno.
-¡Buen día! –dije con una sonrisa mientras increpaba a mi estómago que gruñía tratando de hacerse con las medialunas.
-¡Hola, lech… Ana! –contestó Leo demostrando una admirable celeridad para reparar errores, y siguió:- veo que podés caminar bien.
-Sí. Por ahora no haré ninguna demanda al perro. Y gracias por tus servicios profesionales.
-…Que no dejaste que terminara… -dijo intencionadamente.
Me senté sin contestar y comimos el sustancioso desayuno.
-¿Cuáles son tus planes? –me preguntó Juan.
-Primero voy a llamar a mamá antes que pida a gendarmería que me entren a buscar. Después voy a ir a la Facultad para ver si obtengo alguna pista de Rita. A continuación me voy a llegar hasta el hotel Riviera adonde paró en otros viajes. Alguien la recordará y podrá darme algún detalle que me ayude a ubicarla. Y si no obtengo ningún resultado, me colgaré una piedra del cuello y me tiraré al río –todo esto dicho mientras sorbía mi segunda taza de café.
-Antes de tomar tan drástica decisión, vení a buscarnos a la oficina para comer tu último almuerzo –aportó Leo insensiblemente.
Le hice una mueca y me levanté de la mesa. Mi pié me aguantó bien y las zapatillas sostuvieron la venda en su lugar. Salimos a un espléndido día de otoño que contrastaba con el calor del día anterior. Mientras viajábamos hacia la Facultad saqué el celular y le hablé a mi madre:
-¡Hola, ma…!
-…
¡No pude! No tenía un teléfono a mano.
-…
-Se acabó la carga de mi celular…
-…
-Quedate tranquila. Estoy parando en la casa de Juan.
-…
¡No, no tienen teléfono fijo ni celular!
-…
-¿Quiénes… ? Juan y Leo, obviamente –Leo me miraba sonriendo como un fauno mientras yo me enredaba cada vez más con la conversación.
-¡Te lo juro! No lo digo para tranquilizarte –y antes de que pudiera agregar más:- Ahora me tengo que bajar del auto. Esta noche te llamo. Te quiero, mamacita –y corté la comunicación apagando seguidamente el teléfono. Mi índice enhiesto le advirtió al muchacho latoso que los comentarios sobraban. Me dejaron en la Facultad después de convenir que los pasaría a buscar por el local.
-¡No caminés demasiado! –me advirtió Leo- Manejate en taxi.
Hice un gesto de asentimiento e ingresé a la alta casa de estudios. Preguntando llegué a Secretaría adonde un granujiento empleado se afanó buscando señas de Rita. Cuando hizo de goma la base de datos y no apareció mi amiga ni por apellido, documento, nombre, carrera, año de ingreso, fecha de nacimiento, me dí por vencida y acepté que nunca había pasado por esa Facultad. “Y por ninguna”, me dijo el empleado. “Porque los datos están cruzados con los de todas las universidades de Rosario”. Le eché una mirada vacía y me volví sin agradecerle pensando que sería en vano permanecer en un sitio donde nadie la había llegado a conocer. Me quedé parada en la calle rumiando la revelación. Después de un rato busqué una parada de taxis para ir a mi segundo destino. ¿Me habría llamado desde ese lugar o habría fraguado las comunicaciones? ¡No, no puedo creerlo! ¿Con qué intención? ¿Por qué inventó lo de la carrera? Y yo que la alenté cada vez que tenía que ir a rendir… ¡Lo que se habrá reído! ¡Pero qué estoy pensando! Rita es mi mejor amiga y su comportamiento tiene que tener alguna explicación… Bajé frente al Riviera deteniendo mis pensamientos. Un amable conserje me atendió.
-¿La señorita Rita Acosta? Déjeme ver –se volvió hacia la P.C. y manejó el mousse con pericia- La última vez que se alojó aquí fue en enero.
Respiré más relajada. Coincidía con el viaje que hizo para averiguar la fecha de las inexistentes mesas de examen.
-Tenía que rendir dos materias. ¿Por qué cree que no se hospedó en este hotel? ¿Tuvo algún problema? –pregunté buscando una explicación.
-Ella no. Pero sí su acompañante –dijo en tono confidencial.
Obligué a mi rostro a que no trasluciera mi sorpresa. Dije en tono casual:
-¿Estaría con su ex marido o su novio actual? Casi estaba a punto de reconciliarse –agregué también yo confidencialmente.
-Bueno, el hombre se apellida… ¡Pérez! –dijo triunfalmente cuando lo ubicó en la computadora.
Pérez no me decía más que era un apellido inventado. Traté de que me diera la descripción:
-¿Era morocho, joven…? –lo incité a que prosiguiera.
-No. Era castaño. Y joven. Y de mal carácter, por cierto. Se enojó mucho cuando el conserje nocturno le pasó una llamada ignorando que había dejado orden de comunicar que no había nadie en la habitación.
-¡Ah! –dije como si entendiera- estaba con su ex marido. ¿La escuchó nombrarlo alguna vez?
-¡No. no! Nunca se hablaban. Ella lucía siempre muy nerviosa, como temiendo que alguien la reconociera. Tal vez su novio, ¿no cree? –dijo en tono intimista.
-Gracias por su información –dije, queriendo salir corriendo de ese lugar.
Afuera, o el tiempo se había puesto más caluroso o era yo la que estaba sofocada por los increíbles descubrimientos de esa mañana. Como no tenía deseos de colgar una piedra de mi cuello, busqué en mi agenda el último recurso que no había confiado a mis anfitriones: el teléfono de una amiga que Rita había hecho en Rosario. Antes de llamarla, entré en un barcito que anunciaba tener aire acondicionado. Pedí una botella de agua mineral bien fría y marqué el número. A pesar de que eran las diez de la mañana, me atendió una voz adormilada.
-¿Lidia? –pregunté a la voz pastosa.
-Sí. ¿Quién habla?
-Mi nombre es Ana y soy amiga de Rita, ¿la ubicás?
Se hizo un silencio. Luego me respondió:
-Sí. ¿En qué te puedo ayudar?
-Estoy de paso en la ciudad pero no sé dónde buscar a Rita para darle un recado de su madre. Pensé que podrías saber dónde está.
De nuevo el silencio.
-Lo siento. Hace más de dos meses que no la veo.
Busqué desesperadamente un argumento que me permitiera entrevistarme con ella. Estaba segura de que sabía sobre la pareja de Rita.
-Lo mismo me gustaría verte, Lidia. También tengo un obsequio que Rita me confió para vos y que olvidé traer el mes pasado.
-Dentro de un rato bajaré a desayunar. Si querés, nos encontramos en el bar de enfrente de mi casa.
Asentí y le pedí la dirección. Antes de tomar un taxi entré en un minimarket y compré un bolsito bordado en piedras de colores para justificar mi fábula del regalo. Cuando llegué al bar no había más que dos mesas ocupadas por sendos lectores de periódicos, por lo que pedí otra agua mineral y me dediqué a vigilar la puerta. ¡Así que yo no estaba equivocada cuando atribuía el cambio de Rita a un asunto amoroso! ¿Pero no era demasiado recelo el suyo considerando nuestra amistad y mi discreción? Ella me conocía lo suficiente como para saber que no cuadraba con mi personalidad el juzgar a la gente, salvo -para ser plenamente veraz- a su hermanastro. ¿Por qué me escocía a través de tantos años el recuerdo de la conducta impropia de este muchacho cuando ni su familia la recordaba? ¿Será porque…? Mi monólogo interior se truncó al abrirse la puerta del barcito por la que ingresó una joven con aspecto de… yiro, diría mi abuela Antonia. Estaba vestida de negro. Una falda corta y ajustada por donde asomaban dos esbeltas piernas enfundadas en medias negras caladas y montadas en altísimos zapatones con incrustaciones de cocodrilo; una blusa desabotonada debajo de un chaleco con tachas, y toda parte libre de su anatomía adornada por collares, pulseras, anillos, aros y tobillera plateados. El enorme reloj pulsera descollaba en su delgada muñeca como el cargado maquillaje en su rostro a esa hora del día. Cuando echó una mirada a su alrededor, presumí que me estaba buscando. Le hice una seña visible desde la mesa, hacia la cual cargó con determinación.
-¿Lidia? -le pregunté apenas se acercó sin dejarme perturbar por sus largas uñas esmaltadas de… negro.
-Vos sos Ana, supongo -respondió corriendo una silla y acomodándose.
-Así es -le contesté, sin discernir si saludarla con el consabido beso en la mejilla o no. Daba la sensación de que no.
-¡Colo! -gritó hacia el muchacho pelirrojo que atendía las mesas- ¡Traeme el desayuno con tres medialunas!
A mí ni siquiera me preguntó si quería acompañarla. ¡Rara amistad la que había hecho Rita! No encajaba con sus afinidades de antaño. Pero era innegable que todo había cambiado y cuanto antes me acostumbrara, mejor. Saqué el regalo de la bolsa (gracias a Dios venía bien envuelto porque no era compatible con su perspectiva del color) y se lo entregué:
-Esto te lo manda Rita -dije rogando que no lo abriera.
-Gracias -lo guardó dentro de su inmenso bolso sin mirarlo y me observó con apatía.
¿Cómo podría simpatizar con esta mujer y lograr un buen feedback? En general, yo era muy sociable y no me costaba esfuerzo familiarizarme con cualquiera. Empecé por alabar su atuendo:
-¡Me encantan tus zapatos, Lidia! Deben ser muy cómodos.
-No. Pero me gustan.
-¿Adónde compraste el bolso? Necesito uno que tenga esa capacidad -seguí sin achicarme.
-Me lo regalaron.
-¡Qué lástima…! Digo. Porque no sabrás de dónde es.
Me lanzó otra mirada estólida.
-¿Estudiaban juntas?
-Que yo sepa, Rita no estudiaba nada.
¿Qué otra estupidez tendría que vomitar a continuación?
-Para serte franca, Lidia, lo que quiero saber es con quién y dónde está Rita -dije sin eufemismos.
-¿Sos su mejor amiga y no sabés con quién anda? -se permitió sonreir.
-No -contesté con fastidio.
El Colo llegó con el desayuno y me preguntó con amabilidad si deseaba algo. Le agradecí y le dije que no. Lidia empezó a comer con apetito mientras yo la esperaba con aparente tolerancia. Cuando terminó, volvió a dirigirme la palabra:
-No te voy a contar nada sin su aprobación. Por algo será que no confió en vos.
Sentí que la bronca me invadía. ¿Cómo se arrogaba esta infeliz el derecho a desconfiar de mí? El barómetro de mi cara la inquietó y se apresuró a manifestar:
-Te propongo que nos encontremos aquí mañana al mediodía. Después que hable con ella sabré qué decirte -declaró, echando abajo su aseveración de que hacía meses que no la veía.
-Si me das el teléfono o la dirección te ahorrarás la molestia -le propuse contrariando toda lógica.
Se levantó y repitió:
-Mañana -y se fue sin pagar la cuenta.
Llamé al mozo sumida en una sensación de fracaso y humillación. No por la cuenta, ciertamente. Sino por no haber podido moderar mi carácter en pos de un entendimiento que me hubiera revelado el paradero de mi amiga. Pagué y miré la hora. Faltaban casi dos para reunirme con Juan y con Leo y estaba absolutamente pinchada. Salí con el ánimo de volver caminando hasta agotar mi desaliento cuando me acordé del esguince. Tenía que hacer tiempo hasta el mediodía y necesitaba compartir esta maraña con alguien (¿Leo?) que fuera criterioso y de paso me consolara un poco. Mamá no. Porque se pondría tan loca con mis andanzas que debería soportar su ansiedad amén de la mía. Entonces… ¡Mi abuela Antonia! ¡Definitivamente! Entré a un locutorio que había en la cuadra y me instalé en una cabina para hablar con ella.
III
El teléfono sonó más de diez veces mientras yo lanzaba desesperados eseoeses mentales para que atendiera. Cuando lo hizo, algo de su habitual serenidad se infiltró en mi calenturienta mollera:
-¿Diga?
-¡Antonia! Soy Ana, tu nieta preferida -esta broma perduraba desde mi niñez cuando me aludía así, siendo que soy su única nieta.
-¡Ana querida! Me dijo Belén que viajaste a Rosario y lo preocupada que está. Tené compasión de tu anciana abuela y llamala de vez en cuando para que no me persiga con sus delirios… -su voz clara y risueña no concordaba con su manifiesto reconocimiento de vejez.
-Abuela, cuando vuelva aclamaré tu juventud, pero en este momento necesito que me escuchés -le dije de un tirón.
-Contame -me invitó sin ambigüedad.
Traté de ser concisa y ordenada en el relato sin incluir mi juicio personal para que ella pudiera evaluar los acontecimientos objetivamente. Su buena memoria le permitió escucharme sin interrupciones. Cuando terminé de contarle el encuentro con Lidia, me tomé un respiro y esperé su opinión. Lo primero que dijo me desconcertó:
-¿Así que volviste a encontrar al amor de tu niñez?
-¿De qué hablás, Antonia? -modulé incómoda.
-De Leo. Pero ahora que me acuerdo, lo odiás -pausa- A ver si entendí. Hace dos semanas que Rita fue a Rosario a rendir materias de una carrera que no está cursando, nunca se comunicó con su padrastro, no apareció por casa de su padre, no se alojó en el hotel de siempre, estuvo acompañada de un hombre joven, hizo una amistad desacostumbrada y, lo más llamativo, le ocultó todo esto a su mejor amiga. ¿Voy bien? -el recuento había sido hecho rápida y acertadamente.
-Más que bien, Antonia. ¿Qué pensás?
-Lo que voy a decirte no te va a gustar. Lo de mejor amiga, corre por tu cuenta. Rita no se escapa de las generales de su madre que todo lo mide por conveniencia. Cuando le interesó tu amistad, la usó. Después, evidentemente, le convino el ocultamiento.
Yo trataba de digerir las crudas palabras de mi abuela. No podía aceptar la insensibilidad de Rita. Y si así fuera, ¿por qué no me previno? Eso fue lo que le dije:
-¿Por qué no me avisaste, abuela? -mi tono era de reproche.
-Porque no lo hubieras aceptado hasta este preciso instante. Algunas veces hay que golpearse contra las paredes para evitarlas. Pero no te apenes, que su conducta no depende de tus cualidades humanas que las tenés en abundancia, gracias al cielo -trató de confortarme.
Mis apreciaciones sobre la vida estaban siendo duramente cuestionadas. No había mejor amiga ni abuela colchón que me protegiera de las equivocaciones. Mi lengua yacía laxa despojada de la facultad de moverse, por lo que Antonia retomó la palabra:
-Anita… No sé en qué anda Rita, pero seguro que no hay motivo para alarmarse. No te conviene romper la conexión con la supuesta amiga hasta que te lleve hasta ella o compruebes que te mintió. Pero te encarezco que mañana no vayas sola. Pedile a Leo que te acompañe.
-¿Por qué a Leo y no a Juan? -le dije disgustada.
-Porque te vas a entender más con un joven que con un viejo, y porque si se presentan complicaciones está más calificado para defenderte.
-¡Escuchate como hablás! Pareciera que estoy sumergida en una serie policial… -le contesté sorprendida.
-Prometémelo. Y llamame tan pronto termine la reunión. ¡No me hagas rivalizar con mamá Belén! –pidió con una ansiedad desconocida en ella.
Reflexioné que lo que menos quería era intranquilizar a mi abuela, de modo que respondí:
-Está bien, Antonia. Iré con Leo y te volveré a llamar mañana –Hice una pausa- ¿Así que mi percepción de los afectos estaba totalmente distorsionada? –murmuré afligida.
-¡Con respecto a Rita solamente, corazón! No hay nada que pueda cambiar el amor que tu madre y yo te tenemos – declaró con fanatismo.
-Te creo, abuela. Yo las amo de igual manera. Te mando un beso y mañana te hablo. ¡Ah! Si le vas a decir algo a mamá, evitate problemas –le advertí.
-Dejalo por mi cuenta. Y cuidate, tesoro.
Colgué y una nueva Ana salió de la cabina. Estaba tan triste como si mi mejor amiga hubiera muerto. Pero no cejaría hasta encontrar su tumba, me comprometí. Era tiempo de volver con padre e hijo conque subí a un taxi y fui a buscarlos. Mi rostro melancólico impresionó a los dos hombres que se superpusieron en la pregunta:
-¿Qué pasó Ana?
Los miré abatida. Leo me tomó de los hombros y dijo animosamente:
-¿Quién le atusó las plumas a la lechuza? Decime que voy y le rompo el alma.
Lo miré sin ganas de festejar la salida, lo que hizo que tomara en serio mi estado de tribulación.
-Vamos, Ana -exigió- contanos que pasó.
Les relaté mis descubrimientos sin mencionar las palabras de la abuela en cuanto a Rita y Telma; después de todo compartían lazos de sangre y podían sentirse incomodados por sus observaciones. Juan, desde su silla giratoria, y Leo, sentado al borde del escritorio, me escucharon en silencio. Apenas terminé mi exposición, el padre opinó con una mueca:
-Esto me suena bastante artificioso -y dirigiéndose al hijo:- ¿Te parece que vaya sola a la entrevista?
-Por supuesto que la voy a acompañar -Leo aceptó la tácita solicitud de Juan.
-Lo que menos quiero es hacerles perder tiempo… -protesté sin mucha convicción.
-A propósito de tiempo, ¿te interesería ver una exhibición de pinturas en el Museo Castagnino? -preguntó Leo pasando a otra cosa- Expone un amigo mío y le prometimos ir varias veces.
-Sí. ¿Son aceptables? -dije, recordando otras muestras artísticas del pueblo que me había forzado a presenciar.
-Si estás pensando en los poemas de Arturito o en las esculturas de doña Amparo, los cuadros de Lucas te parecerán pintados por Van Gogh -me adelantó con una risa.
La comparación me hizo sonreír, sobre todo al recordar el fervor con que los parientes de los mencionados artistas preparaban cada presentación.
Fuimos en auto porque el museo está ubicado a varias cuadras del micro centro, cerca del Parque Independencia. Juan pagó las entradas y nos dirigimos a la Sala donde se exponían las obras de Lucas. El lugar estaba bastante concurrido y Leo nos abrió paso hasta enfrentarnos con el artista. Debo admitir que se trataba de un morocho muy apuesto, seguramente con algunos años más que su amigo. Apenas divisó a Leo y a Juan, se disculpó con el grupo que lo rodeaba y vino hacia nosotros con una amplia sonrisa. A mí me dirigió una mirada casi interrogante mientras saludaba a los hombres:
-¡Por fin los Dumas me hacen el honor de visitarme! -apretó la mano de padre e hijo y se quedó mirándome a la espera de una presentación.
Yo estaba acostumbrada a causar efecto en el sexo opuesto, de modo que no me perturbé. Leo enunció:
-Ana, este es Lucas, el eximio pintor. Lucas, ella es Ana, una amiga de Tres Sendas.
Lucas, ni lerdo ni perezoso, estiró la cara para darme un beso en la mejilla.
-¡Encantado, Ana! Debe ser un pueblo fascinante si produce mujeres tan hermosas.
Yo largué una carcajada porque habitualmente no recibo piropos tan elaborados, pero eso no arredró a Lucas, que agregó:
-Espero que te lleves una buena impresión de mis obras -me hablaba desentendiéndose de los Dumas, como los había llamado.
-Como no entiendo mucho de pinturas, sólo te diré si me gustan o no.
-Entonces, espero que te gusten -y se alejó para que empezáramos el recorrido.
Leo nos hizo un gesto a Juan y a mí para iniciar la ronda. Los trabajos me gustaron y cobraron relevancia ante sus claros comentarios. Me deslumbró apreciar las pinturas trascendiendo sólo los sentidos, y me quedé con el deseo de aprender mucho más. Yo en lo único que hubiera podido encuadrarlas era en el arte abstracto, conjetura que se enriqueció con los aportes de Leo de tal manera, que final del circuito ya le hacía preguntas atinadas acerca de las que más me gustaban. No pude contener la curiosidad:
-¿Adónde aprendiste tanto sobre pintura?
Se encogió de hombros y me explicó con sencillez:
-Alguna vez transité por Humanidades.
¿Y…? -esperé que ampliara la información.
-Hice el profesorado de Historia del Arte.
-¿Y nunca te dedicaste a enseñar?
-Leo acostumbra a estudiar para su propio conocimiento -intervino Juan- Ahora está cursando Derecho.
-Pero eso concuerda con su actividad actual... -repuse, lamentando el desperdicio de su talento didáctico con respecto al arte.
-Podría ser un buen profesor para mujercitas rubias de pueblos fascinantes -me dijo Leo burlonamente.
Parece que no te gustó el interés que tu amigo me demostró. Vas a tener que sufrir un poco más -pensé, como si quisiera infundirle celos. Haciendo caso omiso a su propuesta le manifesté:
-Sos una caja de sorpresas. Enfermero, experto en arte, futuro abogado... ¿Qué me queda por descubrir?
-Otras habilidades que podrían sorprenderte mucho más –declaró con una sonrisa maliciosa que desalentó, por arriesgados, futuros interrogatorios.
-Me encantaría tener ese cuadro -lo señalé, cambiando de tema.
Hizo un gesto de asentimiento mientras observábamos la tela que me proyectaba hacia un paisaje ajeno a la realidad.
-¿Por qué éste y no otro? -quiso averiguar.
-Porque me sugiere un lugar adonde quisiera pero temería estar -lo dije espontáneamente sin estar segura de ser comprendida.
Leo me observó con la seriedad de quien escucha una confesión íntima. ¡Pero si yo misma no sabía lo que sentía! Mientras seguíamos enfrente del cuadro, se acercó su autor.
-Estuve recibiendo los elogios de Juan -dijo sin preámbulos- pero sin desmerecerlo, me gustaría escuchar la opinión de un entendido y de su linda pareja.
¡Otro más que me endosaba el rol de novia! No podía creerlo. Ni Leo ni yo enmendamos el error. El pintor escuchó la calificada crítica de su amigo y después me miró.
-Bueno -empecé- después de tan sesudo comentario mis sensaciones parecerán muy pobres. Tendrías que haberme convocado en primer lugar…
Los varones protestaron al tiempo que resaltaban el valor de la intuición. Me sonreí porque a veces me brota esa veta histriónica que da por descontada la reacción del otro. Mi papel era siempre el de una niña desamparada que solamente se confortaba con la conquista de su deseo. Solía usar este recurso con mi papá, que tanto me adoraba, para conseguir un paseo o un juguete. O con mi mamá, para que me autorizara a concurrir a un baile, o con la abuela, para que me permitiera montar sus hermosos caballos. Hoy, con dos hombres a los que no era indiferente.
-¡Está bien, chicos! -intervine para cortar sus justificaciones. Y dirigiéndome a Lucas:- Me gustaron mucho y los percibí como la representación de numerosos sentimientos. Algunos me atrajeron y otros despertaron mi rechazo o mi melancolía. Tal vez los colores, las líneas, no sé… -terminé un poco confundida.
-Tu opinión es sumamente valiosa para mí -dijo Lucas- especialmente por la explicación que tanta gente evita dar. ¿Hubo alguno que te gustara más?
¡De nuevo la inquisición! Volví a contestar la pregunta:
-¡Éste! -y volví a señalarlo.
Los expertos cruzaron una mirada de entendimiento que me excluía. Molesta por no participar, les eché una mirada interrogante. Lucas me preguntó:
-¿Leíste los nombres en el catálogo?
-No. Nunca los leo para no dejarme influenciar por el autor.
La respuesta los hizo reír. El pintor, escrutando a Leo, dijo a continuación:
-Le puse “Ansiedad de una niña enamorada” tratando de plasmar las fantasías previas a la consumación sexual.
Mis mejillas ardieron ante la mirada consternada de los muchachos que me estarían considerando como una puritana fuera de época.
Traté de disimular mi turbación con una observación irrelevante:
-¿Y por qué no “Ansiedad de un joven enamorado”?
Lucas tuvo la paciencia de dar una explicación a la tonta mujer que le cuestionaba su creación:
-Porque el paisaje hubiera sido muy distinto.
Me mordí el labio inferior y no hablé más.
El artista insistió en invitarnos a cenar pero Juan y Leo se disculparon apelando a que debían madrugar. Lucas nos despidió con un compromiso:
-La semana que viene no valdrán excusas. Les prepararé el mejor asado que hayan comido.
-Estoy seguro, viejo. Pero que sea un sábado –le pidió Leo.
Salimos a la noche cerrada. Mi silencio fue afablemente respetado por mis acompañantes y cuando llegamos a la casa decliné comer para ir a descansar.
-¿Cómo está tu pie? –se preocupó Leo.
-Mejor. Ya no me duele –dije honradamente.
Juan se acercó con un alfajor de maicena y una copa de leche fría:
-Si mal no recuerdo, este era un postre preferido cuando eras chica. Aunque no cenes, te ayudará a digerir el calmante –me estiró ambas cosas.
Antes de aceptarlos, le di un beso en la mejilla. Cuando era niña fantaseaba con que mi papá estaba lejos y le había encargado a Juan que cuidara de mamá y de mí. Esta ilusión se prolongó hasta que Leo se fue y Juan no volvió por el pueblo. Confieso que me llevó tiempo elaborar esta pérdida y presumo que responsabilicé al hijo por el alejamiento del padre. Me despedí de ambos y subí a ordenar mis pensamientos.
Lo primero que hice cuando entré al cuarto fue llamar a mamá. La actualicé, la tranquilicé, y me metí en la bañera. Sumergida en el agua perfumada con sales de lilas aflojé el cuerpo y las riendas de mi mente. Me avergonzaba mi reacción ante las palabras de Lucas que no tenía por qué saber las evocaciones que había removido. No hay casualidades, decía una ilustre terapeuta, sino causalidades. No es casual que esa pintura me hubiese trastornado si reflejaba la fantasía amorosa de una niña. Decir niña es decir virgen. Y yo lo era aunque no lo confesaría ni bajo tortura. Rita era la única que sabía de esta condición anómala de mis veinticinco años. Y no es que no me hubiese manoseado con algún tipo ni que el universal mandato paterno me frustrara los intentos; sino que al momento de ir más allá del franeleo un rechazo inexplicable me impedía acceder al anhelado misterio. Sólo el fantasma de un amor idealizado interfiere en las relaciones. Entonces, ¿cuál era el mío? Bajé las últimas barreras de contención y recordé mis cuatro años deslumbrados por el hermano mayor de mi amiga, las incansables escaramuzas para llamar su atención, la perseverancia de una mosca para estar siempre en el medio a pesar de ser ahuyentada, la ternura del niño para consolarme cuando me caí del árbol y me quebré la pierna, la paciencia con que me cargó sobre sus hombros hasta que me sacaron el yeso. A medida que fuimos creciendo él se convirtió en un adolescente fastidiado por los caprichos de Rita y los míos. ¿Separé entonces la imagen preadolescente para preservarla del muchacho intolerante y la recluí en el limbo de los amores futuros? Así pude odiar al Leo que nos evitaba, que se burlaba de nuestros primeros ensayos femeninos, que me humilló con su risa en la fiesta de cumpleaños, que cometió el robo de las joyas. Pero el que neutralizaba cualquier intento sensual acechaba desde su prisión autorizada. Aceptar que esperaba a Leo como par amatorio me provocó un sosiego inesperado al esclarecer esa fracción inexplorada de mi vida. Ahora tengo dos desafíos -me dije. Encontrar a Rita y seducir a su hermano. Terminé de bañarme y me puse el camisón nuevo. Me miré en el espejo y sentí que tenía muchos puntos a favor, aún sin maquillaje y con el pelo oscurecido por el agua. Rememoré los encuentros con mi amante (ese término, que me producía placenteros escalofríos, corría por mi cuenta a decir de Antonia) desde que lo vi en su oficina. Tuve que admitir que no hubo animosidad de su parte aún frente a mis impertinencias y que varias veces experimenté la sensación de ser cortejada. Me dormí persuadida de que en compañía de Leo me animaría a incursionar por el onírico paisaje del cuadro.
IV
Madrugué tras una noche de sueño intranquilo. Mi tobillo seguía mejorando pero me volví a poner la venda por precaución. En la cocina, la cafetera encendida y una bandeja con medialunas daban cuenta de que alguien había amanecido antes que yo. Me serví una taza de café con leche, tomé una factura y salí hacia el fondo de la casa. Leo estaba por subir al auto que se encontraba reparado bajo un tinglado de polipropileno.
-¡Buenos días! -exclamé en voz alta para llamar su atención.
-¡Hola, lechuza! -me saludó con desenfado, y agregó:- ¿Cómo pasaste la noche?
-Así, así… -le dije- ¿Adónde vas tan temprano?
-A visitar a mi perro. Ayer no me pude llegar hasta la veterinaria.
-¿Está enfermo?
-No, está en la guardería.
-¿Lo tenés en una guardería habiendo aquí tanto espacio? -me escandalicé.
-Cuando acordamos que vinieras a casa le pedí a mi vecino que se lo llevara para no inquietarte. ¡No me vas a decir que ahora te gustan los perros!
Me quedé boquiabierta. ¡Adoraba a los perros!
-¿Quién te dijo que no me gustan los perros? -recalqué asombrada.
-Yo. No me olvido de que hace quince años te dio tal ataque de histeria cuando viste a Sultán, que mi madre amenazó echarme junto con el perro.
El pasado me fulminó como un rayo. Rememoré al pobre animal sarnoso que tanto había disgustado a Rita y a su madre, a la niña dominada que colaboró con el rechazo, al posterior arrepentimiento que me llevó con el correr de los años a adoptar a cada perro abandonado que se cruzaba por mi camino y al dolor, no comprendido entonces, del muchacho que me miraba a través del prisma del tiempo. Sacudí la cabeza y pasé a explicarle:
-Esa no era yo sino la incondicional amiga de Rita. Me rogó que la ayudara a “espantar a ese horroroso animal”; textuales palabras. La apoyé a costa de enmendar cada día mi imperdonable conducta llenando de animales desamparados mi casa y la de Antonia, hasta que me dijeron basta.
La expresión de Leo se había distendido y una lucecita de complacencia bailoteó en sus ojos. Me preguntó interesado:
-¿Y qué hiciste?
-Aunque no lo creas, no me di por vencida y conseguí un predio donde instalé y atendí a perros y gatos. Mi perseverancia logró con el tiempo que vecinos y parientes se acercaran a darme una mano y ahora tenemos una Institución que los protege, con veterinario y todo -hice una pausa antes de terminar- Se llama “Fundación Sultán”.
Esto último lo confesé abochornada por mi implícito reconocimiento de culpabilidad.
Leo estuvo a mi lado en un santiamén. Me abrazó con un cariño libre de insinuaciones y su consolador apretón me confirió el perdón que perseguí durante quince años. Tal vez por eso lagrimeé un poco sobre su remera. Cuando nos separamos pasó los dedos suavemente por mis mejillas para borrar los rastros del llanto sanador.
-A Sultán lo ubiqué en la casa de un conocido mediante una apuesta que gané y vivió varios años bien atendido -aseguró mirándome frontalmente, y a continuación:- ¿Vamos a buscar a Demian?
-Vamos –murmuré debilitada por la expiación y dejando el pocillo sobre el antepecho de una ventana.
En pocos minutos estuvimos en la veterinaria donde un cartel anunciaba “ATENCION LAS 24 HORAS”. Antes de bajar, Leo se volvió hacia mí y señaló:
-Demian es educado pero muy expresivo. No te asustés si te salta encima para saludarte.
Parecía preocupado y eso me divirtió, porque después de tratar con cientos de animales lo que menos me inquietaba era un perro doméstico. Lo seguí hasta la sala de espera donde me presentó a un hombre maduro y muy simpático:
-Ana, este es el Dr. López, Fonso para los amigos. Fonso, te presento a Ana.
Nos tendimos la mano con una sonrisa y el veterinario invitó:
-Vengan conmigo para que el muchacho impaciente no me destruya la recepción.
Fuimos detrás de él hasta un espacioso fondo de tierra donde se relacionaban amistosamente varios ejemplares caninos. Un hermoso setter irlandés, cuyo pelaje fulguraba al rayo del sol, se abalanzó hacia nosotros como una flecha de fuego. A escasos centímetros de Leo se quedó sentado esperando un signo de autorización. Me asombró tanta contención, siendo que conozco el carácter de estos vivaces animales. Cuando su amo le extendió una mano, le apoyó las patas sobre el pecho y le lamió la cara jubilosamente. Leo lo abrazó y le indicó que se sentara. Mientras lo acariciaba me hizo una seña, a la que obedecí como el perro, para que me acercara. Tomó mi mano y la arrimó a la cabeza de Demian mientras le recomendaba:
-Demian, ella es Ana, y deberás obedecerla como a mí.
La risa que me atacó al escuchar esta petición puso en movimiento al animal que arremetió contra mi impecable remera blanca.
-¡Abajo, Demian! -le ordenó Leo.
Después de prodigarme varios lengüetazos se subordinó a la orden de su amo y se sentó ofreciéndome la pata derecha. La tomé y recorrí con suavidad su cabeza y las flecudas orejas.
-¡Hola, perrito hermoso! Tu dueño quiere que seamos amigos. Yo, no tengo inconvenientes, ¿y vos? -le dije mientras le daba un beso en la testa.
No saltó para aceptar mi propuesta porque estaba atento al gesto represor de Leo, pero me contestó moviendo la cola con énfasis. Después de entendernos, nos despedimos de Fonso y volvimos a buscar a Juan.
Demian hizo el viaje asomando la cabeza por la ventanilla del asiento trasero y volviéndose de vez en cuando para apoyar su hocico contra mi cuello. Apenas llegamos a la casa, corrió hacia el fondo adonde lo encontramos haciéndole fiestas a Juan.
-¡Aquí están los dos! -exclamó mi potencial futuro suegro, y dirigiéndose a mí:- Por un momento temí que te hubieras ido, ya que a decir de Leo…
-¡Me equivoqué, papá! -lo interrumpió.
-¡Bueno, bueno! Mejor así -dijo afablemente mientras rascaba a Demian.
-Voy a traerle agua y comida -anunció su hijo.
Lo miramos mientras se alejaba seguido por el perro. Me senté al lado de Juan y aspiré el fresco aire de la mañana perfumado por los pequeños jazmines de la enredadera.
-Es un buen hombre, mi hijo -aseguró como si hablara para él mismo.
Era una afirmación tan precisa que sólo pretendía ser compartida. No pude coincidir con él porque yo estaba contaminada por los recuerdos. Por un instante quise preguntarle cómo encajaba su hombría de bien con el robo de las joyas, pero me pareció demasiado cruel. Los padres siempre disculpan a los hijos y esa respuesta sólo tendría valor de labios de Leo. Suspiré hurtándole la mirada mientras me arrellanaba en el cómodo sillón. Leo apareció acarreando la comida y la bebida de Demian que depositó bajo un árbol.
-¡Qué silenciosos que están! -observó mientras se nos acercaba.
Juan y yo le dispensamos una sonrisa. El padre se levantó y le manifestó:
-Me voy a llevar mi auto así no estarán pendientes de mis horarios. Voy a estar esperando cualquier novedad.
-Yo puedo estar en la oficina hasta el mediodía -ofreció Leo.
Juan hizo un gesto de negación y propuso:
-¿Por qué no la invitás a pasear? Se les pasará el tiempo más rápido hasta la hora de la cita.
El hijo no protestó y Juan fue a buscar el coche. Saludamos a Demian, subimos al auto y enfilamos hacia el centro. Leo condujo hasta las inmediaciones del Parque España y lo dejó en una cochera. A medida que caminábamos por los anchos veredones fui saliendo del mutismo. Tropezamos con un agradable barcito y nos sentamos en una mesa ubicada a la sombra de un frondoso tilo.
-¿Qué vas a tomar? –me consultó Leo cuando se acercó el mozo.
-Café.
-Dos cafés, por favor –indicó mi compañero.
Mientras esperábamos el pedido advertí que Leo me observaba llanamente.
-¿Qué mirás? –le pregunté a quemarropa.
Mostró sus dientes perfectos antes de contestarme:
-A vos. A la lechucita que se convirtió en mujer. Y cuanto más te miro, más evoco a la nena que me enloquecía con sus caprichos. Aunque no lo reconozcas, fui bastante estoico hasta… hasta que se me acabó la paciencia. ¿Te acordás cuándo fue? -dijo.
Lo contemplé divertida porque sí me acordaba. Me había acostumbrado tanto a la compañía de Leo que, después que me sacaron el yeso, me pegué a él como una estampilla. Aguantó bastante bien mientras no interferí en sus incipientes escarceos sentimentales, pero después que osé desviar a una posible conquista desde el centro hasta un cruce de caminos -donde nunca se encontraron- se enojó tanto que me evitó como a la peste.
-Como dijiste: juegos de niños -le recordé.
-Tuché -se rió, y agregó:- María Paz jamás me perdonó el ataque masivo de mosquitos que sufrió durante las dos horas de espera, ¿no te remuerde la conciencia?
-Parece que eras un chico muy popular para que te esperara tanto tiempo y acribillada a picaduras. Nunca lo hubiera creído… -hice caso omiso a su pregunta.
Me evaluó con una expresión de socarrona incredulidad. Le sostuve la mirada como si disputáramos una pulseada, dispuesta a entumecerme los ojos si fuera necesario. La llegada de una mujer muy parecida a Rita me sacó de la contemplación. La realidad me abrumó con el peso de los descubrimientos que me alejaban cada vez más de una amistad idealizada y del prototipo de persona que creía ser. Si mi amiga no confiaba en mí, si mi abuela recelaba de mis reacciones, si mis sentimientos por Leo invalidaban mis convicciones éticas, ¿quién carajo se ocupó de inculcarme que la amistad, el amor, la moral, los sentimientos filiales, la integridad, definían mi temperamento? Una dolorosa nostalgia por la inocente Ana que se desdibujaba en el pasado me apretó la garganta. La mano del hermano de Rita cercó cálidamente la mía como si quisiera confortarme por los pensamientos que ensombrecían mis facciones. La retiré por no seguir pactando con ladrones de joyas. Suspiré y le pregunté:
-¿Qué hora es?
-Apenas las once. ¿Querés caminar un poco?
-Vamos -le contesté con apatía.
Nos levantamos y recorrimos la plaza aledaña a la costa. Cruzamos a la altura de las instalaciones municipales y bordeamos los patios dominados por vigorosos cipreses que el viento aspiraba quebrantar. Me quedé, hasta recuperar el equilibrio, con la vista perdida en el sedante vaivén de las afiladas copas. Leo permaneció a mi lado en un silencio respetuoso que aceleró el proceso de reparación. ¿No era una actitud demasiado considerada proviniendo de un ratero?
-¿Por qué creés que Rita haya cambiado tanto? -le pregunté, esperando escuchar una respuesta solvente.
-Depende de lo que entiendas por cambiar. Mi hermanita nunca fue una niña ingenua como vos, y mi madre malogró con su obstinación muchos aspectos que la hubieran rescatado del egoísmo y la hipocresía. Me fui de casa agotado por discusiones infructuosas sobre situaciones que ella se negó a reconocer. Imagino que todavía debe pensarme como el mal hijo que pretendía arruinar su reciente matrimonio… -algo de tristeza se le coló en la pausa.
No sé si era el momento más adecuado para extirpar el absceso que me venía torturando desde hacía catorce años, pero fiel a mi estilo, me lancé:
-¿Y no debiera estar molesta porque te fuiste con sus alhajas, aunque no te haya denunciado? -mi tono era acusador.
Mi acompañante me miró consternado. Tardó en contestarme como si estuviera buscando alguna justificación. Cuando habló, su voz sonaba desdeñosa:
-Veo que se ocuparon de cuidarse de las habladurías. Total, no quedaba nadie para refutarlos. ¿Así que le robé las alhajas? En todo caso, se las restituí a mi padre puesto que eran suyas y mi madre se negó a devolverlas. Y quien roba a un ladrón…
No terminó de refranear porque mi mueca de incredulidad le debió causar tanta gracia como sobresalto. Me cerró la boca colocando su pulgar y su índice entre mi barbilla y el puente de mi nariz, mientras inquiría:
-¿Creíste todos estos años en la invención de mi madre?
Bajé la cabeza avergonzada por no haber cuestionado nunca la versión de Telma aunque adorara a Leo. Mi única disculpa era que había quedado descerebrada de sólo escuchar que mi ídolo hubiera cometido un acto inmoral.
-Ahora entiendo tu hostilidad permanente -discernió él, y agregó con benevolencia:- La honrada lechucita rechaza al hijo deshonesto… ¿No te parece demasiado tiempo para perseverar en estos sentimientos?
Le di la espalda porque me sentía sumamente expuesta a su mirada ahora que no había restricciones para amarlo. Antes de volverme miré el reloj y vi que eran las doce. Me aboqué al asunto que me había traído a Rosario:
-Es hora de que nos movamos, Leo -le comuniqué como si fuera mi subalterno.
-¡A la orden, señorita! -respondió a mi tono mandón.
Esbocé una sonrisa y ajusté mi paso a sus zancadas. Ya instalados en el auto, pensé que sería desventajoso que Lidia me viese acompañada. Se lo comenté:
-Me parece que es mejor que entre sola, Leo. No quiero que la amiga de Rita se espante.
-Que hayas dudado de mi atractivo de jovenzuelo, vaya y pase, pero que consideres que puedo espantar a una mujer…
Le di un codazo en la costilla como si no fuese manejando. Evidentemente Leo era un conductor de reflejos rápidos o ya tenía caladas mis reacciones porque no se desvió un ápice del camino mientras se reía sin tapujos.
-¡Eh! -me previno- Que un accidente lo vamos a sufrir los dos.
-Hablo en serio. Voy a entrar sola. Si necesito ayuda, te llamo -le dije terminante.
-Bueno, bueno. Intuyo que no tengo alternativa. Por las dudas, te espero con el auto en marcha -bromeó.
Como no encontró espacio para estacionar frente al barcito, lo dejó a la vuelta y bajamos juntos. Me previno:
-No te sorprendas si me ves entrar. Me voy a sentar en una mesa a tomar un café mientras vos tratás de informarte con la amiga de mi hermana.
-¿Y si ella te reconoce?
-¿Cómo podría? No creo que Rita le haya hablado de su hermano mayor.
Sonaba lógico. Cerca de la puerta me adelanté y entré sin mirar atrás. Había más concurrentes que el día anterior pero Lidia no estaba. La mesa que había ocupado ayer parecía esperarme y el mozo también era el mismo. Pedí un café y escruté la ventana. Leo había desaparecido de escena, así que me enfoqué en la puerta. Esta vez Lidia entró acompañada por un hombre joven y de músculos desarrollados. Ahora eran dos los que vestían de negro pero él tenía menos adornos que la mujer. Se acercaron y se sentaron a la mesa sin preámbulos. Yo dije:
-Buenos días -con una sonrisa dirigida a los dos.
Al hombre el simple saludo pareció desconcertarlo. Lidia reaccionó:
-Hola. Éste es Julio.
Yo asentí con un movimiento de cabeza y me concentré en la mujer:
-¿La viste a Rita? -traté de que mi voz no sonara demasiado ansiosa.
-Sí. Pero no quiso saber nada de verte. En realidad, creo que no quiere encontrarse con nadie de su familia -dijo lapidariamente.
-Debe haber alguna manera de conectarnos -insistí.
La pareja se miró en un diálogo sin palabras. El forzudo tomó la palabra:
-¡Jemm! -se aclaró la garganta- Me late que tenemos que ser directos. Vos querés ver a tu amiga, nosotros sabemos adónde está, vos tenés la biyuya y nosotros la necesitamos. ¡Jemm! ¿Se entiende?
¡Vaya si lo entendía! Era nada más y nada menos que un chantaje.
-No sé a lo que se refieren con que tengo la biyuya -dije.
-¡No te hagás la mosquita muerta! Rita nos dijo que tu familia es una de las más importantes del pueblo -siguió el patán.
¿Cómo se había acercado mi amiga a semejante dúo? Evidentemente yo había convivido con una extraña.
-Mirá -le contesté a Julio- empecemos por no agraviarnos. El hecho de pertenecer a una familia representativa no implica tener plata. Pero estoy dispuesta a darles una gratificación por su ayuda.
-La gratificación la ponemos nosotros -dijo Lidia- y queremos diez mil pesos.
-¡Ja! -me salió espontáneamente- ¿Y de dónde piensan que los voy a sacar?
-De tu abuela, por ejemplo -replicó la mujer.
Volví a ojear la ventana, pero mi socio no estaba a la vista. ¿Sería yo capaz de negociar con estos estafadores? Por lo pronto, no me causaban temor sino enfado. ¡Tener la desfachatez de lucrar con la desesperación ajena! La bronca me envalentonó para apremiarlos:
-Dejemos de lado a mis parientes. ¿Qué tal si denuncio en la policía la desaparición de mi amiga y agrego tus datos para que te interroguen? - amenacé a Lidia.
Ella no se inmutó. Apoyó la barbilla sobre sus afilados dedos y me contestó con parsimonia:
-Hacelo si no la querés volver a ver. Ya tiene los pasajes comprados para un lugar que ni yo conozco y bastará un llamado para que se vaya. ¡Ah! Y es tu palabra contra la mía…
Eso ya lo sabía y era posible que, dado su insolencia, fuese yo la detenida en un careo. Pero más me preocupaba el matiz de veracidad que tenía su advertencia. Así que decidí hacer una oferta más acorde con mis finanzas.
-No puedo garantizarte más de cinco mil pesos -y anticipándome a su protesta:- Es mejor que lo aceptés porque es lo único de lo que puedo disponer sin despertar sospechas. Cinco mil, o nada -dije con firmeza.
Julio no opinó. Era indudable que las decisiones las tomaba Lidia. Se dio cuenta de que mi oferta era concluyente y después de un silencio, aceptó:
-Está bien. Necesitamos la guita. ¿Cuándo la podés juntar? Porque lo que no te aseguro es cuánto tiempo se quedará.
-Al cierre de bancos tendré la transferencia. ¿Cómo haremos la transacción? -me imaginaba a Rita avanzando hacia mí mientras Lidia estiraba la mano para recibir el sobre.
-El trato es el siguiente: vas a dejar la plata en un casillero del correo central. Julio te llevará hasta el alojamiento de Rita porque a él no lo conoce. Apenas la veas y antes de hablar con ella, le das la ubicación de la llave a Julio. Él me avisa por el celular y yo busco la plata. Si todo está bien, te bajás del auto y que Dios te ayude. Si no, él te va a traer de vuelta mientras yo le aviso a Rita que desaparezca. Sencillo, ¿no?
La idea de compartir un viaje con ese indeseable no era de mi agrado, pero me dije: “Todo sea por el recuerdo de mi mejor amiga”.
-¿Adónde nos encontraremos? –pregunté, desechando mis prevenciones.
-Aquí mismo. A las cinco para darte tiempo a completar todos los trámites -siguió disponiendo la mujer.
Esta vez yo me adelanté a abandonar la mesa y los dejé a los dos para que se arreglaran con el mozo. Salí a la calle y miré con disimulo a mi alrededor para ubicar a mi invisible protector. Al llegar a la esquina una mano me tomó del brazo y el envión me estampó contra el fornido cuerpo de Leo. Mi exclamación de susto se ahogó contra la palma de su mano y su cálido aliento siseó contra mi oreja para silenciarme.
-¡Shhh! ¡Que te pueden estar siguiendo…!
¿Tenía su voz un tonito festivo? Lo empujé indignada y le espeté:
-¿Adónde estabas cuándo eras necesario?
-En la mesa de atrás. ¡Me impresionaste con tu acuerdo!
¿Cuándo había entrado? ¡Eso no tenía importancia ahora! Lo que me ponía furiosa era que en vez de velar por mi seguridad se divirtiera a mi costa. ¿Desde cuándo tenía necesidad de que velaran por mi seguridad? Deseché esa sensiblería y me concentré en su entonación:
-Si necesitabas protagonizar una serie policial, lo hubieras hecho en la adolescencia -le dije ofendida mientras empezaba a caminar.
-¡Ey, ey, lechucita! -frenó mi estampida cerrándome el paso- El auto está para el otro lado. Y perdoname por la broma… pero no me pude resistir a entrar en el juego.
-¿Juego? ¡Lo que está en juego es la posibilidad de volver a encontrarme con tu hermana! -grité más enojada que antes, mientras volvía sobre mis pisadas.
Leo hizo un gesto conciliatorio y tuvo el buen tino de no hablar. Se colocó a mi derecha adelantando apenas la marcha para guiarme hacia el vehículo. Yo no estaba dispuesta a iniciar ningún diálogo, pero sus intenciones no eran las mismas. Dejó el auto en la cochera habitual y cuando salimos me tomó del brazo.
-Antes de encontrarnos con mi padre, vos y yo vamos a charlar -anunció con serenidad.
Si lo hubiera dicho con prepotencia, no lo hubiera obedecido. Pero su tono era incluyente a pesar de la decisión. Lo seguí hasta un barcito que estaba en la esquina del edificio y nos acomodamos en el fondo. Pedimos agua mineral y esperé la charla anunciada que comenzó con un interrogatorio:
-Primero. Ana: ¿estás realmente dispuesta a darles a esos malandrines un rescate por la información? -y antes que pudiera contestar:- Segundo: de ser así, ¿adónde conseguirás el dinero?
-A lo primero: sí. A lo segundo: aunque no lo creas, tengo recursos propios ganados con el sudor de mi frente -dije con cierta petulancia.
-Bien. Suponiendo que admita esto, es inaceptable que te subas a un auto con ese sujeto -declaró.
No hubiera podido decir nada más impropio. ¿Todavía no se había dado cuenta que las imposiciones alimentaban mi rebeldía? Tampoco se había interesado por el origen de mis fondos. Yo tenía mis propios planes y decidí no fomentar cualquier discusión que los malograra.
-De acuerdo. Después que retire el dinero hablaremos del paso siguiente -y me dediqué a beber mi agua.
Leo ya no estaba jugando. Me escudriñaba tratando de interpretar a través de mis facciones la rápida aceptación. Para distraer su atención, le propuse:
-¿Por qué no me acompañás al banco a extraer la plata? Así podremos almorzar más tranquilos.
Llamó al mozo con un gesto y después de pagar, fuimos hasta el Banco de Galicia adonde tenía mi cuenta de ahorros. Salimos veinte minutos después con mi saldo agotado y el soñado viaje al Sur en el fondo de mi cartera. Después de todo, al haberlo programado con Rita, los ahorros carecían de finalidad. “Borrón y cuenta nueva”, me dije. Ya tendría oportunidad de conocer los confines de mi país. ¿Tal vez en viaje de bodas? Me pareció soberbio. Entreverada con estas digresiones me encontré, de pronto, ante la puerta de la oficina de los Dumas. Antes de entrar escuché una voz que me hizo volver azorada hacia Leo. Él, sin entender mi vacilación, abrió la puerta y vualá, no me había equivocado. Mi mamita, reforzada por mi abuelita, charlaba animadamente con Juan. Cuando nos vieron llegar, mamá se levantó de la silla y corrió a darme un abrazo:
-¡Ana, tesoro! ¡Ya no podíamos más con la preocupación y vinimos a darte una mano!
Por encima de su hombro miré a Antonia que me sonrió como disculpando a su hija. ¡Si yo sabía que la preocupada era mi madre! Le di un beso y deshice el abrazo para mirarla con una sonrisa aprobadora. Estaba muy juvenil con ese conjunto de corderoy borgoña y la musculosa blanca que se adhería a su bien formado torso. Observé que Dumas padre se sonreía bobaliconamente. Mientras el hijo saludaba a mamá, me acerqué a la abuela y la abracé con cariño pasando la mano por su cuidadoso peinado, cosa que la ponía loca. Riendo, me dio un empujón y se volvió hacia Leo:
-No cabe duda de que sos Leonardo -le dijo afectuosamente.
El muchachón le dio un beso y tomándola de las manos, le recordó:
-Pasta frola los sábados y budín de pan los domingos. ¿Siguen los chicos de Tres Sendas deleitándose los fines de semana?
-Hasta que me respondan las manos -aseveró, desacreditando a su progresiva artritis.
Antonia estaba gratamente sorprendida. Supongo que no imaginaba que Leo recordara a través de los años los deliciosos postres con que agasajaba a mis amigos. Lo estudió de pies a cabeza y él soportó el examen con cordialidad. Abuela hizo un gesto de complacencia e intentó involucrarme en su conclusión:
-¿No te parece, Anita, que este apuesto joven sería un buen partido para cualquier muchacha?
Leo esperaba mi respuesta con regocijo. Yo le hice una pantomima desafiante y aseguré:
-Sí. Para cualquier muchacha que recién lo conociera -y aprovechando el fiasco de Antonia, anuncié:- Tengo que ir al baño.
Salí con rapidez y me dirigí hacia la escalera previa comprobación de que nadie me seguía. Bajé los ocho pisos con celeridad y tomé uno de los taxis de la parada. Dentro del auto, me sentí en libertad para llamar a Lidia y cambiar el lugar y hora de reunión. No quería que Leo interfiriera en este operativo porque en su afán de no exponerme, corría el riesgo de que Rita se fuera con su secreto. Antes de instalarme en el bar por donde Julio me pasaría a buscar, pasé por el correo y dejé la plata en un casillero. Abandoné el taxi en Italia y Córdoba y entré al café que estaba orientado hacia el punto cardinal opuesto al de la cita original. Le confié la llave al cajero segura de que iba a reconocer a Lidia aunque no le mostrara el documento y me senté en una mesa esperando la hora del encuentro.


 Completa, disponible en epub, mobi y kindle-Editorial Las Muñecas Rusas y Amazon-ISBN:   978-84-939811-4-3


29 comentarios:

  1. Me encanto!!!! Es buenisima la historia!!! Cuando la empezas a leer ya no podes parar más, te atrapa y no te suelta hasta llegar al final!!! Felicitaciones!!!! Naty

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  2. ¡Hola, Naty! Gracias por tu comentario y me satisface que te haya gustado. Un abrazo.
    Carmen.

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  3. Hola Carmen, me encantó la novela, estoy de acuerdo con Naty en que en cuanto empiezas a leerla ya no puedes parar hasta llegar al final. Estoy ansiosa de leer el resto de tus novelas.
    Un abrazo.
    Sara

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  4. Amiga Sara, me alegra sobremanera que quieras seguir leyendo las otras novelas. ¡Qué disfrutes! Un abrazo.
    Carmen.

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    1. hola. ya no son gratis las novelas? ya no se puede mandar el final por correo?

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  5. Muy buena la novela, me encanto cada uno de los detalles, felicidades excelente.Silky

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    1. Gracias, Silky. Contenta de que la hayas disfrutado y especialmente que hayas hecho un comentario. Un fuerte abrazo.

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    1. Así es, Any. Gracias por tu concepto. Un abrazo.

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  7. me das permiso para publicar tus novelas en wattpad y claro con tu nombre

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    1. Hola, Any. ¿Podrías escribirme a mi correo? cardel.ret@gmail.com
      Gracias.

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  8. Realmente muy asombrada he leído muchas de las novelas del blog... una mejor que la otra.. mil gracias por compartirlas... sos una gran escritora!!

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    1. Gracias, Belu. Me halaga tu opinión y me da gusto compartir mis novelas pues ese es el destino final de los textos. Un abrazo.

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  9. hola exelente novella donde podria encontrar el final

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    1. Hola, pídemelo al correo cardel.ret@gmail.com
      Saludos

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  10. ME PUEDES MANDAR EL FINAL POR FAS CHABELS@HOTMAIL.COM

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  11. hola carmen podrias mandarme el final de esta novela ya que como todas las novelas tuyas q e leido hasta ahora me an gustado mucho espero el final a margaritaespejo@outlook.com gracias y saludos

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    1. Hola, Margarita. Tu comentario, como siempre, es bien recibido. Lo agradezco y te mando el final por e.mail. Un abrazo.

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  12. Hola, me encanta tu novela, pero me muero por conocer el final, ya busqué en todo internet y no lo encuentro. Me lo podrías mandar por favor a z_norma77@hotmail.com, ojalá pudieras regalarme alguna otra de tus novelas, las disfruto mucho. GRACIAS

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    1. Hola, Norma, gracias por comentar en el blog. Con todo gusto te enviaré este final y el de las novelas que vayas leyendo. Un abrazo.

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  13. Estimada, ya lei todas sus novelas y esta es la ultima que me queda...me podria enviar el final por favor coni.leiva@gmail.com
    Espero escriba mas novelas.
    Saludos

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    1. Hola, Coni. Ha sido un placer tener una lectora tan consecuente. Por cierto que iré publicando otras novelas. Un gran abrazo.

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  14. Pregunta este final no lo puedes mandar a mi correo porque me imagino que falta el final si pudieras es sueliga @yahoo.com.mx por favor

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    1. Imaginas bien, de modo que ya te lo envío. Cariños.

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  15. Hola, excelente la novela, me podrías mandar el final a rubibtz83@gmail.com

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    1. Hola, Rubi, gracias por el comentario. Te estoy enviando el final.

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  16. hola carmen! estuve buscando esta novela por todos lados. ¿dónde consigo el final? no pude desengancharme...

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    1. Hola, Milady, pídemelo a cardel.ret@gmail.com o pásame tu correo electrónico. Abrazo.

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